El prodigioso baile del Watusi

Iván Morales acierta con un trasvase escénico que parecía imposible, gracias a un extraordinario y poderoso elenco.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

El día del Watusi

Texto: Francisco Casavella

Dirección: Iván Morales

Reparto: Anna Alarcón, Eduard Alves Fernández, Guillem Balart, Artur Busquets, David Climent, Raquel Ferri e Iván Morales.

Centro Niemeyer, 20 de febrero, Avilés

La trilogía de Casavella es multidireccional y laberíntica, una novela-río con formato de thriller que se desparrama y rotura capas de tierra sombría para que le veamos las entrañas al monstruo que se esconde. El Watusi es el Aleph que se escurre y escapa, la cábala que encierra todas las metáforas posibles, el cuento y la literatura que le busca sentido a la existencia. A la radicalidad sórdida y trágica del contexto le saca Casavella el brillo y la seducción de la decadencia, el humor, la melancolía y tristeza que tienen las causas perdidas –la vida aplastada por los acontecimientos– como final de trayecto. La novela es grande porque es implosiva y explosiva, un work in progress que sube y baja, avanza y retrocede, mezcla el costumbrismo con lo experimental, lo mundano con lo trascendente y todo desde una transversalidad estilística muy personal. Es novela de culto merecidamente, sin frivolidad. Los excesos en las situaciones y personajes son sociología y retrato político de la Transición. Y el teatro lo muestra con claridad meridiana. Iván Morales acierta con un trasvase escénico que parecía imposible, gracias a un extraordinario y poderoso elenco.

En el espectáculo no están todos los universos que el libro despliega, evidentemente, pero sí la línea de argumento principal. Las tres fases de la vida de Fernando Atienza concentradas en cuatro horas. Llama especialmente la atención la épica de exposición y la solvencia de una “narrativa” y unas claves que ni traicionan ni pervierten la fuente original. Hay desgarro y armonía en un concierto que se hace con el micro en la mano, aparentemente de manera desenfadada y sencilla. A buen ritmo y con un instrumental básico al que se le sacan acordes y “dramaturgias” sonoras de manera ejemplar. Eduard Alves es un Atienza imparable, un portento como intérprete que suda la camiseta del Hospitalense en su huida hacia adelante, mientras suelta soliloquios por el escenario. Pícaro del arroyo de las chabolas de Montjuïc, alcoholizado y con corbata entre políticos corruptos y posteriormente escondido en el underground y la drogadicción. Próximo ya a los años 90, en pleno pelotazo urbanístico, los grupos musicales y culturetas hijos de papá. David Climent acrecienta la leyenda del Watusi con acento de Madame franchute mientas palmea una caja de percusión que nos embelesa. Y está genial. Al igual que Anna Alarcón haciendo de Ballesta, Raquel Ferri de Supermán y de Elsa la yonqui, Artur Busquets como Pepito el Yeyé que tanto nos seducen, o el resto del reparto con las muchas voces y personajes que salen y se doblan, al ser obra coral. Las canciones no podían faltar y aparecen con arreglos, evocadoras. Black is black, Fernando, Avec le temp… porque todo se va. Hasta el final, donde Fernando Atienza se pone el pasamontañas con la “W” de Watusi y por fin comienza a bailar para seguir viviendo. Por los golpeados, por los que sufren, por los que no soportan el dolor y no pueden más. Y porque… “qué pocas cosas son las cosas”. Contadas son las veces donde la literatura encaja como anillo al dedo escénico, y ésta es una. O a mí me lo parece.

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