“¡Ni IBEX 35 ni polles!”: un recuerdo de Aníbal Vázquez

Se cumplen dos años del fallecimiento del minero, sindicalista, impulsor del asociacionismo cultural y alcalde de Mieres.

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Juan Ponte
Juan Ponte
Músico y filósofo. Director General de Agenda 2030 de Asturies. Responsable de Estrategia Política, Batalla Cultural y Formación de IU federal.

Existen dos clases de personas: aquellas que avivan la hoguera para dar calor a la comunidad, y las que se limitan al placer de apagar la llama orinando sobre ella. Unas, además del diagnóstico crítico, aportan propuestas efectivas y forjan utopías reales; otras se acomodan en las admoniciones morales y hacen del odio su forma de vida. Los primeros, esos son los imprescindibles.

Aníbal tenía una formidable capacidad a la hora de reinterpretar con lenguaje llano- que no simplista- los razonamientos teóricos más abstractos. Por ejemplo, para distinguir el conocimiento sistemático del mero saber erudito, enciclopédico, afirmaba contundente que “el conocimientu nun se mete a palaes”. Porque una cosa es estar envuelto en la farfolla informativa y otra bien distinta es hilvanar verdades. Y qué decir de su sentido del humor. Si quería definir a una persona avariciosa, no necesitaba parapetarse intelectualmente en la teoría aristotélica del término medio. Le bastaba con el siguiente resumen gráfico: “esti tien ortigues en bolsu”. Claro. Conciso. Directo.

Aníbal tenía una formidable capacidad a la hora de reinterpretar con lenguaje llano- que no simplista- los razonamientos teóricos más abstractos

Tronaba jupiterino contra las injusticias, y no escatimaba ironía para denunciarlas. Como cuando comparó públicamente la cerrazón de aquellos que sostenían que la Escuela de Minas se iba a morir si se trasladaba a Mieres [sic], con la opinión según la cual la sidra empeora al pasar Payares.

“Ye mentira”- replicaba como regidor de Mieres-. “La sidra llega a un lau, aposienta, la pones en temperatura, tienes un buen escanciador y la sidra ta perfecta. ¡Perfecta!”.

Aníbal Vázquez. Foto: Iván G. Huerta

Recordemos que por aquellos meses el alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, definía a la Escuela Politécnica de Mieres como un “centro para enfermos terminales sin ningún futuro”; calificación de un acentuado darwinismo social que posteriormente tuvo a bien rectificar.

Y Aníbal continuaba, sarcástico:

 “La escuela de Minas, si vien pa Mieres…hai 17km [desde Oviedo, acotaba]…hai 17km …nun va estropiase, supongo…la gente que ta dando clase nun va perder el conocimientu pol camín”.

Para remachar, con su mordacidad habitual:

“Pero hai alguna otra cosa que sí me preocupaba porque incluso se llegó a dicir qu’había gente que a lo mejor nun quería venir. Entós fui a la mi vida laboral y acuérdome cuando me dicíen: “Aníbal, vas  picar a la tercera”, y decía yo “No”. “Pues guarda la ferramienta y vete pa casa”.

Despedida a Aníbal Vázquez. Foto: Iván G. Huerta

Ese era Aníbal Vázquez. Sindicalista de fuste en CCOO, que luchó con esmero para conseguir más seguridad laboral para la clase trabajadora y acabar con los terribles accidentes que trufaron de tragedias las comarcas mineras durante años. Que lideró el movimiento asociativo de su concejo, siendo miembro fundador de la Asociación Cultural Santa Bárbara. Que fue representante destacado del municipalismo asturiano, llegando a ser vicepresidente segundo de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) como portavoz de Izquierda Unida. Y que entregó como alcalde sus últimos años de vida a todas y todos los mierenses, abriendo de par en par las puertas del consistorio, convirtiendo el ladrillo en cristal y ofreciendo honradez a raudales. Así gobernó con mayoría absoluta el mayor ayuntamiento de la cuenca del Caudal durante doce años.

Aunaba políticamente todas las virtudes del republicanismo: firmeza estoica, probidad, reconocimiento y respeto al antagonista, escucha sincera, altura de miras.

Dialogante cordial y, a la vez, insolentemente radical en los planteamientos, demostraba una ductilidad admirable tanto en las formas como en las soluciones. Sus convicciones eran como su estatura moral: insobornables. Refractario a las zahúrdas políticas. Acérrimo enemigo del narcisismo de las pequeñas diferencias que tantas veces asola a las izquierdas. Nunca en él una actitud sectaria. Ninguna concesión al dogmatismo. Aníbal prodigaba amor hasta cuando se cabreaba. Transmitía hondura mientras reía. Abrazaba con la mirada como nadie. Era el mejor, pero prefería ser uno más, como cualquiera.

Fallecía un 12 de noviembre de 2023, pero ese día fue también para él “la aurora del día eterno”, según la sentencia de Séneca. Porque sus méritos imperecederos y el alud de enseñanzas que nos lega desbordan la biografía cincelada durante 68 intensos años. Estas, que se alimentan y a su vez vienen a nutrir lo mejor de la tradición política comunista, siguen vivas para quienes las quieran ejercitar, y no sólo representar.

Entre las múltiples lecciones que podríamos extraer de tal sabiduría práctica, hay una que, a mi juicio, urge destacar en estos tiempos liminares: la verdadera transformación social– parafraseando aquí a Raymond Williams- no consiste en “hacer la desesperación convincente, sino la esperanza posible”. Y Aníbal cumplía íntegramente ese precepto gramsciano. En política, tener la razón no es suficiente: es necesario plantear una alternativa que sea simultáneamente planificada, viable y deseada. Sólo así se construyen mayorías emancipatorias. Trocar la realidad implica modificar lo que imaginamos como deseable. Es la audacia la que agujerea el statu quo y resulta ganadora, no la melancolía anestesiante que reverbera en el pasado.

Sonó el turullu y se hizo el silencio para despedir, por última vez, al picador del Pozu Nicolasa, al carismático sindicalista, al alcalde, al compañero, al amigo. Era un 15 de noviembre. Hace dos años. Parece ayer. Un escalofrío recorrió los miles de corazones que nos abrazamos en la plaza del ayuntamiento aquel mediodía. Escribo este artículo a duras penas, por la emoción todavía roto.

“Cada vez que alguien intente persuadirme de que en la tristeza hay algo bueno, útil o fecundo, oleré en él un enemigo”, decía Deleuze. Y eso es, al final, lo importante: lo que debe perdurar. Porque el de Aníbal era un combate alegre. O, lo que es lo mismo, su vida era pura alegría combativa: contra la estupidez y los privilegios, contra el elitismo y la impostura.

Las redes aún recuerdan un célebre debate en el que trató de explicar- en vano- a un controvertido youtuber la brecha salarial entre hombres y mujeres: el reparto desigual de oficios, la feminización y precarización de los empleos ligados a los cuidados, el techo de cristal, el sexismo estructural, etc.

“¡Existe la discriminación! ¡Punto pelota!”, resumía Aníbal.

El interlocutor trató de replicar mencionando al Ibex 35 y la normativa sobre cuotas de representación femenina en los consejos de administración de las grandes corporaciones. A lo que Aníbal respondió de forma fulminante:

¡Ni Ibex 35 ni polles!”.

Tuve la inmensa fortuna de contar siempre con su apoyo durante los ocho años en que fui concejal en Mieres. Los consejos que me dio son refugio. Su vida impar, ejemplo para cualquiera. La mediocridad y las pasiones tristes son barridas por los mares de la indiferencia.

Aníbal: imprescindible, eterno.

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