El periodista y escritor Gregorio Morán ha fallecido este domingo a los 78 años en Barcelona, ciudad en la que residía desde hacía décadas. Nacido en Oviedo en 1947, en el seno de una familia de las clases medias vencedoras de la Guerra Civil. Con una gran inquietud cultural desde muy joven, tras terminar el bachillerato en la capital asturiana Morán marchó a estudiar Arte Dramático en Madrid, ciudad en la que entró en contacto con la oposición antifranquista.
Su militancia en el Partido Comunista de España le obligó a exiliarse a París, donde siguió trabajando para el PCE, desempeñando tareas tan ingratas como interrogar a los supervivientes de interrogatorios franquistas, para saber si habían “cantado” o no en comisaría. Más tarde regresaría de manera clandestina a Madrid para, entre otras labores, trabajar en la redacción de Mundo Obrero, el periódico del partido. La vida en la clandestinidad forjó un carácter duro y seco, en unos años de una juventud con pocas alegrías, en los que su vida estaba muy limitada por los rigores de una militancia exigente y que implicaba altos riesgos personales. “Se le pegó para siempre algo de esa vida clandestina, y hasta cuando se fumaba un puro lo hacía con cierto espíritu de clandestinidad”, explica su amigo el escritor Javier Pérez Andujar. En 1977, poco antes de la legalización, dejó el PCE, con un cierto desengaño, y consciente de que no iba a producirse ningún cambio estructural en un país en el que la mayoría de la clase trabajadora, incluso la más politizada, ya no estaba pensando en “asaltar los cielos”, sino en acceder a unos niveles de consumo homologables a los europeos.
A pesar de abandonar la militancia, el PCE siguió siendo una de sus principales obsesiones literarias. Conocedor de primera mano de las interioridades del partido, en 1986 le dedicó su monumental y demoledora obra “Miseria y grandeza del Partido Comunista de España”, un libro tan elogioso con las bases y cuadros intermedios que sostuvieron en los peores momentos la resistencia antifranquista, como despiadado en la crítica a los dirigentes. El historiador Steven Forti, destaca el carácter “pionero” de una obra que se basó no solo en un exhaustivo trabajo documental, sino también “en las viviencias y el conocimiento directo que Gregorio tenía de los personajes”.
Tras dejar el activismo político, Morán se incoporó como periodista a Diario 16, entonces referente del nuevo periodismo democrático en España. De este periodo salió el libro “Adolfo Suárez: historia de una ambición” (Planeta, 1979), donde desmontaba pieza a pieza al último presidente del franquismo y primer gobernante de la democracia. “Tenía un conocimiento perfecto de la mecánica de la política” explica Pérez Andujar. “Cada vez que quedábamos a cenar yo trataba de que me contase el secreto de la política. Disfrutaba como un gourmet de la casquería de la política”. Morán reconocía que los esforzados e ideologizados militantes comunistas como él no habían entendido nunca de qué iba realmente la política, y por eso en parte habían perdido frente a personajes mucho menos cultos, pero bastante más astutos y realistas, como Suárez o Felipe González. Desde entonces se había afanado en entender los mecanismos internos del juego político, desde una óptica mucho más fría y distanciada con respecto a lo que habían sido sus ilusiones de juventud.
El libro sobre Suárez sería pues el primero de una serie de exitosos ensayos para editorial Planeta que consagraron al periodista asturiano como uno de los grandes cronistas de una Transición democrática llena de miserias y personajes mediocres, que Morán disfrutaba desvelando y exhibiendo en la plaza pública, con un estilo que combinaba profundidad, documentación y destreza literaria.

En los 80 se trasladó al País Vasco para dirigir “La Gaceta del Norte”, en un contexto complejo, marcado por el auge del nacionalismo vasco, la violencia de ETA, la reconversión industrial y la guerra sucia del Estado contra el terrorismo independentista. A la cuestión vasca dedicaría precisamente su segundo ensayo “Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi, 1937-1981”.
En 1988 se incorporó a La Vanguardia, donde firmó durante años la columna “Sabatinas intempestivas”, convertida en referencia para varias generaciones de lectores, que encontraron en Morán una voz heterodoxa en mitad de lo que Guillem Martínez ha llamado la Cultura de la Transición. “Fue una isla en aquellos años” explica Martínez sobre los tiempos de los grandes consensos que dominaron la política española posterior a la Transición. “Te ayudaba a no ser marginal en un momento en el que estábamos muy solos y con cara de tontos”.
Implacable demoledor de mitos, el filósofo Ortega y Gasset, o el socialista Enrique Tierno Galván, el “viejo profesor” y primer alcalde democrático de Madrid, fueron algunos de los personajes que pasaron por su implacable lupa.
Despidos y polémicas editoriales
Su estilo ácido y poco dado a respetar convencionalismos, consensos y lugares comunes, le situó en el centro del debate público en numerosas ocasiones, y terminó acabando con su cese en La Vanguardia tras años de desavenencias públicas con la empresa editora del histórico periódico barcelonés. La gota que colmó el vaso fue un artículo criticando al director y a su esposa. “Parecía que quería apretar el acelerador todo el rato” explica Pérez Andujar durante unos últimos años en los que Morán practicó cierto “kamikazismo” que le llevó a sucesivos despidos y broncas con editoriales.
A pesar de sus críticas al establishment catalán y al Procés, del que fue un feroz crítico, siempre reconocía que Catalunya había gozado de una libertad que nunca habría podido disfrutar trabajado en Madrid o en su querida Asturias. Siendo ya uno de los periodistas mejor pagados de España aceptó la invitación de su amigo Xuan Cándano para colaborar en la revista asturiana Atlántica XXII. Dado que la publicación no podía afrontar los honorarios que cobraba el autor, Morán propuso cobrar en especie: fabes, compango y oricios en la temporada de este manjar marino al que el periodista era un gran aficionado.
En 2014 protagonizó una sonada polémica con la editorial Planeta tras la retirada temporal de su libro “El cura y los mandarines”, quizá su obra más ambiciosa
Aunque cultivaba cierta actitud de enfant terrible, todos sus amigos destacan que su carácter arisco con el mundo convivía con una enorme generosidad hacia las personas a las que verdaderamente apreciaba. “Podía parecer un repunante, y de hecho lo era, pero en las distancias cortas también era una persona cariñosa y atenta” expone Cándano, que siempre le agradeció el gesto de acudir a apoyarle tras su despido de La Voz de Asturias. Eran los años 80 y Cándano había hecho una polémica entrevista a Morán sobre la situación en el País Vasco. Las palabras del periodista y escritor sobre las Fuerzas de Orden Público en Euskadi, nada complacientes en aquel momento, irritaron al subdirector del medio, Lorenzo Cordero, que pidió el cese fulminante de Cándano. De aquel juicio por despido improcedente nació una amistad que ha seguido hasta hoy. “Me duele saber que no voy a poder conversar nunca más con él”, reconoce Cándano, muy afectado por la noticia de la muerte, no solo de un amigo, sino también de un maestro y referente periodístico y cultural.
El amor de Morán por Asturias no siempre fue correspondido. Aunque en su tierra natal, de la que nunca se desvinculó, gozaba de un gran prestigio y buenas amistades, Cándano fracasó en su intento de lograr que el Ayuntamiento de Oviedo nombrara hijos predilectos de la ciudad a Gregorio Morán y a su amigo el músico Jerónimo Granda. La iniciativa contaba con el apoyo de la mitad del tripartito de izquierdas, Somos Oviedo e IU, pero fue vetada por sectores del PSOE, que entonces tenía la alcaldía, y que no perdonaron al periodista ovetense algunos de sus ácidos dardos al partido.

En 2014 protagonizó una sonada polémica con la editorial Planeta tras la retirada temporal de su libro “El cura y los mandarines”, quizá su obra más ambiciosa. Un largo ensayo sobre la cultura española contemporánea con Jesús Aguirre, duque de Alba, como hilo conductor. Las críticas en el libro a Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, cliente de Planeta, terminaron con la ruptura de Morán con la editorial. Tras ello inició una relación con Akal que tampoco acabó bien.
“Era radicalmente independiente y se buscó 3.000 problemas por ello” afirma Cándano. Aunque su estilo se avinagró más de la cuenta en los últimos años, Pérez Andujar señala que terminó redimiéndose “en el lugar más inesperado”. El novelista destaca “la resurrección del mejor Morán” en sus últimos artículos para el medio derechista “The Objective”: “Había vuelto a su estilo más elegante”.
Morán estuvo casado dos veces y tuvo dos hijos. Deja también nietos, un puñado de buenos libros que se seguirán leyendo durante bastantes años, y un proyecto inacabado sobre la vida de los militantes políticos clandestinos.
































