El arte de conversar

Pablo Rosal y los actores de "A la fresca" hacen de la escena un laboratorio abierto y libérrimo de creación literaria ininterrumpida.

Recomendados

Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

A la fresca

Autoría y dirección: Pablo Rosal

Intérpretes: Alberto Berzal, Israel Frías y Luis Rallo

Viernes 22 de marzo, Off Niemeyer

Pablo Rosal y los actores de A la fresca hacen de la escena un laboratorio abierto y libérrimo de creación literaria ininterrumpida. Lo suyo es cuestionar todo el orden de concordancia convencional existente, combatir la retórica fiambre (que diría Clarín) y abrir surcos multidireccionales en permanente estado de ebullición. Se trata de sacar nuevos destellos a las palabras raídas, poner freno a lo que va de corrido, zancadilla al pláceme y levantar una mirada que nos descabalgue de la realidad galopante en la que estamos inmersos. Y lo hacen como los grandes artistas suelen hacerlo, con muy pocos elementos. Con juegos de palabras, pausas y silencios muy elocuentes, un tendedero y tres personajes peculiares que construyen atmósferas fascinantes y extrañas. Teatro conversacional afectuoso y entrañable, ecológico en su evocación nostálgica, con tintes, toques y momentos a lo Gómez de la Serna, Jardiel, Groucho y hasta Faemino y Cansado (por citar alguno de  los vivos) y un humor que reivindica el lado apacible y tranquilo de la vida rural a la antigua, frente a la vorágine y rutina del presente.

Israel Frías, sin apenas caracterización, con una sobriedad impresionante compone de la mejor manera a la señora Matilde, una cocinera sencilla, mujer sabia, buena y socarrona. Luis Rallo lo borda interpretando al señor Eusebio, escritor en crisis, neurótico y con tartamudeo, dubitativo, atropellado y un tanto asperger atormentado por la deriva de la modernidad, con una capacidad pasmosa para la reflexión. Y Alberto Berzal es el simpático y voluntarioso albañil Manolo Caracol, encargado de hacerle una cabaña al literato, tan resuelto y efectivo como sus compañeros. Los tres forman en sus tardes de charla sentados “a la fresca” un ecosistema salvífico que bucea en el absurdo, la comedia surrealista y la reflexión filosófica, provocando risas y extrañeza en un espectador que acaba magnetizado por el buen hacer de estos fabulosos intérpretes.

Son muchos los momentos originales dignos de señalar en un espectáculo que pelea constantemente porque cada frase sea un banderín de enganche y cada palabra un ramillete de metáforas con chispazo risueño y desestabilizador. Sirva de ejemplo el decir que se habla de la  honestidad de las alubias y de botánica como método de relajación, que “Dios es el olor de la noche”, que se sueltan greguerías como “la intimidad hace cosquillas”, “las sillas, qué bien esperan”, “la oreja, cráter lunar de olores y sabores”, o que uno de los tres, confundido, reconoce “no saber en qué sobreentendido” se encuentra. Hay en toda esa cháchara poética a tres bandas y en toda la pieza, como un querer atrapar lo inasible y lo inefable en el origen mismo del acto creativo. La verdad, si existe, dura un solo instante, y a la caza consagran su existencia. Trasnominaciones, sinécdoques y metonimias son los aparejos para el acoso y derribo, y el cebo con que  volver a empezar, en ese ejercicio dialéctico de retroalimentación constante entre los fenómenos del mundo y las palabras que los atraviesan. El relato es siempre una despedida, se nos dice. Y no podemos estar más que de acuerdo con esta A la fresca que es un hermoso poema escénico metaexistencial para reflexión y disfrute de todo tipo de espectadores.

Actualidad

spot_img