Malnacidos, dijo Rufián

Las derechas quieren poner de moda ser un hijo de puta.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Si le niegas a un niño un balón y le das a cambio una piruleta, coge un berrinche y la azota. Y es que la condescendencia cabrea. No tendrás móvil hasta dentro de dos años, pero verás qué cacho pizza nos vamos a zampar tú y yo ahora. Conocí a otra persona, pero siempre serás algo muy especial para mí. En serio, cabrea mucho. La condescendencia es una actitud bondadosa, pero incompetente o hipócrita, con la que queremos acomodarnos al contratiempo de alguien. Cabrea porque se pretende un precio ridículo para un daño y así te transmiten que tu problema es pequeño y eso cabrea. Los niños lo aprenden muy pronto.

La infantería facha es bruta y ruidosa, pero los generales no

Y los estrategas de la ultraderecha también. La infantería facha es bruta y ruidosa, pero los generales no. Tienen detrás a las oligarquías económicas, saben lo que hacen. Para que la gente vote a favor de quienes les quitarán sus libertades, derechos y protección hay que estudiar bien las debilidades naturales y contextuales de la gente. La gente machacada se siente mejor cuando recupera su autoestima. Y la gente machacada se enfada mucho con los discursos condescendientes. La autoestima y la ira por la condescendencia son dos componentes de la compleja propaganda ultra. El neoliberalismo disparó las desigualdades y la crisis de la deuda degradó la vida de la mayoría y, como decía Borges sobre el avance de su ceguera, hizo insegura la tierra bajo los pies. La desorientación y la frustración son un buen humus para fertilizar malos contrabandos. Se agitaron prejuicios para que la gente no asociara su malestar con leyes injustas y empresarios, bancos y propietarios voraces, sino con una identidad amenazada. Como hombre, blanco, heterosexual y español, te acosan los privilegios de las mujeres, los de los africanos que crecen a tu cosa, los de los lgtbi a los que siempre les tienes que pedir perdón y los de los inmigrantes subvencionados mientras tú te hundes. No es la injusticia social, es tu sexo, raza y nación hostigados. Funciona esa propaganda porque da autoestima. No eres un paria maltratado. Eres un español heterosexual blanco orgulloso que no pide perdón y levanta la voz con tanto moro y tanta feminista. Y tu pataleo será gritar gozoso el nombre de la nación e ir a los toros. Autoestima.

Y condescendencia. Qué rabia daba el buenismo de los curas y las autoridades académicas. Venga, daros la mano, sed compañeros. Ese era todo el consuelo por tener que aguantar a aquel mamón. Como una piza a cambio del móvil. Cada pequeña falta era excusa para un sermón. No es decirte que te calles, con la frescura de un Borbón a Chávez. Es explicarte que cuando se grita se molesta, que hay que respetar a los demás si quieres que los demás te respeten a ti … zzz … un coñazo. Cuando uno sufre y pierde, es lógico que dirija su ira hacia el establishment. En la mayoría de los sitios, lo que queda de la democracia liberal es la izquierda. Las derechas tradicionalmente moderadas se van cada vez más a discursos y actitudes ultras. Así que el cura cargante tiende a ser la izquierda. A la población machacada, perpleja por la súbita diversidad étnica y cultural, desafiada en sus hábitos por hombres que tienen maridos, la izquierda es quien le habla de tolerancia y de la riqueza de la diversidad. La propaganda ultra detecta bien la fibra que puede convertir el discurso democrático en condescendiente, en ese discurso que quiere que entiendas que tus problemas son pequeños comparados con la diversidad y el clima. Se trata de que percibas cada mención a rasgos elementales de civilización y convivencia como el sermón buenista e hipócrita en el que pretenden disolver tus problemas. La propaganda intenta que cada mención a las libertades políticas, a la justicia social, a la igualdad o a la universalidad de la educación sea como la pizza que tendrás en vez del móvil. Condescendencia irritante.

Habrán oído de la agenda 2030 que es radical y comunista. Nuestro arzobispo Sanz Montes la tiene entre sus demonios. Repasemos el enunciado de sus 17 objetivos: fin de la pobreza; hambre cero; salud y bienestar; educación de calidad; igualdad de género; agua limpia y saneamiento; energía asequible y no contaminante; trabajo decente y crecimiento económico; industria, innovación e infraestructuras; reducción de las desigualdades; ciudades y comunidades sostenibles; producción y consumo responsables; acción por el clima; vida submarina; vida de ecosistemas terrestres; paz, justicia e instituciones sólidas; alianzas para lograr objetivos. No hay arzobispo que entienda qué hay de malo, de rojo o de radical en estos enunciados. La idea es juntar estos enunciados con tus problemas para que suenen a condescendencia. Tú no puedes pagar el alquiler y los progres te ofrecen vida submarina. Qué pequeños les parecen tus problemas a estos vividores subvencionados.

Mauro Entrialgo en Toma 3. Foto: David Aguilar Sánchez

Así la rebeldía no consistirá en cuánto consigas en tu derecho a la vivienda, sino en cuánto cabrees a los progres, al establishment . Como lo que ellos llaman progres y dictadura progre es pura y simplemente lo que venimos llamando democracia o sencillamente civilización y convivencia, pues la rebeldía consistirá en desafiar los mínimos de civilización a los que estamos acostumbrados. La rebeldía consistirá en la zafiedad del lenguaje y la conducta, de manera que cualquier mención a cualquier elemento de convivencia suene a sermón condescendiente. Se dijo «Sánchez, por siete votos tienes el culo roto», «hijo de puta, traidor», «Marlaska maricón», «que te vote Txapote», «no es una sede es un puticlub», «Irene Montero, eres ministra por hincar las rodillas», «Irene Montero tiene la boca llena de llagas de chupársela al coletas», … Como señala Mauro Entrialgo, se ostenta el mal como propaganda. Se miente, se movilizan procesos judiciales espurios y MAR se jacta de ello. El gamberrismo y la mofa ruidosa se exhiben, como quien se caga en Dios en una iglesia o escupe en la ventana donde unas ancianas toman su chocolate. Difunde Carlos Herrera en la emisora de la Iglesia que el Rey puede caminar por la calle y Sánchez no, porque será insultado o incluso agredido. Y lo dice como prueba de ilegitimidad democrática. No hace tanto que la mitad de los políticos del País Vasco no podían salir a la calle sin escolta porque los mataban. Será que eran indignos o ilegítimos … o será que había asesinos. Feijoo insiste en el argumento, insta a Sánchez a dar una vuelta con él a ver si le gusta lo que ve … y así insta a la hinchada a que no le guste lo que ve. Nada violento crece en el entorno de Bildu y no hay bastedad, cutrez o formas de agresividad que no esté creciendo en todo el espacio de las derechas. Se inventan okupas para acosar a los inquilinos, Feijoo dice con desvergüenza que estaba en el yate de un narcotraficante porque en los noventa no había internet, se burlan de la libertad haciéndola consistir en toros (miren los carteles de Gijón) y berrinches destemplados, se burlan de la cultura entronizando en ella a Mario Vaquerizo, llaman «periodistas libres que hacen preguntas incómodas» a sicarios violentos. Sánchez se engrandece, no por méritos, sino por el papel que le toca: el de ser el límite de la civilización y el de sostener la normalidad democrática, por todas las furias ultras desatadas contra él.

Convertido en virtud todo lo que escandalice a los progres, es decir, a todo lo que repugne a la civilización, la zafiedad acaba en cenagal mefítico y la agresividad empieza a hacerse violencia. Lo describió correctamente Gabriel Rufián. Las derechas quieren poner de moda, como rebeldía virtuosa y cool, ser un malnacido y un canalla, reírse de la mención a 15.000 niños asesinados en Israel, pero no porque les guste que se mueran niños (seguramente les aburre), sino por cómo se escandaliza la izquierda con sus risas. Rufián dijo «malnacido», que es una palabra que casi no se usa. La derechona de la M-30 prefiere decir que le gusta la fruta, entre estertores de risa. Yo me mantengo en el registro nativo que mamé en mi barrio de Gijón oeste. Nada de me gusta la fruta ni malnacidos. Las derechas quieren poner de moda ser un hijo de puta. Es una cuestión táctica: que lo civilizado parezca condescendiente y lo fresco y auténtico sea ser un hijo de puta.

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