España es mucho más que una bandera

El Congreso como órgano democrático, pero también como elemento simbólico, no tiene por qué ser un teatro.

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Rafa Cofiño
Rafa Cofiño
Es médico de familia y diputado de Sumar.

“Ahora lo entiendo todo. El mensaje escondido dentro del patrón, la razón de nuestros fracasos en la comuna. El doctor tenía razón, es imposible escapar. La humanidad. Nuestra esencia misma. Nuestras emociones: la rabia, la compasión, el odio son las dos caras de la misma moneda inextricablemente unidas. Lo que nos inspira a hacer el bien más grande es también la causa de nuestra maldad”

Arcane S2E06

Cuando asumí la responsabilidad como diputado en el Congreso de nuestro país una buena compañera, periodista, con mucha experiencia en medios de comunicación y con la que trabajé muy estrechamente los años de la pandemia, me dijo muy cariñosamente lo siguiente: “pasarás de conocer el teatro costumbrista asturiano a conocer el Broadway madrileño”. Hay varias imágenes de estos 528 días de legislatura que voy anotando en libretas de tapas oscuras. A modo de etnografía. Como un asturiano melancólico bajando del Sueve y del barrio del Llano y cayendo desde Schultz a la corte del rey Arturo. Como Jane Goodall perfilando a los grandes primates. Esbozaré algunas imágenes de forma muy grosera disculpándome de antemano por las imprecisiones.

Una muy significativa fue cuando me enseñaron el Congreso. Existen diferentes instalaciones, más allá de lo más conocido, destinados a salas, personal que trabaja y dependencias para los diferentes grupos parlamentarios. La Ampliación I es la más pegada al hemiciclo que todos vemos en la televisión. Según se entra en la Ampliación, en esa misma planta, existe una importante superficie reservada a los medios de comunicación. Yo venía acostumbrado a las ruedas de prensa y las presencias de medios -recuerdo especialmente aquellos días tan duros de las comunicaciones en Presidencia de Suárez de la Riva los meses de octubre y noviembre del 2020- pero nada comparable a la presencia de medios en algunas de las primeras sesiones de inicio de la legislatura. La salida de algunos políticos desde el hemiciclo hacia el patio es lo más parecido al túnel de vestuarios en un partido de la Champions o la salida de la casa de Gran Hermano. Lo comunicativo. Lo performativo (le dicen aquí). Lo interpretativo. El postureo.

El estrado del Congreso. Ese que también sale tanto en la tele y llevamos tantos años incorporando a nuestras retinas y a nuestros aprendizajes y emociones es lo más parecido a un Photocall. Yo llevo casi veinte años dedicándome a la formación y con la máxima humildad tengo que decir que me ha tocado hablar en sitios muy diversos y con público muy diverso en lo cuantitativo y en lo cualitativo. No me ha ido mal por lo general. Nunca como hasta ahora había tenido una situación de tanta soledad hablando en un sitio tan importante como es nuestro Congreso. ¿Tiene alguna función pedagógica para los que no sean los tuyos lo que uno pueda exponer desde el atril?¿Puede ayudar a tomar decisiones en otros grupos parlamentarios una argumentación realizada en una intervención?¿Puede servir de reflexión para personas con ideologías diferentes?¿Puede modificar su votación?¿Puede hacer asentir a alguien de otra bancada dar un buen razonamiento basado en datos? La respuesta corta es no. No, nunca, jamás.

¿Puede ayudar a tomar decisiones en otros grupos parlamentarios una argumentación realizada en una intervención?

El atril del Congreso es lo más parecido a un Photocall (un escenario para posar y tomarse fotos). Cada uno sube, suelta el mejor discurso posible, con elocuencia y desparpajo, con datos o pedagogía, con educación o sin ella, con gracejo o más bien sosos, con zascas y chulería torera y machumadrileñismo aunque no seas de allí, con naturalidad o afectación, en tacones o en zapatillas, con oratoria de años y paños dedicándose a lo mismo y a la nada o con inexperiencia de ser como una segunda obra de teatro de la ESO. Con muchas horas de clase de cómo dar discursos o a pelo. Como cada uno y cada una tenga a bien o sus guionistas le dieron bien a entender (hay muchos guionistas escribiendo discursos, claro). En algunos casos -al fondo a la derecha- da igual que los datos estén todos mal. La idea es hacer un corte rápido y difundir en redes, de marcar titulares, de confrontar y afear al gobierno (“Mal, todo mal, todo mal y todo mal siempre”). O incluso entre nosotros, eso de intentar ser la más izquierda de todas las izquierdas del mundo mundial. Pero no, amigos y amigas de la fauna ibérica, no es un espacio propositivo de debate, reflexión, argumentación y construcción. No lo es ni incluso de educación. Yo no quiero normalmente que me aplaudan cuando digo cosas (y a veces digo cosas maravillosas, ustedes lo saben), pero menos quiero que me hagan gestos ridículos subiendo y encogiendo los hombros o con caras antipáticas, o levantando la mano, así como enfadados, cabeceando, ni que se me queden dormidos, que no dejen de mirar los móviles con los depósitos depleccionados de dopamina o que hablen a la vez de como quedó el Madrid anoche.

El Congreso como órgano democrático, pero también como elemento simbólico,  y la Política, como instrumento operativo y transformador, de una sociedad no tiene por qué ser un teatro. Nuestro país y nuestros ciudadanos no lo merecen ni pagan por ello. No puede ser un teatro donde las derechas y las ultraderechas expresen continuamente que todo mal, que todo se rompe y donde no haya un espacio mínimo, constructivo de afirmación que, pese a que haya diferencias, sí estamos construyendo un país. Al relato de la derecha no le interesa ahora mismo afirmar que es posible llegar a acuerdos. Y es preferible montarse una película con Mazón en Valencia antes de afirmar que tenían a un incompetente al frente de la gestión en un momento crítico. No. Importa la escenografía. En septiembre del año pasado Feijoo se montó su propia Moncloa alquilando un palacete para montar una representación teatral donde no había ni público ni medios de comunicación. Ni tampoco propuestas políticas. Sólo interpretar (es un mal teatro) un discurso sobre la recuperación del poder, justificar en casa que lo de venirse de Galicia a la capital era para algo, hacer bucles con que el Gobierno todo mal y que España se rompía. Y todo comunicándolo en un palacete de fondo que nos hiciera pensar que era él quien tenía que estar en Moncloa (en el palacio, no en el intercambiador volviéndose a Galicia), en el 10 de Downing Street, en Zarzuela o en el palacio de la princesa de Eurodisney. No importa dónde. Lo que importa es mostrar el Poder a las espaldas. Bambalinas sin nada más detrás.

Alberto Núñez Feijóo

España no es un teatro. Y este país es algo más que su bandera. Señalo ahora lo más importante de este artículo y su mensaje central. Esta semana, en el Congreso, se ha interpretado una pieza delirante. Creo que es necesario explicarlo de una forma muy sencilla. Para entenderlo bien: Los partidos de derechas y de ultraderechas han votado que no a una serie de medidas. Con estas medidas han perjudicado a las personas de este país. A las que les han votado y, a las que no les han votado. ¿A todas? No, a todas no. Aquellas que salen en el HOLA!, los que tienen grandes fortunas y propiedades no se verán afectadas por estas medidas. Ni se inmutarán. Estas son sólo algunas de las medidas contra las que han votado las derechas este 22 de enero:

-Han votado NO a mantener un impuesto a las cinco grandes empresas energéticas de este país. Estas empresas tienen ahora mismo cinco veces más beneficios que las que tenían en 2019. El capital mayoritario de todas ellas no es español. Con el dinero de ese impuesto podríamos tener mejores inversiones públicas para todos.

-Han votado NO a revalorizar las pensiones a 12,3 millones de pensionistas. El decreto planteaba un aumento del 2,8%; las mínimas, un 6% en 2025 y 2026; y las no contributivas, un 9%.
-Han votado NO a mantener ayudas al transporte pública a 24 millones de personas con un impacto muy negativo para las islas.
-Han votado NO a mantener ayudas a 800.000 niños y niñas.
-Han votado NO a prorrogar la suspensión de desahucios.
-Han votado NO a una serie de medidas de protección de personas afectadas por la DANA y de la reconstrucción económica en La Palma.
-Han votado NO a una concesión directa de ayuda a la ciudad de Ceuta en proyectos de protección menores migrantes no acompañados.
-Han votado NO a la prórroga de ayudas a la industria electrointensiva con un impacto estimado de unos 200 millones de euros.
-Han votado NO a la extensión temporal de los descuentos del bono social eléctrico y a la garantía de suministro de agua y energía a consumidores vulnerables.
-Han votado NO a una modificación de la Ley de Contratos del Sector Pública para agilizar tramitación de construcción y rehabilitación para facilitar vivienda social a precios asequible.
-Han votado NO (atención) a un recargo del 15% del nuevo impuesto a la banca si hay compra o fusión con otra entidad.

España es mucho más que su bandera. España no se rompe. Lo que se puede romper es a los españoles y españolas. Las personas, sus deseos y sus condiciones de vida son la verdadera urdimbre de nuestras banderas. Y la Política no puede ser un teatro. Queremos mucho y buen teatro en este país, Teatro con mayúsculas, pero en donde le corresponde y con verdaderos profesionales. No en el hemiciclo. Las Derechas deben de dejar de hacer teatro y apoyar Derechos. Nuestro Parlamento y nuestros organismos democráticos tienen que ser instrumentos para una construcción social. Y mucho más ahora que la situación mundial es muy grave. Esta semana, algunos de los hombres más poderosos del mundo han levantado el brazo en un gesto fascista. No es un gesto casual, anecdótico o simpático. No es sólo un meme. Es un gesto que representa una ideología que ha matado a millones de personas y representa barbarie, genocidio, discriminación y pérdidas de derechos fundamentales, violencias, hambres y la pérdida de Libertad (la real, no la de trampantojo). No se puede estar ni apoyar esa orilla del fascismo. Hay que desembarcar en ella con verdadera Política, con políticas generosas, útiles, sin poses y con verdaderas banderas.

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