“El problema de nuestro mundo es que no nos tomamos en serio las ficciones, y eso incluye la democracia”

El filósofo Santiago Alba Rico presenta este fin de semana en Asturies su nuevo libro: "De la moral terrestre entre las nubes".

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Silvia Cosio
Silvia Cosio
Fundadora de Suburbia Ediciones. Creadora del podcast Punto Ciego.

Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) escritor, ensayista y filósofo, visita Asturies este fin de semana para presentar su nuevo libro “De la moral terrestre entre las nubes” (Pepitas de Calabaza, 2023) , una colección de artículos y ensayos recientes en los que, de forma elegante y pausada, reflexiona entorno a las pantallas, la filosofía, la pandemia, el derecho, el cine o la literatura. En un mundo de Savateres, Amelias Valcárcel y Cercas, la serenidad y el compromiso ético de Alba Rico son un estimulante recordatorio de la necesidad que tenemos de conservar el pensamiento filosófico y el amor por el conocimiento y el arte.

Santiago Alba Rico estará este viernes 12 de enero a las 19 horas en Les Cigarreres (Calle Eladio Carreño, 3) acompañado por Xandru Fernández y el sábado 13 de enero en Oviedo/Uviéu a las 12 horas junto a Eduardo Romero en el Local Cambalache (Calle Martínez Vigil, 30). En NORTES hemos tenido el placer de poder hablar con él sobre su libro, el lugar de la filosofía en el mundo contemporáneo, la paz y también John Ford.

Aprovechando que acabamos de salir de las Navidades, permíteme empezar con una pregunta en torno a la pesadísima polémica recurrente cada año sobre la conveniencia de decirles a los niños la verdad sobre los Reyes Magos. En tu libro De la moral terreste entre las nubes incluyes un artículo en que no solo te posicionas a favor de mantener entre la infancia la ficción de los Reyes Magos, sino que defiendes la necesidad de que mantengamos como sociedad ficciones que nos permitan pensar que hay algo que nos cohesiona y nos hace mejores. ¿Puede la filosofía reclamar esa función, frente a los relatos y ficciones individualistas en torno al emprendimiento y la cultura del esfuerzo? ¿Es posible volver a esas ficciones ilusionantes y comunitarias? ¿Cómo incorporamos en este relato toda la diversidad de voces y experiencias?

Precisamente hace un par de días volvía sobre este tema en un artículo de Público. Los Reyes Magos no tienen nada que ver con “la verdad”, como no la tienen -no sé- Los tres mosqueteros o Los tres cerditos. Esta polémica me irrita un poco, te lo confieso. Estamos hablando de un relato de ficción maravilloso en el que tres señores viejos y ricos se postran ante un niño recién nacido y pobre; un relato que, además, ha generado una performance colectiva en la que millones de adultos, cada uno pendiente de su propio hijo, conspiran para que todos tengan al menos un regalo. Una performance, además, en la que se deja entrar en casa, de noche y por una ventana, a tres desconocidos. Desde el punto de vista narrativo es una historia claramente “progresista”; como performance, es un ejemplo raro y precioso de conspiración universal en favor del bien, contrapuesta a todas esas conspiraciones, reales o paranoicas, a las que sucumbimos sin cesar. ¡Ojalá conspirásemos más para mejorar las vidas de todos y no solo el 6 de enero! Por lo demás, no sé por qué hay que decir a los niños “la verdad” sobre los Reyes Magos si no se la decimos sobre los padres; es decir, que somos todos débiles, bastante ignorantes, bastante cobardes y en general poco dignos de confianza. Ya lo descubrirán ellos. La objeción que hay que hacer a la fiesta de Reyes es que, fuera ya del control del cristianismo, es parasitada por el capitalismo y el consumo capitalista. Pero como relato y performance popular es, al mismo tiempo, según sugieres en la pregunta, totalmente contraria al individualismo neoliberal. Es “la mano invisible” de Adam Smith al revés: sugiere y actualiza de hecho una lógica paralela o a contrapelo del mercado. Y como cada vez es más difícil crear “ficciones comunitarias”, no creo que debamos perder un minuto en arremeter contra esta. Lo que tenemos que hacer es elegir, promover y crear mejores ficciones colectivas y tomárnoslas muy en serio. Como se toman en serio los padres la búsqueda para su hijo de un regalo que atribuirán luego a tres desconocidos buenos. El problema de nuestro mundo no es que no nos tomemos en serio la realidad; es que no nos tomamos en serio las ficciones. Y eso incluye la democracia.

Hablas en uno de los artículos recogidos en tu libro de cómo las pantallas han propiciado el acercamiento entre los humanos. Pienso, por ejemplo, en el genocidio que Israel está cometiendo ante nuestro ojos contra el pueblo de Gaza, un genocidio retransmitido en directo y contestado en todas partes del mundo por millones de personas que exigen un alto el fuego. Sin embargo los gobiernos occidentales no han hecho nada para parar la violencia de Israel, demostrando así una separación brutal entre los gobiernos y el pueblo gobernado. Tú mismo has comentado que esto nos deja impotentes ante el horror. ¿Cómo podemos afrontar esa impotencia desde la filosofía y desde el compromiso político? ¿Corremos el peligro de dejarnos llevar por el fatalismo, en una suerte de nihilismo o mileismo autodestructivo?

Sí, me parece que ese es el peligro y no creo que la filosofía tenga ningún talismán contra él. La impotencia genera cinismo, que no es otra cosa que la aceptación resignada y sarcástica de la potencia de los poderosos. Nos aceptamos como futuras víctimas de la misma atrocidad que nos repugna. En La paz perpetua, en defensa del binomio política-moral, Kant adoptaba de entrada el punto de vista de un Estado inmoral que sabe que el éxito de una operación criminal no depende de la justificación previa sino de la audacia del hecho mismo, que se justifica de algún modo a sí mismo. Esa ha sido siempre la política de Israel, la de los hechos consumados. Cruzar un umbral aceptado por todos -una así llamada “línea roja- implica siempre establecer un nuevo patrón de recepción y legitimidad, sobre todo, dice Kant, “cuando la potestad interior es al mismo tiempo autoridad legisladora”. La violencia máxima de un Estado se impone con más facilidad que la mínima de una organización “terrorista” porque la del Estado nos parece, en todo caso, inevitable. Por eso la mejor forma de deslegitimarla, la única forma, es precisamente evitarla. En el caso de Israel eso solo podrían hacerlo Europa y los EEUU. Al no evitarla la están normalizando y con ella normalizan un nuevo régimen internacional en el que, como hace ochenta años, el recurso a la guerra y el exterminio se están naturalizando. Ese régimen es material y es mental. Por eso el cinismo, que es impotencia, se vuelve nihilista y, como dices, mileista.

El filósofo Santiago Alba Rico. Foto: Wilkipedia.

Afirmas que no existen los filósofos pero sí que existe la filosofía. En tus escritos filosóficos destacan tanto la forma como el fondo, piensas bien y escribes bien. ¿Crees que es necesario reivindicar una filosofía “bella”, una filosofía que seduzca en fondo y forma al lector?

Totalmente. “La máxima claridad es la máxima belleza”, decía Lessing. Pertenezco a una generación en la que la izquierda tenía a gala escribir mal, como si escribir bien fuese de derechas. Eso está felizmente cambiando. Pienso, por ejemplo, en Pablo Batalla o en Emilio Santiago, que piensan y escriben muy bien. Personalmente nunca he sabido distinguir bien el fondo de la forma, como no he sabido nunca distinguir “el fondo y la forma” en una rana o en una hoja. Una rana verdadera tiene que tener esa forma, ¿no crees? Así que, aparte de lo que pueda haber en mí de poeta fallido que, precisamente por eso, se ha acercado al pensamiento, estoy convencido de que, como en el caso de los Reyes Magos, la “verdad” desnuda no existe: si la desnudas es mentira. Y amenazadora. La “verdad” desnuda ha dejado más muertos en las cunetas que el crimen organizado.

¿Puede en la era de las pantallas sobrevivir la filosofía cuando apenas ya quedan letrados?

Me parece que no, al menos tal y como la ha concebido la tradición occidental en los últimos veinticinco siglos: como producción de grandes sistemas con ambición de universalidad explicativa. No es una cuestión de inteligencia sino de tiempo, de atención y de recepción. Quiero decir que lo que yo llamo “paradigma pantállico”, por oposición al “paradigma letrado”, incluye a miles de personas que leen y escriben (nunca ha habido más lectores y escritores) y que, sin embargo, lo hacen en un tiempo apremiante, con una atención superficial y en marcos de recepción no compartidos. ¿Es mejor o peor? Como se puede sospechar que mi posición tiene que ver con mi edad y mi formación, no me pronunciaré aquí. Baste con decir que, cualquiera que sea nuestra posición al respecto, es en ese mundo post-filosófico en el que tenemos que intentar elaborar pensamiento riguroso y liberador.

Dices que “la trampa del perdón se llama vida” y reivindicas la risa de los supervivientes como un acto de resistencia y superación. Esta afirmación contiene una concepción ética radicalmente humanista. ¿Es para ti el perdón la base de toda convivencia humana, la forma de superar la contradicción entre la condición humana y la condición histórica del ser humano? ¿Hay perdón sin reparación?

No, el perdón es un milagro que tiene que ver con la gracia. Es como matar a un niño. Para perdonar y para matar a un niño hacen falta superpoderes. Son dos superpoderes absolutos y contrarios. Pero no podemos obligar a nadie a perdonar y ningún sistema político democrático puede pivotar sobre el perdón individual. Como tampoco sobre el amor o la generosidad. El perdón, que tiene que ver con la gracia, es gratis: el que perdona no perdona porque le hayan ofrecido una compensación ni espera nada a cambio. Le sale de dentro. Y con estas cosas que salen de dentro se configuran las resistencias sociales y antropológicas. Pero las leyes no se hacen con ellas, como no  pueden hacerse contra el Mal absoluto. La ley debe establecer compensaciones y reparaciones al margen del Bien y del Mal y, por tanto, al margen del perdón y del arrepentimiento. La idea de amnistía, quiero decir, no tiene nada que ver con los milagros, sin los cuales, en todo caso, el mundo se habría venido abajo el primer día. Vivimos al mismo tiempo de milagro y de políticas de Estado.

Dedicas un capítulo entero de tu libro a la pandemia del coronavirus con una serie de artículos escritos en plena crisis. La pandemia, que fue un período de excepcionalidad, miedo y, como bien afirmas, de exceso de datos, llegó a su fin y los que la vivimos hemos hecho como si nada hubiera pasado, apenas ocupa espacio en las conversaciones actuales. Tal parece que el miedo, el duelo, el encierro y el aislamiento no tuvieron consecuencias en nuestras vidas y hábitos, incluso hemos olvidado los muertos de Ayuso en las residencias. ¿Es esta una actitud normal, es la forma en la que tratamos de superar el trauma vivivo, o nos estamos negando a analizar lo que sentimos y padecimos? ¿Nos estamos negando a hacer el duelo de la pandemia? ¿Estamos viviendo una ilusión pospandemia, aterrorizados ante la posibilidad de que algo aún peor nos esté esperando, o es que rechazamos que en fondo los humanos no dejamos de ser pura corporalidad y contingencia?

Planteas muchas hipótesis sobre las que habría que pensar largamente. Creo que “normal”, para los seres humanos, es cualquier cosa que ocurre y por eso la conciencia es, por así decirlo, un estado de excepción. Normalidad y realidad se desarrollan en distintos planos y lo normal es que reprimamos, en sentido psicoanalítico, la realidad. Tuvimos miedo, tocamos la raíz viscosa de la muerte, nos sentimos frágiles, pero no lo hicimos en el vacío. Veníamos de un mundo antropológicamente débil, con los vínculos en harapos y, aunque hubo muchos ejemplos de solidaridad menuda, la lógica neoliberal no se interrumpió durante el confinamiento. Desde el punto de vista tecnológico, por ejemplo, no se produjo ninguna ruptura; al contrario, lo que he llamado, siguiendo a Stiegler, “proletarización del ocio”, se impuso como regla, como anestesia y como fuente de supervivencia. Creo que la tecnología ha tenido mucho que ver en esta continuidad que nos permite olvidar fácilmente los grandes propósitos hechos frente a la muerte. Retrospectivamente tengo la impresión de que los que tuvimos la suerte de no perder a un ser querido nunca llegamos a interiorizar la realidad de lo que estaba ocurriendo. Era otra “normalidad”. Pero no tengo una respuesta clara. La humanidad siempre se ha hecho grandes promesas y grandes propósitos en medio de las tragedias y casi siempre ha reincidido. No hemos sido una excepción y esto es lo que debe inquietarnos. La pandemia de 2020 fue en todos los sentidos “medieval”.

Me gustaría acabar con una gota de optimismo, a pesar de que no te muestres partidario de él, pero es que ambos compartimos una misma pasión por John Ford. ¿Crees que, como en el cine de Ford, a pesar de la dureza de la vida, los sinsabores, la violencia y la injusticia, queda un resquicio de esperanza, de felicidad o incluso de salvación para el ser humano, que seremos capaces de volver a la comunidad, a la moral terrestre?

Al leerte, creí que decías que no soy partidario de Ford. Dices, claro, que no soy partidario del optimismo. En el libro lo explico: soy partidario de la ingenuidad, del gesto libre (de ahí viene ingenuidad) que se hace una y otra vez a despecho de las circunstancias y con independencia del resultado. Volver a cambiar el pañal al bebé, volver a hacer la cama, volver a preparar la comida, volver a la escuela, volver a relatar el cuento, volver a reunirse con los amigos, volver a levantar la casa, volver a alzar la voz contra la injusticia. Es decir, estoy a favor de John Ford, que era un gran poeta y un gran antropólogo. Esa humanidad resiste entre las costuras, sin duda, y eso no es motivo de optimismo pero sí de esperanza. La humanidad está volviendo una y otra vez. Algunos amigos optimistas me aseguran que incluso están volviendo los vinilos, lo que es una tontería, salvo porque ese regreso expresa un deseo de materialidad. Es la única nostalgia políticamente relevante que conozco: la nostalgia de fisicidad. Cuando la IA se imponga en todas partes, tendremos que volver a vernos las caras para reconocernos.

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