El Avilés medieval comienza a aflorar

La recuperación de la muralla supone un avance para entender la importancia de la ciudad entre los siglos XI y XV.

Recomendados

Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Ha sido al caer un muro, de esos que parecen no contar nada, cuando ha aparecido otro que cuenta tanto. Piedra sobre piedra, tiempo sobre tiempo: la vieja muralla de Avilés está resurgiendo como una línea de sutura entre siglos. Pero no surge de la sorpresa ni del azar, sino de un plan trazado con tiempo. Desde hace años, el Ayuntamiento ha impulsado un proyecto para liberar y poner en valor el trazado medieval de la ciudad, recuperando los restos del recinto amurallado mediante la demolición de edificios construidos en el siglo XX.

Recientemente han comenzado los derribos. El objetivo: abrir un espacio público que integre historia y presente. Entre excavadoras, empieza a dibujarse parte del perímetro medieval de una villa que aún late bajo el asfalto y entre las casas.

Una villa con voz y puerto propios

Avilés fue una de las primeras villas asturianas en articularse como núcleo urbano con estructura propia. En 1085, el rey Alfonso VI le concedió fuero, y con él, privilegios, mercado y autonomía. El fuero más antiguo del Cantábrico. Todo un hito. Y otro: Ese documento, conocido como el Fuero de Avilés, es además considerado el texto más antiguo en lengua asturiana. Hoy las copias conservadas andan entre archivos y vitrinas, mientras en la calle son ya pocos quienes usan esta lengua en el día a día. Como la muralla, también la llingua parece haber quedado bajo capas de tiempo en esta ciudad a la espera de ser rescatada.

“La muralla de Avilés fue más simbólica que efectiva”, recuerda Pepa Sanz, cronista oficial de la villa. “Lo que delimita es el espacio al que se le dio el fuero. Era una forma de marcar el territorio, de decir: esto es del rey”. En ese recinto se organizó la vida urbana medieval, que pronto se extendió hacia Sabugo, el barrio marinero, y hacia los caminos de salida a Gijón y Oviedo.

El Avilés del siglo XIV según Miguel Solís

Esa autonomía tuvo una expresión decisiva en su puerto. Situado en un enclave natural estratégico, bien resguardado y conectado con la ría, Avilés se convirtió a partir del siglo XII en un nudo comercial esencial para el intercambio de mercancías entre el interior peninsular y las rutas atlánticas. Desde aquí salía hierro asturiano rumbo a puertos franceses y británicos, y llegaban sal, vino o tejidos procedentes del sur y de ultramar. La villa se transformó en un puerto dinámico del norte de España, con actividad marítima, astilleros, almacenes y una clase mercantil en ascenso.

“Avilés tuvo aduana en el siglo XVI y un comercio muy vivo. Se exportaba lana, madera, se importaban telas, sal, vino, trigo. Era un puerto sensacional para la defensa y para el negocio”, explica Sanz.

Obras de recuperación de la muralla. Foto: Tania González
Infografía de la muralla recuperada.

La muralla que hoy se redibuja respondía precisamente a esa necesidad de protección: defensa frente a amenazas externas y afirmación de una frontera simbólica. A un lado, la villa con su orden interno, sus oficios, sus calles de piedra. Al otro, los prados y la ría, lo incierto. Delimitaba y protegía. También jerarquizaba.

“No era como la de Ávila, ni como las murallas árabes o la romana de Lugo. Pero tenía su importancia. Tenía torres, barbacanas, puertas simbólicas. Y durante un tiempo, dos piezas de artillería que miraban a la ría eran toda la defensa armada de la villa”, recuerda la cronista.

Las ciudades bajo las ciudades

Cada piedra excavada devuelve una capa de significado. La muralla no es solo un vestigio físico, sino una clave para interpretar el pasado urbano. Revela cómo se organizaba el espacio, cómo se concebía la seguridad, cómo se dibujaban los límites de la comunidad.

En el contexto actual, esa recuperación arqueológica adquiere un valor añadido. Asturias atraviesa una transformación de su modelo económico. Los pilares tradicionales —la industria pesada, la minería, la siderurgia— están cediendo algunos espacios a un nuevo paradigma que busca en el turismo, la cultura y el conocimiento nuevas vías de sostenibilidad.

No es casual que la visibilización de la muralla se reciba también como una oportunidad. Una ciudad que rescata su historia visible puede rearmarse simbólicamente ante el futuro.

Memoria y estrategia

La musealización de restos arqueológicos, la apertura de rutas históricas o la integración de vestigios en el urbanismo contemporáneo forman parte de una tendencia creciente en muchas ciudades europeas. Convertir lo que fue defensa en valor añadido. El muro como relato.

Palacio de Valdecarzana, construido entre el siglo XIV y XV.

En el caso de Avilés, la tentación de convertir la muralla en atractivo turístico es comprensible y legítima. Pero, ¿se está recuperando un fragmento de historia por su contenido o por su utilidad? ¿Importa más lo que fue o lo que puede generar?

La respuesta quizá no deba ser excluyente. Revalorizar el pasado no implica necesariamente mercantilizarlo. Pero requiere un compromiso: con el rigor histórico, con el patrimonio, con una mirada larga que no sacrifique el relato por el único rendimiento que dan las cámaras de fotos.

“La mentalidad medieval era marcar un territorio. La del siglo XIX, expandirse”, resume Pepa Sanz. Fue entonces cuando se tiraron las puertas de la ciudad y muchas casas se construyeron directamente apoyadas en la muralla. “Se trataba de adaptarse a otro tiempo. Pero tampoco se trata de tirar ahora todas las casas. Tienen un gran valor estructural. La parte trasera de muchas de esas casas está literalmente apoyada sobre la muralla. Era una construcción muy sólida, sobre la que se podía levantar cualquier edificio una vez que la muralla dejó de tener función defensiva.”

No siempre el patrimonio se revela: a veces hay que despejarlo. ¿Con el paso del tiempo, también esas casas que hoy están siendo demolidas podrían acabar formando parte de la memoria perdida? El patrimonio, al fin, no lo decide solo la piedra, sino el afecto, la mirada, el relato que cada generación elige conservar.

“Dentro de 500 años, puede que alguien valore lo que hoy se ha perdido”, reconoce la cronista. “Pero al menos estas casas, ahora demolidas, están documentadas, fotografiadas, sus planos archivados. Y eso también es conservar. La gente subestima los archivos, pero sin ellos, la memoria se disuelve”.

Entonces, ¿el criterio sobre qué conservar y qué no siempre es relativo? Sanz cree que sí: “Porque siempre hay distintos valores: unos le dan importancia a una cosa, otros a otra. Lo importante es que lo que se decide eliminar esté bien identificado, bien documentado.” Y como cronista de Avilés, vuelve a insistir: “El valor de los archivos es esencial. Son los que custodian esa documentación, esa memoria y nos permiten preservar, aunque sea de forma indirecta, lo que ya no está.”

Por lo que los edificios que ahora nadie echa en falta y que están siendo demolidos, tienen su hueco en toda esa documentación que se esconde en lugares menos visibles que la muralla, pero fundamentales para conocer la historia de la ciudad. La historia que se eleva por encima de los tejados y también la historia de lugares más modestos, hoy día, olvidables y derruidos.

Hay que tener en cuenta que en el relato contemporáneo de las ciudades, el pasado no siempre se rescata solo por lo que fue, sino también por lo que puede ofrecer. El patrimonio se convierte así en lenguaje y recurso. Se conserva para recordar, pero también, a veces, para atraer.

En tiempos de cambio económico y proyección, la historia puede convertirse en horizonte. Lo que antes defendía a la ciudad de sus enemigos, hoy puede protegerla del olvido. El muro, ahora, no guarda: invita.

La piedra que interpela

En Avilés, la historia de su muralla no estaba perdida. Solo estaba soterrada. Al emerger, no exige reverencia, sino escucha. La muralla no pide ser glorificada, pero sí comprendida. Habla de una ciudad que se organizó en torno a sus límites, que se protegió para crecer, que escribió su primer texto en una lengua propia y que ahora, siglos después, vuelve a mirar hacia dentro.

Toda ciudad decide qué hacer con sus huellas. Algunas las borran. Otras las aíslan en vitrinas. Algunas pocas las integran como parte viva del presente. Avilés, con la muralla, parece estar ante esta última elección.

No se trata solo de conservar piedras, sino de sostener significados. Y quizá en eso consista el verdadero valor de redescubrir la muralla: no en lo que pueda atraer, sino en lo que puede revelar. La muralla no separa ya: conecta. No encierra: explica.

Actualidad

spot_img