El profesor de filosofía Rodrigo Castro Orellana, docente de la Universidad Complutense de Madrid, visitó Asturias para presentar en la Escuela de Comercio de Gijón el libro Salvar la universidad, defender la democracia, un volumen colectivo que coordina y que reúne reflexiones de distintos profesores sobre el presente y el futuro de la universidad pública. El acto, organizado por la Sociedad Cultural Gijonesa en colaboración con CCOO y la Intersindical Asturiana, forma parte de una serie de presentaciones del libro, publicado por Akal, en el que varios autores analizan cómo la infrafinanciación, la privatización y la creciente presión del mercado sobre la educación superior amenazan la función pública de la universidad. La obra parte de la situación que viven las universidades madrileñas, pero plantea un debate más amplio sobre el papel de la universidad en la sociedad contemporánea y su relación con la calidad democrática.
¿Por qué escribir ahora un libro titulado Salvar la universidad, defender la democracia?
La razón tiene que ver con una coyuntura muy concreta, que es la situación de las universidades públicas en Madrid y en particular la que afecta a la Universidad Complutense. En la última década todos los centros han sufrido recortes importantes y en la Facultad de Filosofía estos han sido especialmente visibles, incluso afectando a la biblioteca. En ese contexto, un grupo de profesores del Departamento de Filosofía y Sociedad decidimos impulsar este proyecto colectivo. Además, los autores han renunciado a los beneficios del libro, que se destinarán a una donación de libros para la biblioteca de la facultad. Ese fue el punto de partida, una situación concreta vinculada a la política de infrafinanciación de las universidades públicas madrileñas.

El libro plantea que el deterioro de la universidad pública tiene consecuencias que van más allá del campus. ¿De qué manera afecta a la democracia?
La tesis central del libro es que la universidad no es solo una institución que afecte a profesores, estudiantes o personal universitario, sino que tiene un impacto fundamental sobre toda la sociedad. Nosotros entendemos la universidad como una institución con vocación pública en la que se forman ciudadanos. Frente a eso existe una tendencia creciente a concebirla como una especie de fábrica de conocimiento orientada al mercado laboral y que genera mano de obra cualificada. Se está intentando entender la universidad como una empresa. Cuando la universidad pública se infrafinancia y se debilita, pierde capacidad para cumplir su misión principal, que es formar ciudadanía crítica. Y en un contexto global en el que las democracias viven tensiones importantes, con el auge de autoritarismos o el descrédito de las instituciones, debilitar una institución que produce conocimiento, reflexión y pensamiento crítico supone también afectar a la calidad democrática de una sociedad.
Usted ha dicho que “para la derecha la universidad es una amenaza, pero también una oportunidad de negocio”. ¿Por qué la universidad incomoda políticamente?
Tengo la impresión de que vivimos un momento en el que el autoritarismo está creciendo en distintas partes del mundo. Ese tipo de proyectos prosperan sobre la base de ciudadanos desinformados, de la ignorancia o de la falta de espíritu crítico. Sin embargo, la misión fundamental de la universidad es precisamente formar ciudadanos reflexivos, comprometidos con el bien común y con valores como la solidaridad. Esos valores están en tensión con los proyectos políticos que buscan reducir el espacio del pensamiento crítico. Por eso creo que la infrafinanciación de las universidades públicas en Madrid no es algo accidental, sino que responde a un modelo político concreto: debilitar la universidad pública mientras se favorece el crecimiento de universidades privadas que funcionan fundamentalmente como negocio.
“No se trata de negar la existencia del sector privado, pero sí de señalar que el interés público no puede quedar subordinado al interés de lucro”
Los decanos de la Complutense han alertado de que la financiación no cubre los costes reales. ¿Qué consecuencias tiene eso en el funcionamiento cotidiano de la universidad?
Cuando durante más de una década se mantiene prácticamente congelado el presupuesto de las universidades públicas mientras aumentan los costes de la vida y del funcionamiento de las instituciones, el deterioro es inevitable. Eso afecta a bibliotecas, a investigación, a contratación de profesorado o a las condiciones materiales de los centros. No es algo puntual, sino el resultado de un modelo de política universitaria. Y lo preocupante es que ese modelo, que ya se ha desplegado claramente en Madrid, puede acabar inspirando a otras administraciones.
En los últimos años ha crecido el número de universidades privadas en España. ¿Estamos ante un cambio de modelo universitario?
Creo que lo que estamos viendo es un desplazamiento progresivo hacia una concepción de la universidad cada vez más regida por criterios de mercado. No se trata de negar la existencia del sector privado, pero sí de señalar que el interés público no puede quedar subordinado al interés de lucro. Muchas de las universidades privadas que conocemos en España funcionan básicamente como empresas educativas cuyo objetivo principal es la rentabilidad económica. Cuando ese modelo se expande al mismo tiempo que se debilita la universidad pública, lo que se produce es una transformación profunda del sistema universitario.

En Asturias se debate la llegada de centros vinculados a universidades privadas, como el proyecto de la Universidad Europea en Gijón. ¿Qué lectura hace de ese proceso?
No tengo un conocimiento exhaustivo del caso concreto, pero sí me parece que responde a una lógica que ya conocemos en otros lugares. Se utiliza el término universidad, que tiene una enorme carga simbólica en la sociedad, para denominar centros que en realidad no responden plenamente a la misión pública que históricamente ha tenido la institución universitaria. Muchas veces estos proyectos se desarrollan además en paralelo a procesos de debilitamiento de la universidad pública. El problema no es la coexistencia entre instituciones públicas y privadas, sino cuando el crecimiento de las privadas se produce a costa de reducir el espacio de la universidad pública.
En este contexto, ¿sigue siendo la universidad un ascensor social?
Durante mucho tiempo lo ha sido, pero hoy esa función está en riesgo. En el caso madrileño, por ejemplo, las tasas universitarias han aumentado de manera muy considerable y son las más altas del Estado. Al mismo tiempo, la Comunidad de Madrid es una de las que menos invierten en su universidad pública. Esa combinación genera una barrera de acceso para muchas familias. Y eso es muy problemático, porque la universidad debería garantizar que cualquier ciudadano, independientemente de su origen social, pueda acceder a la educación superior si tiene la capacidad y el deseo de hacerlo.
Usted insiste en que el debate universitario no afecta solo al ámbito académico. ¿Por qué debería preocupar a toda la sociedad?
Porque la universidad no es un espacio reservado a una élite académica, sino una institución que forma ciudadanos y produce conocimiento para toda la sociedad. Si debilitamos la universidad pública, debilitamos también nuestra capacidad colectiva para generar conocimiento crítico, preservar lo que podríamos llamar recursos culturales y transmitirlos a las generaciones futuras. En un momento en el que conceptos como verdad, libertad o democracia están siendo cuestionados o banalizados, la universidad sigue siendo una de las pocas instituciones capaces de sostener un espacio de reflexión crítica.
¿Qué debate le gustaría abrir con este libro?
Me gustaría que el debate sobre la universidad dejara de verse como una cuestión que solo interesa a quienes trabajan o estudian en ella. En realidad afecta al conjunto de la sociedad, porque de la universidad dependen en gran medida la producción de conocimiento, la formación de ciudadanía crítica y la calidad democrática de un país. Si conseguimos que más gente entienda que defender la universidad pública es defender un bien común, entonces el libro habrá cumplido su objetivo.
































