La exalcaldesa de Madrid y jurista Manuela Carmena participó este lunes en el Aula Magna del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo en la lección de cierre del Máster Universitario en Historia y Análisis Sociocultural de la Universidad de Oviedo. Bajo el título “La Administración que no nos quiere”, Carmena reflexionó sobre el funcionamiento del aparato público y el papel de la burocracia en las democracias contemporáneas. En conversación con NORTES, la exjueza aborda el estado actual de la democracia, el desgaste institucional provocado por la confrontación política, el papel de la justicia y los retos del espacio progresista en un momento de creciente polarización.
Su charla habla de “la Administración que no nos quiere”. ¿A qué se refiere exactamente? ¿La burocracia se ha convertido en uno de los grandes problemas de la democracia contemporánea?
A mí me interesa mucho analizar la administración desde el punto de vista de que una administración eficaz y eficiente es un requisito que exige la democracia, la buena democracia. Desde hace mucho tiempo reflexiono sobre cómo cuidar la democracia, cómo conseguir que cumpla su contenido y sea realmente una estructura de control político y de organización territorial que permita llevar a cabo cada vez más la igualdad entre las aspiraciones y las realizaciones de todo el mundo. En esa medida la administración cumple un papel muy importante. Me interesaba hablar de cómo a lo largo de la historia ha habido distintos tipos de administraciones burocráticas y de las nuevas corrientes que han ido surgiendo sobre cómo debería organizarse. La cuestión es pensar cómo podría ser una administración diferente: más personal, más eficaz, más eficiente y, por tanto, un instrumento que profundice la democracia.
Ya sé que no se puede resumir en unas pocas líneas, pero en esencia, ¿qué habría que introducir para que la Administración funcione de otra manera?
En primer lugar hay que tener en cuenta que existen dos grandes corrientes sobre la administración. Durante mucho tiempo se pensó que debía ser una estructura muy jerárquica, muy sometida a normas. A finales del siglo XX esa idea empezó a cuestionarse y aparecieron modelos distintos: administraciones por proyectos, estructuras más circulares o formas organizativas más flexibles. Pero lo que a mí me parece más importante es que la clase política no ha asumido que es la responsable de la administración. Es la clase política la que debería decidir qué tipo de administración quiere y cómo debe funcionar. Y, por unas razones u otras, ni la derecha ni la izquierda han asumido plenamente esa función. La derecha porque tiende a desconfiar de la administración y a pensar que es mejor que muchas de sus funciones las realicen empresas privadas. Y la izquierda porque, aunque defiende una administración objetiva y eficaz, nunca ha tenido la capacidad o la decisión para introducir los cambios necesarios. En ese sentido, uno de los frenos ha sido el miedo a conflictos sindicales que pudieran tener consecuencias electorales.

Usted pertenece a una generación que luchó por la democracia. ¿Cree que la democracia española —y quizá la democracia en general— atraviesa hoy un momento de desgaste o más bien de transformación?
Yo hablaría más bien de falta de cuidado. Me gusta mucho utilizar ese concepto porque creo que el cuidado es fundamental para entender la acción pública. Cuidar significa analizar, prestar atención y procurar que aquello que cuidamos pueda cumplir su objetivo. Cuando cuidamos a un bebé, a una persona querida o a una planta, intentamos darle lo que necesita para que pueda desarrollarse plenamente. Con la democracia ocurre algo parecido. Cuidarla significa analizar qué cosas funcionan mal, qué aspectos son incorrectos o insuficientes y tratar de corregirlos.
“La polarización y la confrontación están desgastando mucho a todas las instituciones”
Como jueza, ¿cree que la justicia española está preparada para responder a los conflictos políticos actuales o sigue siendo demasiado corporativa y lenta para una sociedad tan polarizada?
Creo que hay un problema importante y es que la polarización y la confrontación están desgastando mucho a todas las instituciones. La justicia no es ajena a ese desgaste. Desde la perspectiva de cuidar la democracia, eso nos debería llevar a plantearnos reformas que acerquen más la justicia a las exigencias actuales de la sociedad. Tiene mucho que ver con la necesidad de evaluar las leyes una vez que se aprueban en el Parlamento. No basta con que las cámaras legislen: después hay que analizar qué leyes han funcionado bien, cuáles han tenido efectos indeseados y qué impacto real han tenido. Ese proceso de evaluación ayudaría a que la justicia estuviera más conectada con la realidad social.
¿Se siente cómoda cuando se habla de lawfare en España o cree que es un concepto poco adecuado para describir lo que ocurre?
No creo que sea un concepto muy adecuado. Me parece más acertado hablar de desgaste institucional provocado por la confrontación. Cuando la confrontación se vuelve muy intensa ocurre algo peligroso: cada parte deja de ver la verdad del otro y se encierra en su propia posición. Y eso dificulta enormemente la labor de la justicia, que precisamente consiste en analizar en profundidad todas las posturas. Cuando la confrontación llega a las instituciones, les hace perder su raíz objetiva.

Usted ha sido crítica con algunas dinámicas de la izquierda. ¿Qué cree que le falta hoy al espacio progresista en España?
Creo que estamos en un momento en el que el objetivo principal debería ser profundizar en la democracia, cuidarla más. Para ello es importante ser prudentes y no buscar tanto etiquetas que nos separen, sino aquellas que nos puedan unir. Hay que mirar el conjunto de la sociedad española y ver qué puntos de encuentro pueden existir entre personas y grupos con distintas posiciones ideológicas. Me parece que estamos en un momento en el que lo más importante es reducir la confrontación y buscar aquello que se puede sumar entre todos.
En sus respuestas aparece mucho la idea de la confrontación política como un problema para las instituciones. ¿Cree que el debate público en España se ha degradado en los últimos años?
La confrontación permanente es muy peligrosa para las instituciones. Cuando domina el debate público, cada parte deja de escuchar a la otra y se encierra en su propia visión de la realidad. Eso dificulta enormemente el trabajo institucional y también el funcionamiento de la justicia, porque su tarea consiste precisamente en analizar todas las posiciones con profundidad. Cuando la confrontación llega a ese punto, las instituciones corren el riesgo de perder su capacidad objetiva y su conexión con la realidad social.
Hace una década surgieron los llamados “ayuntamientos del cambio”, entre ellos el de Madrid que usted encabezó. ¿Qué balance hace hoy de aquella experiencia?
Yo nunca me sentí especialmente vinculada a esa etiqueta. Creo que cada ciudad tuvo características muy distintas, aunque desde fuera pudiera percibirse como un fenómeno común. Probablemente lo que había era una respuesta a un momento de gran desgaste económico y social derivado de la crisis de 2008. En ese contexto surgieron alternativas políticas que, desde una mirada externa, pudieron agruparse bajo esa idea. Pero cada ciudad tuvo su propio recorrido. En general se lograron objetivos importantes, aunque quizá faltó continuidad porque no se alcanzaron los consensos necesarios para que determinados proyectos urbanos pudieran mantenerse en el tiempo.
Su generación protagonizó grandes transformaciones sociales y políticas en España. ¿Cómo ve hoy a las generaciones jóvenes en relación con la política?
Yo veo a las generaciones jóvenes muy bien formadas y con unas condiciones personales estupendas. Pero también percibo en ellas una gran decepción hacia la política, y esa decepción es comprensible. Estamos viviendo un momento en el que el discurso político es pobre, a veces infantil y muy descalificador. Se introducen con demasiada facilidad el insulto, la grosería o formas de comunicación que no aportan nada. Todo eso genera distancia en la gente joven. Precisamente por eso me parece muy interesante pensar que las generaciones jóvenes tienen ahora en sus manos la posibilidad de impulsar una política diferente y reforzar la democracia.
































