Georgina Orellano es una activista, trabajadora sexual y sindicalista argentina, es la Secretaria General del sindicato AMMAR /Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina. En el año 2022 publicó además el libro “Puta feminista. Historias de una trabajadora sexual” donde narra sus experiencias y su despertar en el feminismo como trabajadora sexual. El pasado fin de semana participó como invitada en la V Edición de la Escuela de Pensamiento Feminista organizada por AMA Asturies en Xixón.
En España el debate sobre la abolición del trabajo sexual salta a la esfera pública cada cierto tiempo. Hace apenas un mes una nueva iniciativa impulsada por la Ministra de Igualdad fue rechazada en el Parlamento pero generó un debate en redes, en ocasiones muy violento, en el que algunas autodefinidas como feministas llegaron a calificar a las trabajadoras sexuales como, y cito de manera textual, depósitos de semen. ¿Cómo es posible que desde el feminismo se aborde este debate acusando y deshumanizando a las trabajadoras sexuales?
No desde todo el feminismo, en los últimos años con la aparición del sujeto “trabajadora sexual” se consiguió tejer alianzas dentro del feminismo y sobre todo se logró disputar la hegemonía del discurso que proponía la abolición de la prostitución como la única ética feminista y posicionamiento político que se podía tener sobre la prostitución. Nosotras históricamente estamos acostumbradas a padecer este tipo de descalificaciones y agravios en las redes sociales y sabemos que los efectos que tienen son intentar aleccionar, sobre todo, a las trabajadoras sexuales que son visibles, que son las que soportan estas violencias. Es una forma de aleccionar para acallar las voces, no solo a las putas visibles, sino al resto que está detrás. Desde la experiencia en AMMAR siempre tratamos de quitarle el peso de la carga a estas descalificaciones, para nosotras es más importante el hecho de que nos lleven presas, no queremos perder el horizonte de que el tiempo dedicado al activismo es un tiempo dedicado a resolver los problemas de nuestras compañeras y no un tiempo dedicado a contestar este tipo de agravios.
¿Hay una visión profundamente burguesa de dama salvadora de almas entre las defensoras de la abolición? ¿Hay realmente interés por el bienestar de las trabajadoras sexuales?
Hay un sector del feminismo que aborda todas las problemáticas de las mujeres lesbianas travestis y transexuales desde la opresión de género y se olvida la de clase y creo que eso cuando se debate sobre el trabajo sexual queda muy visible: que se olvida la clase. Todas somos mujeres y podemos padecer violencia de género pero ¿qué pasa si esa mujer también es migrante, marrón, si viene de los sectores populares? Las oportunidades y las posibilidades de elección no van a ser las mismas para todas, los trabajos tampoco. Algunas tocarán el techo de cristal y otras no, estarán en el piso de barro intentando organizarse para mejorar sus condiciones laborales. Para nosotras la visión profundamente burguesa es pensar que la única opresión que tienen las mujeres es la opresión de género y olvidarse de la opresión de clase.
“Para nosotras la visión profundamente burguesa es pensar que la única opresión que tienen las mujeres es la opresión de género”
¿Por qué algunas compañeras solo ven explotación cuando hablamos de trabajo sexual y no en el resto de trabajos precarizados a los que tienen que recurrir muchas mujeres, estoy pensando en los cuidados o en el trabajo doméstico, por ejemplo? ¿Se ignora por interes políticos desde el abolicionismo la violencia estatal hacia las trabajadoras sexuales o también hay mucha ignorancia? ¿Qué papel juega además el racismo en todo esto? ¿Y la homofobia y la transfobia?
A un sector del feminismo la única explotación dentro del sistema capitalista que le conmueve y que quieren abolir es la explotación sexual, esto es porque el debate es moral, no político. Es deshonesto plantear que todas las leyes que se llevan adelante para abolir la prostitución es para salvar a las mujeres cuando en realidad es para legitimar una única sexualidad y por ende, para nosotras este debate es deshonesto porque dentro de un sector feminista hay un pánico sexual, hay debates atravesados por la moral, discursos puritanos cuando se habla de la sexualidad. Incluso hay mucha resistencia para hablar de la sexualidad y cuando se hace se habla de la mujer solo como víctima. Por ejemplo cuando se generan políticas públicas sobre sexualidad siempre están centradas en proteger y no en disfrutar, por eso me parece que hay mucha hipocresía en los espacios feministas y hay muchas compañeras argentinas que no se sienten representadas por ciertos sectores del feminismo porque a veces discuten cosas esencialistas sin tener en cuenta los problemas reales que tienen las mujeres de las clases populares en sus comunidades y trabajos.
Hay un cierto feminismo académico, muy blanco y burgués, que enfoca su labor desde cierto Despotismo Ilustrado: todo para las mujeres pero sin las mujeres. ¿Por qué se niegan a escucharos o a intentar siquiera entender vuestra postura?
Porque hablan desde un lugar de superioridad moral, ellas creen que tienen la razón con respecto a lo que nosotras deberíamos elegir, creen saber lo que es mejor para nuestra vida, creen que tienen un estatus para definir qué es lo mejor para nosotras, y en esta actitud hay violencia hacia las mujeres lesbianas, travestis y trans que venimos de los sectores populares porque se deslegitimiza nuestra palabra, se infantilizan nuestras voces, no hay una valoración de nuestros conocimientos y saberes de la calle. La calle nos ha enseñado que hay violencia institucional y por eso nos organizamos para poder transformar esa realidad. Hay también mucha resistencia a escucharnos porque no nos consideran sujetos políticos, nos consideran como personas incapaces de decidir sobre nuestros propios cuerpos, seres infantiles. Nos ven desde la lástima y no desde el respeto a nuestra realidad.

¿Puedes explicar qué significa realmente y qué consecuencias reales tendría para las trabajadoras sexuales la abolición del trabajo sexual? ¿En qué situación os dejaría esta medida que se dice defender para protegeros? ¿Es siquiera factible que pueda darse tal abolición en la sociedad actual?
Desde la experiencia de Argentina, donde se han llevado a cabo muchas legislaciones abolicionistas del trabajo sexual: prohibición de locales, pisos, anuncios clasificados etc. junto a leyes parecidas a la Ley Mordaza española que limita la libertad del uso de espacios públicos con multas, arrestos y amenazas… con toda esa batería de leyes que han cercenado espacios y arrinconando con el Derecho Penal no se ha acabado con el trabajo sexual pero se ha conseguido que las trabajadoras sexuales estén aún más aisladas socialmente. No ha dejado de existir el trabajo sexual, sí la autonomía de las trabajadoras sexuales que ahora dependen de intermediarios que se enriquecen con nosotras. Por ejemplo, no podemos alquilar un piso a nuestro nombre porque si ejercemos en él el dueño del piso puede ser acusado de proxeneta, dependemos de una tercera persona que lo alquile para nosotras, persona que lo va a hacer por dinero. O dependes de contratos de palabra sin garantías en los que además se triplica el precio del alquiler, por ejemplo. Estas políticas fomentan una mayor explotación sexual hacia las trabajadoras. La abolición no acaba con el trabajo sexual, lo precaria aún más, pues se realiza en marcos más ilegales y clandestinos.

¿No tienes la sensación de que a veces se aborda el tema del trabajo sexual desde la perspectiva de la guerra de los sexos? Esto es: los hombres malos y abusadores frente a las mujeres víctimas explotadas. Esta simplificación no solo impide entender el supuesto problema que se quiere solucionar sino que también deshumaniza e infantiliza a las trabajadoras sexuales, lo que en sí mismo, es algo muy patriarcal. ¿Te sientes una víctima de los hombres? ¿Necesitas ser salvada?
No, yo me siento una víctima de la violencia institucional pero también soy muy crítica de la categoría de víctima. A pesar de que la mayoría de las trabajadoras sexuales hemos atravesado situaciones de violencia en manos de la policía, el sistema judicial y también de asistentes sociales y psicólogas que han intervenido en nuestra vida, sobre todo con la custodia de nuestros hijos e hijas, nunca me sentí cómoda con esa categoría porque, como dicen mis compañeras, no me siento víctima, me siento una guerrera contra las normas y la hipocresía de la sociedad. El último lugar en el que nos sentimos cómodas sería en esa categoría porque representa un sujeto pasivo y sumiso cuando en realidad las trabajadoras sexuales nunca hemos sido sumisas ni pasivas, ni en nuestras casas ni en nuestras camas ni en la calle ni en una asamblea feminista. Siempre nos hemos tenido que armar de herramientas para estar a la defensiva porque sabemos que por nuestro color de piel o nuestro trabajo lo que nos espera es violencia. Nos protegemos entre compañeras, pero nos sentimos, eso sí, trabajadoras precarizadas, por eso nos hemos organizado: para defender nuestras condiciones laborales.
¿Qué tiene el sexo qué tanto miedo nos da y tantos quebraderos de cabeza produce en el feminismo y entre algunas feministas?
El sexo sigue siendo sagrado, sigue siendo intocable. Cuando se legisla sobre sexo se legisla desde la censura y la cancelación. Sigue habiendo muchas resistencias para poder ponerlo en agenda y cuando se pone, se pone desde la protección a la mujer pero no se piensa en la legislación que el sexo también es un derecho al goce. Nunca he escuchado en espacios feministas, por ejemplo, hablar de masturbación. Queremos también aprender a disfrutar del sexo. La religión y la cultura siguen imponiendo la creencia de que el sexo es el único valor que las mujeres tenemos que proteger. Hay mucho pánico moral hacia el sexo, nos quieren generar miedo y el feminismo debería transformar ese miedo, aprender a disfrutar el sexo.
Siempre has defendido la lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales desde una perspectiva de clase y desde el sindicalismo, como una parte más dentro de la lucha por los derechos laborales, sin embargo no podemos negar ni el estigma social asociado al trabajo sexual ni tampoco el hecho de que recurran a él mujeres y personas en situación de vulnerabilidad. ¿Acabar con la desigualdad social y de género y con las leyes contra las personas migrantes es el camino para acabar con el trabajo sexual? ¿Podría existir el trabajo sexual en una sociedad justa e igualitaria?
En una sociedad justa, libre e igualitaria no existiría el trabajo asalariado: no existiría la trabajadora sexual pero tampoco la de hogar o el operario en la fábrica… Pero lo cierto es que estamos cada vez un poco más lejos de esa sociedad justa e igualitaria, avanzan los discursos que aplastan lo colectivo e imponen la meritocracia, el individualismo, el dinero como el único valor social ¿Qué les exigimos entonces a las trabajadoras sexuales? Esto no es sectorial, nos debería preocupar a todo el feminismo, al sindicalismo, al colectivo LGTBI+, al pueblo… lo que está sucediendo. No podemos pedirles a las trabajadoras sexuales que sean las kamikazes de la clase obrera, como sociedad tenemos que pensar qué tenemos todas y todos que hacer para conseguir una sociedad más justa, libre e igualitaria.

Hablemos de Argentina. Milei, paladín de la libertad hasta para morirse de hambre ¿qué postura tiene sobre el trabajo sexual?
No ha tenido una postura pública con respecto a nuestro trabajo como sí la ha tenido con el aborto, con el feminismo, las políticas de género. Ha eliminado, por ejemplo, el Ministerio de Mujeres e Igualdad pero con el trabajo sexual no se ha posicionado políticamente. Pero si él está diciendo que los derechos laborales son un costo y que hay que reducirlos y atenta contra los sindicatos, nosotras, las trabajadoras sexuales, no esperamos que tenga una opinión diferente cuando nosotras lo que queremos son derechos laborales, un Estado más fuerte, políticas públicas de acceso a la vivienda, la educación y la salud integral y él quiere recortar los derechos de la ciudadanía.
Las políticas económicas del gobierno de Milei van a condenar a más mujeres a la pobreza, muchas de ellas quizás tengan que recurrir al trabajo sexual para poder sobrevivir. ¿En qué condiciones tendrán que hacerlo?
Incluso antes de la llegada de Milei nosotras veíamos con mucha preocupación que había muchas mujeres que tenían trabajo registrado que por los bajos salarios, que no llegan a cubrir los gastos básicos, comenzaron a ejercer trabajos sexuales en plataformas digitales como Only Fans. Algunas se acercaron a nuestro sindicato para recibir asesoría legal sobre cómo cobrar legalmente los dólares que recibían por su trabajo en las plataformas; al no estar reconocido el trabajo sexual, tenían que recurrir a intermediarios para poder recibirlo. En Argentina tener un trabajo no te asegura ya pertenecer a la clase media, los salarios son muy bajos, siguen siendo pobres, han de tener varios empleos, así que algunas mujeres recurren a las plataformas donde el trabajo sexual es más individual. Nosotras como AMMAR nos hemos tenido que replantear cómo llegar a estas nuevas compañeras, sobre todo porque algunas ni siquieras se reconocen como trabajadoras sexuales, lo ven como algo momentáneo y prefieren llamarse modelos de webcam o creadoras de contenido. Mucho de esto tiene que ver con el estigma pero también con las nuevas maneras en las que el capitalismo se ha introducido en el mundo trabajo.
Tu libro Puta y feminista lo deja claro, se puede ser trabajadora sexual y feminista. ¿Por qué esa manía de algunas compañeras de expedir carnets de pureza feminista, esa pulsión de echarnos a algunas del feminismo a la mínima discrepancia?
A nosotras, las trabajadoras sexuales de AMMAR, nos costó mucho reconocernos como feministas y reconciliarnos, no solo con la palabra, sino con el movimiento. Para poder entender esto solo hay que ver la reacción que causó nuestra presencia en las asambleas feministas, la resistencia a que en los documentos del 8M se incluyera una demanda tan específica y concreta como era la de exigir el fin de la violencia institucional contra las personas que ejercían el trabajo sexual. Muchas feministas incluso abandonaron esos espacios señalando nuestra presencia como la causa de este abandono. Yo no nací feminista, primero fui sindicalista y muchos años después me reconcilié con el feminismo, claro que sigo teniendo mis críticas hacia el feminismo cuando pierde la perspectiva de clase y se sectoriza. Antes de ser feminista soy trabajadora. Hay que ponerse los lentes violetas pero también los lentes de barro para ver la perspectiva de clase. Yo no pertenezco al feminismo blanco, burgués y académico que excluye, deslegitima experiencias, cancela voces. De hecho en los espacios feministas combatimos ese discurso pero desde dentro, como sujeto político, no como alguien tutelable y sin voz. No necesitamos que hablen por nosotras. No necesito un carnet para ejercer el feminismo, llevamos desde siempre ejerciendo en nuestras vidas y trabajos el feminismo incluso sin saber que lo estábamos ejerciendo: cuando defendemos a las compañeras contra la violencia de la policía, cuando cuidamos a los hijos de quienes han sido arrestadas, cuando organizamos comidas populares para las personas del barrio. Eso es feminismo popular, buscar una salida en común a nuestros problemas. No esperamos a que llegue la salvadora blanca con la máquina de coser para salvarnos, nos organizamos entre nosotras y nos ayudamos. El feminismo no es un traje que te pones y te quitas a voluntad.
¿Hay futuro para los y las argentinas? ¿Qué esperas que pase en el país en los próximos meses?
Sí hay futuro porque somos de las que sostenemos que las derrotas no son eternas y que los pueblos siempre vuelven, ahora que para que las derrotas no sean eternas hay que dejar de analizar por qué tenemos a un Milei y empezar a pensar cómo reconstruimos el tejido social que está roto, cómo recuperamos a la gente que está muy enojada, y con toda la razón, con la política institucional. Hay que dejar de pensar que los votantes de Milei son unos locos, son trabajadoras y trabajadores a quienes el peronismo no les pudo resolver la vida ni llenar la heladera. Soy de las esperanzadas porque hemos superado otras crisis, como la del 2001, y saldremos de esto. Después de aquella crisis fuimos testigos de la Patria Grande con Lula en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Pepe Múgica en Uruguay y Kirchner en Argentina. Ahí está la esperanza de las Madres de la Plaza de Mayo que nunca se han rendido y siguen llamando a la militancia, eso nos da esperanza. Ya sabemos que nos gobierna Milei, ya está, ganó democráticamente, tenemos que hacer autocrítica para entender qué hicimos desde nuestro lado para tener a Mile de presidente, aunque lo correcto es preguntarnos qué no hicimos, ese es el desafío para recuperar el amor por la militancia y el activismo y sobre todo la confianza en el Estado y en la política. Es una tarea difícil pero no imposible aunque la salida ha de hacerse desde abajo y no desde arriba. No queremos que los mismos nos digan lo que tenemos que hacer, queremos liderar la solución.
































