Hay cosas que no dirá Sánchez. Al actual Partido Republicano ya no le valdría Margaret Thatcher. Ni Isabel Díaz Ayuso. Ni Esperanza Aguirre. Ni la ex-gobernadora de Alaska Sarah Palin. Ellas apoyarían entusiastas a Trump y ahora estarían mascullando frustraciones por los pasillos sopesando dimitir en silencio de sus cargos menores. Dice Michelle Goldberg: «Los republicanos no querían encumbrar a las mujeres como grupo, pero valoraban a cierto tipo de mujer poderosa, que desdeñaba el feminismo y demostraba con su éxito que las fuertes no lo necesitaban». Pero ahora los machotes republicanos se quitaron la faja. «Si queremos una gran nación, deberíamos estar preparando a las jóvenes para convertirse en madres, no buscando toda razón posible para que las jóvenes retrasen la maternidad hasta que estén establecidas en una carrera o sean lo suficientemente independientes». «Se debe aplicar todo el empeño posible, no para reclutar mujeres en ingeniería, sino más bien para reclutar y exigir más de los hombres que se vuelven ingenieros». Scott Yenor dice estas lindezas y promueve que sea legal la discriminación laboral de las mujeres. Lo importante es que es el tipo de primores que lo llevan a la dirección del Centro Kenneth Simon de Estudios Estadounidenses, de la influyente Heritage Foundation. Su antecesor anduvo por aquí dando charlas en la CEU CEFAS, del conglomerado de la universidad privada CEU San Pablo. Ya se imaginarán sobre qué era su charla: sobre la libertad, por supuesto, what else. Mike Johnson, Presidente de la Cámara de Representantes (casi nada), dijo que, a diferencia de los hombres, las mujeres son incapaces de compartimentar sus pensamientos. Mujeres ultraconservadoras del movimiento MAGA están hartas de que este machirulo las trate como a menores. Ya se filtraron votos femeninos MAGA en iniciativas del Partido Demócrata. El Partido Republicano no quiere a mujeres en la cúspide. Solo pueden aspirar a ser lo que eran los negros negreros en la esclavitud. Tenían poder, pero siempre en un peldaño inferior a los humanos propiamente dichos. Dice Goldberg que ahora las ultraconservadoras ambiciosas están notando la diferencia entre ser útil y ser respetada. Thatcher, Ayuso, Palin o Aguirre no serían respetadas ahora. Igual que aquí en sectores jóvenes, sobre todo masculinos, crece una humedad de reconocimiento a nuestro criminal patrio, Franco, en las bases masculinas republicanas se amplía el convencimiento de que se debería retirar el voto a las mujeres.
Antes o después, el interés propio acaba tomando jerarquía
Antes o después, el interés propio acaba tomando jerarquía. Trump está lanzando ataques a Europa en los mismos términos que las ultraderechas europeas. Y sin embargo el facherío europeo tiene cierta frialdad hacia él. Cuando ganó en 2016 los ultras europeos ladraron su júbilo a los cuatro vientos. Ahora Trump intervendrá en los procesos electorales europeos en favor de los partidos más reaccionarios. Estos partidos aprovecharán la intervención. Pero no están exultantes, no vociferan el nombre de Trump como gancho y referencia. Hay cierta frialdad. Y es que entre los votantes ultras alemanes y franceses, solo una minoría está satisfecha con Trump. Solo en el Reino Unido está algo equilibrada la aprobación y desaprobación del republicano. El interés propio aflora. Puedes conseguir que la gente vote contra sus intereses durante un tiempo, pero el interés propio es un potro que se escapa con facilidad. El nacionalismo imperial y avasallador de Trump no encuentra acomodo en los nacionalismos egoístas atolondrados ultras de Europa.
En las mujeres ultras en EEUU está empezando a agitarse ese interés propio. En las altas esferas no quieren a mujeres antifeministas, fachas y poderosas, con las que ejemplificar que se puede llegar arriba si nos dejamos de victimismos y lloriqueos. Ahora, si eres guapa y sabes hablar, podrás ponerles el café. Y por MAGA que seas, el interés propio chilla. En un episodio de El Ala Oeste de la Casa Blanca, le preguntan a un personaje que cómo puede ser republicano siendo homosexual. Él dice que no está de acuerdo con la homofobia de su partido, pero que su vida no se reduce a ser homosexual y que quiere menos impuestos, menos estado y menos regulación laboral. No creo que se puede evitar que tu vida se reduzca a ser homosexual cuando esa condición te discrimina muchas veces todos los días. Lo que parece cada día más claro es que la mitad femenina de la población reduce su vida a ser persona. En Europa hay líderes ultra mujeres (Le Pen, Meloni, Weidel, Orriols), pero en EEUU los machitos ya dieron el paso de reducir a las mujeres a la maternidad y crianza y negar sus derechos y capacidad por principio. Y así es difícil que la vida de la mitad de la población no se concentre en el hecho de ser mujer. A la vez sigue siendo el tipo de discriminación mejor tolerado y con más refuerzos culturales. Precisamente hubo revuelo en EEUU a propósito de la tribuna que se prestó a líderes racistas antisemitas, pero no por poner en las alturas a misóginos como Yenor. Cuando sale la igualdad a propósito de los casos más mostrencos de violencia y crimen, los varones nos apuntamos porque lo normal es que no hayamos matado y maltratado a una mujer. Cuando aparece ese vapor de conductas patriarcales cotidianas leves de una en una, pero que llegan a hacer tóxico el aire para quien las respira muchas veces cada día, ahí los varones solemos sentir que se pasan con tantas pejigueras, porque ahí solemos sentirnos señalados. Este es el cóctel: incluso las mujeres ultras empiezan a rugir por la igualdad; los machotes ultras son cada vez más misóginos (de momento en EEUU, luego será en Europa); y la misoginia es el tipo de discriminación o de odio mejor tolerado y que más fácilmente se hace explícito. Añádase que la igualdad de la mujer es el frente que más conductas, normas y cambios remueve en el mundo familiar, social, político y económico. El feminismo es la bestia negra de los reaccionarios porque agita muchos cimientos de la sociedad ultraliberal. El cóctel indica que los derechos de la mujer son la gran partida, el gran frente en el que se gana o se pierde.

Sánchez no dirá que estos casos de acoso en su partido son parte de la gran partida. Los casos de corrupción pueden encapsularse en conductas graves, pero limitadas. Los lawfare clamorosos contra Begoña Gómez y el Fiscal General pueden provocar efecto búmeran y darle laureles de resistencia y firmeza democrática. Pero estos casos lo disuelven todo. Apestan. Solo puede retomar la iniciativa diciendo lo que no va a decir: que la gran partida, en términos electorales, está en el voto de la mujer; que la gran pendiente resbaladiza, en términos de Lakoff, ahora son los derechos de la mujer, es decir, que son estos derechos los que arrastrarán otras correlaciones de fuerza, incluso en la lucha de clases, que es lo que está en el fondo de todo; que la izquierda parte con ventaja porque la derecha es machista por principio, pero que es el terreno donde más falsa izquierda hay, que los derechos de la mujer son como dos pulgares apretando a la izquierda y sacando de ella un pus que está a la vista y con el que ya no se debe convivir en ninguna dosis. Sánchez no dirá que los casos de estos días son pocos, que hay más, que en el PSOE seguro que falta gente, pero que desde luego sobra gente, que, por duras que sean las críticas, se quedan cortas y que debemos estar todos hartos de los machitos que andan con la bragueta desabrochada y la gracieta casposa bullendo en la boca. A la gente le ofenden estos casos de la izquierda más que los volquetes de putas de la derecha, por lo mismo que nos irrita tanto la Iglesia y sus monsergas por la vida y la dignidad. Hay un plus de hipocresía que multiplica la mezquindad de la conducta. El problema no es solo electoral. Es que, perdiendo el PSOE precisamente por conductas machistas, se dan muchos pasos atrás en la gran partida. El problema es que pase lo de siempre. Que ni el PSOE sea izquierda ni hay izquierda posible sin el PSOE. Sánchez podría subir peldaños de credibilidad al hilo del ambiente pegajoso creado por estos machirulos. Pero para ello debería decir cosas que no va a decir.
































