La victoria de Mamdani dejó muchas lecciones interesantes para el contexto estadounidense, pero también para leer la situación política de nuestro país. Su campaña en Nueva York se impuso a la alianza entre diversas élites reaccionarias, incluyendo las trumpistas, con un planteamiento radicalmente democrático: la defensa de los servicios públicos, la condena del genocidio cometido contra Palestina, la lucha contra la intolerancia y el compromiso con las clases obreras y populares. Recuperar la iniciativa desde el pueblo y contra las élites, sin limitarse a proclamas moderadas y rutinarias fue, sin duda, una de las claves del éxito de su campaña.
En ese compromiso con una visión radical de la democracia popular hay una enseñanza que convendría tener en cuenta. Cuando dentro de unos años nos preguntemos cómo se pudo llegar a este punto, en el que la democracia misma está amenazada, habrá que recordar décadas de deslocalizaciones en la industria, de privatizaciones de servicios públicos, de conciertos educativos y de concesiones a la sanidad privada. Décadas en las que los mismos que decían defender lo público se daban la mano con fondos de inversión y con grandes corporaciones, erosionando así la confianza de la sociedad en sus instituciones y en sus representantes. Cada vez que se refuerzan los intereses privados en detrimento del bien común, ganan espacio los discursos individualistas y empeora la calidad de vida de la mayoría social.
Un estudio publicado en 2022 en The Lancet Public Health demostró que la externalización en el Reino Unido de los servicios de salud al sector privado estaba relacionada con un aumento de la mortalidad evitable en el año siguiente.
Es fundamental entender que esto no es retórica. Hablamos de salud. Un estudio publicado en 2022 en The Lancet Public Health demostró que la externalización en el Reino Unido de los servicios de salud al sector privado estaba relacionada con un aumento de la mortalidad evitable en el año siguiente. En pocas palabras, privatizar puede matar. Concertar la sanidad pública con proveedores privados con ánimo de lucro perjudica seriamente la salud. Y uno de los motivos es cultural. Al igual que las privatizaciones o las deslocalizaciones deterioran la confianza de la sociedad en sus instituciones, privatizar la sanidad afianza el individualismo y la percepción de que cada cual tiene que buscarse la vida para afrontar la desgracia. Transitar de la salud como derecho a la salud como negocio es una puerta abierta a la oscuridad.

Porque detrás de eufemismos como la colaboración público-privada se encuentra en realidad un proceso de parasitación que sólo necesita un primer paso. Hace no muchos años parecía impensable, pero la Sanidad privada madrileña, encabezada por Quirón Salud, se lleva más del 40% de la inversión total de la comunidad. 5.000 millones de euros de dinero público desviados a hospitales privados en seis años. También parecía impensable hace no tantos años que la universidad privada dominase el país, y hoy en día las universidades propiedad de empresas privadas y de la Iglesia católica están a punto de superar a las públicas. Entre 2015 y 2023 se crearon 7 universidades privadas en España y ninguna pública, y los fondos de inversión ya han aterrizado en el sector. Y que nadie se engañe: la calidad no es la misma. Según un informe elaborado por la Fundación BBVA y el IVIE -difícilmente se podrá achacar a los impulsores del informe veleidades comunistas-, ninguna institución privada lidera en materia de investigación e innovación, con un rendimiento medio del 48% inferior a la universidad pública.
¿Seremos capaces de aprender de las experiencias ajenas? En 2025 nos encontramos con que Quirón Salud ya ha aterrizado en Xixón, y se autorizan varias universidades privadas en Asturies. Basta un primer paso para iniciar un camino difícilmente reversible, porque la salud pública es algo más que la sanidad: es cuidar la salud de las personas desde todos los factores socioeconómicos que la componen. A menudo nos perdemos en embrollos parlamentarios cuando es fundamental que entendamos que lo que está en juego es tan básico como el derecho a comer, a descansar, a estudiar o a curarse. Si en unas décadas se ha pasado de pedir una sanidad pública de calidad y que el hijo del obrero vaya a la universidad, a celebrar la colaboración público-privada y aplaudir la llegada de fondos de inversión, no puede extrañarnos que la sociedad pierda la confianza en las instituciones y en quienes se supone que deben defender el bien común. Para reconstruir la confianza de la ciudadanía debemos alejarnos de posiciones tibias y hacer una apuesta radical por la auténtica democracia. La campaña de Mamdani en Nueva York reitera algo que, en el fondo, ya sabíamos, pero que nunca está de más recordar: la democracia no se negocia con las élites, se defiende junto a las clases populares, y la única manera de no retroceder en derechos es avanzar. Siempre avanzar.
































