“Europa, con todas sus sombras, es la mejor solución colectiva a la que hemos llegado en los últimos milenios”

Con “Arca”, Ricardo Menéndez Salmón está convencido de haber alcanzado una nueva cota en su obra narrativa: una novela de fantasmas ambientada en Venecia que reflexiona sobre la encrucijada europea

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es desde febrero un hombre que descansa tras un largo esfuerzo. Descansa de veras: vaciado de expectativas, satisfecho con su trabajo, despreocupado de si el mundo le reconoce y premia sus desvelos o no lo hace. Por su dimensión, por la meticulosa complejidad de la trama, por la exigencia lingüística, por el calado de las ideas y la diversidad de géneros que contiene, Arca (Seix Barral) es hasta la fecha la novela más ambiciosa de un escritor que ya carga con una nutrida y celebrada obra. En la biblioteca de su casa gijonesa, entre las cuatro paredes que asistieron al parto de esta particular novela de fantasmas que radiografía el espíritu de una Europa extraviada, Menéndez Salmón recibe a NORTES para conversar sobre los casi inagotables vericuetos del libro y el sustrato político y filosófico de su peripecia.

¿Está satisfecho con el libro? Han sido varios años de escritura, y me consta que un trabajo difícil

Estoy muy contento. Lo he dado todo. Han sido seis años de entrega al libro. Mi propósito ha sido combinar la exigencia habitual de mis novelas, con todo el aparato de pensamiento, pero con esta quería construir también una peripecia. Quería que el lector me siguiera en esa exigencia literaria y regalarle un asidero a través de la aventura que Arca contiene.

Un libro de esta ambición y estas dimensiones, con el esfuerzo y el tiempo que le exige al lector, es casi un objeto contracultural, ¿se ha preguntado por el sentido de escribir de ese modo, de esa ambición y exigencia literaria?

Sí, pero cuando ese pensamiento me viene, lo elimino. Del mismo modo que te confieso que no espero nada de la recepción de “Arca”, y al mismo tiempo lo espero todo. Arca es un objeto literario no identificado que atenta contra muchas de las direcciones de fuerza que hoy tiene la narrativa. Pero hablo desde la tranquilidad de haber puesto toda la carne en el asador y de haber escrito el libro que quería escribir.

Empiezan a aparecer en el mundo literario las suspicacias y polémicas acerca de si un texto lo ha escrito o no la Inteligencia Artificial. Desde luego, cualquier que lea Arca se dará cuenta al primer párrafo que esa prosa tiene una marca humana indeleble y reconocible, y que la máquina jamás podrá reproducir esa forma que tiene de utilizar el lenguaje en esta novela

Sí, claro que hay especifidad humana en la torsión del lenguaje. Hay dos momentos en la novela donde el protagonismo recae en el lenguaje porque, de pronto, el espacio y el tiempo quedan disueltos. Ahí, lo único que puedo ofrecerle al lector es que me siga, que cabalgue a lomos del lenguaje. Decía Durrell en “El cuarteto de Alejandría” que el corazón del arte es la abundancia de la imaginación. Hay dos pactos de lectura en Arca. El primero está dado en el primer capítulo, donde el lector tiene que seguirme por un mundo inverosímil donde las estructuras vuelan por los aires, aunque sea al mismo tiempo una novela extraordinariamente realista y escrupulosa con el detalle. Y el segundo pacto es el lenguaje. Si me sigues, yo te garantizo disfrute. Si no me sigues, te quedas al otro lado.

“Me pregunto quién está detrás de este gran guiñol en el que se ha convertido el poder”

En esta novela ha querido explorar algunos recursos de la narrativa de género, como la literatura de fantasmas o de terror, ¿por qué le ha intesado jugar con esas convenciones?

Pues por eso que te decía de combinar el registro elevado y la peripecia. Hay muchos géneros en Arca: la casa encantada, la novela gótica, la de fantamas, la novela de pesquisas, la novela histórica, los elementos distópicos…Todos esos elementos organizan esa gran peripecia y permiten que la acción avance. De fondo, late una reflexión sobre en qué momento de la historia estamos y por qué hemos llegado hasta aquí.

¿Diría que se trata de un libro desesperanzado, en el que el ser humano se revela a la postre como nada más que “chatarra genética”?

Creo que el desencanto es un punto de partida casi ineludible para acercarse a cualquier producto artístico con un mínimo de garantía de éxito. Una mirada desencantada, escéptica, desesperanzada incluso sobre nuestra condición y nuestros logros, me parece casi una petición de principio de la propia inteligencia. Pero no creo que Arca, ni en general mi obra, sea apocalíptica o absolutamente desesperanzada. Entre otras cosas, porque entonces yo no escribiría. Seguramente mi confianza en que la escritura se manifieste como un poder objetivo me parece que desmiente esa posible certeza de que nada tiene sentido. Eso, aplicado a la reflexión sobre Europa que hay en esta novela, también me funciona. Es decir, yo sigo creyendo en una serie de valores, de principios, de cotidianidad que creo que es la mejor solución colectiva a la que hemos llegado en los últimos cinco mil años. Con todas sus sombras, por supuesto, y con toda esa tentación de convertir Europa en una especie de fortaleza rodeada de bárbaros. Aún así, tenemos una malla de garantismo por la que, me parece, tenemos que pelear, máxime viendo cómo está el mundo. Si alguien tiene una respuesta mejor, que me la cuente, porque yo no la veo.

En Arca se derrumban los grandes símbolos europeos, se destruyen sus obras de arte, ¿es la nuestra una civilización condenada?

No creo que lo sea. La pregunta del millón es cómo podemos articular un discurso europeo común desde una lógica no económica, sino cultural, de los valores, de cierta eticidad, de unos usos y costumbres que permiten salir a la calle sin miedo o tener un nivel de coerción relativamente vivible. El problema es cómo articular ese discurso en este mundo tan complejo, y donde nos están presionando fuerzas tectónicas muy grandes.

El novelista Ricardo Menéndez Salmón FOTO: David Aguilar Sánchez

Entrevisté hace poco a Pedro de Silva y, al hablar sobre Europa, hizo referencia también a esos usos y costumbres en los que apenas reparamos, pero que hacen nuestras vidas más libres y más gratas

Te pongo un ejemplo: hacía dos años y medio que no iba a Venecia y volví hace poco. Abstrayendo todo el tema del turismo, y cómo es una ciudad que se está devorando a sí misma, aún así, esos momentos que uno puede vivir hoy todavía de bienestar, de paz, de tranquilidad, en una ciudad europea como esta, todo lo que tú puedes llevar allí y todo lo que esos marcos te pueden devolver en una jornada en la que no sucede nada excepcional, me parece impagable. Luego ya dependerá de cada cual qué extrae de todo eso y cómo politiza esa vivencia y cómo la lleva a su intimidad. Hay dos cosas de Europa que me enamoran. Por un lado, es sentirme parte, como escritor, de esa tradición. Estoy pensando en un momento para mí central, que es la descomposición del imperio austrohúngaro. Ahí hay una ola de escritores que son soberbios, y que ponen en el corazón de sus ficciones cierta idea de Europa. El imperio fue un experimento político extraordinariamente exitoso, porque aunó culturas, lenguas, nacionalidades, y logró generar una especie de paz social durante mucho tiempo. Y la segunda es que a mí el continente me enamora porque sigue siendo humano. Creo que es el único continente que puedo hacer mío porque todavía hoy, de Estocolmo a Atenas o de Madrid a Varsovia, podrías ir andando. Cuando he viajado a América o a Asia me he perdido en las dimensiones. Me he sentido sobrepasado e incapaz de establecer un vínculo ni emocional ni intelectual. Sin embargo, creo que podría vivir en cualquier lugar de Europa.

¿Qué representa para usted Venecia?

Es una ciudad que conozco muy bien, en la que he pasado grandes temporadas y he llegado a hacerla mía y sentirla como parte de mi retícula vital. Es una ciudad que a pesar de haberse convertido en un trampantojo, cada vez que vuelvo es como si la viera por primera vez. Y su sublimidad, su belleza objetiva y todo su acervo estético y político me conmueve. También porque siento que Venecia es un ciudad pequeña y, por eso, una ciudad todavía humana. No es como París o Londres, que son ciudades que están escapando a esa dimensión europea. Venecia es una ciudad que en tres días la recorres entera. Ahora, no te la agotas en toda una vida. Me parecía que Venecia era el epítome perfecto de las luces y sombras de lo europeo.

“Tenemos que pensar nuestra mortalidad como un don y no como un agravio”

Al final de la novela, cuando la ciudad empieza a hundirse, hay cierta delectación en la destrucción por parte del narrador, como si Venecia se mereciera ese final, ¿representa su sentir?

No representa mi sentir, pero sí el sentir de una reflexión que se cita al final de la novela. Me refiero a Walter Benjamin y sus Tesis sobre la filosofía de la historia, donde escribe que tiene la sensación de que la humanidad camina hacia un momento en que va a convertir su propia defunción en un acontecimiento estético. Sí hay una cierta delectación en la catástrofe, quizás por cierto fatalismo asumido a lo largo de muchas peripecias. Los europeos ya somos viejos. A algunos lectores les sorprende el estoicismo del narrador, su frialdad ante lo que está contemplando. Creo que esa es la mirada del escritor. El escritor, si quiere extraer algo de verdad de lo que narra, tiene que contemplar lo que sucede con cierto desapasionamiento.

¿Hay en este libro, como en otras de sus anteriores novelas, una reflexión sobre la especificidad de lo humano, su lugar entre las bestias, las máquinas y la divinidad?

Para mí hay un elemento constitutivo en nosotros que es la creencia en una especie de trascendencia laica a través del arte, de la música o de la literatura. Creo que ese es un lugar que solo a nosotros nos pertenece. Yo no creo en ningún tipo de trascendencia, soy muy spinoziano para eso y pienso que el horizonte de nuestra vida es la inmanencia. Pero sí que me conmueve y me convoca la idea de la trascendencia no sentida como algo personal, sino casi como acervo colectivo, como una especie de lámpara que nos cedemos de generación en generación y que se puede recluir en una ciudad como Venecia o en el enorme archivo que es la ciencia. Una biblioteca es un lugar de trascendencia porque es el acúmulo de una serie de obras nacidas de voluntades condenadas a morir, pero que conquistan cierta capacidad de ir más allá de su tiempo biológico y de la época histórica que las contienen y de establecer un relato de lo que somos. Esa trascendencia apunta a que los que venga después puedan reconstruir los pasos de los que estuvieron antes.

El novelista Ricardo Menéndez Salmón FOTO: David Aguilar Sánchez

El transhumanismo, con ese afán de superar la humanidad mediante la tecnología, es uno de los grandes temas de Arca

La especie humana ha sentido siempre la tentación de la criatura, es decir, ha buscado siempre un creador que la cuide, que la dote de sentido, que la libere de sus miedos. Hoy estamos en un momento en el que la criatura se ha convertido a su vez en creadora. Pero ya no creadora de esos dioses a los que se refería Feuerbach con aquello de que el misterio de la teología es la antropología, sino creadora de dioses objetivos, que en este caso es la tecnología. ¿Hemos creado, o estamos quizás en trance de crear, a nuestro sucesor? Es un tema que en la novela se plantea como el conflicto entre una materialidad caduca llamada a desaparecer, y una necesidad de contener cada vez más información. Ese sexto reino que sería la tecnología, que objetivamente puede llegar a suplantarnos ¿Por qué no podemos llevar nuestros cuerpos a donde nuestras palabras llegan? Hay ahí una especie de perpetua pelea del ser humano. Si nuestras palabras pueden llevarnos a cualquier lugar que soñemos, ¿cómo es que nuestros cuerpos no alcanzan?

Frente al constante perfeccionamiento de los cyborgs, la finitud e imperfección de los humanos

Creo que Arca intenta romper una lanza en favor de eso. Tenemos que pensar nuestra mortalidad como un don, no como un agravio. Tenemos que vivir nuestro aquí y ahora como un regalo, no como una condena. El problema es dotar de sentido a eso, y para mí es fundamental hacerlo sin necesidad de acudir a principios externos a nosotros mismos.

Se dice en el libro que necesitamos una experiencia del límite para no seguir huyendo en esta carrera desbocada, ¿está precisamente en el arte esa enseñanza del límite y de la mortalidad?

Sí. Esas obras manifiestan que podrían no estar, que podrían desaparecer, que son frágiles en realidad, pero al mismo tiempo entonan una especie de bienaventuranza de lo que somos capaces de hacer. El arte en ese sentido es una experiencia de límite, porque te muestra la posibilidad de la impermanencia, pero a la vez te regala estos puros instantes casi de kairós, de salir del tiempo cronológico, del tiempo histórico, de cancelar todo lo que queda fuera.

¿Pensó esta novela como una prolongación de sus libros sobre el mal, aunque este caso un mal más refinado y aséptico, encarnado por un gran fondo de inversión y sus proyectos para lograr la inmortalidad?

Es una invariante de nuestra condición. Puedes llamarlo mal, puedes llamarlo codicia, puedes llamarlo sevicia. En esta novela me apetecía más encarnar al demonio en una entidad aparentemente aséptica, moderna, limpia, educada. La verdad es que yo me pregunto muchas veces quién está detrás de los centros de poder, detrás de todas estas barbaridades que vemos cada día, de este gran guiñol en el que se ha convertido el poder. Tengo la sensación de que Putin, Trump y los demás son un gran guiñol, y que detrás de ellos hay una especie de titiriteros moviendo los hilos con frialdad. Cuando me imagino quién toma las decisiones que comprometen nuestra cotidianidad, pienso más en escenarios parecidos a la empresa matriz de Hagen-Schultz que en esos teatros encendidos por soflamas.

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