Pablo Iglesias se ha vuelto un conservador

Podemos no falló como proyecto, sino como partido centralista y profesionalizado, como bien se ve en los últimos tiempos en Asturias.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "No hay país".

Pablo Iglesias se ha vuelto un conservador. Ha enterrado la utopía. No se puede cambiar la política, como se pedía en las plazas del 15-M. Las intrigas, la lucha por el poder, los codazos, las peleas por las listas (tontos somos los votantes, está visto), los liberados…..las miserias de los partidos, que son el corazón y el gran problema del sistema democrático, le parecen inevitables y asumibles de forma natural al fundador de Podemos.

Si lo hubiera dicho antes, cuando el primer Podemos encandilaba a las masas prometiendo acabar con esas prácticas, hubiera ahorrado a la mayor parte de sus votantes una tremenda decepción. Combatir la desafección política con más dosis de su propio veneno es letal para la enferma democracia y vitamina para la estrategia de la extrema derecha al alza.

La revolución empieza por casa y no es posible una transformación social frente a los abusos del capitalismo salvaje y desatado sin modificar sustancialmente esta democracia de partidos. ¿Hay democracia sin partidos?, preguntan desafiantes los inmovilistas y los fundamentalistas del sistema democrático, tan deteriorado por el tiempo y las malas prácticas. Pero la pregunta a la que deberían responder da la vuelta a su argumentario: ¿Puede sobrevivir la democracia a los abusos, la corrupción y el desprestigio a la que la someten los partidos políticos? Cada vez es más difícil contestar afirmativamente a esta cuestión.

Ha pasado más de un siglo desde que el sociólogo alemán Robert Michels, seguidor de Max Weber, acuñara su famosa tesis sobre la “ley de hierro” de los partidos políticos y el problema no ha hecho más que agravarse. Michels ya alertaba de que la democracia no peligraba por los excesos del capitalismo, sino por los vicios adherentes a los partidos políticos: la burocratización, la organización jerárquica y vertical, la acumulación de poder en manos de pocas personas…. Aunque consideraba que el problema no tenía solución y a los partidos males inevitables en los sistemas democráticos.

Sospecho que Michels y Weber quedarían hoy asustados al comprobar la deriva de los partidos políticos, que supone también la de la propia democracia. Hace tiempo que los partidos se han convertido en enormes e influyentes empresas de intereses que invaden la sociedad y todos los espacios públicos e instituciones. Sus mecanismos de ascenso interno tienen más que ver con la sumisión y la obediencia a las cúpulas que con la meritocracia y el talento. Son endogámicos y priman en ellos los intereses particulares sobre los generales, con prioridad para la ocupación laboral de sus miembros, ya sea en el propio partido o en las instituciones y organismos que colonizan.

“Es el votante de izquierdas el más sensible con esta lacra de los partidos políticos y sus empleados”

Su eficacia en estas labores de captación de adeptos y contratación laboral es tan destacable como su desprestigio entre la inmensa mayoría de los ciudadanos, que detestan estas prácticas pero las consideran inevitables, como Michels. Por eso siguen votando, aunque la abstención, en buena parte por este descrédito, es muy relevante.

Es el votante de izquierdas el más sensible con esta lacra de los partidos políticos y sus empleados, que forman la clase política, y en general con la corrupción política, que a las bases de las derechas le preocupan menos que el poder y el mantenimiento del estatus quo. Podemos es un buen ejemplo de ello. Su crisis y el descenso vertiginoso y paulatino de sus apoyos electorales se debe fundamentalmente a su fracaso orgánico, no en sus prácticas políticas y su gestión en los gobiernos, empezando por el nacional. El modelo de partido nacido en Vistalegre 1, cerrado, vertical, leninista, presidencialista, férreamente controlado por un núcleo dirigente que no consiente disidencia alguna y abiertamente centralista a pesar de apostar por un Estado plurinacional, es la causa fundamental de que haya pasado de amenazar al PSOE con un sorpasso a una crisis que amenaza incluso su pervivencia. Sin olvidar sus broncas internas y la marcha de la mayor parte de sus líderes, y por tanto de inteligencia, aunque esta espantada también está relacionada con su modelo organizativo. Sobre sus políticas, las leyes que sacaron adelante sus cargos públicos o lograron arrancar al PSOE, no hay rechazo en general entre sus votantes, incluso se observa cierto consenso social favorable, a pesar de la polémica sobre la del “sí el sí” o la de las personas transgénero. Podemos no falló como proyecto, sino como partido, como bien se ve en los últimos tiempos en Asturias, con purgas y pucherazos escandalosos que abochornan a cualquier demócrata.

Emma Bonino, diputada del Partido Radical.

No hace falta ser anarquista para rechazar la degeneración de la democracia de partidos, basta con ser demócrata, conservador o progresista. ¿Significa esto que hay que acabar con los partidos políticos? En absoluto. Pero sí exigir su democratización y dejar de considerarlos los únicos intermediarios entre ciudadanos y gobernantes, además de acabar con su monopolio de la representación política.

Esto último ya se está produciendo de forma natural, como consecuencia de su desprestigio. Ya se eluden las siglas y se evita la presencia de dirigentes de los partidos en muchas ocasiones en las campañas electorales, porque los candidatos consideran que restan. Partidos históricos han desaparecido, como en Italia la Democracia Cristiana, el socialista y el comunista, y han aparecido otro tipo de organizaciones con tanto éxito electoral que han llegado a los gobiernos, como Cinco Estrellas o En Marche de Enmanuel Macron.

¿Que se corre el peligro o será inevitable perpetuar la ley de hierro de Michels con las nuevas organizaciones, como ya se está viendo? Por supuesto. Por eso es tan importante que entre las reformas para democratizar a los partidos políticos esté la que me parece prioritaria: la limitación de los mandatos públicos. O lo que es lo mismo: la limitación de la profesionalización política, que para algunos es sinónimo de supresión.

¿De donde salió que la política tenga que ser aceptada de forma natural como una profesión más? Si a cualquiera de nosotros nos dice un hijo adolescente que quiere ser político lo consideraríamos una excentricidad, como la reacción más benévola, porque muchas familias lo llevarían directamente a un psicólogo, en esta época de proteccionismo bobalicón. Sin embargo si lo hace de mayor lo aceptaríamos con cierta naturalidad, con cierta resignación en muchos casos o con alegría en otros, pensando en un futuro asegurado con buenos sueldos y una vida confortable.

Es obvio que limitar los mandatos públicos por ley, obligando tras ocho o doce años a todos los políticos a volver a su profesión si la tienen o a las listas del paro si no es el caso, acabaría en algunos casos con prometedoras carreras políticas, porque sí hay gente que tiene vocación política y grandes capacidades para un oficio que exige cualidades y sacrificios que no tenemos y no estamos dispuestos a asumir la mayor parte de los ciudadanos. Pero son una ínfima minoría en relación a los muchísimos pícaros, vividores y parásitos que han hecho de la política una cómoda y bien remunerada profesión a costa del interés general y de la salud de la democracia.

La política debería ser una obligación cívica, no una profesión. Los políticos no son más que los representantes de los ciudadanos y una permanencia prolongada en el cargo hace perder esa perspectiva, como bien sabemos y padecemos los gobernados. Antonio Escohotado, cuando andaba en los años 90 muy interesado por la experiencia del Partido Radical italiano y defendía el caos como regeneración política, decía que los políticos deberían ser como los presidentes de las comunidades de vecinos, con cargo limitado en el tiempo para un servicio público a los demás. Si así fuera nos ahorraríamos mucha corrupción, que sale carísima al Estado, y no es previsible que decayera la calidad de la gestión pública, en gran parte en manos y absolutamente dependiente de los funcionarios.

Y para los que demuestran vocación política, avalados en muchos casos por su buena gestión, ante el mono que aparece cuando deja de sonar el teléfono y desaparecen los subordinados, hay que recordar que ya los griegos decían mientras estrenaban la democracia que la política, que viene de polis, se debe de ejercitar en todas las facetas de la vida. Se puede hacer política en la asociación de vecinos de tu barrio o de tu pueblo, en los movimientos sociales, escribiendo artículos como éste o montando un medio de comunicación como Pablo Iglesias. Se puede y se debe, que también sabemos por los griegos que idiota es el ciudadano pasivo que no interviene en política.

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