“La meritocracia es un cuento chino”

Esteban Hernández presenta en Gijón su último ensayo: “El rencor de clase media alta y el fin de una era”

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Esteban Hernández, ensayista y jefe de Opinión de El Confidencial, estará este miércoles 12 de abril en Gijón presentando su último libro, “El rencor de clase media alta y el fin de una era” (Akal), a partir de las 19 horas en el Salón de Actos de la Escuela de Comercio. Invitado por la Sociedad Cultural Gijonesa, Hernández compartirá mesa con Ovidio Rozada, presidente de la asociación; Rodrigo Amírola, asesor del Ministerio de Trabajo; y Rosa Martínez, exdiputada verde por Vizcaya. Hablamos con el autor sobre algunas de las líneas maestras de su ensayo más reciente, que pretende ser una brújula con la que orientarse en un mundo convulso e incierto.

¿A qué se debe ese rencor de la clase media-alta?

Se ha hablado mucho de las clases perdedoras de la globalización. Hay trabajadores fabriles y algunos profesionales que han perdido peso, y otros sectores a los que les está yendo bien. Pero si te paras a mirar, esos a los que en teoría les está yendo bien, en realidad no les va tan bien. Ya pueden ser periodistas, abogados, ingenieros, arquitectos o gente que ocupa cargos relativamente significativos en la administración. Toda esa gente tiene bastante menos de lo que esperaba. En el trabajo es complicado que tengas un recorrido profesional estable y duradero; y en altos cargos de la administración o de cargos intermedios o medios-elevados de las empresas la brecha con los que realmente tienen, los que están en la cúspide de las empresas y sus accionistas, se ha disparado. Tienes una posición relativamente interesante, y sin embargo estás muy por debajo de gente de la que antes estabas cerca. Entonces entre esas clases profesionales formadas y cualificadas, que no aciertan a encontrar un recorrido profesional, así como otras que sí lo tienen pero que han perdido mucho poder adquisitivo respecto de la cúspide de la sociedad, se genera un malestar, y en ese malestar se fragua el rencor.

¿Tiene algo que ver con la pérdida de credibilidad de la meritocracia como mecanismo que regula el sistema?

Sí, al final la meritocracia es una especie de cuento chino, porque solo se da en aquellos casos en los que hay muchos puestos de trabajo a repartir. Y ahí da igual el sistema, sea capitalismo o comunismo. Cuando hay pocos puestos, la gente bien conectada, la gente que tiene una red de relaciones y una educación o un capital simbólico, que ha aprendido a actuar y a comportarse, que se ha socializado de determinada manera, siempre parte con ventaja. Por ejemplo, en el sector profesional, si tú vas a una universidad con cierto prestigio y haces el posgrado en una universidad de élite, obviamente vas a tener más posibilidades de conseguir el trabajo, y eso te lo dan tus recursos y una red de relaciones. Entonces, cuando hay pocos puestos, se los queda esa gente que está en la cúspide, ya sea en el capitalismo o en un régimen comunista. Cuando había muchos puestos a repartir, y esto ocurrió por ejemplo en la época del estado del bienestar, cuando había bastante trabajo estatal y en la empresa privada, no solo entraban los que estaban en la cúspide de la sociedad, sino que había espacio para otros. Y esos otros sí podían hacer valer, en cierta medida, un elemento de meritocracia. Hablar de meritocracia sin ampliar las posibilidades laborales no tiene demasiado sentido.

“La globalización ha creado una clase poderosa que se ha asentado en el rentismo y en las conexiones internacionales”

¿Cómo se manifiesta, política y culturalmente, ese resentimiento de las clases medias-altas?

Tenemos que entender, en primer lugar, que hay una brecha entre las élites y las clases más afortunadas de la sociedad, que pueden acercarse más o menos a las clases populares y medias. Pero la división que existe es fundamentalmente dentro de las élites, con dos proyectos políticos y dos maneras distintas de ver el mundo, y eso conforma en Occidente sociedades enfrentadas. La globalización ha creado una clase poderosa que se ha asentado en el rentismo, en las conexiones internacionales, en la posibilidad de pasar por alto las fronteras-y no solo las fronteras nacionales, también fronteras como las de la UE. La capacidad de los actores con más recursos de saltarse las normas de los territorios es muy elevada. Se ve, por ejemplo, con la gestación subrogada, o con lo de Ferrovial. Luego hay un tipo de gente, económicamente asentada y con influencia, pero que está muy anclada en su territorio. Eres un rico de una región o de una provincia, un político de un entorno determinado, y ahí te manejas bien en la medida en que a tu territorio le va bien, y cuando a tu territorio le va mal, a ti te empieza a ir mal. Esa brecha entre los dos tipos de élite genera opciones políticas muy distintas y visiones del mundo muy distintas, y en ese contexto estamos.

¿Cómo ves el futuro de regiones como Asturias, y otras tantas en Europa, con un pasado industrial, con un fuerte movimiento obrero que vertebró la sociedad y que, ahora, no parecen encontrar una alternativa de futuro?

De una manera muy negativa si las cosas no cambian, porque llevan décadas ancladas en la misma deriva. Entras en una espiral de falta de inversión, de huida de los jóvenes y de la gente con más recursos porque las oportunidades laborales están en otro sitio, porque normalmente las únicas iniciativas que surgen están ligadas al turismo. En el instante en que cada una de estas regiones cae en esa espiral se acumula más deuda, las inversiones resultan fallidas, cada vez se va más gente…Y tienes, normalmente, a pensionistas y funcionarios, algo de comercio local, hostelería y turismo, y poca cosa más. Eso lleva a que cada vez tenga menos población y menos posibilidades de futuro, y este es el humor social en muchas regiones españolas y europeas. Esa es la foto del instante, y hay que actuar desde ese contexto para fortalecer a esas regiones en declive. Eso es algo que no puedes hacer dejándolas a cada una sola. Hace falta una opción también a nivel de la UE que ponga énfasis en recuperación de la industria y en el fortalecimiento de estos territorios.

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