Emilio Delgado Orgaz (Madrid, 1976) es concejal en Móstoles y portavoz adjunto de Más Madrid en la Asamblea regional. Además de su trayectoria como educador social y diputado autonómico, es una de las caras más visibles del espacio madrileño: un político habitual en tertulias televisivas, con un estilo directo, reconocible y un acento madrileño que ya forma parte de su identidad pública. Este viernes conversará en la Escuela de Comercio de Xixón con la ex diputada de Podemos Asturies Lorena Gil. El acto, organizado por la Sociedad Cultural Gijonesa, será a las 19h.
Antes de comenzar esta entrevista con NORTES, en una conversación distendida, Delgado comenta —con humor, sin desdén hacia la ciudad donde hoy es concejal— que cada vez que viaja a Asturias le invade una sensación mezcla de envidia y admiración: “Siempre que subo pienso: ¿por qué sigo viviendo en Móstoles?”. Lo dice riéndose, como quien constata que la vida en el norte tiene un ritmo y una calidad de vida difíciles de no valorar cuando se viene de la intensidad política madrileña.
Después de esa entrada informal, la conversación se vuelve más densa: polarización en la Asamblea de Madrid, privatización universitaria y sanitaria, desigualdad territorial, crisis de la izquierda y los movimientos internos de Más Madrid, donde Delgado no descarta dar un paso adelante para disputar el liderazgo y enfrentarse a Isabel Díaz Ayuso.
Es cierto que hay polarización en toda España, pero la política madrileña —que además tiene una exposición nacional permanente— parece haber llegado a un nivel distinto: insultos, descalificaciones, tensión constante. ¿Qué está pasando exactamente en la Asamblea de Madrid para que el clima sea tan áspero?
Pues yo, más que de polarización, hablaría de una contraofensiva por parte del bloque reaccionario ante los tímidos avances que se plantearon en este país a partir del 15-M. Tal vez el epicentro de esa reacción esté en Madrid y tenga mucho que ver con que la Asamblea sea uno de los parlamentos de más alto voltaje. La de Madrid no es una derecha al uso. Ni siquiera dentro del propio Partido Popular lo es. Ayuso es un perfil que podría perfectamente estar en Vox. Lleva el enfrentamiento político al límite y eso provoca episodios sistemáticos de crispación bastante bochornosos.
Desde la oposición, ¿cómo se puede gestionar algo así? ¿Es posible hacer política efectiva cuando, en este caso, el Gobierno de la Comunidad de Madrid convierte cada debate en un choque cultural y emocional? ¿O existe el riesgo de que, si no se responde con contundencia, uno parezca débil?
Hay que hacer dos cosas: una a corto plazo y otra a largo plazo. A corto plazo, los términos en los que la derecha plantea el debate te obligan a elevar también el voltaje. Si tienes una pelea con un abusón de colegio, solo hay dos salidas: o sales mal o sales por encima. Y nos estamos enfrentando a abusones de colegio sistemáticamente. Iniciativas registradas con normalidad son desechadas; es imposible hacer comisiones de investigación o traer a comparecer a altos cargos como Miguel Ángel Rodríguez. Deniegan todo. En Madrid las reglas del juego no son las habituales en un parlamento español. Eso nos obliga a poner límites muy claros. A largo plazo, hay que asumir que el poder de la derecha en Madrid está asentado sobre 30 años de transformaciones profundas: económicas, sociales, incluso antropológicas. Han fabricado su propio electorado: gente que, por encima de cualquier otra cuestión, valora que la izquierda no gobierne; que abomina de los impuestos; que rechaza lo público; que tiene una identidad neoliberal e individualista. Ese modelo de ciudadano lo ha construido el PP desde instituciones económicas, educativas, mediáticas, etc. Estamos haciendo política en “Texas”, y hay que afrontar esa realidad. Creo que la izquierda ha abandonado esa visión demasiado tiempo. Con la llegada de Más Madrid, eso cambia: hay que establecer líneas rojas claras y hacerse cargo de Madrid como prioridad.
El Gobierno de Madrid lleva impulsando nuevas universidades privadas y flexibilizando requisitos. ¿Qué intereses identifica detrás de esa aceleración? ¿Y qué efectos puede tener para territorios como Asturias, que dependen de una universidad pública fuerte?
Madrid se está convirtiendo desde hace tiempo en un laboratorio de turbocapitalismo. Con las universidades ocurre lo mismo que con otros servicios públicos: se estrangula la oferta pública y se empuja a la gente a la privada. Las universidades públicas están en huelga por el estancamiento de su financiación desde hace una década; son las únicas que no han recuperado niveles previos a la COVID. Pagamos las tasas más caras, las ratios son más altas, la calidad ha bajado muchísimo. Los rectores —que no son un colectivo especialmente progresista— han dicho que no tienen dinero ni para investigación ni para pintar las paredes. Mientras tanto, se dedica más dinero a reformar la plaza de toros de Las Ventas que a reformar todos los edificios universitarios juntos. Eso abre un campo de negocio para las privadas, que han proliferado incluso con informes en contra de la propia Consejería de Educación cuando gobernaban con Ciudadanos. Algunos de esos chiringuitos, que cuesta llamar universidades, son locales en semisótanos. Aun así, se les permitió abrir. El esquema es el mismo que en sanidad: estrangulamiento de lo público, negocio privado y en muchos casos comisiones para el entorno de Ayuso.
“Madrid se está convirtiendo en un paraíso fiscal para ricos. Es normal que otras comunidades protesten”
En Asturias ocurre que muchos jóvenes estudian y trabajan en Madrid y no regresan. ¿Cree que el modelo económico y educativo madrileño —y estatal— está agravando la desigualdad territorial en España?
El “Madrid aspiradora” de recursos que plantea el PP ni siquiera es bueno para Madrid. Aquí hay una ventaja competitiva enorme por instituciones públicas, tribunales, CNMC, red de transportes… pero esa riqueza no permea; se queda encapsulada arriba. El modelo fiscal, que perdonó el año pasado 5.000 millones en impuestos a quienes tenían más de un millón de patrimonio, es profundamente injusto para otras regiones. Madrid se está convirtiendo en un paraíso fiscal para ricos. Es normal que otras comunidades protesten: los servicios públicos se pagan con impuestos y quien más tiene debe aportar más.
Yendo a la sanidad pública: ¿podría decirse que el modelo madrileño se ha convertido en referencia para la derecha estatal? ¿Estamos hablando de privatización, externalización o un cambio de paradigma más profundo?
Va más allá de la privatización. Se está haciendo una ingeniería en la que los pacientes “rentables” —hablando en lógica neoliberal— son derivados a hospitales de gestión privada de dos o tres empresas. Algunas incluso han colocado a responsables en el Consejo de Gobierno, como el caso de Quirón, que puso directamente a la consejera de Sanidad. Los pacientes con alta dependencia o enfermedades más complejas se quedan en la pública. Así se crean dos itinerarios: uno infrafinanciado para los más vulnerables y otro muy cuidado para quienes van a la privada, regado de dinero público. Esto hace que mucha gente empiece a desconfiar de la pública y contrate seguros privados. La media española es del 25 %; en Madrid, del 40 %. Y esa gente no es culpable. Es víctima de una coacción porque les dejan sin opciones públicas y obligan a recurrir a la privada. Toda la Comunidad se pone al servicio de grandes corporaciones.
Usted se ha manifestado crítico con la idea de confluencias o frentes electorales conjuntos entre Más Madrid o Sumar con Podemos. ¿Por qué?
No me opongo en abstracto a cualquier alianza. Creo que el problema de la izquierda hoy no es de unidad de partidos. La conversación no debe ser si juntamos cuatro partidos para sumar un 12 %. El problema es una crisis política profunda que impide representar a una mayoría trabajadora golpeada incluso con un gobierno progresista. Cada vez que unimos debilidades, el resultado es algo más débil. Pasó cuando IU se unió a Podemos y luego cuando todos se unieron a Sumar. No se ha generado un gran bloque capaz de parar a la derecha. La discusión debe ir por otro lado. Los partidos hablan demasiado de sí mismos y poco de lo que pasa fuera.
“El debate es entre quienes creen que la democracia ha ido demasiado lejos y quienes pensamos que se ha quedado corta y hay que ensanchar derechos”
¿Y no cree que la izquierda, por fragmentación u otros motivos, ha perdido capacidad de ilusionar a la gente joven, en un momento en que la extrema derecha crece entre la juventud?
Absolutamente. Pero no creo que sea por fragmentación. Si hoy preguntas a un joven cómo mejorar su futuro, muchos dirán que invirtiendo en criptomonedas antes que afiliándose a un sindicato. La izquierda habla de lo colectivo, pero lleva décadas sin levantar instituciones colectivas. La derecha habla de lo individual, pero opera colectivamente para proteger sus intereses. Y ahí está el problema, que no generamos horizontes de ruptura atractivos y sensatos que interpelen a la gente. La democracia de mercado actual no resuelve vivienda, desigualdad, corrupción, ni frena a fuerzas autoritarias como Vox. El debate es entre quienes creen que la democracia ha ido demasiado lejos y quienes pensamos que se ha quedado corta y hay que ensanchar derechos. El problema de la izquierda no es convencer solo a jóvenes. Es plantear horizontes de ruptura con ética. Subir el salario mínimo o bajar la jornada está bien, pero no moviliza pasiones. La derecha sí moviliza pasiones, aunque sea para llevar a la gente hacia atrás. Ese es el debate que debería darse, no si tú vas con dos y yo con cuatro en una lista.

La pregunta de la semana: ¿qué opinión le merece la sentencia aún no publicada que involucra al Fiscal General del Estado?
Es el resultado de un proceso histórico muy largo. El CGPJ lleva 25 de los últimos 28 años en manos conservadoras. La Sala Segunda del Supremo, que juzga casos de corrupción, pasó de tener mayoría progresista a una ventaja de siete para los conservadores. Hemos visto presidentes del Constitucional como Pérez de los Cobos pagar cuotas del PP, algo prohibido por la Constitución. Se ha perdido la imparcialidad y ahora también la apariencia de imparcialidad. Varios magistrados que han tomado la decisión de condenar al Fiscal Generla del Estado han impartido cursos cobrando de una de las acusaciones en el juicio. Es una degradación institucional que pone en peligro la democracia. Si esto se le hace a un Fiscal General, imagínese a un periodista o un político.
¿Diría que esto encaja en lo que se denomina lawfare?
Parece que no cabe duda. Hemos visto sectores de la judicatura manifestarse contra leyes que ni siquiera estaban escritas, como la amnistía. Hay un bloque histórico funcionando que, después de que Aznar hiciera sonar el cuerno de los orcos, ha acudido en masa: judicatura, policía, panorama mediático… Y luego están los Desokupa o los nazis levantando la zarpa, que ejercen como músculo violento. Pero detrás hay quien les da cobertura desde distintas instancias, incluida la judicatura.
Algunos medios han publicado que usted se ha movido para plantear una candidatura antes de que el partido lo abordara colectivamente. ¿Qué hay de cierto en esa interpretación?
No la comparto. Ante una pregunta directa sobre si me veo disputando la Comunidad de Madrid a Ayuso, contesté con naturalidad: es una posibilidad que me planteo. Es ejercer un derecho que tiene cualquier militante llegado el momento. No sé qué se esperaba que contestara. Simplemente respondí.
Entonces, aunque no oficialmente, ¿no descarta presentarse como líder del partido?
No descarto presentarme a Más Madrid y disputar la Comunidad a Ayuso. Como ya he dicho, ante una pregunta directa respondo con naturalidad y entonces reconozco que la posibilidad está ahí. Pero eso no significa que haya un movimiento orgánico previo, sino que simplemente ejerzo un derecho que tiene cualquier militante.
¿Existe un debate interno sobre rumbo y liderazgo o se está sobredimensionando desde fuera?
Creo que necesitamos actualizar la propuesta política de Más Madrid y seguir ensanchando para que quepa más gente. Hay que mantener esa vocación de gobierno y recuperar la ambición de victoria. Humildemente, creo que hay elementos que estoy tocando y que pueden ser útiles para disputar el poder a la derecha en Madrid. Una posibilidad es ponerlos en juego presentando una candidatura para ganar al PP y a Ayuso.
Si finalmente diera el paso, ¿qué proyecto político representaría? ¿En qué sería diferente del actual?
Ese debate debo tenerlo antes con mis compañeros que con los medios. Pero creo que necesitamos un proyecto de mayorías que no renuncie a gobernar, que recupere la ambición fundacional de Más Madrid. Por ahí irán los tiros cuando empiece a explicarlo internamente.
































