En Gaza continúa el genocidio, continúa muriendo gente, pero “se ha dado la orden de apartar la mirada, de olvidar”, así decía hace unos días Francesca Albanese, la relatora especial de la ONU para los Territorios Palestinos Ocupados. Obviamente no es una orden en sentido estricto, pero que existe y es eficaz resulta evidente.
No todas las víctimas de las atrocidades que se han cometido a lo largo de la historia han disfrutado de un poderoso mecanismo que ayude, con dinero y poder infinitos, a que su sufrimiento jamás se olvide. Las víctimas de los nazis, en el caso de los judíos, sí (ahí está el ensayo de Norman G. Finkelstein La industria del Holocausto, Akal, 2021), pero si hablamos de los comunistas, homosexuales, gitanos, discapacitados, no, por razones diferentes en cada caso. Y por supuesto, a estas otras víctimas nadie les concedió nunca un territorio seguro, una tierra firme para ellas solas, de manera que ahí siguen, seguimos, formando parte de colectivos que, de cuando en cuando, cada vez que la barbarie asoma, vuelven a sufrir persecución y castigo. El video de hace unas semanas de unos soldados israelíes (yo pude contar siete) persiguiendo a un crío con síndrome de Down en el campamento de refugiados de Shuafat, en el norte de Jerusalén, es una clara muestra de cómo quienes antes fueron víctimas pueden convertirse en cobardes asesinos. Porque hay que ser cobarde y malnacido para ponerle la mano encima a un niño con síndrome de Down, para retenerlo, aunque solo sea por unas horas. No nos olvidemos nunca, por si nadie escribe su historia.
Demasiadas cosas hemos olvidado ya. Algunas nunca las hemos sabido. A pesar de dedicarme a la historia de Grecia, de Alejandro Magno para acá no es mucho lo que sé y, o nunca lo supe, o si lo supe lo había olvidado, que en el año 1923 se firmó el Tratado de Lausana que, tras la guerra greco-turca, redefinió las fronteras de ambos países, Grecia y Turquía. Se cometió entonces una auténtica brutalidad al desplazar forzosamente (“intercambio de población” es un eufemismo) a más de un millón y medio de griegos que vivían ciudades de Anatolia, como Esmirna, y a más de medio millón de turcos que vivían en Grecia, especialmente en Creta. El desgarro que sintieron los desplazados es inimaginable. Hay una novela gráfica estupenda, Aivalí, traducida por una amiga estupenda, María López Villalba, y publicada por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 2014, que nos acerca a esta tragedia tomando como referencia la ciudad de Aivalí, en Turquía, frente a la costa de Lesbos. Su autor es un griego, ateniense, Soloúp (pseudónimo de Andonis Nicolópulos) y, en la mejor tradición homérica, no sólo habla de lo que supuso para los griegos el final de su presencia milenaria en Asia Menor, sino que también aporta la perspectiva turca. Y leemos cómo uno de los protagonistas dice, “Si es una utopía que no queramos ser ni víctimas ni verdugos, entonces prefiero la utopía”. Quienes cometen en la actualidad genocidio han tomado otra opción.

El genocidio judío no fue el último de la historia, ahí tenemos a los palestinos de Gaza y Cisjordania como prueba, pero tampoco el primero. De la biblioteca de mi padre tengo muchas novelas de William Saroyan, un autor estadounidense hijo de inmigrantes armenios muy de moda en los años 30 y 40. A inicios del siglo XX más de un millón de armenios fueron exterminados, ya directamente, ya por torturas, desnutrición, o agotamiento como consecuencia de los largos desplazamientos a los que fueron forzados. No se había acuñado todavía entonces el término “genocidio”, con su valor jurídico preciso, pero el del pueblo armenio entre 1915 y 1923 a manos de los turcos, de los oficiales conocidos como los “jóvenes turcos” en el Imperio Otomano, lo fue. De los libros de Saroyan, que me gustaría releer si no fuera porque los días duran lo que duran, apenas recuerdo nada, salvo que me gustaban, que algunos títulos eran una preciosidad (uno era Como un cuchillo, como una flor, como absolutamente nada en el mundo) y que hablaba mucho y con nostalgia de Armenia, pero cuando yo los leí ni situaba Armenia en el mapa. No todos los días se habla del genocidio armenio ni del “Desastre de Asia Menor” y el tratado de Lausana, no todos los años se publican libros o se ruedan películas sobre sus víctimas como sí se hace con las víctimas judías del Holocausto nazi.
Hay literatura palestina sobre el genocidio (poesía como la de Mosab Abu Toha, o la de Mahmud Darwish, muerto en 2008, pero es que nada empezó en octubre del 2023, o la de Hind Joudah, que tuvo que abandonar la Franja y es ahora refugiada en El Cairo), hay ensayos como los del profesor Ilan Pappé (sobre todo La limpieza étnica de Palestina, trad. cast., Barcelona, 2008), tenemos los informes de Francesca Albanese, o su Cuando el mundo duerme, recién traducido al castellano. Hay mucho escrito y yo conozco muy poco, lo que puede conocer cualquiera sin ser especialista, pero sé que todo eso no es nada si dejamos de denunciar el genocidio de Israel en Gaza, en Cisjordania y ahora en el Líbano cada día, si dejamos que se pierdan las historias particulares, como la del joven con síndrome de Down perseguido por los sionistas. Los libros de Albanese importan, pero su voz denunciando sin descanso que desde el río hasta el mar Israel está asesinando a los palestinos es indispensable, su valentía frente a la persecución sionista que trata de hacer su vida invivible nos recuerda que todavía hay lugar en el mundo para la humanidad y la decencia.
































