Javier Acera y su tiempo

Formó parte de la generación de militantes que se desvío del camino político trazado por sus padres, vencedores de la guerra.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La dictadura franquista quedó sentenciada cuando una significativa parte de los hijos de los vencedores decidieron no seguir el camino político trazado para ellos por sus padres. Los sucesos de la Universidad de Madrid en 1956 fueron el primer síntoma de este desvío que terminaría a la larga minando las bases del régimen. Fue una revuelta generacional que dejó sin recambio al régimen, y que también llegó hata la cuenca del Caudal, donde a Armida, ama de casa, y a Audaz, jefe local de la Falange, les salieron, contra todo pronóstico, cinco hijos “rojos”. El menor de ellos, Javier, acaba de fallecer en Oviedo a la edad de 80 años.

Nacido en 1945 en Santa Cruz de Mieres, Javier se crió en una familia numerosa marcada por la muerte temprana del padre. El fútbol y el cine fueron las primeras pasiones de un niño que destacaba por sus dotes para el dibujo. Su habilidad con los lápices le llevaría de hecho a colaborar desde muy pronto con su progenitor, dueño del cine del pueblo, dibujando los affiches promocionales de las películas. Estudió en el colegio de Bustiello, la fantasía paternalista diseñada a finales del XIX por los Marqueses de Comillas, un poblado de casas con jardín construido para premiar, y comprar la fidelidad, de los obreros “buenos”, esto es católicos, de derechas y bienhablados. Después de la escuela elemental, llegaría, como para otros muchos críos de pueblo de su generación, el seminario. En Valladolid, donde le tocó estudiar, compartiría patio de recreo y partidos de fútbol con otro guaje de las cuencas mineras, Gaspar García Laviana, el futuro sacerdote y guerrillero sandinista, muerto en combate poco antes del triunfo de la revolución contra Somoza.

Su padre Audaz, pasando revista.
Orla escolar.
En el pueblo.
En una imagen de juventud.

A la vuelta a Asturias Acera terminaría el bachiller en Oviedo, en turno nocturno, y comenzaría a trabajar, primero en Correos y después en el Banesto, mientras estudiaba la carrera de Historia en la Universidad de Oviedo. Su politización llegaría en esos años finales del franquismo, entre las asambleas universitarias, los “saltos” por la amnistía y la libertad, y el inicio de las Comisiones Obreras en la banca. El sector financiero se encontraba en expansión y demandaba muchos trabajadores, ya que los sistemas bancarios apenas estaban informatizados y gran parte del trabajo se hacía a mano. La banca era entonces un lugar de grandes concentraciones de trabajadores jóvenes, un escenario por lo tanto propicio para el desarrollo y la expansión del sindicalismo de clase, que saltaba de los pozos mineros y las fábricas fordistas a las grandes oficinas del mundo paleodigital.

Acera jugaría un papel destacado en este emergente sindicalismo de trabajadores de “cuello blanco”, llegando a ser en dos ocasiones secretario de CCOO de la Banca, un sector que también viviría entre los 90 y los 2.000 su particular “reconversión”, años en los que los procesos de informatización y de concentración bancaria mandarían a casa a miles de empleados y empleadas. No fueron los trabajadores peor tratados, pero las buenas condiciones tampoco cayeron del cielo. Se lograron a golpe de lucha y huelgas. En ninguna estuvo Alfredo Canteli, también empleado de Banesto y devoto admirador de Mario Conde, y en todas estuvo Javier, que rechazó ser jefecillo y prefirió jubilarse como cajero raso, rehusando los cantos de sirena para ascender a costa de rebajar su combatividad.

En una movilización de CCOO.
Junto a su ex mujer Mariasun y un grupo de amigos.
Con su hijo David como extras de la película “Mortadelo y Filemón”.
En Bagdad con un niño iraquí.

Se unió al Partido Comunista de España en la clandestinidad y en él se mantuvo hasta hoy, con el paréntesis de 1978 y la tormentosa Conferencia de Perlora, el gran cisma del comunismo asturiano, una crisis traumática en la que el partido perdió a algunos de sus militantes, cuadros y dirigentes más valiosos. La crisis política coincidiría con el nacimiento de su hijo y una breve retirada de la primera línea política.

El referéndum de la OTAN y la formación de Izquierda Unida le llevarían de nuevo a asumir una intensa actividad política, jugando junto a su pareja durante muchos años, Mariasun Rodríguez Lasa, un papel muy destacado en la vida social y política de la capital asturiana. Durante décadas Javier fue un militante voluntarioso y multitarea, apto lo mismo para un roto que para un descosido. Desde dar clases de educación sexual en los poblados gitanos a participar en el pujante movimiento vecinal o formar parte de la pionera asociación de madres y padres del Colegio Público Parque Infantil, pasando, claro está, por servir miles de mojitos cada San Mateo en el Rincón Cubano. También se implicó en las luchas ecologistas. La militancia en defensa del Naranco les llevó a sufrir a él y a su familia, las amenazas y presiones de los dueños de las canteras, gentes acostumbradas a la impunidad, y que llevaban décadas destrozando el monte sin pagar precio alguno por ello.

Como parte de la sufrida izquierda ovetense, fue un puntal de la resistencia al gabinismo, tomando parte muy activa en el movimiento social contra las privatizaciones

Como parte de la sufrida izquierda ovetense, Javier fue un puntal de la resistencia al gabinismo, tomando parte muy activa en el movimiento social contra las privatizaciones, una coalición ciudadana que llegó a sacar a la calle a miles de personas en las marchas contra el “catastrazo”, mientras Mariasun hacía lo propio en el frente institucional como concejala de IU en el Ayuntamiento. Su hijo, el actor y narrador David Acera, destaca la bonhomía de su padre, un hombre tranquilo que no tuvo problema alguno en asumir un papel secundario con respecto a su mujer, “cosa rara para un paisano de su época”.

Noticia del viaje a Chiapas.

El pendiente que vino de Lacandona

Para Javier, como para otros “rojos” europeos y de todo el mundo, desorientados con la globalización, el levantamiento zapatista en México supuso un momento de ilusión y esperanza tras la caída del Muro de Berlín, el triunfo del neoliberalismo y el llamado Consenso de Washington. De la selva de Chiapas volvió rejuvenecido, con las pilas cargadas, y un pendiente en la oreja, dando así un toque más moderno a su eterna imagen de progre sesentayochista.

A Javier se le recordará siempre megáfono en mano, con su tremendo vozarrón, su jovialidad y su sentido del humor, con una pizca de seriedad a lo Eugenio, una chispa y un gracejo a prueba de momentos de tensión, como los piquetes en las huelgas generales, en las que la consigna política y el chascarrillo se alternaban, y a veces incluso fusionaban, frente a la impasibilidad de los antidisturbios. También en el Bagdad previo a la invasión norteamericana, cuando se desplazó como escudo humano junto a otros esforzados pacifistas llegados de todo el mundo para tratar de parar la primera gran guerra del siglo XXI.

Megáfobo en mano retratado por el fotógrafo Eloy Alonso.
Carmen y Javier.

Tras una temprada en Madrid junto a su pareja Carmen Bergantiños, madrileña de raíces gallegas, ambos se mudaron a Oviedo donde se implicaron activamente en la construcción del Manglar, un centro social y cultural que ha sido su segunda casa, y que debe mucho al esfuerzo y dedicación de los dos, sobre todo en la puesta en marcha y cuidado de la huerta comunitaria.

Este sábado a las 19h en los Arenales de Oviedo se despedirá a un militante permanente, alguien, que como dice su esquela, fue “Niño de la Cuenca y hombre bueno. Buen padre y compañero. Gran amigo y excelente dibujante”, y por su puesto, un “megafonero de referencia” que “prestó siempre su voz en defensa de la fraternidad, la igualdad y la libertad”.

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