La Patética
Autor y dirección: Miguel del Arco
Intérpretes: Emilio Buale, Fran Cantos, Inma Cuevas, Israel Elejalde, Juan Paños, Manuel Pico y Francisco Reyes
Centro Niemeyer, 6 de marzo, Avilés
Decía Spinoza que “el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación sobre la muerte, sino sobre la vida”. Dicho esto como acto de afirmación y bienestar de vida, como epifanía y mientras la muerte sólo sea, claro está, una abstracción sin fecha en el calendario. Ahora bien, cuando la misma se presenta con pelos y señales por prescripción facultativa e inexorable plazo de ejecución, entonces, por lo general, la cosa cambia; la muerte socava la vida, arruina la libertad y desconsuela y atormenta la meditación. Tal y como le ocurre al director de orquesta Pedro Berriel, el protagonista de esta pieza de Miguel del Arco ligeramente inspirada en una novela del dramaturgo Arthur Schnitzler, con éxito de público allí donde se representa. En el intervalo de una grabación en estudio de la Sinfonía Nº 6 de Chaikovski y acosado por una enfermedad terminal, Berriel entra en una ensoñación donde repasa los momentos más importantes de su existencia, a la vez que reflexiona sobre el sentido del arte, el amor, el compromiso y la omnipresencia de la muerte como fuerza trascendental que todo lo atraviesa. Siempre acompañado por el propio Chaikovski como alter ego y con la pulsión onírica de las tres hermanas chejovianas para realizar la obra culmen que sellará su vida. La pieza, que no elude desmarques farsescos muy divertidos –”¡a beber, a morir, que la vida se va!”– ni la proliferación de frases hechas y aforismos pedestres, tiene a su favor un unamuniano sentimiento tragicómico de la agonía muy siglo XXI y una teatralidad bien sostenida y resuelta.

La escenografía de Paco Azorín, paredes insonorizadas con practicables, puntos y líneas de luz, es el espacio ideal. Israel Elejalde, especialista en héroes trágicos a los que humaniza por la vulnerabilidad que les confiere, consigue que los espectadores se identifiquen con Berriel. Su encarnación del afamado director de orquesta, comprometido con la causa LGBTI, bien podría emular al canadiense Yannick Nézet-Séguin. Pero La Patética no es un biopic, es más una tragedia con tintes existencialistas y jocosas irrupciones corales. El director se siente solo a pesar de estar siempre rodeado de los suyos. Algo tiene de Cristo abandonado por los apóstoles, recriminando a Dios Padre el desamparo. Su desdicha es la agonía de la humanidad peleando por trascender a través de la música, el arte o el amor. Le acompaña como una prolongación de sí mismo Chaikovski, brillantemente interpretado por Fran Cantos. Su talento compagina la seriedad propia del insigne compositor con el simpático desenfado de las escenas musicales, y hasta parece tener rasgos eslavos. Francisco Reyes se luce como crítico resabiado y mordaz con dejes de charlatán mediático y un humor negro que jamás abandona ni defrauda cuando hace de doctor, cruel y despiadado. Inma Cuevas está maravillosa en todos sus personajes, pero quizá en el que alcanza mayor profundidad es en el de la madre del artista, una escena absolutamente catártica en la que se quiebra, conmueve y donde afloran los reproches como en cualquier familia. Sobresale también como alegoría de la Fama, aquí La Gloria, con sus imprescindibles alas. Juan Paños es un actor versátil con vis cómica, capaz de compaginar un padre autoritario con un Putin marioneta muy divertido (hablando un ruso creíble) o con Samu, el amigo macarra y rockero con quien Berriel compartió juventud de barrio y algo más. Y por último Manuel Pico compone un Montaigne convincente y un macabro vendedor de ataúdes, y Emilio Buale es Jon, el marido que rezuma bondad, sufre devastado por la enfermedad de su amado y lucha y se rebela.
La obra oscila entre las dos acepciones del adjetivo “patético” que da nombre a la sinfonía del título. La primera es etimológica, del griego pathos, “que conmueve profundamente o causa gran dolor o tristeza”, con momentos bellos y enternecedores, como la nana en ruso que le canta su madre. Y la segunda, “penoso, lamentable o ridículo”, es el contraste que buscan las escenas cómicas para realzar el sinsentido de nuestras vidas y sobre todo de nuestras muertes. Buen trabajo, atomizado y divertido, el de Teatro Kamikaze con esta La Patética que nos habla del arte pero también de la micronaturaleza y lo pequeño, porque quiere ser además una lección de equivalencias y correspondencias.
































