Incendios en Asturias: tres voces para entender qué arde más allá del fuego

Qué hay detrás de los fuegos de este verano y cómo repensar la gestión del territorio.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El verano dejó humo y una certeza incómoda: las causas no caben en un eslogan. La Consejería repite que las investigaciones siguen abiertas; el presidente Barbón ha deslizado intencionalidad en varios focos. Pero incluso cuando el mechero aparece, el paisaje que arde no es una pizarra limpia: detrás hay clima más extremo, territorios que se gestionan poco o mal y comunidades rurales que ya no pueden hacerlo todo.

“Quizá la primera reflexión tras esta oleada de incendios —más bien un tsunami de fuego— tenga que ver con la pérdida del bosque habitado durante siglos”, afirma antes de empezar Jaime Izquierdo.

Para no quedarnos en las consignas cruzamos tres conversaciones —una agroecóloga, un biólogo y un geólogo— que, lejos de la trinchera, ayudan a colocar las piezas. Las suyas son miradas distintas, pero sobre todo argumentos.

Incendio en Piloña en 2023. Foto: Luis Sevilla

Incendios más rápidos, comunidades más frágiles

La agroecóloga Verónica Sánchez pide empezar por lo obvio y a la vez olvidado: el tipo de fuego ha cambiado. Habla de incendios de sexta generación, capaces de acelerar y cambiar de comportamiento en minutos, con olas de calor y sequías que convierten laderas enteras en un único combustible. Por eso desconfía de los duelos de culpables: “Centrarlo todo en si la ganadería tiene la culpa o no, no es ni interesante ni constructivo, solo polariza de forma absurda”, dice sin rodeos.

Su matiz clave llega pronto: ganadería extensiva —la que se mueve, pasta, abre caminos y mantiene pastos—. No es un talismán, pero reduce la continuidad del combustible y mantiene cortafuegos ya abiertos. “Un rebaño de ovejas o cabras —añade— no apaga incendios, pero ayuda a que un fuego no se convierta en incendio porque introduce discontinuidades”.

Y subraya otra cuestión: la gestión rural es comunidad, y la despoblación, al deshacerla, quita manos para limpiar un camino, despejar una faja alrededor del pueblo o avisar a tiempo.

“Si alguien va a prender, arrasar matorral no lo disuade”

“Limpiar” no es prevenir: el monte no es basura

El biólogo Alfredo Ojanguren entra como un bofetón: “Limpiar el monte no es prevenir; la vegetación no es basura”. Para él, la prevención empieza antes del fuego: educación, desincentivos (acotar el aprovechamiento en lo quemado para que no “salga a cuenta”), vigilancia y volver a investigar de forma seria las causas.

“Lo demás —resume— son milongas”. Y aquí deja dos líneas rojas: una plantación no es un bosque (“un eucaliptal es un cultivo; sus reglas son otras”); y el pastoreo no debe verse como dogma. No porque no sirva en ciertos lugares, sino porque convertirlo en receta “empobrece ecosistemas si deriva en sobrepastoreo” y, sobre todo, porque no evita la chispa: “Si alguien va a prender, arrasar matorral no lo disuade”.

De ahí su matiz: el papel del ingeniero forestal es silvícola en plantaciones; no decidir cómo se gestiona un ecosistema, y menos aún en espacios protegidos. Y critica que el debate público esté dominado por ingenieros forestales

Incendio en Trevías. Foto: Luis Sevilla

Coincidencias, choques y matices

Entre ambos, el geólogo y ensayista Jaime Izquierdo propone desplazar el foco del “quién” al “cómo habitamos” el territorio: “La estrategia de conservación por renovación biológica dio paso a una idea de conservación más basada en la sucesión biológica”.

Su tesis —la acuñó hace años— es que “conservar por lo mismo que producir” no es una paradoja sino una necesidad política: la naturaleza se conserva cuando se maneja bien, con economías locales reguladas, principios agroecológicos y límites claros.

Lo llama conservación por renovación (frente a la “sucesión” que deja el monte avanzar hacia la continuidad y el abandono). Sin modelos locales de manejo y gradientes de uso —zonas de conservación estricta, otras extensivas y pocas intensivas— el territorio “se convierte en combustible continuo” y choca con una sociedad urbana que “literalmente echa chispas”.

“Sánchez pide gobernanza multinivel y participación real en políticas que hoy se deciden lejos”

Sánchez e Izquierdo coinciden en que gestionar es lo contrario de abandonar: pastos, caminos, huertas, prados de siega con matos, bosques con turnos largos… un paisaje funcional que corta la mecha. Pero Ojanguren pone el dedo en la llaga: fragmentar por fragmentar no multiplica biodiversidad; hacerlo mal la reduce. Su advertencia contra el “mosaico” como consigna sirve de vacuna: ni idealización del pasado ni excavadora como política.

Donde sí se tocan los tres es en la escala. Sánchez pide gobernanza multinivel y participación real en políticas que hoy se deciden lejos. Ojanguren separa roles: bomberos apagan, ingenieros forestales gestionan plantaciones y cultivos, y la gestión de ecosistemas debe corresponder a la ecología y la biología de la conservación.

Ojanguren reclama también “sobrecapacidad en extinción” —dimensionada para cuando los incendios son devastadores, no para la media— y brigadas de investigación que aporten pruebas antes que sentencias televisivas. Izquierdo baja a tierra su teoría con una agenda: reglas locales, economía viable, cultura del manejo y gradientes de explotación claros.

Foto: Álex Zapico.

Malentendidos útiles

El primero: “desbrozar es prevenir”.

Ojanguren lo rebate (“no evita la ignición y puede arrasar sotobosque vital”), Sánchez lo relativiza (“sí en WUI—la franja donde monte y viviendas se tocan— y márgenes de seguridad bien planificados; no como receta de hectárea”), e Izquierdo sugiere mantenimiento productivo con sentido —no “pelar” por pelar—.

El segundo: “la ganadería apaga fuegos”.

Sánchez la ubica donde ayuda (extensiva, rebaños que mantienen cortafuegos y recosen territorio); Ojanguren recuerda que también puede prender y que las metáforas simples se usan para tapar negocios o malas prácticas.

El tercero: “todo es abandono”.

Izquierdo matiza: abandono + sociedad que se expande = incendios más grandes; pero la salida no es “volver atrás” sino actualizar un manejo que produzca alimentos, empleo y servicios ecosistémicos sin romper el ecosistema.

“Cuando el incendio ya está en marcha, la clave no es ahorrar, sino reforzar para los días extremos: estar preparados para el pico, no para la media”

“No hay milagros…”

¿Y qué hacemos mañana si vuelve a arder? El guion que sale al cruzar sus argumentos es menos brillante que un titular, pero seguramente más útil.

La prevención no se improvisa en verano: requiere campañas constantes de educación en riesgos, leyes que desincentiven el fuego —como los acotamientos que impiden aprovechar lo quemado— y un sistema de vigilancia e investigación estable, con brigadas que aporten pruebas antes de que hablen los eslóganes.

Bombero forestal apagando un fuego en 2022. Foto: Iván G. Fernández

Cuando el incendio ya está en marcha, la clave no es ahorrar, sino reforzar para los días extremos: estar preparados para el pico, no para la media. Eso implica dar a los bomberos capacidad real de maniobra, coordinar para evitar la dispersión de recursos en múltiples focos y planificar mejor las interfases urbano-forestales con accesos claros y fajas de seguridad.

Y entre incendios, que es casi todo el tiempo, el foco vuelve al territorio: una política rural con participación real —más allá de la PAC— que haga viable la ganadería extensiva regulada, sostenga el relevo generacional y garantice servicios en los pueblos. Eso exige decidir juntos qué se conserva, qué se usa y cómo, y mantener un cuidado fino allí donde vive gente, porque el abandono tampoco es neutro: también prende.

No hay milagros. Sánchez pide dejar de fabricar enemigos si queremos una “cultura forestal” compartida; Ojanguren recuerda que “cada gran incendio es una mala gestión previa”; Izquierdo insiste en que reconciliar economía y naturaleza “no es una opción, es una urgencia política”.

Tal vez, al final, prevención sea una palabra humilde: educar, cuidar, pactar, dotar. Y habitar el monte de un modo que haga menos probable el próximo agosto imposible. “La naturaleza necesita manejo y cultura si queremos conservarla”, recuerda Izquierdo, en sintonía con la llamada de Sánchez a dejar de fabricar enemigos y la advertencia de Ojanguren de que cada incendio revela una gestión previa fallida.

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