La cosa del burka, como veremos, no es broma ni tiene gracia. Pero provisionalmente puede verse como un chiste desde dos ángulos. Se me ocurre que podría poner en la guía docente de mis asignaturas la prohibición taxativa de que los estudiantes acudan desnudos a los exámenes. Ante la previsible coña, yo podría atropellar argumentos incontestables. Aparecer desnudos en una situación pública es una perturbación de la conducta esperable que hace fluida la convivencia y una provocación evidente y fuera de sitio. Es un elemento de distracción para los compañeros en un momento de concentración y es además un desafío a la autoridad del profesor. A aquel que persista en burlarse de mi prohibición podría llenarlo de improperios: quizá le guste a usted que su hija se desnude para ir a un examen universitario y que la universidad sea el sitio donde aprenden los jóvenes que la provocación porque sí es un juego. Y, con razones tan incuestionables, la gente seguiría riéndose de mí. Un vistazo por encima a Bergson y a Austin me ayudaría a entender mi desazón por tanta guasa. Bergson dijo que solo lo humano es motivo de risa y sucede justo cuando un humano se deshumaniza y se conduce como si fuera un juguete averiado sin gobierno racional. Si intentamos salir de un local por la pared o si vamos a comer a una ferretería, nos hacemos chistosos porque somos humanos comportándonos sin atributos de humanidad. Austin llamó de manera elocuente «condiciones de felicidad» a las circunstancias que deben darse para que un acto de habla no fuera un infortunio, es decir, para que hablar no se parezca a buscar el plato del día en una ferretería. Una de las condiciones de felicidad de una orden es que no sea evidente que lo ordenado vaya a suceder de todas formas en el curso normal de los acontecimientos. Prohibir a los alumnos que vayan desnudos al examen, cuando es evidente que en el curso normal de los acontecimientos no lo harán, hace de mi prohibición un infortunio y de mí un humano intentando salir de la sala por la pared, un chiste. Así que la prohibición que pretende Vox que haga el Ayuntamiento de Gijón de entrar en edificios públicos con burka tiene todas las condiciones del infortunio y el ridículo, porque prohíbe algo que no ocurre ni ocurrirá en el curso normal de los acontecimientos. Fachas y progres despistados acentúan la ridiculez dando argumentos incontestables: el burka es la expresión máxima de la deshumanización de la mujer, un oprobio que no tiene nada que ver con la libertad religiosa. Cierto e incontestable. Y, en las circunstancias, ridículo. La palabra «quijote», con minúscula, apareció en el diccionario en 1817, y por entonces la Academia la definía como «hombre ridículamente serio». Los progres que invocan principios de alta jerarquía moral para defender este esperpento no son mala gente, son quijotes, en el sentido del XIX, ridículamente serios. Los fachas sí son mala gente, y aquí no son quijotes sino hipócritas.
Lo que nos lleva al segundo ángulo del chiste, porque la hipocresía puede llegar a ser chistosa. Etimológicamente, hipocresía viene de un verbo que significa responder o dialogar y, por extensión, representar teatralmente con disfraz. Una representación que finge no serlo se hace ridícula cuando es evidente que lo es. Si a estas alturas de la historia intentara en serio resultar atractivo hablando a la pretendida de la tristeza que me vence y el consuelo de mirar sus manos góticas, me ganaría una dolorosa carcajada. Si se finge siendo tan transparente el fingimiento, se provoca risa. La hipocresía, a diferencia del cinismo, es un fingimiento y, como tal, se hace chistosa cuando es demasiado transparente. Oír a los fachas con el tema del burka perorando, ahora sí ridículamente serios, sobre el machismo, sobre la mujer y su dignidad, clamando a los cielos por la igualdad, a los fachas, que hacen bandera del machismo y abominan hasta de la lucha contra los crímenes machistas, pues es chistoso, es una hipocresía demasiado transparente, una ridiculez soberana.
Son tontos, pero no tanto. En la propuesta de Vox hay dos cosas serias: la identidad simbólica y la apropiación de valores. La más evidente es la primera. La identidad simbólica tiene algo de refugio y consuelo. Es santo y seña de la propaganda ultrahipertrófiar rasgos identitarios para hacer de la identidad (ser español, varón y heterosexual, por ejemplo) una alucinación, por encima de tus intereses (tener médico, por ejemplo). Una de las razones de estigmatizar a minorías es sostener la fantasía de amenaza a nuestra identidad. El islam y los moros tienen buen encaje en cierto imaginario hispano. España nunca fue invadida por los árabes, porque en el siglo octavo no existía España, pero en la alucinación sí. Luego la reconquista. Luego películas y relatos, Ceuta y Melilla, la marcha verde y caladeros de pesca. Sesgando y mezclando churras con merinas, encaja bien el odio grupal al moro. Y por ahí va el pelele del burka en Gijón. Hay en Madrid 2,5 templos evangélicos por cada templo católico, pero la invasión es el islam y Gijón tiene que protegerse del burka.
“Milei y Ayuso quieren la libertad que quieren las bandas. No quieren estado por lo mismo que las bandas no quieren policía”
Pero también es un episodio, menor e indefenso pero ilustrativo, de otro aspecto de la propaganda ultra: la apropiación de valores. Los valores son formas de reaccionar y valorar las cosas. A veces los explicitamos para mejorarlos y para no tener que razonar el bien y mal cada día y tener algo así como senderos ya trillados para mover las conductas y valorar los sucesos. Los valores son matizados y sutiles porque están enlazados a contextos complejos. A veces son confusos. Un buen estudiante le pasa respuestas del examen a un compañero. ¿Qué debe transmitir al buen estudiante el profesor o profesora que los pilla? ¿Aprobación por su compañerismo o desaprobación por la deshonestidad? La apropiación de valores consiste en hacerlos más simples y manejables, simplificar el tablero de juego. Y también recontextualizarlos para que modifique las conductas. Es claro el ejemplo de la libertad. Gente que pudo combatir las dictaduras argentinas podría haber votado ahora a Milei y no haber renunciado a la libertad. La gracia de la apropiación de valores no es convencerte de que fue un error defender la libertad. La gracia es que por la libertad apoyes al fascismo. Milei y Ayuso quieren la libertad que quieren las bandas. No quieren estado por lo mismo que las bandas no quieren policía. La idea y gestión de la libertad son complejas, pero la propaganda la simplifica en algo sencillo como ausencia de autoridad metiendo las narices en tus cosas y eliminación de esa fastidiosa e interminable lista de obligaciones que es la convivencia remilgada. La jungla deseada y financiada por los ricos. Así como mínimo consiguen que la palabra ya no signifique nada ni diferencie ideologías. Como mínimo abona el descreimiento y la antipolítica, que son ya el estado autoritario de la crueldad.

La libertad no es el único caso. La rebeldía contra las élites (que nunca son banqueros ni Florentino Pérez, son siempre clase media estudiada o minorías), la duda y el sentido crítico (que se convierten en negacionismo y conspiranoias), el inconformismo (que cuestiona valores admitidos: los democráticos), la tolerancia (que normaliza fascismos y racismos), la libertad de expresión (para presentar como persecución la abominación de activismos machistas y racistas) son ejemplos de apropiación de valores, de valores progresistas y liberales reinterpretados para dirigir las conductas hacia el autoritarismo.
Enredando su odio grupal táctico con el feminismo «auténtico» y con el «no pasarán» a los moros que amenazan nuestro modo de vida, intentan apropiarse de esos valores de igualdad y de tolerancia. Intentan al menos vaciarlos para que igualdad o tolerancia no suenen contra Trump, sino que encajen con él. Y hay que hacer frente en cada episodio a la inmundicia ultra y hacerlo con eficacia, no recitando el catecismo. En este caso de Gijón, es efectivo aprovechar su ridiculez. A quien pretenda empeño en prohibir el burka en Gijón, proteger al castellano en Madrid (¿se acuerdan de Toni Cantó?), como al que pretenda prohibir ir al examen final desnudo, a todos lo mismo: hay que escarnecerlos.
































