¿Qué es realmente un bosque y qué papel debería tener en el territorio? En vísperas del Día Internacional de los Bosques, que se celebra el 21 de marzo de 2026, estas preguntas vuelven a ponerse sobre la mesa en un contexto en el que el monte asturiano se analiza cada vez más desde su aprovechamiento económico, mientras su dimensión ecológica queda a menudo en segundo plano.
El biólogo y profesor de la Universidad de Oviedo, Alfredo Ojanguren, lleva años cuestionando ese enfoque. Advierte una deriva en la que “todo se reduce a explotación” y critica la confusión entre bosque y plantación, así como la simplificación de conceptos como biodiversidad. En su opinión, el problema no es solo ecológico, sino también de relato: qué se cuenta sobre el monte, quién lo cuenta y qué intereses quedan fuera del debate.
En esta entrevista, Ojanguren plantea la necesidad de repensar el modelo territorial desde una perspectiva más amplia, que tenga en cuenta las funciones ecológicas del bosque y su valor como patrimonio común. Frente a una visión centrada en el rendimiento inmediato, reivindica la complejidad de los ecosistemas y alerta de las consecuencias —ambientales, sociales y económicas— de seguir reduciendo el monte a un recurso más.
Con motivo del Día Internacional de los Bosques, ¿qué le sugiere la forma en que se está abordando hoy el monte?
A mí me genera un cabreo bastante general, porque percibo una tendencia clara: todo se reduce a explotación. Cuando miras, por ejemplo, la web de la FAO para este Día Internacional de los Bosques, el lema es “bosques y economías”. Y yo no tengo nada en contra de que haya economía asociada al sector forestal, pero los bosques son ecosistemas, no son solo recursos. Necesitamos que una parte de los bosques, al menos, la dejemos en paz. No nos necesitan y, si los explotamos, los empobrecemos. Parece que, si no hay un valor económico claro o inmediato, entonces no hay valor. Y eso es una deriva muy peligrosa.

¿Cree que se está imponiendo una visión excesivamente economicista del bosque?
Totalmente. Parece que si algo no tiene valor económico, o no es fácil ponerle un precio, entonces no vale. Pero eso es absurdo. Hay cosas que valen para todos: para quien vive al lado y para quien está a miles de kilómetros. Si decimos que hay que cuidar el Amazonas, lo tenemos que cuidar todos, aunque vivamos en Asturias. Sin embargo, aquí se repite constantemente que los recursos forestales están infrautilizados. Yo diría justo lo contrario: los bosques están sobreutilizados, cada vez hay más intervención y cualquier excusa sirve para meter mano, incluso los incendios.
Usted insiste mucho en diferenciar entre bosque y plantación. ¿Por qué es tan importante?
Porque se está confundiendo deliberadamente. Un grupo de árboles no es un bosque. Un bosque es un ecosistema complejo: tiene madera muerta, hongos, insectos, especies que ni conocemos. Lo que vemos muchas veces en Asturias son cultivos, como un maizal, pero de árboles. Y eso no es un bosque. Esa confusión se utiliza para justificar la explotación, y a mí me parece clave desmontarla.
“Si publicas determinadas cosas, se te llena el teléfono de quejas de colegios profesionales o de sectores concretos.”
Quién decide sobre el monte
En ese contexto, ¿se está escuchando a los perfiles adecuados en el debate sobre el monte?
Yo creo que no, y forma parte del mismo problema. Se escucha mucho a ingenieros, a bomberos, a ganaderos… y son perfiles necesarios, pero cada uno sabe de lo suyo. Un ingeniero forestal sabe mucho de producir madera, de gestionar plantaciones, y lo hace muy bien. Pero biodiversidad es otra cosa. Es un concepto científico complejo, no es simplemente “que haya más mariposas”. Sin embargo, se usa la palabra sin saber lo que significa.
¿Cree que hay una falta de comprensión real de lo que es la biodiversidad?
Claramente. Se usa como sinónimo de “naturaleza bonita”, pero no es eso. La biodiversidad tiene que ver con el funcionamiento de los ecosistemas. Y cuanto más complejos y maduros son, más funciones realizan y más beneficios aportan. Pero ese nivel de comprensión no está en el debate público, y eso condiciona mucho las decisiones que se toman.
¿Tiene la sensación de que ciertas voces están fuera del debate o que hay temas tabú?
Sí, y no es solo una sensación. Hay cosas de las que no se habla o que cuesta mucho poner encima de la mesa. Determinados enfoques generan incomodidad. A mí me ha pasado: me invitaron a un programa de la RTPA sobre incendios y, 24 horas antes, me dijeron que no podía ir porque iba a estar un alto cargo del Gobierno. No es que esa persona dijera “si va Ojanguren, yo no voy”, es que directamente me dijeron que yo no podía ir. Y claro, yo no soy ningún exaltado, soy profesor de universidad, puedo argumentar y debatir con quien sea. Luego hay otros ejemplos. Propuse un artículo sobre incendios en un medio de divulgación académica y me lo rechazaron sin leerlo, solo por quién era yo, porque no querían “polémicas” con otros colectivos. Pero yo no personalizo, yo argumento. Lo que pasa es que hay ciertos discursos que generan reacción: si publicas determinadas cosas, se te llena el teléfono de quejas de colegios profesionales o de sectores concretos.
De hecho, usted participó en un programa de TVE donde estas ideas tuvieron bastante repercusión. ¿Qué ocurrió ahí?
Sí, en el programa de Jesús Cintora. Aquello tuvo muchísimo impacto, decenas de miles de comentarios, y la reacción fue muy fuerte. Hubo insultos, amenazas, gente que se ofrecía a “colgarme”… cosas bastante salvajes. Incluso una amiga abogada me dijo que algunas eran denunciables. Pero bueno, eso también refleja el clima que hay.
¿Cree que ese clima dificulta el debate?
Claro. Porque al final hay temas que se simplifican muchísimo y otros que directamente no se quieren tocar. Se habla de lo cómodo, de lo que encaja en el relato dominante, pero no de lo que realmente habría que discutir. Y así es muy difícil tener un debate honesto sobre el monte.
Ganadería, territorio y un debate que no se está dando
En ese modelo de territorio del que habla, ¿qué papel juega hoy la ganadería extensiva y cómo valora su encaje con la conservación del monte?
Ahí falta muchísimo debate. La ganadería extensiva se presenta como algo intrínsecamente bueno, y eso no es cierto. A nivel global es la principal causa de deforestación. Entonces, ¿es mejor que la intensiva? En algunos aspectos sí, en otros no. Necesita más superficie, tiene otros impactos… No hay respuestas simples.
¿Se está simplificando ese debate?
Totalmente. Se plantea como extensivo bueno, intensivo malo, y ya está. Pero eso no es serio. Es como decir que la sal es buena: lo es, pero en su justa medida. Si te pasas, es perjudicial. Pues con la ganadería pasa igual. Hay que decidir dónde, cuánto y cómo. Eso es ordenación del territorio, y ese debate aquí no se está dando.
¿Diría que incluso el concepto de ganadería extensiva está mal entendido?
Sí, y además en Asturias ni siquiera existe como tal en muchos casos. Tú no has comido un filete que no haya pasado por un cebadero alimentado con pienso que viene de fuera, muchas veces de zonas deforestadas. Entonces, ¿de qué estamos hablando? Se simplifica muchísimo y se evita entrar en cuestiones incómodas. Además, hay un debate que ni siquiera se plantea: cuánto ganado queremos realmente, dónde y con qué impacto.

El fuego como síntoma, no como causa
Cada año el debate sobre el monte se reactiva con los incendios. ¿Qué dice eso de cómo entendemos el territorio?
Que lo estamos enfocando mal. Solo hablamos del monte cuando arde, y entonces todo se reduce a apagar fuegos o a eliminar vegetación. Pero eso es atacar el síntoma, no la causa. El problema es cómo gestionamos el territorio en su conjunto.
¿Cree que ese enfoque oculta otros problemas de fondo?
Sin duda. Se utiliza el fuego como justificación para intervenir más, para limpiar, para explotar. Pero el monte cumple funciones esenciales que no se están teniendo en cuenta. Regula el agua, evita erosión, mantiene la biodiversidad… Todo eso lo perdemos cuando lo simplificamos a “combustible”.
Qué hacer con los bosques
¿Qué papel juegan los bosques más allá de lo que solemos percibir, en términos de funciones ecológicas?
Un bosque no solo está ahí, cumple funciones. Regula el agua, la filtra, la retiene, evita riadas… actúa como una esponja. Cuando desaparece, el agua baja mucho más rápido, arrastra sedimentos y genera problemas aguas abajo. Lo vimos este año en Galicia, con lluvias muy intensas que afectaron a los cultivos en las rías. Si hubiera más bosque aguas arriba, ese impacto sería mucho menor. Esos servicios los perdemos y luego los pagamos entre todos.
¿Qué decisiones habría que tomar ya para cambiar la situación?
La clave es la ordenación del territorio. Decidir qué queremos hacer en cada sitio: dónde producir, dónde conservar, dónde limitar actividades. Y eso implica proteger de verdad los espacios que ya están protegidos sobre el papel, porque ahora mismo no se está haciendo. Tenemos un porcentaje muy alto del territorio protegido en Asturias, pero en la práctica se permite casi todo: turismo masivo, actividades, intervenciones… y eso vacía de contenido la protección.
¿Cree que hay intereses económicos detrás de muchas decisiones?
Claro que los hay. No es solo que haya errores, es que hay beneficios concretos para determinados actores. Y eso influye. Pero el problema es que no estamos poniendo en valor lo que realmente es el bosque: un patrimonio común que beneficia a toda la sociedad, aunque no genere un beneficio económico directo para alguien concreto.
Lo que nos estamos perdiendo
¿Cree que no estamos entendiendo el bosque como parte de un patrimonio común?
Yo siempre hablo de patrimonio natural, y además añado que es de todos. Aunque haya un propietario, un bosque de verdad, un ecosistema complejo, es patrimonio colectivo. Igual que valoramos una iglesia o un edificio histórico, deberíamos valorar un bosque. Pero eso no está en el debate público.
Para terminar, ¿qué nos estamos perdiendo como sociedad en nuestra relación con el bosque?
Nos estamos perdiendo el futuro. Podemos ver cómo será ese futuro en lugares donde los bosques ya desaparecieron: paisajes degradados, menos biodiversidad, menos calidad de vida. Y eso tiene consecuencias económicas, sanitarias y sociales. No es solo que perdamos un lugar bonito para pasear, que también. Es que perdemos un patrimonio colectivo, algo que forma parte de quiénes somos. Igual que valoramos una iglesia o un edificio histórico, deberíamos valorar un bosque. Pero no lo hacemos. Lo vemos como algo del que hay que sacar dinero, y eso, a largo plazo, es suicida.
































