Un Bergman divertido

Cada gesto, cada réplica actúa como un resorte capaz de arrancar las risas de los espectadores, en una ceremonia que reflexiona sobre el amor, la soledad y el paso del tiempo.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Escenas de la vida conyugal

de Ingmar Bergman

Dirección: Norma Aleandro

Intérpretes: Ricardo Darín y Andrea Pietra

Centro Niemeyer, 15 de octubre, Avilés

Para el inconsciente colectivo pocos autores hay tan firmes y atornillados a unas claves estéticas de exposición como Ingmar Bergman. Decir Bergman es pensar en un primer plano interminable, soliloquios desgarradores y unas relaciones interpersonales taladradas por espacios interiores que se hieren y atormentan ineluctablemente. Es la fuerza de la costumbre. Siempre lo hemos visto así, hierático trascendental, y nos cuesta pensar que pueda ser de otra manera. Pero Bergman hace ya tiempo que no está de moda. La postmodernidad lo arrumbó al trastero de las cosas coñazo –no lo es, evidentemente– embalsamado en su poética cinematográfica de contexto, que quizá sea la mejor manera de preservar un bonito cadáver para la eternidad. ¿Envejece bien su obra? Es un clásico, y el reto de los clásicos, en el teatro, ya se sabe… son las versiones. Fernando Masllorens y Federico González del Pino han adaptado Escenas de la vida conyugal para Norma Aleandro, la directora, y los prestigiosos intérpretes Ricardo Darín y Andrea Pietra. Con un resultado artístico de alto voltaje, aunque con un planteamiento que por momentos se inflama y desparrama por el humor vitriólico, cínico y campechano de la comedia de alcoba –me reí un montón– en detrimento de un tono general más sentido y “serio”, que sería el esperado según el canon. Aunque puede que la risa sea una cuestión de estilo muy de nuestro tiempo, y el feminismo vanguardista de un Bergman de hace cincuenta años, así representado –con su ironía de roles sexuales, valores emocionales y matrimoniales tan diferenciados y a la antigua–, el espejo sincero y verdadero que mejor refleja nuestra imagen. Porque la comedia, cuando no es grotesca, es en el fondo un acto de afirmación. Y la pieza hizo la delicia de los espectadores.

Pero no todo se fue por los cerros del humor porteño, ese reír por no llorar o ironías a lo Woody Allen que aflora en los primeros cuadros. A medida que avanza la acción y pasan los años la crisis matrimonial adquiere proporciones dramáticas graves. Y nos sorprende el amplio registro de emociones por las que atraviesa Ricardo Darín. Desde el hombre tierno, paciente y perspicaz, egoísta liberado a través de la infidelidad, al sujeto arruinado y perdido en el momento culmen de la borrachera. Esa bajada a los infiernos aliñada con el sarcasmo cáustico de la clarividencia. Al igual que Andrea Pietra, soberbia como Mariana, que evoluciona de mujer perfeccionista, controladora e insatisfecha a la fragilidad, el desconcierto y el estupor ante el hundimiento matrimonial del que sale más fuerte, bella y generosa que nunca. La química entre ambos es innegable. Cada gesto, cada réplica actúa como un resorte capaz de arrancar las risas de los espectadores, en una ceremonia que reflexiona sobre el amor, la soledad y el paso del tiempo. Con el acento argentino como característica principal a añadir a sus otras muchas virtudes. En fin, tanto se ha escrito ya sobre el espectáculo y sus cualidades, que nada puedo decir que no sea reincidir y machacar en los valores que acreditan su éxito.

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