Transición en las izquierdas

La pregunta no es quién ocupará el vacío que Yolanda deja vacante, sino para qué y con qué proyecto.

Recomendados

Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

La salida de Yolanda Díaz como referente del espacio progresista no debería verse como una oportunidad para un simple relevo de nombres, sino como una prueba de madurez para un ecosistema político frágil por naturaleza. Solo durante un breve periodo —en torno a un Podemos impulsado por un apoyo popular inédito hasta ese momento— se logró aglutinar a fuerzas estatales y territoriales diversas bajo una cierta estabilidad. Todos sabemos cómo terminó aquella experiencia y no merece la pena detenerse en ello ya que ha sido analizada hasta la saciedad en los últimos años.

Sostener proyectos políticos sobre liderazgos carismáticos fue útil en un momento concreto, pero la realidad actual ya no permite, y quizá sea una buena noticia, seguir explorando esa vía. El reto pasa ahora por articular confluencias más líquidas y liderazgos corales, capaces de resistir el paso del tiempo y de conectar con una ciudadanía exigente y desencantada que observa cómo el fascismo ya está en el portal mientras nosotros no parecemos saber cómo ponernos de acuerdo para impedir que entre en casa.

En este contexto, la marcha de Yolanda interpela menos a las personas y mucho más a la cultura política de un espacio que, siendo dialogante y deliberativo en sus proyectos propios, sufre de una incapacidad casi crónica para entenderse con sus fuerzas hermanas de manera estable. Como diría Homer Simpson: “El problema es la comunicación… demasiada comunicación”.

Folixa de Podemos Asturies en 2016. Foto: Iván G. Fernández.

La pregunta no es quién ocupará el vacío que Yolanda deja vacante, sino para qué y con qué proyecto. Sin una hoja de ruta compartida y sin una mínima lealtad estratégica entre quienes representan a una misma mayoría social, cualquier intento de recomposición será un mero ejercicio estético, irrelevante para un electorado que mira con escepticismo y hastío las sempiternas disputas internas de la izquierda.

Y ese es, el problema más acuciante de la actualidad política progresista. No estamos ante una crisis cualquiera. Puede que el grito de viene el fascismo ya no tenga el mismo impacto porque como en el cuento de Pedro y el lobo se ha abusado del recurso al miedo. En este país y más concretamente desde la izquierda verdadera ,se ha llamado fascista a casi todo y a casi todos, a Ciudadanos, al PSOE, a Pablo Iglesias, a Yolanda Díaz y al papa Francisco. Y claro cuando el fascismo real asoma ya nadie se asusta

Entendemos que la opción de que PP y Vox no solo gobiernen sino que puedan sumar fuerza suficiente para poder reformar la Constitución, no es algo que asuste al  ciudadano de a pie porque desconoce las implicaciones que puede suponer para para su vida cotidiana, pero a los que vemos diariamente que es lo que proclaman las fuerzas reaccionarias en los Ayuntamientos, parlamentos autonómicos y el congreso, debería aterrorizarnos, porque estamos a dos copas de Herman Terscht de que se hagan lista negras públicas de gente que debería salir corriendo del país el día después de las elecciones. Y no, no es una exageración para cualquiera que conviva con las prácticas políticas de gente que no tiene línea roja alguna, para la que todo vale y que nos ve no como adversarios políticos sino como enemigos.

El primero en tomarse en serio esta deriva debería ser el Partido Popular. Asumir los marcos de la extrema derecha para frenar la sangría de votos es una estrategia fallida. Las últimas citas electorales autonómicas lo demuestran, entre el original y la copia, el electorado acaba eligiendo al original. Muchos en el PP parecen no ver que el sorpasso ya no es una hipótesis lejana sino una realidad a pocos puntos de distancia.

Solo hay que mirar a Francia, Italia o el Reino Unido para entenderlo, los partidos conservadores que creyeron que podrían domesticar a la extrema derecha hoy son fuerzas residuales o, en el mejor de los casos, subalternas. Vox no es solo un problema para la izquierda, es un desafío para la democracia y para unos derechos que creemos consolidados pero que pueden desaparecer en un suspiro.

Con todo lo anterior sobre la mesa, es evidente que existe una responsabilidad que va más allá de las siglas, de los liderazgos y de los equilibrios internos. La obligación de entenderse es una exigencia democrática y la fragmentación, el repliegue identitario, la comodidad del desacuerdo permanente o la esperanza de que todo arda para gobernar cenizas, sería incomprensible para un electorado de izquierdas que ya ha demostrado paciencia, pero que no es infinita.

Si el fascismo llega al gobierno, no lo hará solo por sus propios méritos, sino por los errores, las renuncias y la incapacidad de quienes estaban llamados a impedirlo. Esa sería una deuda difícil de saldar, no con una parte del electorado, ni siquiera con un espacio político concreto, sino con el país en su conjunto. Una deuda moral e histórica que no se podrá justificar con la clásica paremos el fascismo una vez que estén en el poder. Al fascismo se le para en las puertas, porque una vez que entran, rara vez salen por la vía democrática.

Actualidad

spot_img