Eduardo Sánchez Iglesias, Eddy Sánchez, (Maracay, Venezuela, 1973) es profesor de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Sus líneas de investigación se centran en la geografía política y económica, y en las teorías del desarrollo. Nacido en Venezuela, hijo de padre cubano y madre española, se trasladó a España siendo un adolescente, donde se afilió a las Juventudes Comunistas e inició una larga militancia política que le ha llevado a ser coordinador y diputado de IU Madrid, y en la actualidad director de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) y miembro del Comité Central del PCE. El pasado jueves estuvo en La Comuna de Oviedo/Uviéu para hablar en la Semana Republicana de los tiempos convulsos que nos están tocando vivir.
¿Hemos entrado en la desglobalización?
Sí, y el contexto geopolítico acelera esta desglobalización. Tanto la Gran Recesión (2008-2015) como la crisis del coronavirus, vinieron a consolidar el progresivo desplazamiento del centro de la economía política global del Atlántico al Pacifico por el ascenso tecnológico y el creciente peso de China como actor geopolítico. El mayor protagonismo internacional de China y su creciente rivalidad con EE.UU por el liderazgo comercial y tecnológico mundial hacen visibles dos dinámicas que vienen a transformar la globalización; me refiero a los procesos de relocalización y desvinculación. Bajo la relocalización se producen el regreso de medios de producción a los países de origen, mientras que con la desvinculación estamos viendo una tendencia de EE.UU de separar a China del acceso a la tecnología de última generación, así como a reducir la dependencia que las economías europeas y norteamericanas tienen de la economía china como proveedora de bienes estratégicos esenciales.
¿Qué consecuencias va a tener esta desglobalización?
Bloques regionales rivales y enfrentamientos entre potencias emergentes y potencias tradicionales. Aquí un debate a futuro sería el del papel que quiere jugar España y que propuesta geopolítica defiende la izquierda transformadora.
¿Cómo puede afectar a España y a su economía un mundo en guerra?
Además de la tragedia y el horror que supone una guerra, hay que mencionar algo que parece que no tenemos presente: el conflicto en Ucrania, los enfrentamientos armados en sociedades del Sahel africano o la guerra declarada por el Estado israelí contra Palestina y su extensión a Oriente medio, son conflictos que tienen lugar a escasas horas en avión de nuestro país. Una guerra atenta contra nuestras necesidades; escasean las materias primas y los alimentos y con ello se encarecen los precios, se produce la inflación y baja el poder adquisitivo de los salarios. Se incrementarán los gastos militares, cuando lo que necesitamos son escuelas infantiles, centros de atención primarias, trenes, parques o laboratorios científicos. Un mundo en guerra produce sociedades más autoritarias, beneficiando los discursos de recortes de derechos y civiles. Parar la guerra y construir la paz deberían ser nuestra prioridad como sociedad. Deberíamos partir de una concepción de seguridad, cuyo principio debe ser que los países no tienen derecho de incrementar su propia seguridad a costa de sus vecinos. La seguridad es indivisible y la seguridad de cada Estado está inseparablemente vinculada a la de los demás. El elemento central de la seguridad de los países europeos se encuentra en la irrenunciabilidad de la distensión, entendiendo que no tiene alternativa válida, pues la guerra -fría o caliente- no es una alternativa.
Vuelve el rearme, los que lo defienden dicen que eso también genera empleo y actividad industrial.
La última gran amenaza a nuestra seguridad nacional fue el coronavirus, como lo puede ser ahora la falta de agua, problemas que requieren de sanidad pública, ahorro o infraestructuras más eficientes, no de armamento que compremos a EE. UU. Y digo esto, porque los gobiernos españoles liquidaron la industria y el sector científico y tecnológico nacional, convirtiendo a España en un país dependiente en cuanto a la tecnología o la capacidad de producir bienes industriales complejos. El aumento del gasto militar revertirá en un aumento de las importaciones hacia aquellos países productores de armamentos, principalmente, EE. UU. El debate del rearme europeo no tiene que ver con la demanda de sus sociedades, ni con la creación de empleo o con aumentar el I+D, sino con la sumisión geopolítica de la UE hacia EE. UU.
La SEPI va a entrar en Telefónica. ¿Veremos más intervenciones así en empresas estratégicas?
En lo inmediato no lo creo porque el PSOE y el PP coinciden en un punto esencial; para ambos el sistema financiero debe ser el actor central de la economía española. Esta visión que tienen las clases dominantes en España le da al Estado un papel subsidiario frente al mercado, como podemos ver, por ejemplo, en el debate sobre el problema de la vivienda o en el caso asturiano, con ArcelorMittal.

Sin embargo, esta visión que las élites españolas y europeas tienen de los problemas está siendo desbordada por la realidad de un mundo que avanza hacia competencia y la rivalidad en un contexto de crisis ecosocial. En este escenario, la lucha contra las desigualdades requiere de mecanismos de intervención que solo pueden venir de Estados fuertes, de estructuras estatales que intervengan y planifiquen. De ahí la necesidad de defender, fortalecer y extender los mecanismos de intervención que existen, como la SEPI. Hay una contradicción entre la visión que tienen las élites de los problemas y las demandas de la sociedad de más y mejor atención primaria sanitaria, educación, trabajo o vivienda y es ahí, donde la propuesta de un sector público fuerte cobra fuerza.
¿Cómo conectamos transición ecológica y reindustrialización?
Tenemos que partir de una idea: lo que no es compatible con la transición ecológica es un modelo económico que requiere de traer a 83 millones de turistas a nuestros pueblos y ciudades. Una salida justa a los retos sociales y medioambientales que vivimos, sólo se logrará en las sociedades que tengan organizaciones productivas propias que lo permitan, algo que no se va a lograr apostando todo por el sector turístico y de servicios en detrimento de la industria. Para construir una sociedad más justa, más ecológica, una sociedad en la cual sea posible alimentarse, desplazarse, tener una vivienda, calentarse, curarse, educarse, informarse, investigar, producir, no se parecerá a la de hoy. Es absurdo continuar por la vía de proyectos económicos ya fracasados, como los bajos salarios, mantener un gasto social reducido o construir mega puertos y super aeropuertos al servicio de los tour operadores globales, existe otro camino, consistente en hacer lo mismo ,o mejor, con menos, o hacer cosas nuevas y mejores que las que existían antes y para eso necesitamos más educación, más ciencia, más tecnología y el sector que traduce eso en mejoras sociales y territoriales: un sector industrial fuerte.
“Para reequilibrar el territorio se necesita diversificar la economía”
Los movimientos migratorios juveniles de este país hablan de unos desequilibrios tremendos. Las periferias pierden población hacia unos pocos puntos del país, sobre todo Madrid. ¿Cómo podemos reequilibrar territorialmente el país?
En términos económicos España es tres cosas: suministradora de servicios de ocio a la Europa rica, exportadora de alimentos mediterráneos hacia Alemania y Europa del norte y productora de componentes industriales medios y coches para las transnacionales alemanas, francesas y estadounidenses. Esto se traduce en la existencia de un eje territorial predominante formado por Madrid-Barcelona-Valencia-Bilbao-Zaragoza, al que se suma Málaga, Tenerife y Palma de Mallorca en verano. El resto del sistema urbano son ciudades menores donde predominan relaciones con su zona rural o con otras ciudades próximas. Lo demás es emigración, bien a las regiones ricas de Europa o a las ciudades costeras españolas o Madrid, surgiendo contrastes marcados entre centro y periferia. Para reequilibrar el territorio se necesita diversificar la economía en torno a sectores ligados al territorio como son los servicios públicos, el transporte de distancias medias o de cercanía y la industria dirigida a cubrir las necesidades territorialmente más próximas, como la industria de energías renovables. Todo lo demás, es avanzar hacia un inmensa España despoblada y un reducido número de ciudades cada vez más aglomeradas.

La industria turística es ahora mismo la industria más fuerte y exitosa del país, pero sus impactos negativos son también más visibles que nunca: ¿cómo podemos controlar el sector?
Si atendemos a los hechos, parecería que el objetivo es que recibamos a más de 90 millones de turistas en pocos años. Mundial de fútbol, Fórmula 1 en Madrid, el casino más grande de Europa en Cataluña, volver con el tema de las Olimpiadas… El turismo en España no puede crecer indefinidamente. Vivienda, agua, transporte, vivir, moverse, comprar, entrar a un museo, el descanso, los paseos o tomarse algo en un bar, son actividades cada vez más condicionadas por un turismo de masas, que está llevando al límite a algunas ciudades españolas. Moratorias, tasas y redimensionar un sector que, sino se reconvierte, puede llegar a su colapso. No hay sociedad que prospere dependiendo de un sector. Nos pasó con la construcción en 2008 y lo vimos con la crisis del coronavirus en 2020.
¿Qué programa debería defender la izquierda frente a la inflación?
En el centro de salud, el mercado, en el parque hablando con otras familias o en el autobús, las conversaciones versan sobre los precios, el salario que no alcanza o el agobio de pagar las facturas y el alquiler. Sin embargo, los debates de la izquierda están en otro sitio. Así, que lo primero sería centrarnos en otras prioridades, en las que importan de verdad. Una campaña que podríamos organizar desde la izquierda sería explicar muy bien, quiénes son los responsables de la inflación. Si la subida de los beneficios empresariales es del 15,7 por ciento o de los alimentos es del 11,6 por ciento, parece lógico pensar que la culpa del alza de los precios no la tienen los salarios, los cuales crecen por debajo del 3 por ciento, haciendo muy difícil llegar a final de mes. Una primera idea sería avanzar en un aumento del poder de compra de los salarios y una contención de los beneficios empresariales, que son escandalosos, porque son precisamente éstos, los que impulsan al alza la subida del IPC. Segundo, el control de precios de los alimentos, los cuales solo benefician a las grandes superficies e intermediarios y no a agricultores o las familias. Y tercero, la subida de precios se agrava con el encarecimiento de la vivienda y de las hipotecas que, aunque no incluidos en el IPC, si lesionan el poder adquisitivo de la mayoría social de nuestro país.
































