“Las minas cerraron, pero vivimos diez años de efervescencia cultural”

La poeta chilena Daniela Guerrero visita Asturies para hablar de cultura y minería en la cuenca carbonífera de Lota.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La poeta Daniela Guerrero (Lota, 1981) se encuentra en Asturies invitada por la Universidad de Oviedo/Uviéu y la Dirección General de Agenda 2030. Procedente de una localidad minera a orillas del Océano Pacífico, Guerrero, que trabajadora como mediadora cultural y profesora de escritura creativa, participa en una serie de actos que ponen en relación la evolución de las cuencas asturianas y chilenas, ambas sometidas a un proceso de desindusatrialización y reconversión económica.

¿Cómo le explicas lo que es Lota a alguien que no la conoce?

Es una cuenca minera, es una comuna al sur del Bío Bío, en Chile, que se construye hace más de 150 años para la modernidad, así lo explico siempre. Tenía asentamientos indígenas previos, pero la historia oficial se empieza a contar cuando se descubren los yacimientos de carbón. Y ahí empieza a funcionar hasta 1997, que es cuando se cierran las minas y comienza todo este proceso de desindustrialización. Lota fue pueblo motor de Chile. El carbón alimentó las mineras del norte, las navieras, fue crucial en parte en la Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile con Bolivia y Perú. Perteneció en gran parte a Isidora Goyenechea y Carlos Cousiño, que fueron los oligarcas que compraron todo ese terreno. Después pasa a manos estatales y termina cerrándose en 1997.

¿Qué parecidos tiene con las cuencas mineras asturianas?

Creo que compartimos procesos fallidos de reconversión, lo que significó el desmantelamiento de la principal fuente de trabajo. Hay un texto mío que se llama Reconversión, donde reflexiono sobre eso. Ahora estoy en Mieres, miro por la ventana y veo estructuras muy similares a las de mi pueblo. La diferencia es que nosotros somos un pueblo donde la mayoría de las estructuras arquitectónicas están en ruinas, en el suelo.

Lota está ahora luchando por ser declarada Patrimonio de la Humanidad

Sí. Lota está en la tentativa de que su casco histórico sea declarado Patrimonio de la Humanidad. A partir de organizaciones ciudadanas se han ido generando recursos que han ingresado a la comuna y han permitido restaurar algunos espacios que estaban en ruinas, como un teatro. Se está tratando hace ya bastantes años de transformar en un pueblo turístico con enclave minero.

¿Qué puede aportar Lota a la lista de Patrimonio de la Humanidad?

La ciudad tiene la particularidad de tener 13 monumentos nacionales, siendo una comuna geográficamente muy pequeña. Creo que es la comuna en Chile que más patrimonio concentra en un radio tan reducido. Fuimos la primera ciudad que tuvo luz eléctrica en Chile, tuvimos termoeléctrica propia, cines, teatros, sindicatos, movimiento obrero… Desde una mirada más política, tiene el aporte de mostrar qué significa desmantelar una fuente laboral y lo que pasa con los ciudadanos. Chile es un país minero de norte a sur, somos ricos en minerales, y Lota puede servir como emblema para decir: ojo con lo que van a hacer con la minería en otras regiones, este es el modelo de lo que no se tiene que hacer. Y al mismo tiempo también es un pueblo donde se cerró la fuente laboral y la gente no se fue, se quedó y permanece.

Daniela Guerrero. Foto: Pablo Lorenzana

¿Por qué la gente se quedó? ¿Por qué no hubo despoblación masiva?

Los profesionales se fueron; los que se quedaron fueron los obreros. Eso es lo primero que hay que dejar claro. La gente que tenía más posibilidades de irse, se fue. Quienes se quedaron habían construido su vida ahí: sus familias, sus costumbres. Lota tiene una construcción arquitectónica tradicional donde las casas están una al lado de la otra y el frontis se comparte, es un espacio común. Además están los asentamientos precarios —las “tomas”— que tienen más de 150 años. Eso genera una vida en comunidad que la gente no quiere que desaparezca. También es una ciudad con mar, río, bosque. Presenta buenas condiciones de vida si no tienes tantos recursos. Si te vas a otra ciudad, puedes terminar en hacinamiento y con costos de vida mucho más altos.

En Asturias hay un pequeño repunte poblacional en las cuencas mineras precisamente porque ofrecen vivienda barata y buenos servicios públicos. ¿Ocurre algo parecido en Lota?

Lota es un lugar donde no se construyen casas de clase media. Pero Chile ha tenido una oleada migrante súper importante, y muchos migrantes han encontrado un espacio de trabajo y de vida más digno que en las grandes capitales. Tenemos desarrollo pesquero artesanal que permite sostener la vida en la ciudad, y además estamos cerca de otras ciudades. Un chico de Lota puede viajar a Concepción a estudiar en la universidad e ir y volver todos los días. El desafío es cómo hacer que ese profesional no se vaya después y que la ciudad no se transforme en dormitorio. Si se siguen generando mejoras y movimiento cultural, podríamos contar una historia más bonita que la actual.

Instalaciones mineras a orillas del Pacífico en Lota.

¿Qué diferencias hay con otros enclaves mineros, como los del cobre?

Hoy los enclaves del cobre están en pleno apogeo, concentrados en el norte, y el cobre mueve mucha plata. Pero las dinámicas sociales no han cambiado tanto: la mayoría de los mineros trabaja por turnos, vive en campamento 15 días y luego vuelve a su región. Las comunas ofrecen servicios para quienes trabajan en las mineras. Está el fenómeno de Chuquicamata, que nació al lado de Codelco. Era un campamento que tenía teatro, cine, farmacia, banco. Cuando se descubrió que debajo había más mineral, trasladaron a toda la gente. Ahí te das cuenta de que en procesos productivos, a veces las personas no son lo más importante. Ahora viene el desafío de las tierras raras. En Penco la población ha estado peleando para que no se instalen proyectos extractivos. Hay que ver qué pasa con las autoridades y la liberación del suelo.

¿Qué pasó en Chile tras el estallido social y el proceso constituyente? ¿Por qué fracasó el proyecto de acabar con la Constitución de Pinochet?

Yo creo que el estallido fue básicamente eso: un estallido. Una rabia contenida que evidenció desigualdades. Pero cuando llegó el momento de concretar una nueva Constitución, el discurso que se instaló no fue el correcto. Se levantó más una agenda valórica, y mucha gente votó por o contra una Constitución sin leerla. La derecha y la izquierda hicieron su juego mediático, y a uno le resultó mejor que al otro.

“La derecha y la izquierda hicieron su juego mediático, y a uno le resultó mejor que al otro”

¿Y el gobierno de Gabriel Boric?

Yo creo que el gobierno de Gabriel Boric hay que leerlo en su tiempo. Está demasiado reciente para decir si fracasó. Ha tenido leyes emblemáticas como la llamada “Ley Papito Corazón”, que obliga a los padres a pagar la manutención de sus hijos —se comprobó que solo el 16% estaba al día—. También se avanzó en saldar la deuda histórica de los profesores, que venía desde la dictadura. ¿Errores? Sí, por inexperiencia. Y también por el impacto de las redes sociales que instalaron la sensación de una crisis total de seguridad. Además, Chile pasó de voto voluntario a obligatorio, y nadie midió cómo iba a ser el comportamiento de un votante que nunca había querido votar.

¿Lota se ha derechizado?

Mucho, mucho.

¿Por qué?

Creo que por una agenda valórica, no por una agenda social. Hay un voto protestante muy asociado a la ultraderecha, rechazo a ciertos lenguajes feministas y a la llamada agenda woke. Hubo campañas desde púlpitos en algunos casos. También influye nuestra tradición asistencialista: la minera suplía muchas necesidades básicas. Después hubo 30 años de empleo subsidiado por el Estado. Son necesarios, sí, porque la gente no tiene dónde trabajar, pero ¿qué haces después de 30 años con eso? ¿Cómo le explicas a alguien que el trabajo es un elemento productivo si te pueden pagar un sueldo sin necesidad de cumplir siempre un horario? Eso va generando otras dinámicas.

Daniela Guerrero. Foto: Pablo Lorenzana

¿Cómo se traslada todo esto político, social y económico a tu poesía?

Creo que tiene que ver con que tú habitas un territorio que te carga de miradas, de percepciones, de sensaciones, de vivencias. Cuando yo tenía 16 años las minas cerraron, pero vivimos 10 años de una efervescencia cultural enorme. Mientras se peleaban jubilaciones e indemnizaciones, había una generación nueva que teníamos abuelos o bisabuelos mineros, pero que también habíamos tenido acceso a lenguajes artísticos, a una sociedad con bares, con música, con recitales poéticos. El Partido Comunista abrió su sede y la transformó en la Casa del Pueblo. Había batucadas, radio comunitaria, talleres gratuitos, trabajo voluntario con ONG´s, movimiento feminista… Hubo una red de jóvenes que se activó muy bien. Yo vengo de esa escuela. En mi caso fue el arte. Mi poesía no habla solo de la mina, habla de la memoria, de las mujeres, del trabajo, de la contingencia política nacional. Los lenguajes se cruzan y se universalizan.

¿En qué situación está hoy el feminismo chileno?

Creo que sería arrogante que yo hablara por todo el feminismo de un país tan largo como Chile. Existe en distintas corrientes. Las marchas del 8 de marzo fueron muy grandes en muchos lugares y luego declinaron un poco; hay que ver qué pasa ahora con el gobierno que viene y cuánto se va a meter en planes y programas.

¿Qué le ha parecido el panorama cultural asturiano?

Creo que lo más interesante es que está lleno de librerías. Todas tienen café. Los libros tienen precios súper razonables. En Chile el libro tiene 17% de IVA y es muy difícil para autores independientes o de regiones entrar a grandes cadenas de librerías. Acá tú puedes dialogar, desde un escritor local a un best seller, en un mismo espacio librero. Eso democratiza el acceso a la cultura. Y en la medida en que los pueblos tengan acceso democrático a la cultura, los tejidos sociales se enriquecen. Lota no tiene biblioteca pública. Tiene una sola librería que puja y es muy incipiente, pero hay tres colectivos literarios funcionando, talleres en escuelas, cafés literarios, artistas publicando. Si me preguntas de cuenca a cuenca, tiene que ver con eso: ustedes tienen una mirada del valor de la cultura tal vez más grande de la que tenemos nosotros.

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