En la portada de “Gozo” (Siruela), la primera novela de Azahara Alonso (Oviedo, 1988), aparece un melocotón carnoso que muestra su pulpa como una invitación para entregarse a los placeres elementales del verano: “Ya está todo ahí”, dice la autora. El libro acaba de alcanzar su segunda edición, y cree Azahara que se debe a que en él se abordan algunos de los malestares que definen nuestras vidas: el exceso de trabajo, la falta de tiempo libre, la prisa o esas “vacaciones de las que la gente vuelve agotada”. Alonso vivió durante un año en la isla maltesa de Gozo tratando de no hacer nada, o al menos de hacer pocas cosas. Una de ellas fue ir gestando y dando forma a las ideas, intuiciones y experiencias que componen el libro. Durante esos meses hizo otras cosas mucho más divertidas e interesantes: paseó, conoció a sus vecinos y comió melocotones como el de la portada. Escribir el libro, reconoce, solo fue “una diversión dolorosa”.
Los paraísos y los rincones idílicos son lugares que la mayoría de las personas solo conocen fugazmente, durante días o por unas horas. Sin embargo, tú decidiste quedarte en el paraíso, y durante meses hiciste tu rutina allí. ¿Qué es lo que se descubre de los paraísos cuando uno se queda allí más tiempo del estipulado?
Existe una ficción turística en la cual las islas son, por definición, paradisiacas, o que cualquier lugar que no es el tuyo es altamente paradisiaco. Me ocurre con Asturias. En verano me dicen siempre: ¿y a dónde te vas de vacaciones? Si todo el mundo viene aquí, porque es perfecto y es precioso, ¿por qué tengo que irme a otro sitio? Es esta cosa de que si te va bien económicamente te vas, y si te quedas es que algo va mal. Para mi Gozo, como isla, no era paradisiaca: es muy seca, en verano es casi un páramo, pero sí que tiene las playas y estas cosas que se venden. Quedarme allí fue una oportunidad para conocer a fondo otro sitio e ir más allá de esa primera línea de la estética. Al final, vivir en un sitio es reconocer perfectamente, yo qué sé, los materiales de los que están hechos las casas y cómo es la gente, más allá de esa hospitalidad oficial de la hostelería, hacer un poco de familia y reconocer la belleza que hay en lo feo, que creo mucho en eso.
Una experiencia opuesta al turismo rápido: el tiempo justo para deslumbrarse y marcharse. ¿Crees que dedicarle tiempo a las cosas es una forma de cortocircuitar esa producción de experiencias de la industria turística, de hacer que se rasgue el decorado de esa autenticidad escenificada de la que hablas?
Claro, totalmente. Tiene que ver con quedarse más tiempo y no consumir un lugar. El turismo es una forma de consumo de lugares que explota la estética de los sitios. Esto te permite estar largamente viviendo un lugar y jugando con la incomodidad de tratar de adaptarte. No es esa comodidad estéril del turismo.

¿Cómo ves la transformación de Oviedo, sobre todo del casco antiguo, desde que Asturias empezó a convertirse en destino turístico de masas?
¡Buff! Yo vivo aquí en el antiguo. Mis bisabuelos tenían una confitería en la calle Cimadevilla, y cada vez que lo pienso me entran los siete males, porque esa calle ya no nos pertenece a quienes vivimos en la ciudad. Creo que uno de los principales males es que se radicaliza el tránsito entre la catedral y el ayuntamiento, y sale aquí la gente después de Cimadevilla como si fuesen los San Fermines. Cambia todo el entramado comercial y la calle Cimadevilla, por ejemplo, está llena de sitios en los que los que vivimos aquí yo creo que no paramos. Cambia mucho la forma de vivir una ciudad al estar tan centrada en la hostelería, como le está pasando a Oviedo con toda esa locura de OTEA y todas las exigencias que hacen. Me parece que es un tanto contradictorio decir que lo hacen en nombre de la ciudad, porque no es para quienes vivimos aquí. Cuando yo era pequeña, Oviedo se quedaba vacío en agosto. Ahora en agosto es una ciudad que intenta vender ciertos emblemas a través de esos marcadores turísticos que te dicen qué debes ver y por qué.
Precisamente en la calle Cimadevilla había hasta hace un par años una tienda de embutidos vieja, oscura y polvorienta, y ahora hay en su lugar un tienda blanca y luminosa en la que venden tazas y camisetas de don Pelayo
Sí, super cuqui todo. Han abierto también un sitio que se llama Sabores de España…¿qué es esto?
¿No te parece que el carburante del turismo es la frustración y, en cierto modo, el narcisismo de cada uno de nosotros? Se trata de animar a la búsqueda de esa experiencia única, ese lugar especial en el que nunca antes ha estado, pero que en realidad está siempre abarrotado y masificado: no eres tan especial como pensabas, y tienes que volver a intentarlo de nuevo
Sí, y eso me lleva a pensar qué nos ocurre si buscamos tanto eso. La industria turística está muy bien montada para que todo sea un engranaje en el que, cuando no estás trabajando, sigues engranando la rueda con el consumo y el no-aburrimiento. Estás activamente haciendo algo, lo que supone que debes hacer, ese check: he visitado este sitio, he hecho esto…Al final, eso de buscar la autenticidad…En verdad, cuando el turista o el viajero-no hago diferencia entre ambos- llega a un sitio, no sabría qué hacer de no haber un carril bien encauzado creado por esa misma industria. Estos son los sitios que tienes que ver, esto son destinos de aventura, esto son destinos culturales…creo que si de verdad buscásemos esa experiencia única nos dejaríamos llevar por lo que nos gusta. ¿Por qué visitamos en todas partes los museos, si hay gente a la que no le interesa el arte? O los mercados, si la gente no cocina. Ese tipo de cosas son contradictorias. Buscamos la autenticidad al viajar, pero nos dejamos llevar por una guía que vende millones de ejemplares y que nos explica en qué consiste esa autenticidad.

Algo así decía Agustín García Calvo sobre el coche personal: cada uno piensa que va con él a donde quiere, pero al final todos van al mismo sitio al mismo tiempo, y se forman los atascos
Exacto, como tantas cosas que creemos que son nuestras decisiones individuales pero que están marcadas por un montón de cosas en las que no nos paramos a pensar.
Más allá de coleccionar postales de sitios distintos, lo verdaderamente enriquecedor es tener una mirada que descubra lo diferente o lo singular en lo de todos los días. ¿Es tu libro un intento de encantar o embellecer, de romantizar como se dice ahora, la rutina más cotidiana?
Sí, un intento al menos de plasmarlo, porque a mí me ocurre. Al vivir fuera me pasaba mucho que al volver aquí lo miraba todo con otros ojos. Me fijaba en esa inercia que nos lleva a que nos parezcan más bellos esos sitios en los que no vives. Creo que hay un consumo de lugares, pero también de personas, en el que todo consiste en gastar lo que nos puede dar algo. En la isla tuve la oportunidad de mirarlo todo con esos ojos, pero estando en casa, porque intenté pertenecer al lugar.
Para eso es decisiva la atención, una capacidad menguante y siempre asediada: ¿no hacer nada es la mejor forma de volver a atender?
No abogo exactamente por no hacer nada, porque nunca se puede estar sin hacer nada, y menos una persona ansiosa como yo. Ese no hacer nada es una forma radical de decir, por contraste, que hay que hacer lo que nos apetece, no hacer nada de lo que se supone que tenemos que hacer. Es una forma de hacer menos y no estar haciendo varias cosas a la vez u obligadamente. Una especie de forma de meditación, pero alejada de todo crecimiento personal y esas cosas, que no me interesan en absoluto. Esa concentración es una forma de estar más en las cosas.
¿No te parece que esa moda que hay ahora del estoicismo tal vez sea sintomática de una sociedad sumisa, indefensa y que ha renunciado a transformar su realidad? Me parece que tu libro es mucho más epicúreo que estoico
No lo sé, ojalá sí. Hace falta una actitud un poco más punk, más grunge, de “dejadme en paz”. Para nada estoy en esa línea, que aparece en algunas lecturas del libro, que reivindica el coaching. No defiendo tampoco la abolición del trabajo, pero sí por lo menos plantearnos la posibilidad de pensar el trabajo de otra manera, y no decir que vamos a aguantar todo estoicamente porque no tenemos de qué quejarnos. Claro que tenemos de qué quejarnos, y muchísimo.
El trabajo es otro de los grandes temas del libro. A través del trabajo construimos lo que somos, la forma en la que nos presentamos ante los demás: ¿cómo se transforma la identidad cuando no se trabaja, o cuando no se trabaja de nada en concreto?
Desde que estudié filosofía, cuando me preguntaba qué quería ser, no había nada en concreto que quisiera ser. Quería estudiar eso: siempre estoy más en el verbo que en el sustantivo que me define. Para mí no había una vinculación a un oficio o a una especialidad, y en parte por eso quise escribir el libro con esa veta, porque ya estaba preguntándome eso desde los 15 años. Dicho eso, ¿cómo se construye? Intentando adaptarse a la condescendencia de los demás, que ocurre mucho: la gente te trata de un modo u otro según sea satisfactoria o no la respuesta que das cuando te preguntan de qué trabajas. Es muy incómodo. Intenté situarme en un lugar en el que no nos juzgásemos. Y hay una cosa que a veces me parece estupenda, que sería dedicarme solo al empleo, y que la vocación no necesariamente tuviese que verse abocada a ese entusiasmo que lo que único que hace es quemarnos.

Una coartada para explotación y la precariedad
Totalmente. Yo siempre decía, y me topé con conversaciones muy incómodas, que si tenía que trabajar media jornada de lo que sea, y el resto del tiempo puedo dedicarlo a lo que me gusta, leer principalmente, a mi me parece bien. Y me decían: pero, ¿cómo vas a trabajar en cualquier empleo que a la gente le parece secundario? Y me parece que esa es una de las grandes trabas que tenemos, que como nos identificamos tan directamente con eso que somos trabajando, sentimos vergüenza si trabajamos en un supermercado y nos ve un vecino, porque pensará que nos está pasando algo, o que no estamos preparados para otro empleo. Da igual, es trabajo, es para pagar.
¿Tomarse un año sabático es ya la única forma de descansar de verdad, de olvidarse de todo?
Ojala, sí. Creo que lo que cambió desde que yo hice eso son los cambios tecnológicos que ha habido. Antes internet estaba en tu casa con un horario, pero al salir no tenías internet ni tarifa de datos. Para mí la diferencia para acceder a ese descanso es la disponibilidad. Esa disponibilidad que nos exigen es lo que más nos aleja de la capacidad del descanso completo. Quien tiene días libres y los ocupa como tal, tratando de descansar, luego tiene que justificarse.
Como muestran numerosas estadísticas, paradójicamente suelen ser las élites las que más horas trabajan. Pienso en grandes empresas, las Big Four, despachos de abogados y cosas así. Es algo totalmente inédito en la historia de la humanidad, pues las élites son élites precisamente porque no trabajan propiamente, y menos esas jornadas maratonianas. ¿Cómo hemos llegado a este punto?
En el libro recupero lo de Silvia Federici de cómo entre las elites, cuando vieron que mermaban las clases trabajadoras porque las condiciones de vida eran muy malas, saltó la alarma y mejoraron las condiciones para que trabajasen más. Es cierto que eso es inédito y no sé realmente cuál es la explicación, pero desde la pura intuición tengo la sensación de que hay un horror vacui, una especie de speed continuo, de euforia y adrenalina por la que si alguien para, de pronto, se encuentra con todos los problemas. Igual que pasa con los ataques de pánico, que la gente los tiene cuando se queda de vacaciones. Estamos en una rueda de hámster imposible de parar.
¿Cómo crees que enlaza este libro con ese malestar o esa insatisfacción que ha llevado a lo que se llamó la Gran Renuncia, ese abandono masivo de los puestos de trabajo en EE.UU y otros lugares del mundo desarrollado?
El libro es algo anterior a todo esto. Yo nunca he tenido grandes trabajos, pero los he abandonado todos precisamente por eso. He tenido trabajos en los que estaba a gusto pero cobraba mal, otros en los que estaba incómoda pero cobraba más…Todas las combinaciones posibles. El cuerpo adolece: una vez dejé un trabajo porque sangraba por la nariz de tensión. Hay un montón de cosas que te hacen plantearte eso, y desde una posición no privilegiada. Esto es algo en lo que intento insistir siempre, que no hay un respaldo económico familiar. Creo también en la necesidad de reivindicar que los subsidios de desempleo están para eso. Si yo quemo mi cuerpo y quemo mi bienestar psicológico para trabajar, también tengo derecho a recuperarme tres meses, si puedo. Hay una soberanía en decidir en tu hambre y en tu capacidad para pagar un alquiler u otro.
“Los trabajadores ya no existen, existe su tiempo”, citas en el libro. En Francia vemos cómo llevan semanas de protestas por una reforma que pospone dos años la edad de jubilación. Por una cuestión de tiempo, al fin y al cabo. ¿Hay alguna forma de librarse del trabajo?
Librarse del trabajo es imposible. Al final alguien tiene que hacer las cosas, sobre todo las que nos hacen falta para la subsistencia en las ciudades. La posibilidad me parece más modesta: repensarlo. Me parece increíble cómo lo están defendiendo mientras aquí, que tenemos una edad de jubilación mucho más alta, tenemos gente riéndose de que en Francia se movilicen. Lo que creo es que hay otra forma de vivir el trabajo y despojarse de esa identidad completamente ligada al trabajo, así como esas diatribas de éxito y fracaso solo supeditadas a una vida laboral. El tiempo libre está dejando de existir.
































