Hacerse el tonto no significa serlo, y fingir sorpresa ante la intervención estadounidense en Venezuela exige un ejercicio de amnesia selectiva considerable. Estados Unidos lleva décadas practicando la injerencia directa en medio mundo, con especial dedicación al continente americano. La invasión de Panamá en 1989 para capturar a Noriega es una operación del mismo tipo y con las mismas justificaciones peregrinas. La diferencia sustancial no está tanto en el método como en el momento y en la forma.
El mundo que habitamos hasta hace poco aún conservaba una pátina de legalidad, por tenue y fantasmal que fuese, un esfuerzo por vestir las agresiones de las grandes potencias con algún tipo de relato jurídico o multilateral. Eso se acabó, Putin invadió Ucrania para “desnazificarla” y Trump ha capturado a Maduro por liderar un supuesto cartel del narcotráfico. Hubo una época en la que, al menos, las excusas eran más refinadas.
La operación en Venezuela es un acto unilateral, sin autorización del Congreso estadounidense y sin una justificación mínimamente creíble. No responde a una amenaza real para la seguridad de Estados Unidos. Venezuela no es un actor central en el tráfico de cocaína hacia Norteamérica ni tiene relación alguna con la crisis del fentanilo. El objetivo es otro y Trump no tiene intención de ocultarlo. Es una operación para consumo interno, para alimentar el ego presidencial y sobre todo, para explicitar algo que ya venía ocurriendo de facto, el multilateralismo ha muerto. Hemos vuelto al reparto del planeta en esferas de influencia. América para Estados Unidos, Europa para Rusia y Asia bajo la sombra china.
A Trump no se le puede reprochar falta de aviso. Lo que estamos viendo es la Estrategia de Seguridad Nacional bajo el “corolario Trump” publicado hace menos de un mes, EEUU actuará donde quiera, cuando quiera y como quiera para “salvaguardar” los intereses de los estadounidenses, sean estos los que Trump considere que sean.
Lo verdaderamente relevante es que, por primera vez en mucho tiempo, Washington ha renunciado incluso al lenguaje de la democracia. No hay grandes discursos sobre libertad, derechos humanos ni sobre el sufrimiento del pueblo venezolano. También se ha ignorado deliberadamente a la oposición chavista y a María Corina Machado ( que le haya ganado el Nobel de la Paz seguro que no tiene nada que ver ).
Trump ha sentenciado que Estados Unidos “guiará” una transición hacia unas elecciones sin fecha a la vista. En ese limbo político, mientras las petroleras estadounidenses se reparten el botín del subsuelo, la gestión del día a día queda en manos de Delcy Rodríguez, manteniendo la estructura del chavismo para garantizar la estabilidad del negocio, borrando de un plumazo la excusa moral de la intervención. Al menos se agradece la ausencia de hipocresía. Mucho más difícil es asistir al ejercicio de contorsionismo de las derechas españolas, obligadas a justificar una intervención que ha sido criticada incluso por el Frente Nacional francés. Las derechas patrias, una vez más, elevando la felación geopolítica a disciplina olímpica.

Como apunte para los defensores de la intervención en Venezuela. Si la vara de medir fuese la ausencia de democracia, Estados Unidos no recibiría con alfombra roja a Vladímir Putin ni sostendría sin pudor a las monarquías autoritarias del Golfo, o criticaría con la dureza que lo hace, las democracias europeas. La democracia nunca ha sido el criterio; ha sido, como mucho, una coartada cuando convenía. En Venezuela ni siquiera ha hecho falta eso. Con todo, la consecuencia más grave no está solo en Caracas, sino en el sistema internacional. Al legitimar la “decapitación” de gobiernos ajenos, Estados Unidos refuerza un precedente que dinamita lo poco que quedaba del derecho internacional. ¿Con qué autoridad moral podrá Occidente criticar a Rusia por intentar someter a un país vecino? ¿Por qué China no tendría derecho a hacer lo mismo con Taiwán? La realidad es meridiana, las grandes potencias pueden repartirse el mundo en esferas de influencia y explotar su vecindario a placer. El multilateralismo, con todas sus imperfecciones, pasa de ser una norma a convertirse en un estorbo, la vuelta a la época colonial.
Esta agresividad exterior no es un fenómeno aislado. Va de la mano de una deriva autoritaria interna. En Estados Unidos se han debilitado contrapesos, se han purgado mandos militares y se ha normalizado el despliegue de las fuerzas armadas contra el “enemigo interno”. Trump está convirtiendo al ejército en un instrumento de poder personal, sin control efectivo del Congreso ni de la opinión pública. Y no es casual que esta escalada se produzca con unas elecciones a la vista que pueden costarle el control de la Cámara baja. La historia enseña que pocas excusas funcionan mejor que una guerra para declarar emergencias, recortar libertades y fortalecer gobiernos.
Europa, mientras tanto, vuelve a dar una lección de ignominia señalando que Maduro era un dictador y líder ilegítimo pero evitando condenar con contundencia la ilegalidad de la acción estadounidense. Como si no molestar a Washington fuese garantía de no convertirse en objetivo, y eso es una ilusión peligrosa, Trump no respeta a los tibios ni negocia con quienes se esconden detrás de comunicados ambiguos. Solo entiende el lenguaje de la fuerza y desprecia abiertamente la diplomacia ambigua de Europa.
Porque el problema no se limita a América Latina. La estrategia de seguridad nacional de Trump deja claro que también concibe a la Unión Europea como un espacio donde intervenir: apoyando a partidos extremistas, presionando económicamente mediante aranceles, debilitando la OTAN o inundando las redes sociales ( todas ellas de propiedad estadounidense ) de propaganda desestabilizadora.
El siguiente objetivo, si Venezuela se salda como parece en una operación quirúrgica con continuidad del chavismo, aunque sea solo formal, es Groenlandia. Un territorio ya clave desde el punto de vista geopolítico que, con el calentamiento global y el deshielo del Ártico, se convertirá además en una arteria económica de primer orden. Trump ya ha avisado de que se la anexionará “de una manera u otra” en nombre de la seguridad nacional estadounidense. Quien quiera oír, que oiga.
¿Y qué hará la Unión Europea ante una agresión directa a Dinamarca en el caso groenlandés? ¿Apelar al derecho internacional, a la ONU, contener la respiración y apretar los puños? O Europa toma conciencia cuanto antes de que Estados Unidos ha pasado de aliado a adversario, o volveremos a ver en Europa occidental acontecimientos que creíamos desterrados.
El mundo ha cambiado para mal y Europa no puede seguir reaccionando como si no fuera con ella. No basta con comunicados, ni con apelar a un derecho internacional que otros ya han decidido incumplir. Europa necesita asumir que su seguridad, su soberanía y su capacidad de decisión no pueden seguir delegadas en un actor que ya no se comporta como aliado. O construye autonomía estratégica real ( militar, económica y política ) o se resigna a ser un territorio de influencia más en el reparto del mundo. No hay tercera vía.
































