A principios del pasado diciembre, el lingüista y doctor en Literatura Comparada José Antonio Millán presentaba su ensayo Los trazos que hablan, un trabajo que aborda la historia de la escritura y en el que el autor se ha apoyado en sus presentaciones para destacar la importancia y las ventajas de escribir a mano, una actividad compleja en la que intervienen varias partes de nuestro cerebro y con la que ponemos en funcionamiento numerosos huesos, músculos y terminaciones nerviosas. Es un hecho que escribimos a mano cada vez menos, sustituyendo esta práctica por la escritura con teclado. Con los dispositivos móviles táctiles hemos ido un poco más allá y ni siquiera tenemos que hacer la gimnasia de presionar un botón, no nos vayamos a herniar, cuando no recurrimos a los audios, esa tortura en la que todos participamos como víctimas o verdugos y a la que no hace mucho dedicaron uno de sus memorables viernes esos genios de Pantomima Full.
Pero no dramaticemos. Si compaginásemos todas estas prácticas sin duda enriqueceríamos nuestras habilidades. El problema surge cuando abandonamos lo analógico. Nuestros músculos y cerebros se hacen más holgazanes cuanto menos les exigimos, así son de puñeteros. Y ese abandono de lo analógico no pocas veces se decanta hacia el exceso. Por ejemplo, hace unos días leímos la noticia de que los alumnos del Colegio Público Veneranda Manzano, en Uviéu, no tenían ni un solo libro y por ello un centenar de familias se había dirigido a la Conseyería de Educación alertando de la sobredigitalización.

Este es un ya dilatado debate en el que tengo, como en tantos otros asuntos, mis contradicciones y, sobre todo, muchas dudas. Sin ir más lejos, hace pocas horas entraba en la red social antes conocida como Twitter quitando hierro a la demonización del uso de dispositivos electrónicos y redes sociales por parte de los jóvenes que recientemente ha vuelto a desatarse. No pocas pedradas, brechas y descalabros han evitado los juegos de pantalla, y no pocos jóvenes se han librado del canalla bullying entablando relaciones y desarrollando habilidades comunicativas que sobre el terreno quizás nunca habrían desarrollado. Todo tiene una medida.
Pero yo venía a hablar de mapas.
Al igual que nos ha sucedido con la escritura, con la generalización de las aplicaciones cartográficas digitales ya no usa un mapa ni Marco Polo.
Muchos recordaréis cuando llevábamos una guía de carreteras en el coche, la de Michelín, la del MOPU o la de Campsa, más tarde la de Repsol -estas últimas unos armatostes que venían encuadernados con anillas del diámetro de un doblón-, y que al abrirlas ocupabas el espacio del acompañante y todo el salpicadero: eran una cosa incomodísima. Sin embargo los mapas son una ventana al mundo de los sueños. En los mapas ves los pueblos -no solo los del recorrido marcado por una línea de trayecto recomendado-, te fijas en la toponimia, aprecias el relieve o descubres ríos. No sé si os habrá pasado, pero yo antes, cuando usaba más las guías de carreteras, no pocas veces varié el recorrido inicialmente previsto estimulado por una llamada del mapa, algo así como una decisión a lo Forrest Gump: “Noté que si había llegado tan lejos, tal vez podía correr a través del gran estado de Alabama”.
Además de esas sensaciones aventureras que nos regalaba portar un mapa en papel como si fuésemos Miguel Strogoff, como de aquella no había indicaciones taxativas en plan “en quinientos metros gire a la derecha”, surgían no pocas dudas sobre qué desvío era el bueno o de si íbamos en la dirección correcta. Y ahí entraba una derivada del uso de mapas que podía desembocar en una ampliación de las relaciones humanas. Porque sí, de aquella bajábamos la ventanilla al ver a alguien en un pueblo o andando por la cuneta, incluso por la calle en el urbano -hoy esto es casi jugártela a que te rompan los tímpanos a bocinazos-, y preguntábamos. La cosa podía resolverse con un “¿Ve usted aquellos chopos de allá?… pues allí no es; tiene que seguir un poco más, ya se va a dar cuenta en seguida” -esta fórmula era como la de las abuelas y la receta de las croquetas, esos invertebrados que en su fase embrionaria de bechamel tienen la virtud de ir pidiendo leche-, o bien podía entablarse una relación más compleja.

Porque en esas situaciones no era para nada raro que se acercase alguien a curiosear, añadiendo indicaciones, enmendando las del primer entrevistado -abriéndose con ello un acalorado debate- o, sobre todo, interesándose por cual era tu destino y de dónde venías, incluso por las razones que te llevaban allá donde te dirigieras. Luego ya depende de cómo fuese cada cual. Yo, que siempre me pirré por ese tipo de vivencias, entraba al juego de cabeza y, como el citado Forrest Gump, pues ya que estaba allí tenía que golisquear y así, también preguntaba. Ahí se desencadenaba entonces el intercambio cultural: qué cultivaban, qué ganado tenían, que si habían visto lobos, que dónde estaban las mejores fuentes, qué panadería me recomendaban… Esto prácticamente ha desaparecido con el uso de sistemas de navegación; ahora vamos a tiro fijo, sin incertidumbres, evitando retenciones y parando en áreas de servicio de esas que exponen enormes torres de mantecadas y hojaldres de Astorga y usan todas el mismo ambientador aroma “Eau de pozo negro” en los aseos.
Aunque ya sabéis que estos sistemas también se equivocan dando lugar a algunos episodios que rozan el esperpento, como aquel en el que un hombre que salió de su casa en un pueblo de Alemania para ir a una localidad cercana acabó, sin saber cómo, en Motilla del Palancar. Bueno, sin saber cómo y sin percatarse de que llevaba consumidos cientos de litros de combustible, un dineral en peajes y a saber cuántos cafés.

Sigo utilizando mapas para ir al monte, y recomiendo aprender a tener un conocimiento básico de su uso porque ayudan mucho a estimular la orientación. Tengo una enorme colección de mapas de aquellos del ejército en escala 1:50.000, muchos comprados en la desaparecida librería Santa Teresa, en la calle Pelayo de Uviéu, en una liturgia en la que me acompañaba el gran Alberto Polledo, buen librero y gran persona. Alberto me dejaba entrar a la trastienda a buscar las hojas que necesitase y, al salir, juntos imaginábamos sobre aquellas constelaciones de curvas de nivel enclaves donde podrían estar los osos o los urogallos.
Hace pocos días me hizo mucha ilusión ver a Enric Juliana explicarnos la crisis del estrecho de Bab el-Mandeb y del golfo Pérsico usando un globo terráqueo. Y pensando en escribir esta pieza pregunté a algunas personas si usaban guías de carreteras o mapas, no siendo pocas las que me dijeron que ellas o alguien de su entorno siguen usándolos. Hacen bien: viajar con el navegador es un coñazo. Además de bastante innecesario en la mayoría de los casos porque otra cosa no tendremos en España, pero señales hay como para construir una enorme flota de naves espaciales. Hablando de naves espaciales, uno de los argumentos preferidos de los defensores a ultranza del uso de navegador es ese de “Qué haríamos sin estos sistemas. Piensa en la aviación, o en los viajes extraterrestres”, como me dijo hace unos días mi amigo Jose. Pero cabrón, que usas el navegador para ir al Ikea, qué me estás contando si no vas a ir al espacio ni pilotar un Boeing 747 en tu puta vida.
Todo tiene una medida, como decía antes. Si vas a una ciudad, los navegadores son hoy imprescindibles si no quieres dar más vueltas que un tiovivo. Pero si vas a irte a La Alpujarra, pues mira, coge un mapa y piérdete; te lo vas a pasar bomba. Eso sí, lleva el móvil con batería por si se tuerce la cosa y tienes que tirar del Maps.
































