Un vídeo recorrió las redes estos días de la Vuelta en Asturies. En una acción escalonada (unas personas cortan la carretera con pancartas y a cuerpo y, más allá, otras se encadenan de lado a lado del asfalto,) un grupo consigue parar unos minutos la subida a L’Angliru. Fuerzas del orden y de la organización se apresuran a restablecer la normalidad (que un equipo con la marca Israel recorra nuestras carreteras mientras su Estado pulveriza Gaza y ocupa Cisjordania). En el vídeo se ve a un motorista benemérito dándole y dándole a la cadenita sujeta al quitamiedos hasta soltarla. Mientras, otro benemérito antidisturbios, tocho, pero como pollo sin cabeza y con gafas oscuras, esgrime su porra y se dirige hacia las encadenadas y, a continuación, protagoniza otra escena “normal”: la emprende a golpes (no bestiales, sin ensañamiento, y a las piernas, pero golpes) con personas que están encadenadas y quietas y, después, con otra ya en el suelo. ¿Para qué? Desde luego, no para cortar la cadena ni despejar la carretera: para hacer daño, para castigar. ¿Por qué? Porque puede. Porque es “lo normal”.
Desde el franquismo, en las acciones de grupos antidisturbios u otros agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se normalizó el uso prolijo de la llamada “defensa” (eufemismo que indica la supuesta función de lo que conocemos y nombramos como porra) y de la violencia en situaciones que (desde el punto de vista del orden) en absoluto lo requieren.
En ciertos países democráticos que solo existen en las series de televisión, el uso punitivo, desproporcionado, arbitrario o injustificado de la violencia (de cualquier rango: desde el empujón hasta el asesinato) por parte de un agente le conduciría a un expediente de investigación, la supensión de empleo y sueldo o el apartamiento de sus funciones, antes de cualquier otra responsabilidad penal. En la rancia tradición de nuestros ministerios del Interior (y el de Marlaska -quizá no se hayan dado cuenta- no se diferencia de otros) y nuestras delegaciones del Gobierno, estas acciones (aporrear sin sentido y sin otro objetivo que hacer daño) pasan desapercibidas. Se consideran “lo normal”. Viendo el vídeo, sin embargo, salta a la vista que se trata de un acto de violencia injustificada y no proporcional, un abuso policial, por mucho que los daños físicos no sean mayores (de la humillación y otros maltratos no diremos nada). Pero es que la normalización nos afectó a todas, incluso a las manifestantes: “Nos pegaron poco”, “Solo fueron unos porrazos”, “Algunas patadas”, “Moratones, empujones, insultos…”. Lo normal.
































