“Cuando cuentas una historia de maltrato, habrá un montón de lectoras que te van a decir que no estás sola”

Lucía Solla reflexiona sobre el maltrato psicológico, la culpa y la vergüenza de las víctimas, el auge feminista y la regresión entre jóvenes a raíz del éxito de su primera novela.

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Estela PG
Estela PG
Es periodista.

Cualquiera que haya leído a Lucía Solla (Marín, 1989) sabe que es valiente. Para escribir “No tuvo que ponerme un dedo encima. No necesitó meterme los dedos en la garganta. Su violencia era transparente” hay que serlo. ‘Comerás flores’ (Libros del Asteroide, 2025) es la historia de Marina o, más bien, la del desgraciado que quiere reescribírsela. Alcanzando su decimoséptima edición, con más de 80.000 ejemplares vendidos, este libro debería ser de lectura obligatoria en la ESO. Por el momento, esta primera novela de Lucía Solla ya se alza con el Premio El Ojo Crítico de Narrativa de RNE y el Premio Cálamo al Libro del Año 2025.

Su éxito deviene, como en el horóscopo, en que todas nos vemos ahí reflejadas. El machismo, con un muy bien construido galán antagonista, es genérico. El maltrato tiene los ojos verdes, o azules, o de terciopelo, y es transversal al patriarcado.

Lucía Solla, autora de ‘Comerás flores’ / Marcos Mas – Libros del Asteroide

En este momento en el que, por fin, estamos hablando tanto de salud mental, relaciones tóxicas, red flags… ¿Crees que hay algo que sigamos sin atrevernos a nombrar cuando estamos hablando de maltrato psicológico?

No nos atrevemos a hablar del maltrato psicológico en general. Creo que parte del boom que está teniendo el libro es que, de repente, muchas mujeres leyeron su historia. Son historias que no se atrevían a contar porque se sienten juzgadas, porque parece que hoy en día no puede sucederte eso, como si fuese una decisión tuya y no la del maltratador que ejerce la violencia. Entonces sí, cargamos con una culpa y una vergüenza que no es nuestra y que debería ser de los maltratadores y de la red de apoyo que tienen ellos.Y eso nos impide avanzar un poco. Nosotras tenemos herramientas, tenemos recursos, tenemos un montón de libros y demás, pero no es un problema nuestro. El problema sigue siendo de quien decide seguir siendo un agresor. Sí ayuda que, cada vez más, nos atrevamos a hablar en alto de las cosas que nos pasan. Y para eso tenemos que apoyarnos, arroparnos y no juzgarnos ni entre amigas. Uno de los miedos de Marina (protagonista de Comerás flores) era que su propia amiga no la entendiese. Pero también dentro de los colectivos feministas, políticos, culturales. Al final, por desgracia, ahí dentro también tenemos agresores. Tenemos que escucharnos y entendernos.

A lo largo de la novela tú describes diferentes situaciones, diferentes conductas, que son muy difíciles de verbalizar. ¿Tú crees que nombrarlo nos facilita las cosas a las mujeres, sobre todo, que podemos estar más expuestas a este tipo de agresores?

Yo creo que sí. Nos ayuda a entendernos a nosotras mismas, a entender a amigas o a primas que les haya pasado, y también a detectarlos. Si leemos, si ponemos palabras a comportamientos, dejamos de normalizarlos, dejamos de pasarlos por alto. Porque quizá esto no puede ser violencia porque me está pasando a mí, y yo no soy el perfil de víctima que siempre me dibujaron. Entonces sí, ponerle palabras nos ayuda a estar en preaviso. Más allá de sanarlo, si ya nos ha pasado. Pero si todavía no nos ha pasado, puede que nos ayude a identificarlo y a ser más precavidas.

“Parecía que daba vergüenza ser machista, que era genial salir a la calle y, de repente, estamos yendo para atrás.”

Tu novela ha conectado con un montón de lectoras de todas las edades. También está teniendo muchísima conexión con lectoras jóvenes. ¿Eso te dice algo sobre la generación que ahora está leyendo y está escribiendo sus propias historias? 

Sí. Nosotras tenemos más tendencia a utilizar cualquier altavoz que tengamos para trasladar nuestros compromisos políticos. Entonces, si de repente tenemos la posibilidad de escribir un libro, tendemos más a hablar de lo que nos interpela, más que a la fantasía. Aunque también, por supuesto, hay escritoras buenísimas de fantasía, pero sí que, en general, creo que las mujeres tenemos esa tendencia a la lucha y al compromiso. Y las lectoras igual, claro. La mayoría de lectores en general son mujeres. Y son mujeres entre los diez y algo y treinta y pocos. Es normal que conecten más con historias contadas desde la voz de una mujer, porque es mucho más fácil de entender. Un hombre puede escribir desde el punto de vista de una mujer y es literatura universal. Y cuando nosotras escribimos desde el papel, desde el rol de una mujer, es literatura para mujeres. Eso debería cambiar, pero eso no lo podemos cambiar nosotras. Tienen que hacerlo ellos. Eso es un trabajo por parte de ellos y entender que esté escrito por una mujer, o dirigido por una mujer, o protagonizado por una mujer, no lo hace exclusivo para mujeres. Igual que con los hombres. Y sí, yo creo que conecto con las lectoras sobre todo porque es mucho más fácil que se sientan identificadas con Marina o con Diana. O pasamos por ahí o lo vimos desde el punto de vista de la amiga. Las jóvenes están viviendo además una regresión. Nosotras vivimos el boom del feminismo del 2017-2018. Parecía que daba vergüenza ser machista, que era genial salir a la calle y, de repente, estamos yendo para atrás. Hay una brecha entre los jóvenes brutal, entre los chicos y las chicas. De repente las feministas son feminazis, que antes lo eran también, pero entre los jóvenes. Que en un instituto se diga eso es terrible. Hay una tendencia además apoyada por ciertas clases políticas, influencers, las redes sociales, las fake news. Hay todo un mecanismo que está promoviendo eso. Es más fácil creer que la culpa es de la otra que revisarse los privilegios.

Ahora estamos en un momento de muchísima exposición emocional en redes sociales. ¿Crees que esta transparencia nos ayuda a sanar? ¿O por el contrario puede distorsionar la manera en la que estamos entendiendo este dolor?

Hay un lado muy negativo, que es que nos convencieran de que somos máquinas de producir contenido, además gratis, para redes sociales que se benefician de ello. Por otro lado, a lo mejor esta tendencia hipercapitalista de compartir las lecturas, de “tengo que leer 150.000 libros al año” o “todo lo que desayuno” o “que voy al gimnasio”, no sé qué puede tener de positivo. Pero, por ejemplo, yo lo que estoy viendo a raíz del libro es positivo, porque a lo mejor es más fácil hablar con desconocidas o escribir un post en el que digas “yo me sentí identificada con Marina” que hablar con tu madre o con una amiga. Porque le pones cara y sabes, o crees que sabes, cómo puede reaccionar. Y de repente lo sueltas en una red social y te vas a encontrar a un montón de lectoras que te apoyen y que también lo leyeron y que te van a decir que no estás sola. Entonces, bueno, como todo, supongo que son grises. Yo creo que sí se está haciendo como una sanación colectiva, porque a diario recibo decenas de mensajes de chicas que creían que solo les había pasado a ellas. Y el hecho de saber que no solo les pasó a ellas ya les quita muchísima culpa de encima. Y eso lo pueden ver gracias a las redes sociales. Si hubiesen leído el libro, se quedarían con la sensación de: “vale, esto que le pasó a Marina me pasó a mí, somos dos”. Pero si entran en Instagram y ven la cantidad de mensajes que hay, de reseñas, de referencias al libro, pues ya ven un colectivo mucho más grande, una comunidad más grande.

“Y al final, el machismo nos atraviesa a todas, da igual la ideología que tengas y los principios que tengas, porque te va a afectar igual.”

Al final, se trata un poco de compartir y de esta sanación un poco comunitaria, crear redes, que es una de las cosas que el feminismo lleva reivindicando desde siempre.

Claro, totalmente. Y además es transversal. Pueden ser mujeres de 25, de 60, chicas feministas, chicas no feministas o que creen que el feminismo no va con ellas. Y al final, el machismo nos atraviesa a todas, da igual la ideología que tengas y los principios que tengas, porque te va a afectar igual.

A través de la escritura de esta novela exploras cómo una relación puede moldear o deformar la identidad. ¿Hubo alguna escena que te costara especialmente de escribir por la carga emocional, por la dureza que tuviera?

Pues, paradójicamente, lo que más me costó escribir fue el inicio, en el que tenía que reflejar cómo Marina se enamora de Jaime. O sea, las escenas más violentas yo las tenía muy claras y era un reto plasmar esos silencios, esos castigos y ponerlo con palabras. Y ahí disfrutaba de ese proceso de escritura. Pero que Marina se enamorase de Jaime… Además, empecé escribiendo el final. Empecé a escribir desde esa rabia, desde ese miedo y la vergüenza. Entonces, de repente, irme al principio, ya saber cómo es Jaime y tener que enamorar a Marina de él, para mí fue terrible. Me costó muchísimo. Tuve que releer y leer otra vez, rehacer, borrar. Porque yo creo que era como empujar a una amiga o a mí misma a volver a caer. Tanto mis amigas como yo, en algún momento, estuvimos sentadas frente a un hombre que nos la iba a colar con el rollo de soltar cuatro referencias literarias o feministas y, de repente, no. Entonces, eso me costó muchísimo y lo trabajé con un psicólogo. Le presenté a Marina, le presenté su personalidad, toda la trama en la que iba a atravesar, e hicimos terapia de Marina para que yo pudiese entender desde dónde partía para llegar a dar cada uno de sus pasos, pese a todo lo que tenía. Porque al final es una chica con estudios, con trabajo, que tiene independencia económica, con una familia estructurada, con unas amigas. Y al final yo la estaba juzgando, pues igual que juzgan a cualquier víctima. A mis amigas siempre las entendí, pero a mí misma no tanto. Y yo ya estaba interactuando con Marina un poco como si fuese yo. Y era como: no podemos caer en esto otra vez. Pero bueno, una vez que entendí eso, que estaba poniendo el foco en el lugar equivocado y que tenía que poner el foco en Jaime y no en la pobre Marina, me costó un poco menos. Pero sufrí. Sufrí con esos primeros diálogos de las primeras citas, los enamoramientos. Ya se empiezan a ver las red flags de Jaime y Marina, aun así, sigue. Eso me costó.

“Yo tengo la voz, pero la trama me cuesta un montón.”

Tienes un ritmo muy particular, muy poderoso. ¿Cómo encontraste esta voz narrativa tan peculiar? ¿Y qué autoras te han acompañado en ese proceso?

Tuve la suerte de que, en cuanto empecé a escribir la idea, ya me salió esa voz. Y yo creo que es por las referencias que tengo, que sobre todo son de poesía, y que son Idea Vilariño, Cristina Peri Rossi, Alejandra Pizarnik. También del teatro, me encanta Lorca. Entonces todo eso, y esa forma de explicar con símiles, con metáforas, cargado de simbología, pues creo que se me quedó. A mí lo que me gustaba era la trama, que es un poco la primera idea de los escritores. “Tengo la trama, tengo que buscar la voz”. No. Yo tengo la voz, pero la trama me cuesta un montón. Pero sí, la voz, en cuanto empecé a escribir, primero escribí dos párrafos, ya estaba ahí. Y el tema fue equilibrarlo, porque sí tenía sentido que esa voz poética apareciese muy al principio vinculada a cómo Marina entiende el amor, que es de una forma muy urgente, muy cursi también, como muy inmadura. Y según ella avanza y se va dando cuenta de que necesita otro tipo de amor, esa voz se tenía que ir perdiendo un poquito. Y eso me costó, porque ya estaba muy acostumbrada. Luego, hacia el final, es menos lírico. Entonces, cuando tenía que volver al principio y revisar cualquier cosa, tenía que retomar esa voz poética. Entonces volvía a leer a Peri Rossi, a Vilariño, volvía a meterme ahí con la poesía en vena y la recuperaba.

Si pudieras añadir un capítulo más al libro, ¿hay alguna parte de la historia que te gustaría seguir explorando?

Pues me habría gustado. Lo que pasa es que era en primera persona y no podía… bueno, sí, de otra manera, pero ahondar más en la exmujer de Jaime y que Marina descubriese un poco qué pasó ahí. O que se reuniese con ella, que hubiese ahí una reunión de ex para que entre ellas se transmitiesen esa fuerza y supiesen la verdad.

Y quitar el miedo de “mi ex estaba loca”.

Claro. Ella eso lo compra porque, además, luego aparece la hijastra, la hija de Jaime, y le cuenta exactamente lo mismo. Entonces, bueno, pues ella dice: “Esto es verdad y, además de ser un buen padre, es un buen novio y fue un buen marido”. Pero ya hacia el final vuelve a pensar en ella y piensa: claro, si yo estoy así, ¿qué le pasaría a ella para dejar a una hija? Y sería interesante hacer ahí una secuela o una escena más hablando de ella.

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