1936
de Boronat, Cavestany, Lima y Mayorga
Dirección: Andrés Lima
Intérpretes: Mamen Camacho, Cristina Arias. Antonio Durán, María Morales, Paco Ochoa, Willy Toledo, Juan Vinuesa y un excelente coro de jóvenes intérpretes
20 de noviembre, Centro Niemeyer, Avilés
La Guerra Civil del 36 es un abismo insondable, una herida que nunca se cierra. Cuanto más crece la bibliografía y nuevas investigaciones y testimonios salen a la luz más de relieve se pone la envergadura de la tragedia, la violencia de las palabras y la crueldad de los acontecimientos. Una polarización que marcaría las principales guerras del siglo XX. Hay una realidad inmaterial que cristaliza en asimetrías y en conflictos, y después está el asco que nos producen los militares que imponen su voluntad contra la democracia, con la única razón que les confiere el poder y la fuerza de las armas. Es decir, la destrucción y el asesinato sistemático que puso fin a la República y traería la dictadura. Y no hay más, por mucho que los neocon revisionistas siglo XXI quieran justificar los crímenes fascistas contándonos lo que hubieran hecho los rojos con sus enemigos, si hubieran ganado ellos. O sea, ese “y tú más”, que es también el “piensa el ladrón, que todos son de su condición” como coartada para el atropello, el maniqueísmo ideológico que nos hurta deliberadamente la “democracia” como filtro y criterio inexcusable por donde han de pasar todos los debates.

Vi la función matinal de 1936 el mismo día que se cumplen los 50 años de la muerte del dictador, y en un Niemeyer abarrotado de alumnos de bachillerato. Si el teatro tiene un fundamento y un valor social, didáctico, supongo que esta es la prueba máxima para la reflexión y el discernimiento. Pasado un tiempo, en esos alumnos, sabremos de su alcance y efectividad. Disfruto del espectáculo sentado en una grada instalada en el escenario, con la proximidad de los intérpretes como privilegio. Es evidente que la propuesta original no es a la italiana, sino a cuatro bandas. El hecho de que a estas alturas de siglo aún no dispongamos de infraestructuras polivalentes para este tipo de planteamiento no convencional dice mucho de nuestro conservadurismo y desidia. 1936 es un espectáculo coral de cuatro horas de duración con recorrido cronológico –incluso en el flashback– y a un ritmo trepidante. Llama especialmente la atención la fuerza que tienen los testimonios directos sacados de las arengas golpistas y los discursos republicanos; Queipo de Llano, Yagüe, Miaja, La Pasionaria, Clara Campoamor, Azaña y su clarividencia, Orwell, Andreu Nin, Franco y Gil Robles, entre otros muchos. La interpretación colectiva es de una resolución y solvencia ejemplar, superlativa. Al igual que las canciones que hacen contexto con las proyecciones, éstas la mar de pulcras en su diseño y sincronización. El friso documental al completo tiene una fragmentación y unidad expresionista muy picassiana. El encadenamiento de sucesos refleja con eficacia la magnitud de la tragedia a través de unos episodios muy bien seleccionados. Habría sido fácil acudir a otros trillados y conocidos, como el asesinato de García Lorca, Unamuno el 12 de octubre o Paracuellos. Pero no, afortunadamente los autores y el director han optado por la representación de algunos pasajes más desconocidos para el profano –la intrahistoria tiene todavía más peculiaridades– o sabidos sólo por los muy iniciados. El himno falangista Cara al sol, su composición al piano como respuesta a La Internacional y a ¡A las barricadas!, es todo un hallazgo. Predomina, evidentemente, un valor didáctico defendiendo la democracia en cada composición y cuadro, en cada coreografía y átomo artístico de las muchas toneladas que conforman el maratón escénico; pero también hay unos minutos de equidistancia para denunciar los fusilamientos de ambos lados, la actuación de la Iglesia, las guerras internas entre anarquistas y comunistas… o el papel desempeñado por las Brigadas Internacionales, la batalla del Ebro, o ese otro diálogo amargo entre dos entrañables vecinos, Carmela y Jorge, que muestran el desencanto revolucionario y la imposibilidad palmaria de reconciliar la libertad y la igualdad. En fin, todo un despliegue de gran magnitud y talento para mostrar el horror de la Guerra Civil como hasta ahora nunca se había hecho en el teatro. Un rotundo éxito de crítica y público el de este palpitante 1936 que se cierra con el añadido de la bandera palestina sobre las fosas comunes, y que ya es espectáculo de referencia en nuestra escena.
































