La cuarta ola del movimiento feminista, iniciada en torno a 2012 y que aún continúa su desarrollo, ha tenido un impacto enorme en distintos ámbitos. Ha sido una bocanada de aire fresco para toda la sociedad, y especialmente para las organizaciones de izquierda, los movimientos sociales y también para los sindicatos de clase.
La relación del sindicalismo de clase con el feminismo no ha sido nada sencilla. Desde las primeras iniciativas feministas dentro de las centrales sindicales hace casi cincuenta años, con la creación de las secretarías de la mujer, primero en CCOO y luego en otros sindicatos, el movimiento feminista ha contribuido al desarrollo del sindicalismo, venciendo resistencias internas y externas, con avances constantes y quizá algo lentos.
Desde 2012, la cuarta ola feminista ha retomado este camino de largo recorrido y ha conseguido unas transformaciones en los sindicatos muy importantes. Ha constituido una fuerza muy positiva para el sindicalismo de clase, contribuyendo de manera decisiva a su renovación y al ajuste de estrategias, actuaciones y formas de organización.
La ola feminista en el corazón de un enorme ciclo de movilización
La cuarta ola del movimiento feminista se desarrolló dentro del mayor ciclo de protesta desde las movilizaciones contra la dictadura fascista que se prolongaron durante la transición, especialmente entre 1976 y 1979.
Aunque el ciclo de protesta contra las políticas de ajuste neoliberal se ha asociado al movimiento 15M que nació en las movilizaciones de 2010, en realidad, estas movilizaciones se mantuvieron durante diez años, entre 2009 y 2019, con impulsos y liderazgos cambiantes en el tiempo.
En 2009 y 2010 los principales convocantes fueron CCOO y UGT, y cuando en 2011 dieron un paso atrás, dejaron un espacio libre que ocuparon pequeños grupos de la izquierda radical y el movimiento 15M. En 2012 y 2013 los dos principales sindicatos de clase españoles volvieron a asumir el liderazgo de las movilizaciones y en 2014 y 2015 las protestas fueron dinamizadas sobre todo por el movimiento feminista, por pequeños sindicatos radicales como CGT, por un enjambre de pequeños colectivos y por dos partidos políticos, uno de larga trayectoria, Izquierda Unida y otro recién creado al calor del movimiento 15M, Podemos. En 2016, la movilización se redujo notablemente y en 2017 comenzó a remontar tímidamente de la mano de CCOO y UGT y sobre todo del movimiento feminista, que lideraría las protestas junto a las coordinadoras de pensionistas durante los años 2018 y 2019.

En el ciclo de protestas 2010-2019, el movimiento feminista logró victorias concretas y significativas. Entre 2012 y 2014, la movilización sostenida en el tiempo consiguió evitar que el ministro del Partido Popular Alberto Ruiz Gallardón recortara el derecho al aborto, sustituyendo la ley de plazos por una norma con un listado de situaciones (supuestos) fuera de los cuales no se permitiría interrumpir el embarazo.
Desde 2015, el movimiento feminista se centró en la necesidad de erradicar la violencia de género y la cultura de la violación (presente en toda la sociedad y también en los ámbitos judicial y policial), consiguiendo situar estos problemas en el centro del debate social.
El ciclo de protesta 2010-2019 fue un factor decisivo para que fuera posible la moción de censura de mayo de 2018 que acabó con el Gobierno del Partido Popular presidido por Mariano Rajoy, ejecutor de las políticas neoliberales de recortes más duras y que fue reemplazado por el primer Gobierno del PSOE encabezado por Pedro Sánchez.
Cuatro años más tarde, la movilización feminista acumulada durante años hizo posible la aprobación en 2022 de la Ley de garantía integral de la libertad sexual (ley de “sólo sí es sí”), impulsada por la ministra de Igualdad Irene Montero, que supuso un importante avance en la lucha contra la violencia de género y la cultura de la violación, al poner en el centro el consentimiento de la mujer y no la resistencia a la violencia sexual.
La importancia del feminismo en la renovación sindical
Además de ser parte central en el ciclo de protesta que venció a las políticas de ajuste neoliberales, y de conseguir mejoras concretas tan importantes como evitar el recorte en el derecho al aborto o como la Ley de Libertad Sexual, el movimiento feminista ha influido decisivamente en el sindicalismo de clase, ayudando a una renovación que no resultaba nada fácil para las centrales sindicales.
En las últimas décadas las organizaciones sindicales han tomado conciencia de la importancia de la renovación de sus estrategias y formas de organización. Los sindicatos se han mantenido como las mayores organizaciones del país, con unos 2,5 millones de miembros, pero con problemas para conectar con sectores juveniles, con sectores precarios y con sectores feminizados. Por distintos motivos, el sindicalismo se ha desarrollado principalmente en sectores masculinizados y en empresas medianas y grandes de la industria y el transporte. Con la contracción de la industria y el crecimiento del sector servicios, con mayor presencia femenina, juvenil y precaria, los sindicatos se encontraron ante el reto de transformarse para ser más útiles a los sectores más necesitados del sindicalismo de clase que al mismo tiempo eran los sectores con más dificultades para sindicalizarse.
En las últimas décadas las organizaciones sindicales han tomado conciencia de la importancia de la renovación de sus estrategias y formas de organización
El feminismo fue una vía que ayudó a una parte de las mujeres trabajadoras, especialmente las jóvenes, a integrarse en unos sindicatos cuyas estructuras internas no estaban pensadas para empleos precarios sino para contratos estables en grandes empresas.
El apoyo del sindicalismo a las reivindicaciones feministas facilitó la comunicación de las mujeres jóvenes con unas estructuras que percibían como ajenas y al mismo tiempo, las mujeres sindicalistas que impulsaban el feminismo en los sindicatos, empujaron a las centrales sindicales a orientar su actividad a los sectores precarios.
Por otro lado, el avance del feminismo supuso un fortalecimiento ideológico del sindicalismo de clase especialmente en dos ámbitos: en la confrontación con el corporativismo y en el reconocimiento del trabajo de cuidados.
El desarrollo de la ideología neoliberal en todo occidente desde los años 80 ha favorecido el despegue del individualismo en todos los ámbitos de la sociedad y dentro del ámbito sindical, del corporativismo, es decir, de un sindicalismo individualista, que se centra en la mejora de un colectivo profesional reducido, desentendiéndose del resto de personas trabajadoras. Estos sindicatos corporativos están en crecimiento desde hace décadas en colectivos como funcionarios, enfermeras, médicos, maquinistas de tren, pilotos de avión… etc. E incluso algunos sindicatos de empresa acaban también en dinámicas corporativas.
El feminismo contribuyó a que los sindicatos de clase dieran prioridad a la acción sindical en los sectores con peores condiciones laborales y sociales de manera natural, porque los sectores laborales con peores condiciones son generalmente los ocupados por mujeres. De esta manera, los sindicatos reforzaron la acción sindical de clase, que busca la mejora de toda la clase trabajadora, y no solo de un colectivo y además, empezando por quienes peores condiciones sufren.
El feminismo se ha demostrado como una de las mejores vacunas para garantizar que el sindicalismo mantiene su orientación de clase, centrado en los sectores más precarios, que son jóvenes y femeninos, y no se desliza a un sindicalismo corporativo de hombres.

En tercer lugar, el feminismo fue un revulsivo ideológico para que el sindicalismo profundizara el análisis sobre el trabajo. Tradicionalmente los sindicatos de clase han defendido el valor del trabajo como creador de riqueza, frente a los discursos neoliberales del fin del trabajo (que afirmaban que el trabajo humano sería sustituido por los robots y más recientemente por la inteligencia artificial). El feminismo empujó al sindicalismo a reflexionar sobre el producto del trabajo, planteando que no todos los trabajos generaban valor para la sociedad, y que era importante reconocer los trabajos que más aportaban a la sociedad, ya fueran trabajo pagado en las empresas o trabajo gratuito en los hogares: el trabajo de cuidados. La importancia del trabajo de cuidados que el feminismo había defendido desde los años 70 del siglo XX, solo había asumida en sectores políticos, sindicales y académicos reducidos, pero la ola cuarta feminista consiguió extender esta reflexión a la mayoría de la sociedad, de manera que hablar de trabajo de cuidados dejó de ser algo de especialistas (o frikis) para convertirse en parte del sentido común.
Trabajadoras de residencias, trabajadoras del Servicio de Atención a Domicilio y las seis de La Suiza: la feminización del sindicalismo de clase
El impacto positivo del feminismo en el sindicalismo de clase se manifiesta también en los conflictos laborales. Si en los 80 y los 90 del siglo XX las huelgas más destacadas eran de hombres de sectores como la construcción naval, el metal o la minería, desde 2010 las mujeres han ido ganando protagonismo. Si bien algunos sectores masculinizados como el metal siguen teniendo una gran importancia en volumen de empleo, afiliación sindical y conflictos, cada vez más luchas son protagonizadas por mujeres sindicalistas, generalmente en situaciones de precariedad, como reflejan los casos de la huelga de las residencias de Bizkaia en 2016 y 2017, la lucha del Servicio de Atención Domiciliaria o la lucha de Las 6 de la Suiza en Asturias.
Las trabajadoras de las residencias de Bizkaia, organizadas en el sindicato ELA y respaldadas por una potente caja de resistencia, iniciaron en 2016 un conflicto para reclamar mejores condiciones laborales y una atención digna a los usuarios y lograron reducir la jornada a 35 horas semanales y duplicar el salario mínimo de convenio hasta alcanzar los 1.200 euros mensuales. Para que los empresarios cedieran fue necesaria una huelga algo especial: duró 370 días.

Las trabajadoras del SAD, como ha analizado la periodista Sara Plaza en un reciente libro subtitulado “Las riders de los cuidados”, han conseguido organizarse en unas condiciones muy difíciles, puesto que trabajan aisladas unas de otras en domicilios particulares, y han logrado enfrentarse a grandes empresas de servicios para reclamar la municipalización de este servicio esencial del Estado del Bienestar (la atención de las personas dependientes), el fin de la precariedad y unas condiciones laborales dignas. La movilización ha sido especialmente importante en Andalucía, impulsada por CGT y otras organizaciones y ha consistido en marchas por toda la comunidad, encierros en ayuntamientos, acampadas y jornadas de huelga. En el País Vasco y Navarra, la presión mantenida en el tiempo ha logrado la remunicipalización en algunas localidades como Iruñea-Pamplona y Rentería, y en Madrid, la movilización logró en 2025 una subida salarial del 10%.
Las Seis de la Suiza (cinco mujeres y un hombre) se han convertido en un símbolo del mejor sindicalismo de clase, tras ser sometidas a persecución judicial por apoyar a una trabajadora de la hostelería que denunció abusos laborales y acoso sexual por parte del empresario. Organizadas en CNT, han sido respaldadas por todos los sindicatos de clase, que han entendido que la condena a prisión a estas seis activistas es en realidad una condena a todo el sindicalismo y un aviso de lo que espera al conjunto de las organizaciones sindicales si la ultraderecha mantiene su implantación entre jueces y fiscales.

Si en los 80 y los 90 los iconos del sindicalismo en España eran los mineros, los trabajadores del metal y de los astilleros, la ola feminista ha transformado también la lucha sindical dando espacio a las luchas protagonizadas por mujeres como las trabajadoras de las residencias, Las Seis de la Suiza o las trabajadoras del SAD. Nuevos símbolos y nuevos referentes para un nuevo sindicalismo de clase fortalecido por el feminismo
Las huelgas generales feministas
La colaboración mutuamente beneficiosa entre el movimiento feminismo y el sindicalismo de clase tuvieron uno de sus puntos álgidos en marzo de 2018, con una movilización sin precedentes en España y con muy pocos precedentes en el mundo. En medio de una ola creciente de movilización feminista, cuyas manifestaciones del 8 de marzo de los años anteriores habían sido más multitudinarias que nunca, CCOO y UGT recogieron la propuesta de la Comisión 8 de marzo, enmarcada en una iniciativa internacional y convocaron la primera huelga general feminista en la historia de España, con paros parciales de dos horas por turno en todas las empresas del país.
Ciertamente, CGT había convocado una huelga general feminista de 24 horas el año anterior, pero al carecer de capacidad para sacarla adelante en los centros de trabajo, el seguimiento había sido muy limitado, y se trataba más de un gesto simbólico para impulsar las manifestaciones feministas del ocho de marzo.
En 2018 la situación era distinta, porque los dos principales sindicatos del país se comprometían a organizar una huelga feminista en las empresas, llamando a parar dos horas a hombres y a mujeres.
Los paros feministas de dos horas tuvieron un amplio seguimiento en las grandes empresas de todos los sectores, mientras que apenas impactaron en las pequeñas empresas
Los paros feministas de dos horas tuvieron un amplio seguimiento en las grandes empresas de todos los sectores, mientras que apenas impactaron en las pequeñas empresas. Los convocantes estimaron el seguimiento en más de 5 millones de personas trabajadoras.
En 2018, por segunda vez en quince años, los sindicatos de clase españoles se convertían en un ejemplo para el movimiento obrero de todo el mundo. En 2003 habían organizado una huelga general contra la guerra imperialista de una coalición liderada por EEUU que arrasó Irak y provocó cientos de miles de muertes y en 2018 convocaban una huelga general feminista contra la desigualdad, la precariedad y las violencias que sufren las mujeres.
El impacto del feminismo en estructura de los sindicatos
La cuarta ola feminista impulsó decisivamente el cambio interno en los sindicatos, orientando a las centrales hacia unas estructuras más humanas, más compatibles con la vida, que no exigieran una dedicación tan extrema y en las que pudieran participar hombres y mujeres en todos los niveles organizativos.
Esta dinámica, que había sido iniciada en condiciones adversas por las feministas que crearon las secretarías de la mujer en CCOO en los años 80 (y que luego se replicarían en el resto de sindicatos), tuvo un hito importante con la elección de Lidia Senra como secretaria general del Sindicato Labrego Galego en 1984.

La cuarta ola feminista retomó el camino iniciado en los 80 y avanzó hasta alcanzar lo que parecía imposible en organizaciones tan masculinizadas.
En los 2000, LAB y ELA iniciaron procesos internos de transformación feminista que dieron lugar a cambios organizativos y culturales de calado. LAB ha elegido a dos secretarias generales, Ainhoa Etxaide (2008-2016) y Garbiñe Aranburu (desde 2017 hasta hoy, en co-secretaría con Igor Arroyo) y en ELA, Amaia Muñoa desempeña el cargo de secretaria general adjunta de ELA desde 2019, junto a Mitxel Lakuntza.
Sindicalismo y feminismo frente a la contraofensiva del machismo
Ahora que el machismo prepara su ajuste de cuentas con las mujeres feministas por haber ido demasiado lejos en su reivindicación de igualdad de género, quizá es buen momento para que el sindicalismo de clase haga memoria sobre todo lo bueno que le ha aportado el feminismo desde hace medio siglo y especialmente en las últimas décadas.
Ahora que las mujeres feministas son el principal objetivo de la reacción machista y sufren una violencia creciente en distintos ámbitos, y ahora que la contraofensiva antifeminista no solo se limita a la ultraderecha y la derecha, sino que se extiende incluso en una parte de la izquierda, quizá el sindicalismo de clase pueda devolver el apoyo prestado por el feminismo.
De la misma manera que el feminismo ha aportado al sindicalismo nuevas ideas, nuevas formas de acción, nuevas formas de organización, nuevas estrategias para conectar con sectores sociales jóvenes y precarios… el sindicalismo puede aportar ahora al feminismo su estructura organizativa, más sólida que la del resto de organizaciones y movimientos sociales, para resistir el ajuste de cuentas del machismo. Porque la organización es especialmente necesaria en las fases de reflujo. Y en eso de organizarse y resistir, los sindicatos tienen más de un siglo de experiencia, superando las situaciones más adversas.
































