“Amelia Valcárcel, Juan Álvarez y otros quisimos convertir la Unidad Regionalista en un partido”

Entrevista biográfica a Antonio Masip, abogado, militante antifranquista y alcalde de Oviedo entre 1983 y 1991.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Yo podría haber sido Fidel Castro' (2024).

El cuerpo está maltrecho: Antonio Masip Hidalgo (Oviedo, 1946) recibe en el apartamento de la residencia de ancianos en la que vive, tumbado en un sillón ergonómico, con las piernas —ya casi totalmente inutilizadas— en alto y, asomando por el camisón entreabierto, una porción del vientre, donde a mitad de nuestra entrevista vendrá una enfermera a ponerle una inyección. La cabeza, en cambio, está perfectamente. Lúcido, despierto, afable, encantador, a Masip no le costará ningún trabajo repasar toda su vida a lo largo de dos horas de charla: los orígenes acomodados, la militancia clandestina en el Felipe, la frustrada experiencia de Unidad Regionalista, la llegada al PSOE, el pucherazo contra Wenceslao López —que nos contará con asombrosa transparencia— en las primarias del partido para ser candidato a alcalde, los ocho años de alcaldía y sus logros y borrones (sobre todo el del Vasco), su vida posterior en la empresa privada (Porcelanosa, Leroy Merlin), su apoyo a Zapatero en 2004, su etapa en el Parlamento Europeo. Tiene al lado, en una mesa, una montaña de libros, en cuya cumbre vemos el No hay país de Xuan Cándano. Y delante, una mesita de brazo articulado con el ordenador portátil en el que escribe su columna en La Nueva España y otros textos, como la separata que nos regala: una esbilla de recuerdos personales de ocho décadas de afición al Real Oviedo. En la pared de enfrente, una tele y, alrededor de ella, una medalla de plata del Parlamento Europeo, una réplica del letrero de la calle dedicada a su amigo Juan Álvarez, varias fotos (hijos, nietos, amigos, Nelson Mandela…) y recortes de periódico sobre él mismo o su madre, fallecida hace solamente tres años, a los 102. De la conversación nos parecerá en algún momento que toma tintes de novela de Chirbes; un relato a tumba abierta sobre las entretelas de la Transición y la Segunda Restauración y «la buena letra» con la que se escribieron sus trampas.

Buenas tardes, Antonio. Encantado de conocerte. En estas entrevistas biográficas, siempre empiezo por el principio; por la infancia. La tuya es la de un hijo de los vencedores que acabará comprometiéndose con los vencidos.

Es cierto eso, sí… Nací el 3 de mayo de 1946; voy a cumplir ochenta años el 3 de mayo próximo. Soy sietemesino, que es una cosa que marca bastante. No había incubadoras en la época. Salí adelante entre algodones. Y sí, mi padre había sido alférez provisional; llegó a ser teniente en el bando alzado.

¿Vivió el cerco de Oviedo?

Vivió el cerco de Oviedo. Fue el primero que vio a las tropas de Galicia llegar por La Argañosa. Luego, toda su familia se traslada a Madrid, pero él se queda en Oviedo y hace su despacho de abogados en la calle Cimadevilla, que era el centro de la ciudad, antes de que lo fuera Uría. Era abogado, y, por lo que yo vi después, cuando heredé su despacho, buen abogado. Y mi madre —que acaba de fallecer, con ciento tres años— era hija del director del Banco Herrero. Así que, efectivamente, tuve esa cultura de… Pero una cultura curiosamente antifalangista. Nos querían mantener al margen de la política del régimen. Vinieron varias veces a casa, a querer hacernos del Frente de Juventudes y demás, pero tanto mi madre como mi padre lo rechazaron siempre completamente; no querían ni pa’ Dios que «estos críos» tal. Mi padre no era político.

¡Pero fue alcalde de Oviedo!

Sí, pero mira, me explico. Aquí en Oviedo, en un momento dado, hubo una crisis en el interior del régimen, que se conoce poco. Franco destituyó, en el año me parece que cincuenta y siete, a [Francisco] Labadie Otermin, que era el gobernador civil, que había estudiado con mi padre en la Universidad: está en la orla de Derecho. Y a Labadie Otermin lo sustituyó, nombrado por Camilo Alonso Vega, un nuevo gobernador que hasta tuvo una calle en Oviedo —y no sé por qué se la han quitado—: Marcos Peña Royo. Cuando accede al cargo, Marcos Peña Royo se quiere apoyar en Falange, como se hacía tradicionalmente, para nombrar los alcaldes, pero los alcaldes falangistas le dan la espalda para solidarizarse con Labadie Otermin. El alcalde de Oviedo era Fernando Beltrán Rojo, el padre del gran poeta Fernando Beltrán. Y hace eso; le da la espalda, igual que el alcalde de Gijón, el de Avilés…, en fin, todos. Entonces Camilo Alonso Vega, que era un tío muy rigido —don Camulo lo llamaban— dice que eso de dimisiones y presiones al régimen, ni hablar; ¿que no quieren? Pues todos fuera. Los destituye a todos. Marcos Peña Royo, entonces, se dirige a los abogados del Estado aquí en Oviedo. Entre ellos estaba López Muñiz, al que nombra presidente de la Diputación. Y en ese cabildeo y contubernio, Peña Royo, que no conocía a mi padre de nada, pero ve que es héroe de guerra y que tiene nosecuántas medallas y todas esas pijadas, decide que hay que darle a él el puesto de alcalde (que no el de jefe provincial del Movimiento, porque no era falangista: ese puesto se lo dan a [Antonio] Rico de Eguíbar). Mi madre no quería bajo ningún concepto, y mi padre también se resistía, pero hubo muchas presiones. Yo lo recuerdo, porque iba con él al fútbol, y los veía dirigirse a él para convencerlo.

¿Amagüestos en el palco del Tartiere?

Sí, sí. Bueno, no; nosotros teníamos entradas aparte. Y tampoco era el Tartiere todavía, ¿eh?

Ah, ya. Buenavista, ¿no?

Era Buenavista. En fin, le presionaban. Y mira, esto se sabe poco. Creo que lo dije alguna vez, pero no se recogió. Hubo una maniobra envolvente que implicó al Banco Herrero. Mi abuelo era el director, e Ignacio Herrero de Collantes el propietario, y le dijo a mi abuelo que le dijera a mi padre que, cuando dejara de ser alcalde, le nombrarían asesor jurídico del banco. Puesto que obtuve yo después. Mi padre aceptó, y fue alcalde por eso; y, por lo que yo he oído y lo que vi dentro del Ayuntamiento, un buen alcalde. Pero no era político, no le gustaba la política. Hombre, pienso que quizás le gustaba más de lo que decía. Él había vivido la época de la República y había estado en mítines; un cierto gusanillo le debió de haber quedado. Su padre, Rogelio Masip, que era catedrático de matemáticas y fue director del instituto masculino (escogió él el emplazamiento, donde sigue ahora, en la Finca Roel que llamaban), había sido de la democracia cristiana en los años veinte.

¿El partido aquel que funda Ossorio y Gallardo cuando rompe con Maura?

Un partido reducidísimo, inspirado en el de Don Sturzo en Italia. Mi abuelo había estado en eso y luego fue de la parte minoritarísima que fue favorable al régimen de Franco. Vivía en la calle Uría, en las Casas del Cuitu. Por cierto, trabajó con el padre del gran pintor Luis Fernández, al que yo descubrí muchos años después, porque no se sabía nada de él en Oviedo. Néstor, el caricaturista, decía que era un invento mío; que no existía. Pero existió, y fue un pintorazo; de lo mejor de la pintura española, aunque con corta obra. Un orgullo que sea ovetense, nacido en la calle Fruela, 14.

«No escuchábamos la radio comunista, pero sí Radio París y la BBC. Mi padre era muy partidario de Salvador de Madariaga»

En casa escuchabais radios extranjeras, ¿verdad?

Escuchábamos Radio París a las doce de la noche, todos los días, y algunas veces la BBC de Londres, a las diez y cuarto; las emisiones en español que hacían. La radio comunista y esas cosas, no; pero sí esas otras. Mi padre era muy partidario de Salvador de Madariaga, al que escuchábamos en la BBC. Yo, después de morir mi padre en 1963, siendo alcalde, en cuanto me fui a Inglaterra de estudiante, lo primero que hice fue coger el listín de teléfonos y buscar a Salvador de Madariaga. Me acuerdo de su voz y de la impresión de que fuera la misma que en la radio: «¡Madariaga al habla!». Luego fui a Oxford a conocerlo.

¿Cómo llegas a la izquierda antifranquista?

Me había ido haciendo una idea antifranquista ya en Oviedo, pero sobre todo fue en Deusto, adonde me fui a estudiar. En casa, mi abuelo —que ejercía de padre— estaba empeñado en que estudiase ingeniería, porque había muchas empresas dependientes de la familia en las que podía entrar de ingeniero. A mí la ingeniería no me gustaba nada. Me hacía más tilín el derecho, como a mi padre, que había muerto, pero dejaba la biblioteca. Eso y la literatura. Pero, por otra parte, yo también quería salir de Oviedo, una ciudad muy conservadora, muy de estar encima de ti.

La Vetusta de Clarín.

Vetusta, sí. Yo quería salir de Oviedo. Pero claro: si estudiaba derecho, impepinablemente me iba a ir al centro de Oviedo. La solución me la dio uno que estaba casado con una tía mía, Juan Mari Urquiola, el padre de Patricia Urquiola, la diseñadora, a la que yo llevé al altar para bautizar, y que tiene una cantidad enorme de premios. Juan Mari, que era vasco, me dijo: «Hombre, hay una cosa en Deusto que igual te viene a ti estupendamente. Exigen muchas cosas para entrar, pero tú eres buen estudiante. Abogado economista». Era una cosa que había en Deusto. Joder, hostia, una solución. Estudiar derecho, pero marchar de aquí. Bueno, pues me voy a Deusto. Y a la segunda semana de clase, vienen los del sindicato, los del SEU, diciendo que había que hacer elecciones provisionales; que se iba a nombrar un delegado provisional. El día anterior, un profesor nos había dado una clase de derecho político, había propuesto que alguien hiciera un resumen de la clase, lo había hecho yo, y había sido muy popular. No sé qué chorradas diría, pero fueron muy populares, y la gente me aceptó. Yo, gracias a los dominicos, nunca tuve miedo escénico. Había hecho obras de teatro y tal, y me dirigía a la gente, y me sigo dirigiendo, con una cierta facilidad. Siempre fui un ilustrado; soy bilingüe francés/español, también sé algo de inglés, y con esas facilidades siempre entré por todos los sitios. Me nombraron delegado provisional. Y tres meses después, hubo las elecciones a delegado definitivo.

Y las ganaste.

Éramos doscientos en clase, y de ciento noventa y tantos que votaron, tuve ciento setenta y ocho votos. Fue una votación aplastante. Luego había que elegir a diez personas para que formasen el consejo de dirección conmigo. Entre ellos estuvo uno, Iñaki Uriarte, que después se hizo un grandísimo escritor. Con él y otros nueve hicimos el primer…, no sé cómo lo llamábamos dentro de la estructura del SEU. A la que nos oponíamos, porque tenía una estructura que era democrática hasta el Consejo de Facultad. Después, el de distrito lo nombraban Rodolfo Martín Villa y estos. Nosotros exigíamos la democratización total. El de económicas, por cierto, era [Joaquín] Leguina, que ahora ha cambiado mucho, pero antes era muy de izquierdas.

Fue asesor de Salvador Allende.

Sí, sí. Pues coincidió conmigo. Y así empecé. Luego me hice del Frente de Liberación Popular.

El Felipe.

El Felipe. Yo era muy amigo de Ignacio Fernández de Castro, que fue el dirigente del Felipe que había tenido que huir a Francia, pero había vuelto en la clandestinidad. Teníamos las clásicas discusiones con el partido comunista. La verdad es que, visto ahora, era un partido absolutamente elitista.

«En el Felipe solo teníamos un obrero, y lo comenté: ¿qué revolución socialista vamos a hacer? ¡Me quisieron expulsar! Decían que sembraba discordia»

Un partido de cuadros.

¡El boletín clandestino de Comisiones Obreras lo escribía yo! Vamos, escribí bastante en él. Un día, en Gijón, me enteré de que solo teníamos un obrero, y lo comenté: ¿qué revolución socialista vamos a hacer en España, si en Asturias solo tenemos un obrero? ¿Cómo se va a articular esto? ¡Me quisieron expulsar! Decían que sembraba la discordia en el seno de la organización por decir que solo teníamos un obrero. «¿Pero es verdad o no es verdad? ¿Decir la verdad es sembrar la discordia?». ¡Era la verdad!

Antonio Masio. FOTO: David Aguilar

El Felipe, luego, no duró mucho: se disuelve en 1969.

Se disolvió en mi casa. Y algunos se pasaron al partido comunista, pero yo no quise. Siempre fui partidario de la libertad.

Pero el lenguaje del Felipe era la revolución socialista, como acabas de decir. Es verdad que era un poco un significante vacío, un eslogan, una palabrería de época que nadie se paraba a concretar. Pero el lenguaje era ese.

Yo no sé qué coño de revolución íbamos a hacer.

¿Te identificabas como socialdemócrata?

Socialdemócrata lo fui siempre, ya desde que entré en la clandestinidad en Deusto, pero con la palabra no me identificaba. Me sonaba incluso mal.

Era casi un insulto, en aquella época.

Sí. Había que ser socialistas, no socialdemócratas. Pero mi idea era esa. Éramos una minoría, ¿eh? No éramos nada. Y aquí en Oviedo, lo que te decía: al acabarse el Felipe, una parte se pasó al partido comunista; y entre los que no quisimos, hubo tres facciones fundamentales: la del MC, el Movimiento Comunista; la de la Liga Comunista Revolucionaria y otra que ahora no recuerdo. Yo me llevé bien con todos. Tanto a los del MC como a los de la Liga los puse en contacto yo con los dirigentes a nivel nacional, pero yo no me metí nunca. Fui muy amigo de la extrema izquierda, pero nunca fui militante de la extrema izquierda. La verdad es que, en aquella época, nos salvó mucho el que no hubiera Internet.

Entretanto, empiezas a ejercer de abogado.

Abrí un despacho en Gijón con un antiguo compañero del colegio, Marcelino Arbesú, que murió el pobre hombre de una leucemia. Su hija anda por ahí luchando mucho. Yo trabajaba media jornada en el banco, media en el despacho. Antes, había estado de pasante de Jiménez de Parga; ahí aprendí todas las normas de cómo manejarse en derecho. En Gijón, luego, fue cuando vino Felipe González a defender el caso aquel.

El de las contratas del naval del setenta y cinco, ¿no?

Sí. Me pidieron que interviniese. Yo, entonces, aunque no estaba en el PSOE, ya era muy amigo de Juan Luis Rodríguez-Vigil, que también estaba en eso.

Vigil que había pasado también por el Felipe.

Juan Luis yo creo que fue el que dijo en el Felipe que me contactaran, que me succionaran, que… ¿cómo se dice?

Que te captaran.

Que me captaran, esa es la palabra. Él no podía, porque era militar en ese momento; estaba haciendo la Milicia, y no podía. Tengo la sospecha —nunca se lo pregunté— de que fue él el que dijo que me captaran a mí.

«Escuché lo del Petromocho por la radio y llamé a Vigil. Le dije: “¡la inversión que dicen estos tíos es mayor que todo Banesto! ¿Va a venir el equivalente de todo Banesto a Candás?”»

¿Qué tal te llevas con él?

¿Con Juan Luis? Extraordinariamente bien. Me parece que tuvo una virtud extraordinaria: dimitir cuando lo del Petromocho. Que es una metedura de pata de él, ¿eh? Aparte de todo lo que se diga de los Sitges y tal. Aquello era un cachondeo. Yo, yendo a un juicio privado a Pamplona, oigo por Radio Nacional lo de la inversión, y entonces paro el coche en una gasolinera, para echar gasolina y llamar a Juan Luis a Presidencia. Le digo: «Oye, Juan Luis, esto…». Me dice: «No, no, tal». Le digo: «Vamos a ver, la inversión que dicen estos tíos, la que acaban de dar por la radio, ¡es mayor que todo Banesto!». El Banesto de entonces, antes del lío de Mario Conde. «Coño, no jodas». «Sí, sí, más que todo Banesto. ¡No va a venir a Candás de repente el equivalente de toda la inversión de Banesto!». La metedura de pata de Juan Luis es brutal. Pero tiene una virtud, amigo: dimitió. Yo vi a Felipe González, delante de mí —yo presidía el Hotel de la Reconquista—, decirle que no dimitiera si no se había quedado con dinero. «No, no; con dinero no me quedé». «Pues no dimitas». «No, no; tengo que dimitir». Estuvo genial; lo vi como un rasgo de una dignidad tremenda. Y visto ahora, con los años, mucho más. No se suele hacer. Tengo una amistad grandísima con él. En muchas cosas no hemos pensado igual, ¿eh?, pero he tenido una convicción completa de su honradez, de su seriedad, de su dignidad, vamos.

¿La militancia antifranquista te generó problemas en casa, con esa cosa de tus padres de rechazar la política, tanto más la clandestina?

Bueno, mi padre había muerto en el sesenta y tres. Y la clandestinidad era para todo; era también con la familia. No lo decías. Mantenías un nivel de clandestinidad total. A medida que pasaban los años y me iba haciendo mayor, me iba haciendo también independiente, y ya se fue sabiendo, pero lo que me salvó siempre fue el ser buen estudiante, bien preparado. Tuve una preparación producto de la cual destaqué a niveles de que todo el mundo quería estar conmigo. Si hubiera sido un tarambaina… Pero no lo era.

En 1975 fundas la Asociación de Amigos del Sáhara.

La primera que hubo, sí. La fundé yo, y fui el primer presidente. Tuvo un eco internacional, incluso a nivel de Naciones Unidas, cosa que años más tarde me vino bien. Cuando me contrata Porcelanosa, me contrata, no para el desarrollo nacional, sino para el internacional.

«Sonó el teléfono. Era Eulogio García Fernández. Me dijo: “¡Viva la República! Acaba de morir el dictador”»

¿Cómo vives la muerte de Franco?

Me cogió en la cama. Sonó el teléfono; lo tenía al lado. Era un juez de Madrid, Eulogio García Fernández, juez del número 19 de La Latina, con el que yo gastaba mucha amistad. Me llamó y me dijo: «¡Viva la República! Acaba de morir el dictador». Yo estaba entre sueños, de esas cosas que no entiendes del todo, pero bueno: como se estaba esperando la muerte de Franco… «Ah, muy bien». A mi mujer le tocaba guardia ese día en la residencia sanitaria, donde robaron los bustos de José Antonio y de Franco que había a la entrada. Yo creí que había sido gente de izquierda, pero después me dijeron que no; que había sido incluso para preservarlos, por si los vandalizaban o algo. No sé. En fin, una gran esperanza. Grandísima esperanza. Aquello marcaba icónicamente un antes y un después. Todavía hubo una época de tal, pero bueno, ya la venida de los exiliados… La venida de Juan Ambou, del partido comunista; de Alberto Fernández, del partido socialista; en la de [José] Mata también estuve… Empezabas a dejar de mirar para un lado y para otro por la calle, que es una cosa que los que sois jóvenes no habéis vivido. Estabas preocupado siempre de no hablar muy alto, para que no te oyeran en la mesa de al lado y todas esas cosas, y en Oviedín imagínate: la de Dios. Pero, cuando lo de las penas de muerte, recuerdo que fui a Barcelona, a un asunto contra ello en el colegio de abogados, bajamos a un bar a comer o una de estas cosas y, joder, me di cuenta de que allí la gente hablaba en alto. El cambio psicológico era total. En Barcelona me di cuenta de que la gente podía hablar en alto, y al venir se lo conté a mi mujer. No nos lo podíamos creer, eso de que hablara la gente en alto.

Al PSOE tardas en llegar. En las primeras elecciones, concurres en la lista de una coalición de varios partidos llamada Unidad Regionalista, en la que se pone mucha ilusión, pero que defrauda las expectativas creadas. No sacáis nada.

Ahí fracasé totalmente.

¿Por qué fracasasteis?

Fracasó porque la legalización de los partidos ya fue tan fuerte que esas plataformas… Eso era una plataforma pensada para antes, del tipo de la Platajunta y todo aquello. Yo me vi con Carrillo en Madrid, antes de la legalización del partido comunista; quería que yo estuviera con el partido comunista como eso de…, de tonto útil o de…, vamos, de que estás en la órbita…, ¿cómo se llamaba?

¿Compañero de viaje?

¡Compañero de viaje! Bueno, el caso es que Carrillo me dijo una cosa que nunca se me olvidará: que el que iba a sacar partido de la legalización e iba a ganar las elecciones era el partido socialista. Eso me lo dice Carrillo en el setenta y siete.

Ya lo tenía claro.

Me lo dijo personalmente en la Virgen de los Peligros, en Madrid. La legalización fue un rodillo. Y plataformas como la Unidad Regionalista funcionaban en la clandestinidad, pero luego ya no. Fracasamos. Y después Amelia Valcárcel, Juan Álvarez y otros quisimos —o quisieron: yo no lo quería del todo— convertir la Unidad Regionalista en un partido: Unidad Regionalista Asturiana, que las siglas después las tomaron Sergio Marqués y Sánchez Vicente.

Anda. La URAS.

URAS, sí. Pero no prosperó.

Antonio Masip. FOTO: David Aguilar

¿Y cómo acabas en el PSOE?

En 1979 llegan las elecciones locales y me llama [Jesús] Sanjurjo, secretario general de la FSA, y me dice que tengo que ser alcalde de Oviedo.

Así, de sopetón.

Yo digo: «¿Y eso?». Y Sanjurjo me dice: «Felipe González dice que tienes que ser tú».

Democracia digital.

Me dio dos días para aceptarlo, y acepté. Vamos, no acepté: pensaba aceptar, pero resultó que, a la vez, el PSOE locla, la AMSO, que eran pocos, se habían reunido y habían designado candidato a Wenceslao [López].

Que era, o lo sería más tarde, de Izquierda Socialista, alguien bien conectado con la izquierda del partido y con los pata negra, los veteranos.

La Voz de Asturias sacó una columna firmada por Luis José Ávila, que tenía muy buena información, en la que ponía que el candidato iba a ser yo. Y en otra columna, más abajo, más pequeño, como información de última hora, que el partido había elegido a Wenceslao. A los dos días, me vi con Sanjurjo otra vez. Y también me había visto con Rafael Ferández, que era muy partidario de que el candidato fuese yo. Y que proponía cuatro nombres para ir conmigo en la candidatura del setenta y nueve. De número dos, Atanasio Corte Zapico, que era senador. Luego, Pedro Quirós, un hombre de la ciudad, que luego fue concejal. Y Graciano Díaz Madera, un empleado de HUNOSA, que era de Olloniego y había sido falangista, pero ya no lo era. Yo, por mi parte, quería llevar a otras cuatro personas. A Juan Álvarez, que luego fue concejal conmigo, el padre del que es concejal ahora, que se llama también Juan Álvarez. A Marcelino Arbesú, mi gran amigo, que trabajaba conmigo. Y a Ramón Rañada, un arquitecto que acaba de morir. Cuatro y cuatro, ocho. ¡Y ninguno éramos del PSOE! Yo no quería llevarme mal con el PSOE, y me iba a llevar fatal con todos los de Oviedo (como me ocurrió después en la vida, pero bueno). Así que me aparté. Y entonces salió Wenceslao de candidato y perdió las elecciones.

Contra Luis Riera, de la UCD.

Eso es. Yo, luego, salgo de consejero de Cultura con Rafael Fernández, en el primer Gobierno autonómico.

1982. ¿Cómo se gesta eso?

Me llamó Rafael Fernández. Yo lo había conocido en México, adonde habíamos ido de viaje de novios mi mujer y yo, y allí la conocí. Nos hicimos muy amigos, y venía por mi casa frecuentemente. Cuando pasa a ser presidente, me llama para ser consejero de Urbanismo. Le dije: «Mira, no. Yo no sé de urbanismo nada, y cuando vengan los arquitectos, que saben más de urbanismo que yo, me van a meter un baúl enorme». Me insistió, pero le dije que no. Al día siguiente por la mañana, me dice: «Vas a ser consejero de Cultura. No me puedes decir que no; aquí no te puedes escudar en que no sabes». Yo ganaba mucho dinero de abogado; mucho más que de consejero. Pero acepto. Y resulta que, al jurar el cargo, me entero de que soy consejero de Cultura y Deporte. ¡Cojones! Yo de deporte sabía muy poco. Sabía lo del fútbol, pero muy poco más. Había sido subcampeón juvenil de tenis, pero era una cosa elitista; al tenis en Oviedo jugábamos pocos. Pero me empapé del tema y acabé llevándome mejor con la gente de deportes que con la de cultura. Por cierto, es una barbaridad que le quiten la pista de atletismo al Palacio de los Deportes y nadie haya dicho nada. Me alegra que lo arreglen y que hagan la obra muy meritoria que están haciendo: parece ser que queda bastante bien. Pero no puede ser que quiten la pista. Allí se batió el récord del mundo de 1500 indoor, por parte de José Luis González. Creo que solo había una pista igual en San Sebastián (¡que ahora creo que ni la hay, tampoco!). No se entiende. En fin, con los del deporte me llevé muy bien.

¿Cómo llegas a la alcaldía?

Un día me llama Sanjurjo y me dice que se nota demasiado que estoy preparándome para ser alcalde de Oviedo; que estoy haciendo cosas que se interpretan así y que el candidato tiene que ser Wenceslao. Le dije: «Coño, es una paradoja, esto. En este mismo lugar, la cafetería Rialto, hace unos años me dijiste que tenía que ser yo el alcalde de Oviedo, y ahora me dices que tengo que procurar no ser alcalde de Oviedo».

Wenceslao López, Agustín Iglesias Caunedo y Antonio Masip, tres de los últimos alcaldes de Oviedo. | Iván G. Fernández

Acabará habiendo unas primarias: tú contra Wenceslao.

Se produce una situación muy curiosa en Casa El Chato, en Santa Marina de Piedramuelle. Cándido Riesgo, que era el secretario general del PSOE de Oviedo, de la AMSO, nos reúne a comer a Wenceslao y a mí. Una comida histórica. A los postres, Cándido dice: «Uno de los dos tiene que ser alcalde; y el otro, portavoz municipal, e ir en la candidatura del otro». Entonces pregunta: «A ver, Wenceslao, ¿aceptas, si el partido lo quiere, apoyar a Antonio para alcalde de Oviedo?». Y dice Wenceslao —textualmente, ¿eh?—: «¡Por supuesto que no!». «Muy bien». Mira para mí y me dice: «Antonio, si el partido lo quisiera, ¿estás dispuesto a ir detrás de Wenceslao, apoyándolo?». Yo, por dentro, estaba con reserva mental completa; ni hablar, vamos. Pero dije: «Por supuesto que sí». Entonces, era un contraste: parecía que el de las ínfulas partidistas y la disciplina socialista era yo, que no era ni militante. Bueno, sí lo era ya. Me había hecho militante tres meses antes, en Tarna.

¿Y eso? ¿Por qué en Tarna?

Coincidió. En aquel entonces se exigían dos avales para entrar en el PSOE. Yo llevé el papel escrito, firmado por Emilio Barbón y por Arcadio García, hermano de Marcelo, el de Gijón. Y también dije: «No está aquí, pero firma también Purificación Tomás». Y me dieron de alta.

Todo patas negras: la hija de Belarmino Tomás y esposa de Rafael Fernández y dos históricos, de los pocos que habían sostenido al partido en la clandestinidad y habían padecido la represión del franquismo.

Sí, sí. Pues nada, se confeccionaron dos candidaturas. Los que vinieron conmigo eran menos conocidos en el PSOE, aunque no en la ciudad. Y me di cuenta de que perdía las elecciones. Entonces, le dije a Rafael [Fernández]: «Vamos a perder las elecciones, pero nos puede salvar una maniobra. Si ponemos a Puri[ficación Tomás] de número dos, el voto de los veteranos del PSOE nos lo llevamos, barremos, cambia el signo por completo». Rafael dijo que sí.

Y ganasteis, aunque no barriendo.

Había uno al que llamaban Lolín, José Manuel Rodríguez, que era un minero de Olloniego, muy amigo de Álvaro Cuesta, y muy partidario mío. Se encontró a unos de Olloniego y los cogió y les dijo: «A ver, esa papeleta que traéis a nombre de Wenceslao López la rompéis aquí ahora mismo y votáis a Masip».

«Lolín metió a uno en el váter y le dijo: de aquí no sales si no votas a Masip, hay hostias si no lo votas»

Hubo pucherazo.

¡Pucherazo de cojones! La rompéis aquí mismo, tal. La gente esa estuvo de acuerdo; no les pareció mal. Pero había uno de La Mortera que no daba el brazo a torcer. No estaba dispuesto. Lolín lo metió en el váter y le dijo: «De aquí no sales si no votas a Masip. Hay hostias aquí si no votas a Masip». Ya sabes como son la xente minero. El tío: «¡No, no, no, no! Nadie me dijo que no lo votase». «Pues si nadie te dijo que no lo votases, lo votas». Al final gané por treinta votos. Una cosa absolutamente pucherazo, vamos.

¿Con Wenceslao que tal te fuiste llevando en años posteriores y hasta hoy?

Hombre, yo con Wenceslao… Como sabes, hubo la maniobra aquella, y acabó siendo alcalde él también.

Correcto. En 2015.

[Tras las elecciones municipales de 2015, si bien el PP es como siempre el partido más votado en Oviedo, la suma de las tres candidaturas de izquierda (Somos Oviedo, PSOE e Izquierda Unida) sobrepasa a las derechas por primera vez en treinta años. De las tres, la que obtiene más votos es Somos Oviedo, pero la Federación Socialista Asturiana da orden a los cinco concejales socialistas de no hacer alcaldesa a Ana Taboada, para devolverle a Podemos el agravio gijonés de que Xixón Sí Puede no haya hecho alcalde al socialista José María Pérez, y la alcaldía haya ido a parar entonces a Foro Asturias. Parece, en consecuencia, que Agustín Iglesias Caunedo, del PP, va a revalidar como regidor, pero en el pleno de constitución de la nueva corporación, los seis concejales de Somos votan por sorpresa a Wenceslao López].

Sí. Ana Taboada era muy amiguina mía desde niña; había venido con nosotros de vacaciones a Calpe con sus padres. Los más amigos nuestros eran los padres de Ana Taboada. Aquel día se portó sensacionalmente, heroicamente.

Cartel de Unidad Regionalista.

Decías antes de lo inusual del gesto de Vigil. Este también lo es.

Podía ser alcaldesa; le correspondía. La que tenía más votos de la izquierda era ella, pero hizo alcalde a Wenceslao. Y en el tiempo en el que Wenceslao fue alcalde, él lo puede decir y lo puede decir cualquiera: lo apoyé tremendamente. Una cosa es que no nos entendamos, el pasado, y otra que… Yo a Wenceslao no le he reprochado nada; al revés: el de la pequeña menudencia política, el de las putadas maquiavélicas, era yo. No sé, yo me llevo bien con todo el mundo. Mira, si hay alguna persona que se lleva mal conmigo, piensa que es él, porque yo seguro que no soy.

¿Cómo viviste el 23-F?

Estaba en el despacho. Llamó un cliente, Fernández Buelga, porque había oído por la radio la entrada de Tejero. Vino al despacho a contarlo y entonces yo llamé al PSOE, a Sanjurjo a Jovellanos, al despacho que estaba allí, para ponerme a disposición, y me dijo que me incorporase a una reunión informal de la ejecutiva que iban a tener. Participé en la redacción de la posición del PSOE para todas las agrupaciones de Asturias y en la convocatoria de la huelga de la minería, que llevó Fernández Villa a todos los pozos. Se dice que no hubo huelga de ningún tipo, pero sí que la hubo. En Asturias la hubo en todos los pozos mineros; después hubo la contraorden de reanudar el trabajo, pero de mano hubo huelga. Y al día siguiente, el 24, había un juicio bastante famoso de un policía municipal que había matado a un ciudadano en la calle Cervantes, en un quiosco de periódicos, por un altercado con la grúa. Yo fui, y estando allí en Porlier, en ese juicio, fue cuando se produjo la entrada de… Recuerdo que Juan Álvarez, que era muy amigo de Armada por temas de fincas de su familia en León, decía que era imposible que Armada estuviese metido en el golpe. Y lo llamó para felicitarlo, y le contestó, y Juan decía que, si estuviese metido en el golpe, ¿cómo era posible que le contestase? Pues le contestó, pero en el golpe estaba metido.

«El agua era el problema más importante que tenía Oviedo, y lo resolvimos. Fui el primer alcalde sin cortes de agua»

En 1983 ganas las elecciones y te conviertes en alcalde. Lo serás ocho años. Una de tus preocupaciones como tal va a ser el agua.

Mi padre tenía una obsesión muy grande con eso. En Oviedo, el agua a las casas llegaba normalmente, pero en el estiaje, a finales de agosto, en septiembre y a principios de octubre, ¡se cortaba el agua! Se tenía que llenar la bañera y no había duchas por la mañana. Eso de ducharme por la mañana, el ducharme todos los días, casi no lo conocí hasta ir a la Universidad. Administrabas el agua como un líquido precioso. Y eso a mi padre le preocupaba muchísimo. Después de oír Radio París, a las once de la noche, me acuerdo de que venía un coche de la alcaldía y llevaba a mi padre al depósito de aguas, y a mí con él. Decía: «Vamos a ver el nivel de la bodega». A mí me resultaba increíble como niño, eso; inconcebible. Manaba aquello agua tremendamente; salía una cantidad de chorros increíble: ¿cómo era posible que después no tuviésemos? No lo comprendía; ingenierilmente, nunca supe bien cuál era la explicación de que el agua no llegar a todos. Yo fui el primer alcalde con el que no hubo restricciones: conmigo, el problema se acabó. Era el problema más importante de Oviedo. Hay gente que me ha dicho muchas veces que exagero, pero no, no; no exagero. Era el problema más importante y lo resolvimos. Lo nuestro nos costó. Me acuerdo que un día, en la calle esta debajo del puente de…, del puente de General Elorza con…, ¿cómo se llama la calle?

Antonio Masip en un congreso de la FSA

Yo es que soy de Gijón, y la geografía de Oviedo me la conozco muy poco, así que ni idea (risas).

Ah, ¡de Gijón! Ja, ja. Y yo dándote un librín del Oviedo. Bueno, me llamó el jefe de aguas de Oviedo, Esteban Carreño, padre de una periodista, de una compañera tuya: Belén Carreño. Un tipo genial. Me llama por teléfono, eran las once o doce de la noche y me dice que hay un problema en ese nudo: General Elorza con…, coño, con la avenida de Pumarín. Se había desbordado el agua. Me visto, salgo a toda velocidad para ese sitio y veo personalmente cómo salta el registro; cómo sale despedido. Si coge a alguien, lo mata, vamos. Toda la parte esa baja de Oviedo estaba inundada de agua. Se estaba perdiendo una cantidad de agua que… Entonces pido las cifras a los del servicio de aguas y resulta que Oviedo perdía, en general, el cincuenta por ciento del agua que recibía por roturas de la red. Pregunté a este Esteban Carreño cómo podía ser eso, con los esfuerzos grandísimos que se estaban haciendo, que ya habían hecho mis predecesores. Porque yo, con Luis Riera [alcalde entre 1979 y 1983], políticamente lo que quieras, pero le echó cojones al asunto, y Manolo Buylla [alcalde entre 1968 y 1975], que en paz descanse, también. Buscaron soluciones. Pero la solución estaba en la propia red nuestra. Había cinco circuitos de agua, y cada vez que se hacía un barrio nuevo —Tocote, Ventanielles, el que fuera—, se abría una tubería para urbanizarlo, que se ensamblaba a la conducción general. El problema era que, aunque técnicamente estuviera bien ensamblado, eso era lo primero que rompía, después de un tiempo de presión alta del agua viniendo por ahí. Con eso, perdíamos más del cincuenta por ciento del agua, y eso no podía ser; era la prioridad mayor que tenía la ciudad.

Una prioridad que, cuando se cumple, no se ve, porque es una obra subterránea, no una rotonda monumental o un calatrava, y por lo tanto no se premia electoralmente.

Claro.

Antonio Masip. FOTO: David Aguilar

También empezasteis a hacer peatonalizaciones.

Sí. Los comerciantes del centro de Oviedo vinieron a protestarme, porque se había peatonalizado la calle Pelayo. También la calle detrás de El Corte Inglés, pero sobre todo Pelayo, y después Palacio Valdés. Yo conocía Burdeos, donde había muchas calles peatonalizadas. Algún concejal del mío no estaba del todo de acuerdo, y tampoco presupuestariamente se le dio la importancia que tenía. El que lo remató después y se llevó el mérito fue Gabino de Lorenzo, que como sabes se quedó con muchísimo dinero, pero lo habíamos diseñado nosotros.

«Mi madre era hija del director general del Banco Herrero, y yo tenía imbuida la cosa de no gastar»

Dices lo del dinero y es una de las críticas que se te hacen como alcalde: que le dejaste demasiado dinero en la caja a Gabino para que lo derrochara. Una cosa es no querer incurrir en déficit y otra cosa dejar tremendo superávit… Un Ayuntamiento no es una empresa, no debe regirse por los mismos criterios, tiene que gastar.

Eso se dice, sí. Mi madre era hija de Antonio Hidalgo, que era el director general del Banco Herrero, y que después fue vicepresidente; y yo tenía imbuida la cosa de que no se puede gastar más de lo que se tiene, que es verdad. Vivir del crédito es una cosa… Mira, yo, los primeros días, llamé para preguntar cómo estaba el Ayuntamiento, porque no tenía ni idea. Veía cosas desde fuera, pero no sabía realmente cómo estaban las cuentas. Vino el viceinterventor y me explicó que teníamos una deuda extracontable de… Yo: «¿Extracontable? ¿Qué es eso de “extracontable”?». Teníamos una deuda enorme con las cajas de ahorro catalanas; una parte importantísima del presupuesto se nos iba en pagarla, con sus intereses. ¿Qué hacían? Un año pasaban la deuda al siguiente, pero en lugar de pagarla, pedían un nuevo crédito que era la deuda municipal más los intereses. Aquello era un papel-pelota, iba creciendo, venía ya de los años de mi padre. Los ayuntamientos centrales de Asturias, en general, debíamos una cantidad astronómica para lo que era entonces. Yo me dije que eso tampoco podía ser. Soy abogado economista; bueno, Economía no acabé, pero sabía lo suficiente como para decir que no podía ser. Así que llamé a las cajas de ahorro estas. Me acuerdo de que uno de los presidentes me dijo: «¡Hombre, cómo me alegro de que un alcalde de Oviedo hable de esta deuda que nos está dando una vergüenza increíble!». Le dije: «Mire, no sé cómo voy a hacer, pero yo quiero pagar». Vinieron aquí a Oviedo y me preguntaron: «¿Cómo va a pagar usted, que evidentemente no tiene dinero?».

¿Y cómo lo hicisteis?

Me puse a trabajar con el concejal de Economía, Enrique Pañeda, y más tarde y sobre todo con Avelino Viejo, una maravilla de paisano. Lo primero que hice fue contactar con el banco de crédito local —en el que trabajaba la mujer de Nacho Quintana, que había sido compañero en el Felipe— y con Claudio Boada, un buen economista que había sido presidente del INI con Franco y luego fue presidente del Banco Hispanoamericano, me parece. Creo que fue Solchaga, antes de ser ministro, el que me dio el contacto. Nos pusimos a ver entre todos cómo hacer, y lo que hicimos fue una especie de créditos de tesorería; un crédito el 1 de enero para el que teníamos que buscar dinero con el que abonarlo antes del 31 de diciembre, y que no chirriase en el Ministerio de Hacienda. Yo me dedicaba a buscar dinero…

Se abre la puerta y entra una enfermera.

[MASIP] Hola, buenas, ¿qué tal?

[ENFERMERA] ¡Hola! ¿Quieres que te pongamos la inyección ya?

[MASIP] Sí, sí. Con este chico tengo confianza, así que… Me ponen una inyección todos los días, ¿sabes?

[ENFERMERA] Vamos allá.

[MASIP] Mira, esta chica es de Medellín, y yo estuve en el proceso de paz entre las guerrillas y el Gobierno; en el inicio, vamos.

[ENTREVISTADOR] Siendo eurodiputado, ¿no?

[MASIP] Estaba de eurodiputado, sí. Fui a Colombia.

[ENFERMERA] Tierra de café, y de esmeraldas también.

[MASIP] ¡Sí, sí…! Oye, ni lo sentí: tienes unas manos de oro.

[ENFERMERA] ¡Hasta luego!

Pues ya te digo: conseguí apañar la deuda y sacar a flote el Ayuntamiento. Y ya nos pusimos a hacer cosas: centros sociales, arreglar el Campoamor…

Promoví la ópera. Mis compañeros del PSOE no lo comprendían

Lo municipalizasteis, ¿no? Era privado.

Sí, sí, bueno, esa era otra de las cosas increíbles que… No era un problema político. Vamos a ver, ¿cómo el teatro municipal podía estar dedicado al cine, a películas privadas? Era una cosa absolutamente sangrante. Yo me ponía en la cola del cine del Campoamor y valía trece pesetas. El Filarmónica valía doce. Promoví la ópera. Mis compañeros —de mucho mérito por otra parte, no les critico nada— no lo comprendían.

Antonio Masip en sus años de alcalde.

Tus compañeros del PSOE, ¿no?

Concejales anteriores, sí. No lo comprendía. Pero trajimos a la Caballé.

Lo verían como una cosa elitista, pija, supongo, ¿no?

Sí, sí. Pero yo rompí con ese tema. El ser consejero de Cultura y Deporte antes de ser alcalde me había dado una pátina de experiencia en la administración cultural.

En el ramo del deporte, creasteis la pista finlandesa.

Fue idea de un concejal que era médico, Ignacio Sánchez de Posada, especialista en cardiología, que decía que con la cantidad de personas infartadas que había, había que hacer labor preventiva y crear una pista. Aprovecharon la caja del antiguo ferrocarril minero que había allí y se decidió no dejar entrar a vehículos bajo ningún concepto. Se llama finlandesa porque había unas explicaciones para hacer gimnasia de las que dijimos: «como en Finlandia», y catapamba, se le quedó lo de pista finlandesa. Realmente, el término ese de finlandesa era absolutamente novedoso.

Sonaba sofisticado y nórdico.

Sí, sí.

Con el Vasco me falló el carácter. Me entró miedo a perder la alcaldía por vulnerar el acuerdo con el CDS

Tu gran borrón como alcalde fue el derribo de la estación del Vasco, en 1989.

El Vasco es el gran error mío. Un error gordo. Cuando vinieron con el asunto de tirar el Vasco, era mi segunda legislatura, y yo era alcalde porque había pactado con el CDS. Teníamos el acuerdo de que, si teníamos una comisión de Urbanismo —que se llamaba así, pero no estaba en la ley; era una comisión ex novo—, todos los asuntos tenían que pasar por los cuatro partidos. Allá estaban Ovidio Sánchez, del PP; Juan Álvarez, del PSOE; Juan Ania, del partido comunista, y Consuelo Marcos, del CDS. Y todos aceptaron lo del Vasco. Yo veía que no estaba bien aquello, pero que, si me oponía, vulneraba el acuerdo que tenía con el CDS; me entró miedo a perder la alcaldía por eso. Era cuando en Madrid había habido el la moción de censura aquella por la que Rodríguez Sahagún había pasado a ser alcalde. Podía ocurrir en más sitios, y me podía afectar. Me falló el carácter. Ahí estuve mal. No mal: muy mal, porque tienes que tener la dignidad y la personalidad suficientes para, si ves algo mal, decir que lo ves mal. Lo vi mal, pero, por puñetera vinculación al cargo… ¡Luego resultó que Consuelo también estaba en contra! Pero claro, de primeras eso no se podía saber. Si no me lo decía expresamente… Bueno, no era Consuelo, era Enrique Campomanes, pero es igual. ¿Cómo no lo intuí? Ahora me dicen que aquello está cojonudo, esa zona de bares y tal, y estará cojonudísimo y lo que quieras, pero no sabemos qué hubiera sido, bien modernizado, el que el ferrocarril —un ferrocarril de vía estrecha— llegara al centro de la ciudad. Yo estoy seguro de que cometí un error, aunque me diga gente muy cercana que no lo es. Pero claro: empezamos a hacer popular aquello de «dinamita para la mugre»; había que tirar el Vasco. Fue un error enorme por mi parte. Y como yo me adelanté a decir que fue un yerro, parece que no fue yerro, pero no, no. Fue yerro aunque yo haya brujuleado. Tampoco voy a ser tan idiota de no contraargumentar, ¿no? Pero fue un error.

Antonio Masip. FOTO: David Aguilar

En 1991 llega a Oviedo el ciclón Gabino [de Lorenzo, que será alcalde hasta 2007: una etapa marcada por una corrupción de tintes y dimensiones jesusgilistas]. Se daba una paradoja, aquí. En la pugna entre Gabino y tú, el del Oviedín del alma, el Oviedo aristocrático, eras tú, y el que venía de un estrato social inferior y sabía conectar mejor con el Oviedo popular era él.

Sí, sí, sí.

Que vinieras del Oviedín le vino bien a la izquierda, en cuanto a recibir votos de gente que jamás hubiera votado a otro PSOE, pero que confiaba en el hijo de un alcalde franquista. Pero Gabino tenía ese registro populachero que hizo furor.

Sí, sí, es cierto, aunque mira: los votos que tuvo el PSOE en las municipales conmigo aquel año eran menos que los que tuvo para el Principado, ¿eh? O sea, que todo el tema ese de que yo conseguía más votos… Hombre, probablemente si no me presento no conseguimos la alcaldía, pero…

¿Qué tal te has llevado con Gabino?

¡Con Gabino no me veo! No tengo nada así personal contra él. Hombre, es un poco irregular, una persona muy distinta a mí, pero bueno, tampoco tengo nada… Sé que está en un pueblo, ¿no?

Mestas de Con, ¿no?

Él debe de estar un poco perjudicado por la vida. He tenido algún contacto con la mujer, con la que he coincidido a veces. Pero con Gabino no, no…

¿Por qué el PSOE nunca volvió a tener buenos resultados en Oviedo? Con Gabino vino una cadena de mayorías absolutas del PP y con Wenceslao gobernasteis, pero no habíais sido el partido más votado de la izquierda, como recordábamos antes.

Sociológicamente y según todas las encuestas, es difícil que el PSOE saque buenos resultados en Oviedo… Recuerdo que, cuando salí elegido en las primarias aquellas (las primeras primarias de toda España fueron aquí en Oviedo, ¿eh?), al día siguiente salía de viaje con Bernardo Fernández, que era consejero de la Presidencia, y hoy está en el Consejo del Poder Judicial. Nos íbamos a París, donde nos iban a enseñar los fondos del Pompidou sobre Luis Fernández. El gran objetivo de la Consejería era rescatar para Oviedo a Luis Fernández. Y el caso era que, como yo iba a ser candidato a alcalde, iba a dejar la consejería de Cultura, y se la iba a dejar a Bernardo, en lugar de nombrar a uno de fuera. Bernardo es un tipo de calidad extraordinaria, que sabía y sabe mucho e hizo lo mejor que en política se ha hecho en Asturias y no ha brillado como es debido. El caso es que, en el vuelo, me dijo que, como yo tenía la confianza absoluta de Rafael Fernández, y era prácticamente portavoz del Gobierno asturiano, podía ser candidato a la presidencia del Principado. Rafael lo iba a dejar porque estaba roto totalmente por miles de cosas, pero no quería que el candidato fuera Pedro de Silva. Podía serlo yo, pero, si quería ser presidente del Principado, lo que debía hacer era no ser candidato de Oviedo, porque el PSOE en Oviedo no tenía nada que hacer. Yo le dije: «Mira, yo, desde pequeño, lo que he querido es ser alcalde de Oviedo, y si voy a perder, pierdo, pero voy a intentar pegar ese polvo, ¿comprendes?». Lo conseguí, pero por muy poco. Oviedo es difícil.

Ya en el mismo 1991 dejas la política. Te vas al sector privado. A Porcelanosa.

Dejo la alcaldía y en otoño ya estoy en Porcelanosa, con un pleito en Lille, sí. En Francia había diez tiendas de Porcelanosa cuando llegué. Cuando me fui, en 2004, habíamos pasado a tener cuarenta y una. ¿Cuarenta y una…? No, cuarenta y dos.

Trece años.

Estuve trece años con Porcelanosa, sí. Y de ahí salió también una cosa curiosa, Leroy Merlin, que dijo: «Hombre, lo que está usted haciendo para Porcelanosa en Francia, puede usted hacerlo para nosotros en España». Te decía antes lo del Sáhara, y otra cosa que me vino muy bien fue un paisano que era asturiano, pero que fue vicealcalde de París: Manuel Díaz Ron.

Uno que era exiliado republicano y luego fue maquis en Francia, ¿no?

Sí. Yo lo defendí aquí en un asunto que tuvo en Villaviciosa. Su primer abogado había sido Luis Riera.

«Manolo Díaz Ron me puso un despacho en el Arco del Triunfo del París, y los de Leroy y Porcelanosa quedaron acojonados»

Tu predecesor como alcalde.

Sí. Riera había sido asesor de él en España en un lío que había tenido en Villaviciosa con unas fincas. Era un paisano de mucha envergadura, pero resultaba que era masón, ¡y este Luis Riera le cogió miedo porque era masón! Entonces Maldonado, el presidente de la República en el exilio, le dijo: hombre, yo conozco un abogado en Oviedo al que no le preocupa eso de ser masones o no ser masones. Así que me convertí en abogado suyo. Para el desarrollo en Francia de Porcelanosa, y también con Leroy, me ayudó muchísimo el tener buena relación con Manolo. Él tenía un despacho en la plaza del Arco del Triunfo al que no se entraba por el Arco del Triunfo, sino por un lateral, pero desde el que se veía el Arco del Triunfo. Me lo dejó a mí, y tanto los de Leroy como los de Porcelanosa quedaron acojonados. Era el sitio más importante de Francia, la avenue Marceau y tal. ¿Tú sabes dónde está Leroy Merlin en la autopista?

Sí.

Bueno, ese sitio lo escogí yo. Lo compré, además, y durante un tiempo fue mío, porque resulta que la Marujina Navia-Osorio, que era la propietaria, nos dio una opción de compra, y la firmamos. Se podía renovar, y era el mejor sitio de Asturias: tenía que ser ahí. Pero Leroy tardó en dar las autorizaciones: estas cosas burocráticas que tienen también las empresas. Llamaban a técnicos y tal, a gente que no conoce exactamente el sitio, y tardaron en dar el okay; no lo dieron en la fecha en que había que darlo. Era un millón de penalización para renovar la opción de compra. De pesetas, ¿eh? No de euros. Y yo le dije a mi mujer: mira, nos tiramos a la piscina y lo compramos nosotros. Pagué el millón y después se lo di a Leroy. Cuando vinieron a devolverme el millón, me preguntaron qué cobraba yo por esa gestión. Les dije:  «No, no: yo cobro por montar la empresa, por el desarrollo empresarial y comercial de Leroy, no por esto. Esto es cosa de un corredor de fincas o lo que sea, y yo no soy corredor de fincas: soy abogado». Me guardaron mucha cosa, decían que nunca habían visto un gesto igual. Yo no lo veía para tanto. Era lo lógico. Tenía el dinero: cualquier otro abogado igual no lo tiene, pero yo lo tenía y lo puse, y sabía que aquello, si no era con Leroy, iba a ser con algún otro; que, conociendo el mercado, lo iba a colocar fácilmente; que no perdía. Mi mujer lo comprendió y lo hicimos. Y cuando fui eurodiputado los de Leroy me hicieron la envolvente; querían que volviese. Pero les dije que lo mío era la política.

Fotos y recuerdos en el apartamento de Antonio Masip. FOTO: David Aguilar

En 2000, en las primarias aquellas del PSOE, con José Bono, Rosa Díez y Matilde Fernández, tú habías apoyado a Zapatero.

Siendo abogado de Porcelanosa, un día, en El Mundo, salí en una foto con Zapatero. En Porcelanosa me llamaron  y me dijeron: «Oye, Bono es cliente nuestro, ¿no lo vas a apoyar?». Y dije: mirad, no sabía que había salido en El Mundo, pero desde luego que sí, que lo voy a apoyar. Cuando vino a Oviedo, el único que lo apoyaba en toda la candidatura era yo.

«Fui el único que apoyó a Zapatero en Asturias, y me ofreció ser delegado del Gobierno. Le dije que no, pero que me hiciera eurodiputado»

¿Y por qué?

Me gustaban sus formas. Y cuando estaba en el Banco Herrero, me había hecho amigo de su padre una vez que me tocó ir a León. Tuve mucha relación con él y luego con José Luis y con su hermano, Juan. Cuando aquel congreso, nos pusieron un autobús donde la cafetería San Remo, y yo tenía mi casa y mi despacho en la avenida Galicia, donde desemboca Cervantes, así que fui andando a cogerlo. Me di cuenta de que todos los del SOMA iban a apoyar a Matilde Fernández, y otros a Bono, y que el único partidario de Zapatero era yo. Así que no subí al autobús, sino que bajé toda la calle otra vez, a por mi coche, y me fui a Madrid solo, para llegar antes que el resto de los asturianos. Tuve una relación muy buena con Zapatero, y cuando ganó me propuso ser delegado del Gobierno. Esto, antes de ser presidente. Le dije que no me interesaba, porque estaba a otras cosas, y no me interesaba lo de la Policía, la Guardia Civil y el Ejército. Cuando salió presidente, me dijo: «¡Ahora algo tendrás que ser conmigo! ¿Seguro que no quieres ser delegado del Gobierno?». Le dije: «Joder, pues no, pero si me haces eurodiputado…». Como abogado internacional de Porcelanosa, llevaba cantidad de países; he estado en Estados Unidos, en Inglaterra, conozco sesenta y dos países del mundo, así que me apetecía lo de Bruselas. Pensaba que me iba a decir que no, pero me dijo que sí. Me puso el diecisiete de la lista y fui diez años eurodiputado. Lo dejé todo. Hubo clientes que no lo entendieron.

¿Te fuiste a vivir a Bruselas?

Vivía en Bruselas de lunes a viernes, y el viernes me venía a casa a pasar el fin de semana. El lunes volvía otra vez. Estuve diez años haciendo eso. Ahora me dieron la medalla de plata de parlamentario, esa que tengo ahí. Que no es plata, ¿eh? Está cubierta de plata, bañada.

Tu momento estrella como eurodiputado fue la gestión aquella en favor de los trabajadores de Tenneco.

Tenneco, sí. Estoy muy satisfecho con ese tema, porque por lo general hay una desidia de Europa hacia estas cosas, pero convencí a Tajani, el que hoy es ministro de Asuntos Exteriores de Italia, y logramos que si los americanos querían hacer algo en Europa lo tuvieran judido; que o entraban todos los de Tenneco o no había tutía. Los admitieron a todos, ¿eh? Una cosa cojonuda. Ahora creo que vuelven a las andadas, pero ya no me toca a mí.

Mencionabas antes a la gente del SOMA. ¿Con Villa y con el SOMA qué tal te llevaste?

Siempre me hicieron la pascua en el Ayuntamiento, desde que salí elegido. En todas las asambleas, yo parecía el enemigo; se levantaban todos los del SOMA por aquí y por allá. Villa, no; Villa era más sibilino. Mandaba a los demás levantarse, pero él no se levantaba contra mí directamente. Los tenía a todos allí. El SOMA hizo mucho daño a Asturias. Muchísimo daño. A las ayudas exteriores y a todo. Yo procuraba evitar los enfrentamientos públicos directos, pero en las asambleas del PSOE las tenía. Me hablaba algo más con Hermógenes, el hermano, pero con Villa no. Nunca me entendí con él. Afortunadamente, a la vista de los acontecimientos.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿Cómo ves la situación actual? Auge de la ultraderecha, la izquierda en general, el PSOE, Sánchez. ¿Qué opina Antonio Masip de todo esto?

Lo veo muy, muy mal. A mí no me gusta en absoluto Pedro Sánchez, no me gusta nada, creo que es un hombre… No veo nada claro en él, no veo una postura sincera en él. Tampoco me meto con él, ¿eh? Brujuleo.

No eres sanchista, pero tampoco ruidosamente antisanchista.

Tampoco antisanchista, no. Han hecho ahora una reunión en Madrid y me han invitado, pero no he ido. No quiero enfadarme ni con unos, ni con otros, y ya estoy, como decía el poeta Ángel González, hecho un desecho. La vida ya… Pero bueno, voy tirando. Creo que vienen muy mal dadas. Hombre, hay una cosa de esperanza, que es lo de Orbán en Hungría. Ese desastre de Orbán en Hungría me alegra infinitamente. Es un chulo de una categoría increíble. Yo lo conocí en el Parlamento, un día que se sentó allí. Que lo echen es una esperanza, aunque en Bulgaria ha habido un paso atrás.

Ha ganado un prorruso.

Un prorruso, sí. Eso no me gusta nada. Pero bueno, Bulgaria es un país poco importante. Yo estuve ahí, en Bulgaria, ¿eh? Y joder: Bulgaria, en vez de ser Bulgaria con be, debería escribirse con uve, Vulgaria, los vúlgaros. Vamos a ver, también, qué pasa en Norteamérica en noviembre. Ahora resulta que el prestigio de Pedro Sánchez es la de Dios en todo el mundo, ¿eh? En cambio, Feijóo no tiene carácter; tiene la oportunidad de salir con voces clásicas de la derechona en contra de la extrema derecha y no hay manera. Vienen mal dadas para nosotros. Incluso muy mal dadas. Me parece a mí que los versos aquellos de Lorca… «Voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir». Hay unas voces de muerte que vienen de la extrema derecha, que está en la ola, y vamos a tener que aguantar mucho.

Pues con este mensaje tan optimista acabamos, Antonio. Muchas gracias por charlar con Nortes.

¡Muchas gracias a vosotros!

Este contenido cuenta con el patrocinio de la Dirección General de Memoria Democrática de la Consejería de Ordenación del Territorio, Vivienda y Derechos Ciudadanos del Gobierno de Asturias.

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