Sumar y Podemos. Es un buen momento, ahora que no se soportan

La política más virtuosa es también la que, junto a ciertas dignidades, no pueden faltar grumos de narcisismo, intriga, manipulación y ambición

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

«¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos». Así peroraba Ortega y Gasset en Argentina, a finales de los 30. De puro lugar común, parece uno de esos brindis al sol, aunque bien expresado. Y sin embargo me apetece discrepar. Me gusta la primera parte, ¡a las cosas!, pero discrepo de la más obvia y compartida, en la que pide que en la vida pública se orillen los egos, las puñetas personales y el reinado de la sospecha y la intriga, y que se vaya a lo mollar, a las cosas.

Quien presida un equipo de fútbol gestiona un espectáculo protagonizado por jóvenes multimillonarios, con una atención social abrumadora y con un nivel cultural normalmente, y siendo piadosos, de supervivencia. No es eso lo que la presidencia debe dejar de lado, es justo lo que no debe olvidar, el tejido natural del espectáculo que dirige. ¿Cómo se llega a posiciones políticas de influencia? Se puede ser un ambicioso (me chismorrearon en Girona que, en el Seminario de Tarragona donde hizo el bachillerato Carod Rovira, se decía que todos estudiaban para cura y uno para obispo). Se puede ser un corrupto ya desde la línea de salida (aún recuerdo aquel audio de los 80 del desconocido Zaplana). Se puede ser un intrigante, un especialista en corrillos. Se puede ser un narcisista con un impulso irresistible hacia el protagonismo y la autocontemplación. Se puede ser un líder en quien otros confían, por honestidad, capacidad de comunicación, buen juicio y talento para la gestión mezclados en distintas dosis; y entonces se llega a ciertas alturas habiendo oído muchas veces lo especial que es uno. Narcisismo, suspicacia y cuestiones personales es lo que Ortega decía que había que dejar a un lado y yo humildemente creo que es justo lo que no hay que olvidar, lo que no debe zanjar las opciones, como no se puede presidir un equipo de fútbol olvidando su materia prima. No digo que la política sea una mierda, ni tampoco el fútbol. El fútbol me parece un alto espectáculo y más cosas, pero es una papilla con grumos que hay que gestionar. La política y los políticos no son una mierda. Me gusta repetir que la política, y no la medicina ni la ciencia, me curaron las cataratas. No estoy ciego por la gigantesca maquinaria que atrapó recursos y construyó el servicio sanitario que nos protege a todos, desde unos principios sociales debatidos y acordados; es decir, por la política. Por la ciencia Bezos puede hacer un viaje espacial, y por la ciencia no sanaríamos de cataratas, como no vamos al espacio.

Íñigo Errejon, durante un acto de campaña de Convocatoria por Asturies. Detrás concejales y el consejero y coordinador de IU, Ovidio Zapico.

Si no estamos enfermos de santurronería, debemos recordar que la política más virtuosa (de la que estamos bien lejos) es también una papilla en la que, junto a ciertas dignidades, no pueden faltar grumos de narcisismo, intriga, manipulación y ambición. Se dice, en distintos formatos, que Pablo Iglesias es un macho alfa (prefiero decir narcisista con perfiles autoritarios) y que Errejón es un traidor (prefiero decir un intrigante o maniobrero). Lo que trato de decir es que me da pereza dar o quitar la razón a estas acusaciones y me aburren las historias que las sustenta. No me importa si Iglesias es un narcisista mandón, si Errejón es un intrigante o si Yolanda Díaz es desleal. No es que sea un cínico sin valores, es que doy por hecho que esos perfiles son tan naturales del tejido político como las necedades de niñato malcriado lo son del tejido del fútbol. No es ni pesimismo ni antipolítica, es reconocer que la actividad política, junto con grandezas, tiene fealdades. Entendiendo que así son las cosas, cuando vaya a unas elecciones y vea papeletas separadas de Sumar y Podemos, no habrá historia que me interese para justificar ese desvarío. No me importa si Errejón traicionó ni si Iglesias es un mandón desleal. Hasta que no oiga educación, sanidad, pensiones, Iglesia, libertades, evasión fiscal, sistema de impuestos, derechos humanos, …, estaré bostezando a la espera de que empiece la película.

Miren Gorrotxategi, candidata de Elkarrekin Podemos

Sumar y Podemos llevan dentro un error del que es difícil sacarlos. Sumar piensa que Podemos ya es un grupúsculo y que hay que situarse en un momento posterior a Podemos. A la izquierda le encanta resetear el sistema, como los niños malos perdedores que siempre quieren empezar otra vez cuando van perdiendo. Podemos tiene pocos votos y poca expectativa de crecimiento. Pero esos votos son suficientes para el desastre y su peso simbólico es muy relevante. Lo que ocurrió en 2014 fue de enorme envergadura, abombó la carcasa política y el ambiente de la izquierda sigue marcado por aquella explosión. Ninguna fuerza política ocupará el espacio de la izquierda sin tener dentro a Podemos y ninguna fuerza política tendrá cordón umbilical con todo aquel impulso sin Podemos. Quien convenció a Yolanda Díaz de arrancar sin Podemos le dio un mal consejo. El potente simbolismo de Podemos te coloca con facilidad en el imaginario izquierdista en las faldas del PSOE. Por su parte, Podemos está convencido de que Sumar siempre fue aire, que nunca hubo nada dentro; qué estructura tenía Sumar que no fuera la de IU, Comunes y demás convivientes. Otro error. Así nació IU, que era el PCE más aire. Pero se sintió movilizada mucha gente que no se reconocía en el PCE, y el PCE mantenía identidad y protagonismo en el nuevo ambiente. En la izquierda de vez en cuando tienen que dejarse por imposibles los unos a los otros. Sumar, y este tipo de etiquetas que cada cierto tiempo aparecen a la izquierda del PSOE, debió ser una manera simbólica, en circunstancias favorables, para unir a gente desunida sin que nadie se tuviera que bajar de la burra, una corriente que tuviera en emulsión piezas sueltas que se habían ido desgajando y que podrían tomar una dirección conjunta. Eso no funciona sin Podemos, como creyeron, y no es verdad, como cree Podemos, que sea aire. Es una estrategia que debió y podría funcionar.

Pedro Sánchez en Gijón. Foto: David Aguilar Sánchez

Podríamos pensar que es tarde, pero podríamos aprender algo de Sánchez, que aprovecha los reveses como nutrientes, y pensar que es incluso mejor ahora. Porque ahora no se soportan. Es un momento para que hagan lo contrario de lo que sugería Ortega, es decir, que no olviden que su trabajo se hace con cuestiones personales, intrigas y narcisismos y que con esas fealdades vayan a las cosas sin fiarse unos de otros. Es el cuadro más ilusionante que se me ocurre, porque rezuma realidad y no ensoñaciones.

Suele ser un mal síntoma que la izquierda hable de sí misma, porque suele predicar una superioridad moral sobre otra izquierda. Con lo que estamos oyendo ahora sí conviene que la izquierda afirme su superioridad moral, pero contra la derecha. (Una precisión semántica. Si pido que se pongan en una mesa los libros y en otra las revistas, se pensará con finura el sentido de libro y no se confundirán libros con revistas. Si digo a los alumnos que haremos un examen sorpresa y que quiten los libros de encima de la mesa, pensarán el sentido de libro de forma descuidada, y quitarán de la mesa libros, revistas y cualquier escrito en papel. Muchas veces uso la palabra izquierda pensándola con finura y aplicándola a la nebulosa que está a la izquierda del PSOE; otras la pienso de forma descuidada y la aplico a algo que incluye el PSOE. Si no somos picajosos, lo distinguimos, como lo hacemos siempre como hablantes). La izquierda, pues, es moralmente superior porque es moralmente superior no ser racista que serlo, no ser machista que serlo, estar en la democracia liberal que en autocracias, defender las libertades que atacarlas, defender derechos que defender privilegios, mentir a veces que mentir siempre, redistribuir la riqueza que exacerbar desigualdades, proteger a la población que dejarla a la intemperie, ocuparse de la mayoría que de la oligarquía , defender los derechos humanos que mofarse de ellos, respetar siempre a las víctimas que cagarse en sus muertos cuando no gustan, fortalecer los cauces del conocimiento que predicar negacionismos, cuidar el clima que hacer rechiflas de sus consecuencias, … A las cosas, con antipatías, intrigas y narcisismos. Pero a las cosas.

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