Los robos de joyas vuelven a estar de actualidad con el reciente al asalto del Museo del Louvre. Medio siglo antes un gran atraco se produjo en Asturies. El botín, un tesoro del siglo IX. Los atracadores, no unos elegantes ladrones de guante blanco, sino un delincuente de poca monta, que solo o en compañía de otros, pudo hacerse con el botín gracias a la falta de seguridad y el abandono del patrimonio artístico de un país sin apenas políticas públicas culturales y que estaba iniciando su andadura democrática.
Fue en la madrugada del 10 de agosto de 1977 cuando Oviedo/Uviéu amaneció con una inesperada herida en su patrimonio histórico. La Cámara Santa, el edificio prerrománico construido durante la monarquía de Alfonso III El Magno, había sido asaltado y las reliquias más valiosas del antiguo reino asturiano —la Cruz de la Victoria, la Cruz de los Ángeles y la Caja de las Ágatas— habían desaparecido.
El robo se produjo en plena noche. El autor, un joven gallego de apenas diecinueve años, José Domínguez Saavedra, aprovechó los andamios instalados por obras de restauración para acceder al interior de la Cámara. Una vez dentro, forzó la reja de hierro que protegía las piezas, desmontó como pudo las cruces y la caja, y huyó con ellas en un saco. Cuando las trabajadoras de limpieza entraron al día siguiente, encontraron la estancia desvalijada y los relicarios desaparecidos.
Cuando las trabajadoras de limpieza entraron al día siguiente, encontraron la estancia desvalijada y los relicarios desaparecidos
Domínguez Saavedra, un joven de 19 años de vida difícil, acostumbrado a moverse en los márgenes de la sociedad, había llegado a la capital asturiana aquel verano de 1977, y como relata el periodista Xuan Cándano en su libro “No hay país. Crónica política y sentimental de Asturias (1975-2022)”, pronto hizo amistades en el casco histórico de la ciudad, en la que por aquellos años de la Transición comenzaba a florecer una animada vida nocturna en la que se entremezclaban los históricos habitantes del barrio con quinquis, progres y bohemios.
¿Fue Domínguez un lobo solitario o por el contrario tuvo compiches en aquella aventura que, como pronto se vería, le quedaba muy grande? Cándano atribuye un papel clave en el robo a “La Chelo”, una antigua niña de la guerra de voz aguardentosa, maestra de profesión y noctámbula de vocación, un personaje muy popular del Oviedo Antiguo, y que según el periodista podría haber sido su cómplice en el asalto a los tesoros de la monarquía asturiana.

El botín aparecería pocos días después en Ourense, abandonado por el ladrón mientras era perseguido. No escaparía por mucho tiempo. A mediados de septiembre Domínguez era detenido en Oporto. El tesoro no obstante no se recuperaría al completo. Las piezas fueron halladas además en un estado deplorable: desarmadas, desprovistas de sus piedras y con las láminas de oro arrancadas. A partir de ese momento comenzó un largo proceso de restauración que duró ocho varios años y que gracias al buen hacer del orfebre Carlos Álvarez de Benito y su equipo de artesanos permitió devolver su aspecto original a las joyas.

Un revulsivo en defensa del patrimonio
El impacto del robo fue tan profundo que marcó un antes y un después en la conciencia patrimonial de Asturies. El atraco, que fue noticia en todos los medios de comunicación españoles, puso de relieve la falta de medidas de seguridad y el abandono que sufría la Catedral.
La indignación fue creciendo a medida que se conocían más detalles de la chapuza que había permitido el robo. La totalidad de los partidos de izquierdas parlamentarios y extraparlamentarios, asociaciones culturales como Conceyu Bable, el Club Cultural de Oviedo y la Sociedad Cultural Gijonesa, el entonces muy dinámico movimiento vecinal, y hasta la Falange Auténtica, convocaron una multitudinaria manifestación en defensa del patrimonio histórico y artístico.

La movilización encabezada por la filósofa Amelia Valcárcel y Ramón Cavanilles, aristócrata ilustrado, asturianista y progresista, presidente de la Asociación de Amigos de la Catedral, reunió a miles de personas y destacó por la presencia de banderas aturianas, un símbolo todavía no institucionalizado, que estaba comenzando a popularizarse. La cita solo tuvo dos notables ausencias, la Unión de Centro Democrático y Alianza Popular.
La ola de indignación con el robo tendría consecuencias. Se reforzaron las medidas de seguridad de la Catedral y se impulsaron los primeros programas de restauración y conservación de los muy maltratados bienes culturales asturianos. En cuanto al ladrón, este sufriría un castigo ejemplar, 10 años en prisión. Solo dos jóvenes abogados de izquierdas, Antonio Masip y Marcelino Arbesú, se atreverían a defender a aquel apestado, convertido en enemigo público número uno de una opinión pública asturiana conmocionada. Y es que aunque el futuro alcalde socialista de Oviedo/Uviéu, entonces un activista independiente, había sido uno de los promotores de la movilización en defensa del patrimonio artístico expoliado, también consideraba que el ladrón merecía un juicio justo y que se respetaran sus garantías procesales.

«Pido perdón a los asturianos porque no sabía lo que hacía, pero no comprendo por qué a mí me piden 30 años de cárcel por haber robado aquí y en Zamora, cuando los implicados en Matesa y en tantos otros casos están en libertad» declararía Domínguez en su descargo.
Carne de cañón. Salió de la cárcel en 1987, con 29 años, para entrar poco después acusado de un doble asesinato en Pontevedra. Moriría en la cárcel tras regresar al presidio a principios del siglo XXI por una nueva condena, esta vez por atraco a mano armada. Tenía 54 años.
































