“En mis primeras elecciones voté al PCE y de ahí salió lo de Julito El Rojo”

El ex JEMAD Julio Rodríguez analizó el futuro de la OTAN y el complejo tablero internacional en un acto celebrado en El Manglar.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El piloto de caza y exjefe del Estado Mayor de la Defensa Julio Rodríguez (Ourense, 1948) cuestiona la utilidad de la OTAN y defiende que Europa debe replantearse su sistema de seguridad colectiva. El militar retirado, que años después dio el salto a la política de la mano de Pablo Iglesias, participó este viernes en Oviedo en un debate sobre geopolítica y seguridad internacional organizado por Podemos Uviéu en el Manglar Ecosistema Cultural bajo el título El contexto internacional actual: ¿es el momento de abandonar la OTAN?.

Rodríguez sostiene además que las cuestiones de defensa no deberían quedar reservadas únicamente a expertos o a instituciones militares, sino formar parte del debate público en una democracia, igual que ocurre con la economía, la sanidad o la educación. En esta conversación, realizada antes del encuentro, repasa su trayectoria —desde los años de la Transición y la huella de la Unión Militar Democrática hasta su etapa como jefe del Estado Mayor de la Defensa— y analiza un escenario internacional marcado por la guerra en Ucrania, la crisis de Oriente Próximo y la creciente rivalidad entre grandes potencias. A su juicio, el mundo atraviesa una fase de “militarización de la política” en la que los conflictos entre Estados se dirimen cada vez más por la vía militar.

Foto: Pablo Lorenzana.

De la carrera militar al salto político

Usted fue jefe del Estado Mayor de la Defensa y años después acabó siendo candidato de Podemos. ¿Es consciente de que para mucha gente esa combinación sigue siendo casi una paradoja?

Sí, soy consciente. Pero muchas veces lo pienso y digo que es una pena, porque, lógicamente, los militares también tenemos que ser considerados como lo que somos: ciudadanos con uniforme. Salimos de la sociedad y, por tanto, también tenemos nuestras ideas. Otra cosa distinta es nuestra actividad profesional. Ahí sí que se nos tiene que exigir, como se le exige a cualquier otro profesional —abogados, jueces, bomberos—, que seamos rigurosos en nuestro oficio. Pero una cosa es el ejercicio profesional y otra las ideas personales sobre la política, la ciudadanía o el modelo de sociedad. Entiendo que esa paradoja existe y la asumo, pero también peleo para que se considere algo normal. Igual que muchas veces las mujeres, cuando llegan a puestos clave, tienen que explicar que están ahí por lo que valen y no por una característica personal, pues algo parecido puede ocurrir también con los militares, o con los abogados o con los jueces.

Ese salto, por llamarlo de alguna forma, ¿fue realmente un giro en su trayectoria o cree que había una continuidad entre su carrera militar y su compromiso político?

Yo creo que hubo continuidad. A nivel personal siempre me ha interesado mucho la política y he tenido interés por entenderla y por formarme en ella. Yo tengo ya una edad y viví el nacimiento de nuestra democracia, así que tuve ese afán de educarme políticamente y de ejercer como ciudadano responsable a la hora de depositar mi voto en la urna. Tenía mi ideología y eso era conocido por quienes me rodeaban. De hecho, muchas veces se ha hecho popular aquello de que me llamaban “Julito el Rojo”. La gente me conocía como buen profesional, pero también sabía cuáles eran mis ideas. Lo que ocurre es que como militar, por la legislación vigente, tenía que ser apartidista: no podía pertenecer a ningún partido. Pero eso no significa ser apolítico ni carecer de ideas. Cuando dejé la vida militar y cesé como jefe del Estado Mayor de la Defensa pasaron unos años y apareció un movimiento político que para mí fue fascinante, que fue el 15M y después Podemos. Yo seguía votando como cualquier ciudadano, pero desde Podemos se me acercaron para preguntarme si quería participar en política. Al principio dudé y dije que no. Pero luego pensé que si te piden dar un paso adelante no tiene sentido echarse atrás. Fue casi un reto personal: contribuir a normalizar que alguien con mi trayectoria también pudiera participar en política. Así que sí, había continuidad en mi pensamiento. Siempre tuve una visión progresista, de izquierdas, y había votado a partidos de izquierdas. Lo que nunca había imaginado era dar el paso directo a la política. Pero entendí que aquel momento era importante y decidí hacerlo cuando un partido joven me pidió colaborar.

¿Cómo era ser “rojo” dentro del Ejército en los años setenta?

Estamos hablando de la época de la Transición: la reforma política, la Constitución, las primeras elecciones generales. Y yo, aunque ahora pueda parecer paradójico, en aquel momento sí exponía mis ideas y decía a quién votaba. En mis primeras elecciones voté al Partido Comunista de España, al PCE, y de ahí salió el apodo. Pero a mí ahora me resulta curioso recordar que en aquellos años había muchos atentados contra militares por parte de ETA, que existían grupos de extrema derecha que incluso llegaban a matar a manifestantes en protestas laborales, y, sin embargo, yo decía abiertamente en mi entorno que había votado al Partido Comunista. Hoy en día no digo que alguien esté en riesgo de muerte por expresar sus ideas políticas, pero sí creo que hay muchas personas que, por la precariedad laboral o por miedo a perder su empleo, prefieren no manifestar sus opciones políticas. Eso me parece un tipo de presión que existe hoy y que, en cierto modo, no se daba de la misma manera en los años ochenta.

“A mí me parece que los militares de UMD tuvieron una postura heroica.”

¿Pero cree que eso ocurre dentro del Ejército?

No, yo creo que ocurre más bien en la vida laboral en general. En el Ejército no sucede así porque los militares son funcionarios públicos y no pueden ser despedidos por expresar una opinión. Pero en la vida civil sí existe una precariedad laboral que hace que mucha gente prefiera no manifestarse. Puede ocurrirle a alguien que trabaje en la restauración, en una empresa o en cualquier otro sector. También pasa en el mundo de la cultura o en otros ámbitos: hay personas que prefieren no decir lo que piensan porque temen que eso pueda perjudicarles. Y eso genera una cierta presión que acaba influyendo en la participación política y en la movilización de la gente. Yo hablo desde la posición de alguien que ya está jubilado y que no tiene ese riesgo, así que entiendo perfectamente que haya personas que no quieran poner en peligro su trabajo o su entorno familiar por expresar una posición política.

La huella de la UMD

Usted pertenece a una generación que convivió con la huella de la Unión Militar Democrática. ¿Cree que la democracia española ha reconocido suficientemente su labor? ¿Es la sociedad consciente de ese capítulo de la historia militar reciente?

Yo creo que no. Los que conocemos esa historia sabemos que era un grupo pequeño que fue detectado muy pronto y neutralizado, y muchos de sus miembros sufrieron prisión. Para mí fueron auténticos héroes. Surgieron al hilo de lo que fue la Revolución de los Claveles en Portugal, aunque no con exactamente la misma orientación ideológica, sino con la idea de que en España debía llegar la democracia, que se pudiera votar y que hubiera una Constitución. De hecho, cuando se aprobó la Constitución, ese grupo se disolvió, porque su objetivo era precisamente ese. Fueron héroes porque trataron de demostrar que la institución militar no era un bloque homogéneo y que dentro del Ejército también había gente que estaba a favor de la democracia. Eran pocos, pero muy valientes, porque no sólo sufrieron ellos las consecuencias, sino también sus familias. Muchos fueron encarcelados y, cuando llegó la democracia y se restauraron las libertades, paradójicamente quedaron fuera de la amnistía. Como era un grupo pequeño, aquello pasó bastante desapercibido y lo sufrieron en silencio durante muchos años. Yo creo que no ha sido suficientemente reconocido y, desde luego, es una historia muy poco conocida. Muchas veces se dice que la gente joven no ha estudiado bien el periodo de la dictadura o de la Transición; pues mucho menos conoce la historia de este grupo dentro de una institución que, de entrada, se considera conservadora. Sin embargo, jugaron un papel muy importante. Fíjese que el mayor reconocimiento institucional llegó mucho tiempo después, cuando fue ministra Carme Chacón y se les concedieron medallas, estamos hablando ya de 2010 o 2011. Y aun así hubo críticas y todavía hay gente que ni siquiera recuerda aquello. A mí me parece que los militares de UMD tuvieron una postura heroica que ni es suficientemente conocida ni está del todo reconocida.

Carme Chacón y la relación entre poder civil y militar

Ya que menciona a Carme Chacón, usted fue nombrado jefe del Estado Mayor de la Defensa durante su etapa como ministra. ¿Qué relación se establecía entre el mando militar y una ministra que además quería simbolizar cambios generacionales y culturales dentro de Defensa? Pienso, por ejemplo, en aquella imagen tan conocida de ella pasando revista embarazada.

Sí, aquella imagen fue icónica y dio la vuelta al mundo. Ella fue nombrada ministra por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y tomó posesión pasando revista a las tropas estando embarazada. Fue muy comentada y también muy criticada en su momento, aunque con el tiempo se ha convertido en un símbolo. Meses después se produjo el relevo en la cúpula militar y fue entonces cuando propuso al presidente del Gobierno mi nombramiento como jefe del Estado Mayor de la Defensa. También cambió a los jefes de Estado Mayor de los ejércitos. Nosotros no nos conocíamos previamente. Supongo que tuvo que elegir entre los tenientes generales con mayor antigüedad; además, por el sistema de rotación, en ese momento correspondía al Ejército del Aire, al que yo pertenecía. Es posible que alguien le hablara de mí o de mi perfil, pero no existía una relación personal previa. Lo que sí ocurrió durante aquel mandato fue que se generó una gran empatía personal. Yo la admiré mucho como ministra y la sigo admirando. Creo que hicimos un buen equipo a la hora de establecer claramente la relación entre el poder civil y el poder militar. En España, desde la dictadura, siempre había existido cierta preocupación por saber qué pensaban los militares o qué papel podían tener. Sin embargo, nadie se pregunta qué piensan los bomberos o los abogados del Estado. Con ella quedó muy claro que una cosa es el poder civil y otra la institución militar. Lo tuvo difícil, porque además de ser joven era la primera mujer en ocupar ese cargo, pero tenía muy claro quién tenía la responsabilidad del mando político —que era ella— y quién debía aportar el asesoramiento técnico —que éramos los militares—. Las decisiones finales correspondían al poder civil. Creo que gestionó muy bien esa relación y dejó clara esa separación entre la autoridad democrática y la función profesional de las Fuerzas Armadas.

¿Diría que ese refuerzo del control civil sobre la institución militar se consolidó realmente en aquella etapa? ¿Es ese, en cierto modo, el legado de aquellos años?

Hablar de una etapa en la que yo participé puede parecer poco objetivo, pero creo que sí. Ella potenció mucho la figura del JEMAD dentro de la estructura militar y trató de normalizar esa relación entre poder civil y militar dentro de una democracia consolidada. A veces los medios de comunicación ponían demasiado el foco en qué pensaban los militares o en cuál podía ser su influencia política, cuando en realidad las Fuerzas Armadas son una institución más del Estado. Su etapa se recuerda no sólo por el simbolismo de su llegada al Ministerio de Defensa, sino sobre todo por cómo dejó claro un principio básico de cualquier democracia: que el poder civil, que es el poder del pueblo expresado a través de las instituciones, es el que toma las decisiones, mientras que la institución militar aporta el asesoramiento técnico y ejecuta esas decisiones. Creo que esa idea quedó muy asentada durante su etapa.

Julio Rodríguez, como JEMAD, tras la entonces ministra de Defensa Carme Chacón.

El salto a Podemos

Usted se incorpora a Podemos en 2015. ¿Cómo se produce ese paso a la política activa?

Sí, fue en 2015, en aquellas elecciones generales. Yo había cesado como jefe del Estado Mayor de la Defensa en 2011 y pasé a la situación de reserva, que es la situación administrativa habitual antes de la retirada definitiva. Pasaron varios años y, después de las elecciones europeas de 2014 y del surgimiento de Podemos, se me acercó una persona del partido para preguntarme si estaría dispuesto a participar en política y presentarme como candidato al Congreso. Al principio dudé. Lo hablé con mi familia y no lo tenía claro, porque una cosa es opinar desde fuera y otra entrar directamente en la arena política. Pero al final pensé que si uno cree en algo y le piden dar un paso adelante, no tiene sentido quedarse siempre mirando desde la barrera. Yo pensaba que Podemos podía contribuir a revitalizar la política española, que después del entusiasmo de la Transición y de la aprobación de la Constitución había entrado en una cierta inercia. Me parecía un proyecto interesante y decidí aportar mi granito de arena.

Cuando tomó esa decisión hubo bastante polémica sobre su salida del Ejército. ¿Qué ocurrió exactamente en aquel momento?

Cuando decidí presentarme como candidato todavía estaba en situación de reserva dentro de las Fuerzas Armadas, así que tenía que solicitar formalmente el cese definitivo. Lo hice por el conducto reglamentario, presenté mi solicitud como correspondía y seguí el procedimiento habitual. Lo que ocurrió fue que, cuando se hizo público que yo iba a ser candidato de Podemos, aquello generó un gran efecto mediático, porque era algo que nadie esperaba. No era lo mismo que alguien que había sido JEMAD se incorporara al Partido Popular o al PSOE; el hecho de que fuera a Podemos generó sorpresa. A partir de ahí se produjo una reacción política y mediática en la que se empezó a decir que yo había hecho manifestaciones políticas que no me estaban permitidas o que había sido cesado. En realidad, no hubo ninguna irregularidad. Yo pedí mi cese y el procedimiento siguió su curso. Pero el relato que circuló durante aquellos días fue que me habían echado de las Fuerzas Armadas, lo cual no era cierto. Fue, sobre todo, un episodio mediático muy intenso. Después de aquello yo he tratado de mantener la coherencia: seguí militando en Podemos, asumí responsabilidades dentro del partido, volví a presentarme a las elecciones de 2016, fui secretario general de Podemos en Madrid… He querido demostrar que aquel paso no fue algo coyuntural para ocupar un cargo, sino una decisión política coherente con mis ideas. Y sigo en esa línea. Para mí la política no la hacen sólo quienes ocupan cargos, sino los ciudadanos que participan en ella.

La nueva tensión global

Estamos viviendo una situación muy inestable en Oriente Próximo —Gaza, Irán— y, en general, en el mundo. Desde su experiencia militar, ¿hasta qué punto existe el riesgo de una escalada regional aún mayor de la que estamos viendo?

Estamos viendo de nuevo arder Oriente Próximo, pero no es un fenómeno aislado. Todo está relacionado. Venimos de una serie de crisis internacionales muy intensas: los conflictos políticos en América Latina, la guerra de Ucrania tras la invasión rusa, el genocidio en Gaza… Si uno lo observa con cierta perspectiva, lo que aparece es una pugna entre hegemonías. Por un lado, una hegemonía que podríamos decir que está en declive —aunque ese declive pueda durar décadas—, que sería la estadounidense, y por otro, una hegemonía emergente, que es la china. Esa disputa por la hegemonía se está dirimiendo en distintos escenarios: la lucha por el control del petróleo, por el dominio de los datos, por las tierras raras o por determinados minerales estratégicos. Todo eso se está desarrollando bajo un prisma que a mí me parece especialmente preocupante, que es la militarización de la política. Cuando se recurre a la fuerza militar para resolver conflictos que en realidad son conflictos de intereses —económicos, geopolíticos o estratégicos— se está optando por la peor vía posible. Esos conflictos podrían abordarse por la negociación, por la diplomacia o por la vía comercial, pero cada vez vemos más cómo se trasladan al terreno militar. En muchos casos se hace además a través de lo que se conoce como guerras por delegación: lo estamos viendo en Ucrania, en Oriente Próximo o en las tensiones con Irán. El riesgo es que esos conflictos se extiendan, porque no debemos olvidar que detrás de todo esto existe el paraguas nuclear y estamos hablando de potencias que tienen armas nucleares. Nadie cree que se vaya a llegar a ese extremo, porque se supone que los actores son racionales, pero lo cierto es que hay pueblos que están sufriendo directamente las consecuencias de esa lucha de intereses entre grandes potencias.

En ese escenario, ¿no cabría hablar también de una tercera hegemonía, quizá menor, como la rusa, que tendría una influencia más centrada en Eurasia?

Sí, Rusia está ahí, pero no creo que tenga el mismo peso estructural que Estados Unidos o China. Si miramos hacia atrás, al final de la Guerra Fría y a la desaparición de los dos grandes bloques —la OTAN por un lado y el Pacto de Varsovia por otro—, la Unión Soviética tenía una capacidad industrial, tecnológica y militar mucho mayor que la Rusia actual. Hoy Rusia sigue siendo una potencia militar importante y mantiene una visión muy marcada de su esfera de influencia, especialmente en el espacio postsoviético. De ahí procede, en buena medida, la lógica de la invasión de Ucrania, que para el Kremlin forma parte de ese núcleo histórico del antiguo imperio. Pero como potencia económica, tecnológica o industrial no tiene el peso comparable al de Estados Unidos o China. Tampoco lo tiene, por cierto, la Unión Europea, aunque sí posee una enorme capacidad industrial y tecnológica si se la considera en conjunto. El problema es que Europa carece de una unidad política suficiente para proyectar ese poder de manera coherente. Por eso creo que el debate sobre las hegemonías globales se mueve fundamentalmente entre Washington y Pekín, aunque existan otros actores relevantes en el tablero.

OTAN, Estados Unidos y la seguridad europea

Este viernes participa en Oviedo en una charla titulada El contexto internacional actual: ¿es el momento de abandonar la OTAN?. ¿Cree realmente que España debería salir de la Alianza Atlántica?

En mi opinión, sí, porque creo que la OTAN ha demostrado desde hace tiempo que es una organización obsoleta. No hace falta esperar a que se produzcan situaciones extremas para entender que ya no funciona como una verdadera alianza de defensa mutua. De hecho, algunos líderes europeos lo han dicho abiertamente en los últimos años: Emmanuel Macron habló en 2019 de una OTAN en “muerte cerebral”, y dirigentes como Angela Merkel también han expresado dudas sobre su fiabilidad. El problema es que la organización se ha convertido en un instrumento de la estrategia estadounidense para subordinar a los países europeos a sus intereses, hasta el punto de que quienes antes eran aliados ahora se comportan más como clientes, e incluso como competidores. En documentos estratégicos recientes de Estados Unidos se plantea reducir el peso político de la Unión Europea y negociar con los Estados europeos de forma individual, no como bloque. En ese contexto, la credibilidad política de la OTAN se ha deteriorado mucho. Cada vez hay más dudas —dentro y fuera de la propia Alianza— de que Estados Unidos estuviera realmente dispuesto a cumplir el artículo 5, la cláusula de defensa mutua que establece que si un país es atacado los demás acudirán en su ayuda. Dicho esto, otra cuestión distinta es el procedimiento para abandonar la organización. Sería una decisión política que tendría que aprobarse en el Congreso e incluso podría someterse a referéndum. El propio tratado de la OTAN contempla la posibilidad de salida: bastaría con comunicarlo al depositario del tratado, que es Estados Unidos, y se abriría un plazo de doce meses para hacer efectiva la retirada. El verdadero debate, por tanto, no es si es posible jurídicamente, que lo es, sino cómo organizaría Europa su propia defensa si la garantía estadounidense deja de ser creíble.

Por otro lado, algunos analistas están planteando escenarios en los que Estados Unidos podría replantearse su presencia militar en España o trasladar parte de su despliegue a otros países, como Marruecos, dado el enfado que Donald Trump tiene con España por su posicionamiento sobre el ataque a Irán llevado a cabo por Israel y EE.UU. ¿Cree que algo así es posible?

En teoría, cabe la posibilidad. Pero no creo que esté realmente dentro de los intereses de Estados Unidos. Muchas veces ese tipo de afirmaciones forman parte de una retórica política exagerada que se utiliza para presionar a los aliados. Estados Unidos tiene una capacidad militar enorme y, en principio, podría actuar por sí mismo, pero le interesa contar con aliados, infraestructuras y bases de despliegue como las que tiene en Alemania, en Italia o en España. Además, no hablamos sólo de intereses militares, sino también comerciales, estratégicos y políticos. Por eso estas declaraciones suelen formar parte de una estrategia de presión, como ocurre también cuando se habla del papel de la OTAN. A veces se dice que la OTAN ya no sirve para nada, pero al mismo tiempo se utiliza para presionar a los aliados a aumentar el gasto en defensa y comprar equipamiento militar, en muchas ocasiones a la industria estadounidense. Siempre existe la posibilidad formal de modificar acuerdos o despliegues —igual que un país podría abandonar la OTAN siguiendo los procedimientos previstos—, pero otra cosa muy distinta es que eso llegue realmente a suceder.

“Muchas veces la gente piensa que los temas de seguridad o de defensa son demasiado técnicos y que deben quedar sólo en manos de expertos, y yo creo que eso es un error.”

¿Es posible un ejército europeo?

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, habla de avanzar hacia un ejército europeo “mañana mismo”. ¿Eso es algo viable a corto plazo o estamos más bien ante un titular político?

Yo creo que, hoy por hoy, es más bien un titular político. Si sumamos el gasto militar de todos los países europeos, Europa sería probablemente la segunda potencia militar del planeta, sólo por detrás de Estados Unidos. Otra cosa distinta es que esa capacidad esté realmente integrada bajo un mando político único. Para que exista un ejército europeo tendría que existir antes una verdadera unión política europea. La fuerza militar es, en última instancia, una expresión de la soberanía de los Estados, y ningún país va a ceder fácilmente ese control a una estructura supranacional si no existe previamente una autoridad política plenamente legitimada. Europa ha avanzado en muchas cosas: tiene una unión económica, una moneda común en buena parte de los países, acuerdos sobre fronteras y políticas comunes en distintos ámbitos. Pero todavía no tiene una unión política suficientemente fuerte como para decidir colectivamente cuándo y cómo desplegar fuerzas militares. Para eso haría falta un Parlamento europeo con capacidad real para tomar decisiones equivalentes a las que, por ejemplo, toma el Congreso de los Diputados en España cuando decide el envío de tropas al exterior. Por tanto, la idea de un ejército europeo puede ser interesante y, en cierto sentido, deseable, pero no es algo que se pueda materializar a corto plazo. Antes tendría que consolidarse mucho más el proyecto político europeo.

Nacho Loy, Julio Rodríguez y Belén Suárez Prieto en El Manglar. Foto: Pablo Lorenzana
Foto: Pablo Lorenzana

El debate público sobre la seguridad

¿Qué quiere transmitir a los ciudadanos sobre la política de Defensa?

Muchas veces la gente piensa que los temas de seguridad o de defensa son demasiado técnicos y que deben quedar sólo en manos de expertos, y yo creo que eso es un error. La seguridad es una cuestión profundamente política que afecta directamente a la vida de los ciudadanos. Igual que todos somos capaces de debatir sobre educación o sobre sanidad —qué modelo queremos, cómo se financia o qué prioridades debe tener— también deberíamos poder discutir qué modelo de seguridad queremos. Porque hablamos de decisiones que implican enormes cantidades de dinero y que tienen consecuencias muy importantes para la sociedad. Además, la seguridad no se reduce sólo a las Fuerzas Armadas: también tiene que ver con la seguridad humana, con la seguridad económica, con la seguridad medioambiental o con las condiciones de vida de la población.

Da la sensación de que, a diferencia de otros ámbitos como la economía o la educación, el debate sobre seguridad suele ser más opaco y menos transparente.

Sí, y creo que ese es uno de los grandes problemas. Muchas veces se utiliza el argumento del secreto o de la complejidad técnica para evitar el debate público. Evidentemente hay aspectos operativos que deben mantenerse reservados, pero eso no debería impedir discutir las grandes decisiones. Cuando hay mucho dinero en juego y poca transparencia, el riesgo de corrupción siempre aumenta. Lo hemos visto en otros ámbitos y también puede ocurrir en el sector de la seguridad y de la defensa, donde se manejan miles de millones de euros. Por eso creo que es fundamental abrir ese debate a la sociedad y que los ciudadanos participen en él, porque cuando la gente dispone de información suficiente y aplica el sentido común, normalmente toma buenas decisiones.

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