Hasta siempre, La Salvaje

Que cierre una sala así es perder identidad propia como ciudad y un paso más hacia el camino nefasto de la gentrificación.

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Belén Suárez Prieto
Belén Suárez Prieto
Correctora de textos de profesión, impulsora de El Tiempo Delicuescente y portavoz de Podemos Oviedo/Uviéu.

La sala de conciertos La Salvaje, en la ovetense calle de Martínez Vigil, tras diez años de camino, cierra definitivamente sus puertas este último fin de semana de junio. El contrato de arrendamiento del local cumple su plazo y la propiedad del edificio lo vende, ese viejo edificio desde el que se adivinan tanto el monte Naranco como la torre de la Catedral, símbolos protectores de este pequeño lugar del mundo. 

David, Marcos, Ángela, Alejandro dicen adiós al refugio que levantaron estos años y que nos ofrecieron, para ir a conciertos, desde luego, pero para mucho más: para organizarlos, para sentarnos en la barra y charlar con ellos, para compartir el sofá con una amiga a la que hacía tiempo que teníamos ganas de ver, para hablar con aquel músico y consultarle que qué le parece ese concierto que empieza a llamar a las puertas de nuestro cerebro, de nuestro corazón, de nuestras tripas… 

David Cuerdo y Marcos Flórez en La Salvaje. Foto: David Aguilar Sánchez
Concierto de Aitor Herrero Trío en La Salvaje. Foto: David Aguilar Sánchez
Concierto de La Paloma. Foto: David Aguilar Sánchez
María José Miranda y Alberto Santamaría, en La Salvaje. Foto: David Aguilar Sánchez
Club de Letras Salvajes. | Foto: Alisa Guerrero
Micah P. Hinson en La Salvaje. Foto: Alisa Guerrero

La pérdida de una sala de conciertos de tamaño pequeño en una ciudad pequeña es irreparable para la escena local, para el público que acude y que ama la música, para la vida cultural y de ocio del lugar y de los lugares aledaños. La pérdida de una sala de conciertos con licencia de discoteca en el centro hace el cierre más irreparable aún. Nos estamos quedando sin espacios con aforos pequeños, que son tan necesarios como los de mediano o gran aforo, para tocar, para programar, para escuchar música. Para ver a bandas que están empezando, que se van consolidando, que se dan a conocer, que tienen público minoritario. En lugares como estos comenzaron The Beatles o The Rolling Stones… 

La Salvaje, además, nos ofreció El Refugio, la parte de arriba del local, bar y club, donde el formato para los conciertos se hacía más pequeñito aún y donde pudimos crear, vivir, estar en el bar del que nos habla Tom Waits en «I Hope that I Don’t Fall in Love with You»: «Ya es hora de cerrar, la música se está apagando. Última llamada para las bebidas, tomaré otra cerveza negra». 

Pero, sobre todo, que cierre un local de música en directo y de bar es una pérdida irreparable para sus trabajadoras y para sus trabajadores, para todos los oficios de los que los conciertos se nutren: músicos y músicas, desde luego, con la precariedad grande de las condiciones de trabajo de los workers in song. Pero también técnicos y técnicas de sonido; empresas y profesionales autónomos que alquilan instrumentos, amplis, micros…; camareras y camareros; empresas proveedoras de bebidas y de hielo; personal de limpieza; diseñadores y diseñadoras que crean carteles y entradas; imprentas, que reproducen lo creado en papel… Es perder una actividad económica que genera un buen puñado de empleos, directos e indirectos. 

Que cierre una sala como La Salvaje es perder identidad propia como ciudad y un paso más hacia el camino nefasto de la gentrificación, del turismo masivo y mal entendido, de destruir espacios donde reconocernos y de construir lugares para vivir impersonales e iguales y adocenados. 

Quizá el capitalismo voraz acabe derrotándonos definitivamente, quizá sus adalides logren arrebatarnos todo lo que es nuestro, pero nunca nos quitarán todo lo que vivimos en La Salvaje, todas las canciones que escuchamos, todo lo que construimos, lo felices que fuimos, lo que reímos y lo que lloramos, de emoción o de tristeza (y en este caso nunca faltó una mano en el hombro amiga, para el consuelo), nunca nadie nos robará eso, aunque nos roben la ciudad. Y en este patrimonio somos infinitamente más ricas de lo que son aquellos que quieren acabar con todo. 

David, Marcos, Ángela, Alejandro, muchísimas gracias por todo. Muchísimas gracias por tanto.  

Hasta siempre, La Salvaje. 

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