En off, escuchamos la voz de Louise Banks, interpretada por la enorme actriz Amy Adams
acompañada por la emocionante partitura de On The Nature Of Daylight, de Max
Richter: «Solía pensar que este era el principio de tu historia. La memoria es extraña, no
funciona como yo pensaba. Estamos tan limitados por el tiempo, por su orden». Se trata
de la bellísima introducción de La llegada, la película de Denis Villeneuve que a más de
una nos inoculó la necesidad de volver a verla justo al día siguiente, sabiendo el final.
Como ya ocurría en Memento, el aterrizaje de nuestro extraterrestre más intensito
(Christopher Nolan), en la subyugante obra del canadiense se nos desvela el final desde
el principio solo que no lo sabemos hasta que aparecen los créditos del doblaje, porque a
una no le gusta leer las películas sino VERLAS. Ambos directores trazan coordenadas y
nos embarcan en experiencias temporales únicas. Y llevan haciéndolo desde hace años.
Decíamos hace poco en este gran espacio periférico que la vida es un palíndromo. Denis
Villeneuve nos ha regalado Dune Parte Dos y esta vez, más que en la anterior, esta
catalana que se enamoró del Madrid preAlmeida y sus talas desquiciadas ―esa cruzada
contra la naturaleza de la que los movimientos vecinales nos están defendiendo a todas―
no deja de pensar en palabras como “sugus” o “acurruca” y en frases como “Edipo lo
pide”.

Por si acaso no todo el mundo ha visto La llegada o Tenet, un palíndromo se lee igual de
derecha a izquierda que al revés. Aunque, como buen flipado, el director de la ganadora
de siete premios Oscar subió la apuesta con el multipalíndromo del cuadrado de Sator y
con eso se montó un circo de ocho pistas que a más de uno se le hizo bola porque con tal
de usar los términos de la mencionada estructura mágica, a saber, SATOR, AREPO,
OPERA, ROTAS Y TENET, acabó estrenando una escultura imposible, hipnótica y
deslumbrante con el barro de la inversión temporal y la entropía, es decir, un parque de
atracciones repleto de piscinas de bolas y Tutuki Splash. Chúpate esa, Villeneuve.
¡Sacrilegio! ¿Cómo se atreve esta señora a subir al mismo podio al mejor director de los
últimos ocho años con el más espectacular de los últimos 24?, se preguntarán con cierto
enfado crepuscular algunos lectores, aunque no sería de extrañar que lo hicieran
cambiando la palabra “espectacular” por otra más despectiva.
La reina que les escribe a media hora del Mediterráneo agita el avispero porque el mapa lo merece: atentos. El término “espacio” en su segunda acepción ―no el podcast de los cómicos Miguel Maldonado e Ignatius Farray, sino la de la Real Academia de la Lengua porque, a diferencia (y no es la única) del majestuoso Diccionario de uso del español de María Moliner, sí permite consultas online― significa «Parte de espacio (la redundancia llama la atención, no me digan que no) ocupada por cada objeto material». Sus sinónimos son: lugar, sitio, zona, área, ámbito y ambiente. Ambiente y lugar. De momento, vamos a quedarnos con estas dos voces. Y añadamos a la ecuación el sentido decimocatorce, a saber: recreo o diversión.
Ya lo explicó Virginia Woolf mejor de lo que nadie soñaría hacerlo. Y fue en 1929, nada
menos. Quería responder a la pregunta ¿qué necesitan las mujeres para escribir buenas
novelas? En su ensayo más influyente, la autora respondía: «independencia económica
y personal, es decir, Una habitación propia».
En cuanto a “tiempo”, en su noveno significante, se define como «espacio de tiempo
disponible para la realización de algo». Como buena filóloga aprovecho cualquier ocasión
para buscar vocablos en un diccionario. Sin embargo, la acepción preferida de quien
escribe estas líneas, la primera, dice «Duración de las cosas sujetas a mudanza».
Ahora que ya hemos sentado las bases, hablemos con calma de Villeneuve, el director de
cine que en 2016 nos envolvió con una de las experiencias que más semillas ha plantado
en nuestras cabezas maceradas de intertextualidad, es decir, de referencias a otros textos
anteriores tanto orales como escritos. Con permiso de Nolan, claro.
La llegada era la adaptación del relato de ciencia ficción La historia de tu vida, de Ted
Chiang. Y quienes llegaron a Villeneuve antes que a Chiang vivieron algo sobre lo que
difícilmente se puede dejar de pensar: que la comunicación puede ser una herramienta
o un arma y que tanto el tiempo como el espacio pueden ser un regalo. Y un presente.
En 2024, el director canadiense nos otorga otra ofrenda más. Bueno, dos. La primera es
no filmar una guerra entre oprimidos y opresores con uno de los líderes sosteniendo un
perro carlino, como sí ocurría en la juguetona versión de Lynch. Y la segunda, que es la
que nos ocupa, es que, al contrario que Nolan, su presente busca un futuro.
Para empezar, Dune Parte 2 ejemplifica ante todo una gran verdad cinematográfica: que
muchas veces las segundas partes son las mejores, como antes evidenciaron Terminator
2: el juicio final, El imperio contraataca, Antes del atardecer y un largo etcétera. Pero
no solo. Villeneuve, con esa carita de bueno, es al futuro lo que Nolan al tiempo.
«No existe correlación entre lo que un heptápodo dice y lo que un heptápodo escribe»
escuhamos en off con la voz de Jeremy Renner interpretando a Ian Donnelly.
Aunque intentamos medir mucho la información desvelada aquí, mejor
avisamos de posibles spoilers en lo que sigue.

En La llegada, aprender hasta interiorizar la escritura semasiográfica de unos
extraterrestres conducía a la lingüista Louise Banks a acariciar el futuro. Dicha escritura
se caracteriza por ser una forma de comunicarse que carece de vínculo fónico y se ocupa
de representar el significado, a diferencia de la nuestra, la humana, que es glotográfica y
por tanto expresa sílabas, palabras o rasgos fonéticos.
Con la incalculable visión de dos escritores extraordinarios, Chiang y Herbert, Villeneuve
engarza unos elementos visuales poderosísimos que subliman la idea que sobrevuela las
inquietudes del director: alcanzar el futuro, como Louise en la Tierra gracias a la
comunicación ―mientras intenta evitar que se desate una guerra―, y Paul en un planeta
desierto ficticio llamado Dune (Arrakis) ―eso sí, mientras debe elegir entre unos nazis y
unos fundamentalistas para intentar liberar a un pueblo oprimido―. Paul Atreides es El
Elegido, ―El Mesías del que hablaba La vida de Brian, pero sin chascarrillos― con todo
lo temible que eso conlleva, y tras beber el agua de vida es capaz, como la lingüista que
toma café con extraterrestres, de percibir el futuro.
Antes hemos mencionado a Christopher Nolan, otro director que es capaz de generar un
enorme debate y reflexiones temporales con sus historias, gusten o no sus películas.
Memento, Interstellar, Dunkerque o Tenet tienen en común la obsesión del cineasta con
abismarse en el concepto de tiempo hasta el punto de que en todas ellas pasado, presente
y futuro se solapan, en un vaivén temporal que juega con nuestras mentes articulando
dimensiones simultáneas. El director británico crea puzzles para que entendamos aún
más la poderosa metáfora en la que la identidad de los habitantes de sus relatos pende
de un hilo llamado tiempo. Nos hemos centrado aquí en Memento por ser la más
representativa, pero de ser esto un libro y no un artículo podríamos extendernos a gusto
con cada una de las citadas. Y lo mismo ocurre con las últimas cuatro obras del genial
Villeneuve.
Si han visto La llegada y espero de corazón que así sea, sabrán que la vida de Louise
Banks se convierte en un palíndromo. Esta belleza cinematográfica exploraba con más
delicadeza y sensibilidad que muchas obras del género ciencia ficción el asunto que
embruja a más personas de las que lo reconocerían. Villeneuve y Nolan en este sentido
son hermanos y los amores de mi vida, junto a Wes Anderson. Y el cineasta británico
lleva media carrera incidiendo en ello.
Pero antes de volver al autor que nos sorprendió con Memento, de una forma que ya
quisiera M. Night Shyamalan, sigamos la carretera que nos conduce a Dune Parte Dos,
puesto que sentada en la butaca del cine una no puede dejar de notar que las últimas
cuatro obras de Villeneuve también están conectadas por la misma idea temporal. Ambos
directores son exploradores que buscan el camino al futuro, aunque solo uno bordea el
abismo.
La brújula del director de Blade Runner 2049 ubica el mapa del tesoro en la intersección
entre la búsqueda de la identidad y el aprendizaje de otras lenguas, la comunicación
escrita en el caso de la historia de los heptápodos y la oral en la de Paul Atreides; si bien
es cierto que en el planeta Arrakis, el verdadero protagonista de la adaptación
cinematográfica de la novela de Frank Herbert, hay otro elemento que abre el tiempo
para El Elegido, uno que o te mata o te deja ver el futuro. Eso sí es una herramienta o un
arma, ¿eh, Louise?

Muchos creadores han jugueteado con esta droga temporal, incluyendo escritores tan
reconocidos como Martin Amis que en La flecha del tiempo, al igual que hizo Nolan con
Memento, trastocó el orden temporal contando una historia al revés, empezando por un
agonizante doctor Tod T. Friendly a través de cuya muerte nos embarcamos en un
laberinto de perturbadores secretos que acaban (empiezan) en una mentira. En la locura
maravillosa de Nolan era un solo asesinato, que sepamos. En la trampa temporal de
Amis, un campo de concentración.
Si algo nos enseñan la vida y la ciencia ficción más sublime es que el tiempo no solo sirve
para alcanzar el futuro, ese presente que asalta a Louise Banks tras interiorizar el idioma
de los alienígenas; ese regalo en forma de don ciertamente envenenado que guarda el
gusano de las arenas y llega finalmente a Paul Atreides a través de un ritual
fundamentalista ―Villeneuve no deja títere con cabeza― de un pueblo sometido, Los
Fremen, indígenas que se juegan la vida a diario luchando por deshacerse del yugo de
sus opresores.
Villeneuve y Nolan bucean en una verdad universal, una que el sistema laboral
hegemónico nos quiere hacer olvidar y a la que nos impide acceder: sin tiempo y sin
espacio no hay futuro posible.
Decíamos que Villeneuve es al futuro lo que Nolan al tiempo debido a que el ilusionista
canadiense busca las respuestas que tenemos delante y el mago que nos emboba con sus
locuras las busca en el pasado y si no me creen revisen Memento o Tenet. Así, el tiempo,
igual que la comunicación, puede ser un arma o una herramienta.
Si algo ha aprendido la clase trabajadora, ¡viva la lucha obrera!, es que sin espacio digno
y propio no hay tiempo y sin tiempo libre de calidad no hay futuro, puesto que la vida,
bien lo sabemos las Louise Banks que compartimos café con extraterrestres, es un
palíndromo. En off: «Y este fue el final. Pero ahora no estoy tan segura de creer en
principios y finales».
PD 1: Una advertencia final, queridísimo Nolan: cuidado con buscar las respuestas en el
pasado; la nostalgia puede ser un monstruo del que nunca consigas deshacerte, como
comprueban temporada tras temporada todos los personajes de Stranger Things.
PD 2: Ahora, por favor, busquen el artículo de Don Pedro Vallín Federer, probablemente
uno de los más fascinantes que se hayan escrito sobre la galaxia que es la gran obra
maestra de Villeneuve y déjense asombrar por ‘La llegada (Arrival)’ o La vida
atributiva
































