César tiene dos hermanos mayores que siempre cuidaron de él. Hoy, pese a que ya ronda los cuarenta y sus hermanos pliegan el medio siglo, sigue viendo a sus hermanos como héroes, como gigantes. Me cuenta esto a las puertas de un hospital situado en una céntrica calle de Madrid, bajo unos perales en los que unas horas antes observaba a unos mosquiteros picoteando pétalos. Es de noche, a esta hora duermen los mosquiteros y César cierra el turno y se va a su barrio de Hortaleza. Pero antes se ha detenido a hablar conmigo, recostados los dos en el alfeizar de un ventanal a ras de calle, para preguntarme por mi relación con mi hermano, que se está muriendo cuatro plantas por encima de nuestras cabezas.

En la misma ciudad en que tanto se habla de Quirón y de los cambalaches del novio de la presidenta de la Comunidad trabajan personas como César en la sanidad pública. En el último año, mi hermano se pasó más de cien días ingresado en distintos centros públicos. He echado un cálculo somero del coste que entre tratamientos y atención recibió mi hermano Antonio antes de morir hace unos días y me salen unos 40.000 euros, un dinero que muy pocas personas tienen para desembolsar en un año. Pero más allá de ello hay un valor, el que aportan personas como César, o como Magda, que se sentó de noche junto a mí en un pasillo y estuvimos hablando casi dos horas mientras en el patio sonaba el reclamo lastimero de un autillo que se había posado entre los cedros.
De tener una sanidad pública que nos garantice una atención digna, incluso llegado el momento una muerte digna, depende que podamos hacer otras muchas cosas, que podamos incluso interesarnos por saber cómo canta un autillo, de dónde proceden los cedros o de descubrir que pájaros como los mosquiteros son también polinizadores de perales floridos. Si no tuviésemos esa garantía de la que de momento disfrutamos todo lo demás sería prescindible. Derechos como la sanidad, la educación o la vivienda deberían estar cimentados en la clave de bóveda de nuestros desvelos. Los tres están hoy en peligro, zarandeados por intereses privados que obtienen rentabilidad de nuestras vidas, de nuestra educación o de los que deberían ser nuestros techos. Hay negocio, como titulaba en su artículo en Público sobre la vivienda Silvia Cosío hace unas horas.
Normalmente describo paisajes en estas páginas de Nortes. Hoy también. Las personas, y muy especialmente las personas con luz como César y Magda, forman parte de los mejores paisajes. Una sociedad solidaria y justa, en la que todos tengamos derechos afianzados es también el mejor paisaje. Podemos tener un planeta muy hermoso, pero si nuestras vidas se hacen intransitables por problemas para acceder a la salud, a la educación o a la vivienda no sabremos pintarlo, no podremos siquiera dedicar tiempo a contemplarlo.
Antonio, mi hermano, se marchó cuando Madrid se llenaba de vencejos, aviones y golondrinas. Si miráis al cielo estos días los veréis.
































