“Aprendí a cantar La Internacional en una parroquia del extrarradio de París”

Un repaso a la vida de Manuel García Fonseca "El Pole", último Premio Juan Ángel Rubio Ballesteros de la Sociedad Cultural Gijonesa.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La Sociedad Cultural Gijonesa reconoció este viernes con el XXXII Premio Juan Ángel Rubio Ballesteros la trayectoria vital y el compromiso de Manuel García Fonseca “El Pole”, infatigable militante de la izquierda social y política asturiana. El jurado, presidido por Pedro Roldán García, e integrado por Rafael Velasco Rodríguez, presidente de FAMYR; Rafael Gutiérrez Testón, presidente de la Asociación de Librerías de Asturias y propietario de La Buena Letra; Noelia Ordieres Buarfa, exconcejala de IU en el Ayuntamiento de Xixón; Isabel Delgado Martínez, exdirectiva y socia de la Sociedad Cultural Gijonesa; Javier Arjona, galardonado en la edición anterior; y Juan Ángel Rubio Serraller, en representación de la familia Rubio, destacó la coherencia y continuidad del trabajo político y social de García Fonseca a lo largo de más de seis décadas. Subrayó además su implicación en movimientos pacifistas y su papel como referente en la denuncia del genocidio en Palestina.

Nacido en 1939 en el concejo de Siero, en el seno de una familia tradicional, “más bien de derechas”, su politización llegó a través de una Iglesia católica que en los años 50 y 60 comenzaba a hacerse permeable a las influencias progresistas que venían del exterior, sobre todo a través del entonces pujante movimiento obrero: “Mi padre tenía un taller de madreñes en La Pola y mis abuelos, por las dos ramas se dedicaban a hacer sidra. Vivíamos encima del Polesu. Me crié escuchando a la gente cantando en el chigre”.

manuel garcía fonseca "el pole"

Estudió la primaria y el bachiler en La Pola Siero, donde la influencia del sacerdote Luis Vela y el ejemplo de los misioneros le llevaron a ingresar con 17 años en el seminario. Fue allí donde mientras estudiaba teología y filosofía entró en contacto con un grupo de profesores y alumnos muy influidos por las ideas del catolicismo social y de los curas obreros franceses. El paso lógico y natural sería ingresar en la Juventud Obrera Católica, una organización muy dinámica en aquel momento, y que sería el vivero de muchos de los posteriores cuadros y dirigentes del movimiento antifranquista.

Tras concluis sus estudios en el seminario de Oviedo/Uviéu García Fonseca marcharía a estudiar sociología a París en el Instituto Católico. Allí entró en contacto con las ideas marxistas, filtradas por el humanismo cristiano, y comenzó a trabajar con grupos católicos franceses en el apoyo a los trabajadores inmigrantes españoles y portugueses, muchos de ellos refugiados en chabolas y vagones abandonados de tren: “Aprendí a cantar la Internacional en una parroquia del extrarradio de París”.

Manuel García Fonseca “El Pole” recibiendo el premio de manos de Pedro Roldán, presidente de la Sociedad Cultural Gijonesa. Foto: David Aguilar Sánchez

“El Pole” estuvo en la capital francesa entre 1964 y 1968, pero regresó a España justo antes del estallido del mayo francés. A pesar de perderse la gran huelga obrera y estudiantil de aquella primavera, la experiencia francesa supondría un gran aprendizaje enorme en todos los sentidos: “París fue una suerte tremenda. Conocí a mucha gente buena. Aquel era otro mundo. La gente llevaba otra vida, otra ropa y otro tipo de relaciones”

A la vuelta a Asturies trabajaría en la JOC, con un pequeño sueldo de 3.000 pesetas, y también como repartidor de libros. La conflictividad social iba en aumento, la oposición democrática se estaba reorganizando y ampliaba su base social. Manuel, junto a otros curas comienza a asistir a las reuniones del PCE asturiano. El partido, muy interesado en conectar con sectores católicos progresistas, y también en “dulcificar” su imagen, le promociona a la dirección cuando casi acababa de llegar.

El partido, muy interesado en conectar con sectores católicos progresistas, y también en “dulcificar” su imagen, le promociona a la dirección

En 1976 el partido todavía es clandestino, pero se encuentra en plena batalla por forzar su legalización a través de lo que entonces se llamó la “salida a la superficie”. Esto es, comenzar a funcionar a cara descubierta, como si ya fuera legal, forzando así las costuras del régimen. Las estructas normas de la clandestinidad se relajan y su nombre se filtra en los medios como el cura de la dirección del PCE, montando así un escándalo en el Arzobispado de Oviedo.

Sería el segundo disgusto que le daría a su querido Don Gabino Díaz Merchán. El primero había sido el inicio de su relación con una compañera de las JOC, Tina Roces. “Nos hicimos muy amigos y luego comenzamos a ser pareja y vivir juntos. Don Gabino me llamó y me preguntó por el tema. Le expliqué que no estaba a favor del celibato. Lo toleró durante un tiempo, pero cuando La Nueva España publicó que yo era el cura de la dirección del partido, tuve que dejarlo”.

“El Pole” en una campaña electoral de los 80.

Después de dejar el sacerdocio “El Pole” y Tina se casaron y tuvieron dos hijas, Irene y Olga. Fonseca cree que en una Iglesia diferente, sin celibato, construida de manera democrática, de abajo a arriba, podría haber seguido siendo cura. De aquellos años conserva el buen recuerdo del cardenal Tarancón, clave en desvincular a la Iglesia del régimen franquista, y sobre todo de Gabino Díaz Merchán: “Siempre fue muy cariñoso. Una persona muy bondadosa y con mucho sentido social. A sus padres le habían matado los rojos en la Guerra y nunca hizo de eso bandera”.

Aunque trabajó como sociólogo en Caritas y como director en los inicios de la Universidad Popular del Xixón, “El Pole” ha sido sobre todo cargo público. Primero como diputado autonómico del PCA y a partir de 1986 como diputado por Asturies de IU, una elección que le pilló con el pie cambiado: “Estaba preparando oposiciones para la enseñanza cuando me pidieron ser diputado y no me hacía mucha gracia”. Finalmente estaría en el Congreso casi una década, hasta 1995. “Trasladamos muchos problemas de Asturias a Madrid gracias al trabajo de las áreas y de mucha gente que nos asesoraba voluntariamente”.

De su trabajo como diputado destaca el impulso que su grupo y él dieron al asesinato de ocho jesuitas en El Salvador, cinco de ellos españoles. Un crimen cometido en 1989, en el contexto de la guerra civil que atravesaba al país, y que tuvo una enorme repercusión internacional: “Desde IU promovimos un informe del Congreso que sirvió para sentar en el banquillo a los militares implicados en el crimen”.

En los últimos años el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe y el movimiento de solidaridad con Palestina ocupan la mayor parte de una militancia que a los 86 años sigue al pie del cañón. No pierde la esperanza en cambiar el mundo, ni en algo casi más complicado, cambiar la Iglesia.

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