En uno de sus inolvidables monólogos, Gila narraba el momento en que vio asombrado uno de esos tesoros que hay a veces en las catedrales. «Jo, estos, empezaron con un pesebre y poco a poco …». Ciertamente, desde el edicto de Milán de Constantino en el 313, la Iglesia Católica no dejó de mejorar. Llevamos días con el Vaticano y los oficios del nombramiento del Papa en portada y dejando en letra pequeña asuntos clave de onda corta y de onda larga. Es, por ejemplo, de onda corta que la energía de un país esté en manos privadas y que el gobierno legítimo tenga que estar como los niños de postguerra que pegaban la nariz en el escaparate de las confiterías, tratando de ver qué se cuece ahí dentro. Es de onda larga, que la derecha política y mediática repita que la legitimidad democrática se decide dando un paseo y ver a quién insultan y pegan menos los transeúntes. Primero siembran odio contra el Perro. Luego hacen linchamientos públicos de muñecos con su imagen. Y luego consideran las manifestaciones de odio y violencia contra el Perro como deslegitimación democrática. Nada violento se mueve en el entorno de Bildu. Donde burbujea la caldera de violencia de intensidad variable es en la ultraderecha y va empapando a la derecha clásica. En onda larga, poco a poco. Pero el Vaticano absorbió todos los focos.
La religión siempre es un asunto de nuestra incumbencia. «Un hombre solo, una mujer / así tomados de uno en uno, / son como polvo, no son nada», escribió José Agustín Goytisolo. Como los demás primates, solo sabemos estar en el mundo como parte de algo mayor que nosotros. Necesitamos sentirnos parte de una colectividad, donde el altruismo interno sea compulsivo, y tengamos una aceptación y protección que no haya que merecer, una versión laica de la gracia divina. La humanidad nunca existió a granel ni como una comunidad universal de intereses. La humanidad siempre existió en racimos. La identificación simbólica con el grupo hizo eficaz la acción colectiva. Los vínculos de grupo más intensos son el estado (nación, tribu) y la religión. Donde la referencia no sea ser español o francés, será ser católico o hindú. La emoción grupal es peligrosa por su potencial de hostilidad y porque es propensa a desbocarse y ahogar la racionalidad colectiva. No hace falta recordar adónde llevaron tantas veces el fanatismo nacionalista y el religioso. La emoción tribal se puede domesticar y configurar en estados democráticos. La emoción religiosa, como fundamento de grupo, no. La expresión «democracia laica» es redundante.
Pero la emoción colectiva, siendo peligrosa, es inevitable y, debidamente configurada, benigna. Nos gustan las tradiciones por su papel en la cohesión grupal e intergeneracional. La religión tiene un papel en esa cohesión grupal y encuentro de generaciones, y aportó muchas veces cosas positivas en la comunidad que genera. Es bueno que haya zonas de confort, burbujas fuera del trajín diario, donde la gente se junte, se demore y se refuerce en conductas de ayuda e implicación. La religión muchas veces aportó este tipo de factores. La emoción religiosa es un conductor de poder tan eficaz, que es irresistible para los propósitos autoritarios recurrir a ella. El fanatismo religioso es el plasma sanguíneo de las ultraderechas. Lo estamos viendo en España. Estar en un estado emocional marcado (triste, colérico, eufórico) es una forma de debilidad y suscita en los demás cierta condescendencia. Todos disculpamos lo que dice o hace alguien que está eufórico o airado. La emoción grupal también es una debilidad. Por lejos que esté uno del patrioterismo zafio de banderita tú eres roja, si en Alemania alguien me llama puto vago, me ofende. Pero si me llama puto vago español, siento más violencia en el insulto. Ser creyente es también una debilidad. Parece que se debe ser condescendiente con que alguien no coma carne en cuaresma, bendiga la mesa o condicione el vermú por el horario de misa. Esta es, por ejemplo, una de las fibras que los reaccionarios convierten en una forma fanática de intolerancia. Se hipertrofia esa condescendencia que se debe a la emoción religiosa hasta convertir en un agravio una estampa de Lalachús, o pretender que es un ataque no hacer obligatoria la asignatura de la religión y así sembrar de aprendices de inquisidores la judicatura.
Parece que se debe ser condescendiente con que alguien no coma carne en cuaresma, bendiga la mesa o condicione el vermú por el horario de misa
La religión es asunto nuestro, es un conductor de valores (rectos y torcidos) y conductas, y un vehículo de poder. El Vaticano es un remolino que mantiene en superposición, y como quieta, la historia, donde se hacen cosas como hace siglos, con un tempo ajeno a la efervescencia social, pero de donde parten y adonde llegan las fibras del caldo gordo de la actualidad. El Vaticano nunca fue una burbuja, siempre tuvo que ver con lo que pasaba. Exageraciones aparte, es normal la atención pública sobre el cónclave. No es un asunto solo de los católicos, como no era asunto solo de los estadounidenses las últimas elecciones. El nombre elegido por el nuevo Papa pone atención en la famosa encíclica De rerum novarum de León XIII. Allí se niega la lucha de clases, se ataca el socialismo y se santifica la propiedad privada como derecho natural. Pero no fue trivial que en esa encíclica de finales del XIX la Iglesia proclamara el derecho a sindicarse, a rebajar la jornada laboral y al descanso semanal y que se defendiera que el estado intervenga en la actividad económica y laboral para garantizar la protección de los más débiles. La democracia está amenazada por una ultraderecha bien financiada por oligarquías que no quieren ya un mínimo reparto de la riqueza ni el sistema de libertades que limita su poder. EEUU está yendo hacia un sistema totalitario, si no lo frenan las propias instituciones americanas. El DOGE de Elon Musk, con su acopio de información, es el embrión de alguna metástasis contemporánea de la Stasi o la Gestapo. No es trivial ningún acto de resistencia. En el cónclave se jugaba que la Iglesia fuera una pieza más de las fuerzas de la oscuridad o una resistencia más. No hay resistencia blanda. La resistencia a un huracán solo puede ser un potente acto de fuerza.

Pablo Batalla recordó que en estos tiempos de huracanes y actos de fuerza ninguna fuerza política llega muy lejos sin una credencial básica: la autenticidad. La extrema derecha avanza porque la propaganda consigue que la gente demande más un líder que un sistema de libertades. Las libertades son como el aire y la recogida de basuras. No se notan hasta que se pierden. El líder de imágenes provocadoras, afirmaciones disparatadas e insultos desmedidos, el que lleve en su interior el núcleo inflamado de ira que reverbera en la situación de la gente se llevará por delante cualquier apetencia de democracia. En este ambiente lo menos que hay que ofrecer es firmeza, objetivos insobornables, principios honestos reconocibles: autenticidad. La izquierda que se hace medio de derechas para no asustar, la que no se recorta sobre el ruido con la franqueza de un puñetazo en la mesa, se disuelve en la marea ultra. La izquierda tan necesitada de cariño que quiso ver en Gallardón un demócrata tolerante, la de Kamala Harris que puso ojitos a los republicanos de la corte de Bush, fue presa fácil. No deben caer en saco roto las frases de Francisco que, en el contexto, fueron actos de resistencia; ni el desacato de los cardenales al emperador nombrando a Prevost; ni la actualización de la doctrina social de la Iglesia que Prevost parece insinuar con el nombre de León XIV. Pero la izquierda ya empezó a culebrear con esa especie de síndrome de Estocolmo en el que cae con cualquier migaja de cariño. La Iglesia es una institución conservadora cuya influencia es contraria a la justicia social. De ahí hay que partir. Lo que haya que apoyar y apreciar del nuevo Papa debe decirse con el lenguaje propio, no con el suyo: resistencia antifascista. No es lo mismo apoyar a Francisco por exigir la dignidad de los inmigrantes, que formular ese apoyo hablando de la resistencia antifascista del Papa a la deshumanización de los inmigrantes. La segunda formulación se hace en lenguaje propio y expresa lo importante: autenticidad, hierro.
































