Los trabajadores autónomos bajan: ¿eso es bueno o es malo?

El empleo por cuenta propia ronda hoy en España el 15% frente al casi 19% de hace una década.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Los autónomos crecen en número, pero descienden en porcentaje con respecto al total de los trabajadores y trabajadoras. Si en 2014 representaban casi el 19% del empleo en España, hoy rondan el 15%. A simple vista puede parecer una señal de debilidad económica. Sin embargo, si analizamos ese fenómeno con detenimiento y lo ponemos en perspectiva europea, este descenso se encuentra lejos de tener una lectura unívoca. Para entender bien qué está pasando, hay que preguntarse no solo “cuántos” autónomos se van, sino “quiénes” son, por qué dejan de serlo y qué modelo de empleo subyace bajo esas cifras.

En España la caída podría reflejar problemas estructurales: muchos trabajadores por cuenta propia llevan años bajo una enorme presión: costes crecientes (energía, alquiler), competencia digital brutal y márgenes ajustados. En ese contexto, pequeños comercios, talleres o profesionales que viven al filo de su negocio pueden ver su viabilidad seriamente comprometida. No es solo cuestión de cifras, sino también de agotamiento personal: largas jornadas, incertidumbre sobre ingresos, la responsabilidad del autoempleo sin red de apoyo. Si quienes abandonan el autoempleo son precisamente esos perfiles, la disminución del número de autónomos sería una mala noticia para el tejido productivo más vulnerable.

El reparto a domicilio es uno de los sectores donde muchos falsos autónomos se han regularizado. Foto: Iván G. Fernández

Pero hay otra cara de la moneda. En España, como en otros países, muchos trabajadores estaban dados de alta como autónomos sin que esa fuera verdaderamente su forma de empleo ideal: habían recurrido al autoempleo ante la imposibilidad de lograr un contrato, o trabajaban para un solo cliente, con horarios fijos, y sin derechos propios del asalariado. Esa figura del “falso autónomo” ha sido frecuente, y una parte de la caída podría explicarse porque estas situaciones se están corrigiendo en los últimos seis años. Si más empresas están regularizando sus plantillas, si las inspecciones laborales son más efectivas, y si esas personas migran a contratos asalariados más estables o al empleo público, que se ha recuperado tras la crisis de 2008 y los recortes, la reducción de autónomos podría reflejar una mejora en la calidad del empleo, no una destrucción pura y dura de actividad.

“Estoy esperando a dejar de ser autónoma para poder coger un catarro”

“Estoy esperando a dejar de ser autónoma para poder coger un catarro”. El comentario, entre la ironía y la desesperación, es de una “emprendedora” devenida en opositora y aspirante a una plaza en la administración autonómica. El empleo público se ha convertido en el santuario de muchos trabajadores y trabajadoras que escapan del sector privado por cuenta propia o ajena. No se trata sólo de una cuestión económica, a veces se valora más que el salario la seguridad, el tiempo libre o la facilidad para conciliar con la vida familiar.

Comparado con otros países de la Unión Europea, el fenómeno español tiene matices interesantes. Según datos recogidos por El Orden Mundial, aproximadamente el 14 % de la fuerza laboral en la UE es autónoma, pero hay enormes diferencias entre países: en Grecia ese porcentaje llega al 27 %, en Italia al 20 % y en Polonia al 19 %, mientras que en Alemania y Dinamarca apenas supera el 8 %.

El 14 % de la fuerza laboral en la UE es autónoma, pero hay enormes diferencias entre países: en Grecia ese porcentaje llega al 27 %, mientras que en Alemania y Dinamarca apenas supera el 8 %

En países como Grecia o Italia, un porcentaje muy alto de la población activa recurre al autoempleo, a menudo por necesidad más que por vocación, lo que lleva a una estructura laboral muy atomizada y con autonomía limitada. En cambio, en sociedades con tasas bajas de autónomos como Alemania o Dinamarca, el peso de los asalariados es mayor y la protección social suele ser más sólida. Si España sufre una caída de los autónomos, hoy se encuentran en la media europea, el 14%, podría estar acercándose a modelos más “nórdicos” o centroeuropeos donde el trabajo por cuenta propia no es el núcleo principal del empleo, lo cual podría interpretarse como una convergencia hacia formas más protegidas y menos precarias de trabajo, también con mayores posibilidades para la sindicación y la acción colectiva.

Los autónomos felices

No todos los autónomos quieren escapar al empleo asalariado en el sector público o privado. Hay también quienes han hecho el camino a la inversa en busca de mayor autonomía, flexibilidad, o incluso placer, si es que esto es posible cuando hablamos de trabajo. Ese es por ejemplo el caso de Braulio García Noriega, que cambió un trabajo de jefe en un empresa informática “con buen sueldo, traje y corbata”, para montárselo como autónomo y único empleado de El Paquebote, una librería online fundada en 2001, mucho antes del inicio de la “Era Amazon”.

Para García Noriega el problema de los autónomos independientes como él son “las inmensas multinacionales que quieren acabar contigo”. Bibliófilo empedernido, Braulio no soñaba con ser autónomo, pero sí con dedicarse a los libros. El único modo para ello era hacerse trabajador por cuenta propia. A partir de ahí, explica, en su caso el empleo tiene sus inconvenientes, “nadie te paga las horas extras y dejas lo de ponerte enfermo para los fines de semana”, pero también “eres muy independiente”. “En mi caso, que no tengo una librería física, así que no tengo que estar en un lugar físico de tal a cual hora” expone este veterano emprendedor.

Braulio García Noriega. Foto: Alisa Guerrero
Jose González en la Taberna Narciso. Foto: Alisa Guerrero

Jose Álvarez es otro “culo de mal asiento” que tras años en la hostelería decidió cambiar la barra por la oficina y un buen empleo como diseñador industrial en una empresa líder del sector. Las condiciones eran buenas, pero no tardó en aburrirse y regresar a su pasión: crear y complicarse la vida. Esta vez en una taberna rural, entre lo cultural y lo gastronómico, en Teverga, el concejo de su familia.

Jose reconoce que el cambio fue malo desde el punto de vista estrictamente laboral, pero que a cambio ganó otras cosas. En su opinión, para alguien con creatividad y proyectos es una fórmula que “te da todo el espacio para desarrollarlos”. No obstante, advierte, el concepto “autónomo”, engloba una disparidad de situaciones que no tienen nada que ver: “No es lo mismo la situación de alguien que es un empresario con una plantilla grande, que la de alguien que trabaja solo, o con uno o dos trabajadores a su cargo, que seguramente sea el que peor viva”.

Para Álvarez aunque sea positivo que desaparezcan falsos autónomos o muy precarios, es un “drama” que el tejido económico quede reducido a unas pocas grandes empresas imponiendo un modelo muy uniforme de negocio. “Para la sociedad es bueno que haya diversidad y un tejido fuerte de pequeñas empresas” explica.

¿Se puede llegar a alguna conclusión?

Según los últimos datos de ATA el empleo autónomo se destruye en el comercio, el transporte y la agricultura, los sectores en los que además resulta más difícil encontrar relevo generacional, y crece por el contrario en el sector cultural, la comunicación y las nuevas tecnologías.

Volviendo a la pregunta del inicio: ¿es bueno o malo? Resulta difícil responder de manera rotunda a una pregunta sobre una fórmula de empleo tan diversa y con tantas posibilidades y variantes. El verdadero desafío para el tejido económico parece en todo caso lograr que el autoempleo no sea ni un refugio desesperado ante el paro ni un mecanismo para abaratar costes laborales, sino una opción profesional digna, sostenible y bien regulada. Si como país avanzamos en ese equilibrio, la disminución de autónomos dejará de ser motivo de alarma para convertirse en un síntoma de madurez económica y social.

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