El último libro del escritor ovetense Eduardo Romero es “Centímetro a centímetro”, editado por Pepitas de Calabaza. Un librito de apenas 65 páginas en el que narra el minuto a minuto de un anciano y la mujer que lo cuida. En palabras del filósofo y escritor Santiago Alba Rico, se trata de “una emocionante historia sin adjetivos: una pura descripción minuciosa y atenta de operaciones físicas en torno a un cuerpo que, al mismo tiempo, a través de esa atención, se vuelve indispensablemente humano”. Esta próxima semana, Romero estará en Madrid presentando este pequeño artefacto literario: el miércoles 27 en un club de lectura en la librería Cervantes y Compañía, acompañado por Sara Fernández Polo; y al día siguiente, junto a la poeta Berta García Faet, en el Ateneo La Maliciosa.
Por qué esta historia
Desde hace tiempo me interesa abordar literariamente escenas protagonizadas por ancianos y por quienes los atienden. Cuando me cruzo por la calle con un viejo que empuja un andador me suelo quedar embobado. Me gusta observar sus movimientos, los movimientos de quien le acompaña, la manera en que interactúa la gente que se cruza con ellos. Por otra parte, he escrito bastante acerca de las migraciones, y por tanto tengo muy presente la existencia de las redes transnacionales de cuidados, el flujo de mujeres migrantes que acaban en Europa haciéndose cargo de los cuidados de una población envejecida. Jenny, una mujer peruana, es protagonista de mi novela En mar abierto, y en ella acaba trabajando para una pareja de ancianos, preocupada porque él no salga solo de casa y se pierda por la ciudad. En ¿Cómo va a ser la montaña un dios? abordo el vínculo entre un viejo minero que sufre silicosis y una mujer afrocolombiana que, procedente del Valle del Cauca, cruza el océano y acaba cuidando a este anciano después de que él se caiga y se rompa la cadera.
Por qué en 60 páginas
Este es mi libro más breve. Los otros que he nombrado están protagonizados por muchos personajes, sus historias se van entrecruzando y alimentando entre sí. La estructura es la de un puzle de historias que van encajando, con desplazamientos temporales y geográficos relevantes. La relación entre las diferentes piezas es lo más importante y lo más complejo de montar. Sin embargo, en esta ocasión quería detenerme en una sola pieza. En los otros libros tenía que pasar relativamente rápido por este tipo de escenas, la historia tenía que continuar. Ahora se trata del ejercicio contrario: ahondar, sin prisa, en los detalles. Como se dice en la contraportada, se trata de observar a una mujer y un anciano que juntos recorren un día en una especie de baile a cámara lenta. El libro, por tanto, tiene un único registro narrativo, frente a otros que he escrito en los que el registro, y con él el ritmo, iban variando. Entendía que en Centímetro a centímetro tenía que buscar esa minuciosidad, pero también pensaba que el tono de la novela podía llegar a agotar al lector si pretendía sostenerlo durante ciento y pico o doscientas páginas. La extensión que tiene creo que es suficiente para contar lo que quiero contar. Nunca me ha gustado escribir de más.
Cómo
En los últimos veinte años, he podido escuchar muchos testimonios de mujeres migrantes dedicadas a cuidar a personas mayores. Algunas son amigas y a lo largo del tiempo me han contado los pormenores de su día a día. Durante la investigación para el libro ¿Cómo va a ser la montaña un dios? visité a algunos ancianos en sus residencias, y también conversé con gente que trabaja en ellas, a veces en condiciones muy precarias. En los últimos años he tenido también muy cerca la cuestión de los cuidados de las personas ancianas por motivos familiares. Creo que fue a Leila Slimani a la que leí que los novelistas nos alimentamos de los detalles. A través de estas diversas fuentes, tuve acceso a infinidad de detalles.

Las cuidadoras
Este librito es una propuesta literaria, no es un ensayo en el que opino sobre cuestiones estructurales vinculadas a los cuidados de las personas más dependientes. Eso es algo que se puede hacer quizás a partir de su lectura. De hecho, me alegraría que alimentara ese debate. En todo caso, sí que está entre mis motivaciones para escribirlo la sensación de que este tipo de escenas no están demasiado presentes en la literatura, que nos faltan relatos que nos ayuden a pensar sobre estas cuestiones. En Logroño, una mujer que está cuidando a su padre me dijo al final de la presentación que, al leer el librito, había resignificado su papel. Que, de pronto, al verlo plasmado en el libro, lo había sentido más digno, y hasta le había parecido un trabajo un poco heroico. Me gustó que la lectura provocase ese efecto en ella.
Los ancianos
Centímetro a centímetro se detiene mucho en el movimiento de los dos cuerpos, el de la mujer que cuida y el del anciano. Ella y él. No les he puesto nombre propio, aunque sí que creo que tienen una personalidad específica que se va conociendo en el transcurso de la historia, sobre todo a través de los pocos diálogos entre ellos. Hay cariño y ternura en la relación que establecen. No pretendo decir con ello que los cuidados son siempre así, que los ancianos son siempre como el de mi relato. Hay viejos cabrones o a los que se les ha ido la olla que insultan y golpean a quien les cuida. Hay personas que trabajan como cuidadoras (remuneradamente o por lazos familiares) que son crueles o simplemente poco delicadas. Yo he optado por una historia a través de la que trato de transmitir belleza. No solo, pero también belleza. Y ella, además de tratar al anciano con ternura, hace algo muy importante: le da espacio a él para alcanzar, por poca que sea, toda la autonomía que pueda.
Escuchar
Me interesan autores y autoras que han sido definidos en la categoría de la “literatura de la escucha”. Svetlana Aleksiévich, por ejemplo. O el colombiano Alfredo Molano. Es verdad que algunos de mis libros —no tanto Centímetro a centímetro— tratan de recoger múltiples voces de personajes que van componiendo una historia colectiva. Nunca he usado una grabadora. Pero sí he conversado con muchas personas que acaban siendo protagonistas de mis libros, personas que me han confiado su historia. “Escuchar es casi escribir”, decía Alfredo Molano. Esa frase abre mi libro ¿Cómo va a ser la montaña un dios? En él se recogen testimonios de las barriadas mineras asturianas, de los barrios aledaños a los puertos de Gijón en Asturias y Buenaventura en Colombia, de las migrantes, de los exiliados, de las comunidades indígenas y afrocolombianas. La historia se narra, principalmente, a través de lo que ellos y ellas nos cuentan. En el caso de Autobiografía de Manuel Martínez, la novela sobre la vida de uno de los miembros de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL), esa organización asamblearia de los presos que puso patas arriba las cárceles españolas a finales de los años setenta y principios de los ochenta, la “escucha” consistió en visitar durante diez días a Manolo en su casa y simplemente atender a la historia que me quería contar. Luego toca el trabajo de pelearse con las notas para dar una forma literaria a lo que has escuchado.
Literatura y activismo
Creo que la mejor manera de intervenir sobre el mundo a través de la literatura es haciendo buena literatura. Y creo que eso normalmente significa que, quien logra llevarla a cabo, ha podido despertar la imaginación y las ganas de pensar de quien lee. La literatura siempre es política, pero no creo que el libro más radical sea necesariamente el más contundente o el más explícito, el que dice verdades como puños. Suelo preferir aquellos textos que, como decía Berger, a través de “el arte de jugar con el silencio”, obligan al lector a completar la historia.
































