Noruega ridiculiza el Nobel dándoselo a Corina, Corina ridiculiza a Noruega dando la medalla del Nobel a Trump, Trump ridiculiza a Corina dando el gobierno a Delcy. Podrían hacer una camiseta o un pin. Ahora la OTAN se prepara para defender un territorio de la OTAN, Groenlandia, de un posible ataque de la OTAN. Dinamarca tendrá que defender su territorio frente a EEUU y a la vez tendrá que ayudar a su aliado EEUU a atacar su territorio. EEUU, por un lado, y Europa, por otro, estarán en el trance de aquel espía de Torrente Ballester de tácticas tan complejas que varias veces se encontró persiguiéndose a sí mismo. Rusia ve la bandera de barras y estrellas en Groenlandia, su bandera tricolor en Ucrania y, entre Groenlandia y Ucrania, un montón de países a granel, astillas de la antigua UE, en trance de convertirse en protectorados. China se columpia apaciblemente en su porche con el rifle, acariciando el mapa de Taiwán, dejando que su poder silencioso se siga deslizando por tierras y puertos, mientras se acentúa la corrosión de EEUU y espera a que los americanos intenten la guerra cuando ya la tengan perdida de antemano.
¿Cuándo empezó todo esto? Martínez Bascuñán insinúa que fue en 2017. El periodista Chuck Todd le enseñaba a Kellanne Conway, asesora de Trump, una fotografía que mostraba que era palmariamente falso que en la investidura de Trump hubiera habido más gente que en ninguna otra investidura. Y llegó el momentazo. Conway dijo que la Casa Blanca no había mentido, sino que había presentado «hechos alternativos». El circunspecto Todd le dijo que los hechos alternativos no eran hechos, sino falsedades. Parece que Todd contestó bien. Pero no debió ser así, porque ese mismo año de 2017 el diccionario de Oxford declaró como palabra del año la palabra postverdad, que fue la etiqueta con que la primera corte de Trump bautizó aquellas patrañas que llamaron hechos alternativos. La alucinación colectiva que tiene agrietada la masa social en esferas incomunicadas, este fenómeno por el que los convencimientos son inmunes a los hechos palmarios tiene algo de novedad. La postverdad hizo posible el ascenso de un psicópata ordinario, soez e ignorante a la presidencia de la primera potencia, desde la que está derrumbando el orden mundial. La postverdad es el ecosistema en el que fascistas descerebrados, flotando en las aguas evangélicas, medraron en América Latina y van gangrenando la UE.
Quizá se capte mejor, por contraste, la quiebra actual si retornamos a 2015, al artículo de Varga Llosa «Un millonario se divierte». Vargas Llosa no era un meapilas en derechos sociales, pero era un ultraliberal inmisericorde, un cipayo de los ricos. Apoyó incluso las payasadas (sic) de Bolsonaro. Pues en 2015 se refería a Trump como «ridículo personaje que no sabe qué hacer con su tiempo y su dinero», «un payaso» que dice «estupideces a diestra y siniestra» y añadía: «se puede ser millonario siendo […] un tonto irrecuperable y un inculto pertinaz, y todo parece indicar que el señor Trump pertenece a esa variante lastimosa de la especie». Hay unas líneas que ahora recuerdan ominosamente al final de El huevo de la serpiente, de Bergman: «Ah, por cierto, el Hitler fracasó con su golpe de estado en Múnich. […] El Hitler y su pandilla no supieron valorar la fuerza de la democracia alemana». En el artículo de Vargas Llosa se lee: «por fortuna, la respuesta de la sociedad civil en Estados Unidos a las obscenidades de Donald Trump ha sido contundente». Hace solo diez años.
Quizá Todd podía haber sido más táctico si hubiera intuido la enormidad que asomaba en la estupidez de Conway. Podía haber sabido que con un facha no se razona, se le enfada o te enfadas tú, y solo se gana hablando de él y no de su mensaje. Podría haber dicho que los hechos alternativos eran las alucinaciones que llegaban con la coca o en raptos místicos, y haberle preguntado si se chutaban solos o en grupo en la Casa Blanca. Quizá podía haber retardado la era de la postverdad, pero seguro que ese torrente se hubiera desbordado igual.

Que algo sea verdadero es solo una de las razones por las que la gente lo asume, es decir, actúa como si lo considerara verdadero. Nadie puede creer en serio que Trump quiere la democracia en Venezuela, cuando no pronuncia esa palabra, la está socavando en su país e interviene para que derruirla en Europa. Nadie puede creer que el secuestro de Maduro no es un secuestro. Cuesta creer que solo quiera el petróleo, que requiere inversiones enormes, poco rentables y perjudiciales para las explotaciones de EEUU. El sentido común dice que las cosas verdaderas determinan las conductas, pero la realidad es la inversa. Asumimos, como si fueran verdaderas, las cosas que justifican la conducta (interesada, cobarde, identitaria, …) que nos conviene. Los hechos alternativos son exhibiciones de poder, ostentación de ausencia de consecuencias de los actos propios, es decir, de responsabilidad.
La intemperie que se abre con la ocupación de Venezuela solo puede justificarse con una apropiación de valores compartidos. Los valores son creencias, estilos de conducta y sensibilidades de mucho matiz y de contextualizaciones complejas. La apropiación de valores se hace mediante versiones simplificadas, objetivadas y hasta cuantificadas de esos valores, que hacen más simples las decisiones y más fáciles las estimaciones. Se aproximan a un juego, los juegos enganchan por su claridad y por lo sencillo y seguro que es decidir si vas bien o mal. Nguyen dice por eso que la gamificación, tratar como un juego algo que no lo es, es parte esencial de esa apropiación de valores; porque en la versión gamificada los valores originales están en otro contexto que los reinterpreta. Con los valores cambiados puede parecer que la libertad crece eliminando servicios públicos. Venezuela es un videojuego de guerra y estrategia, tan simplificado que puede parecer que realmente EEUU ahora domina al país, como en un juego de mesa, simplemente porque lo dice Trump. El videojuego venezolano sirve para que sea cristalina la amenaza a quien toque el petrodólar y para tener ese poder que consiste en que te atribuyan poder. Es fácil enredarse en el videojuego, porque todo es más fácil y hasta divertido. Tiene su coña el numerito de Delcy y Corina, los tartamudeos del PP para apoyar a Trump y culpar a Sánchez de la presidencia de Delcy. Las multinacionales ya ronronean, porque empiezan notar que las cosas no son tan simples. A las multinacionales les gusta extenderse a sus anchas. Ahora les dicen las cantidades que deben invertir en Venezuela y en qué cosas, y con qué países no deben comerciar. En la prensa de EEUU ya se dice que es más rentable la empresa nacional.
La política exterior es más maldita que la interior en sinceridad y valores. Requiere más diplomacia, es decir, encubrimiento, y más encaje con la maldad. La política exterior explica la interior, pero cuando lo que vive la población es la exterior, hay un derrumbe de valores. Trump juega a eso, mezcla la acción del ejército en Venezuela con su despliegue en Chicago. La constante presencia de Venezuela en la prensa de EEUU reduce el matiz de la política interior, que pasa a vivirse como un boceto en el que no cogen relieve las rupturas de la Constitución. Ayuda también al autoritarismo, porque en un país en emergencia con el exterior sobresale lo nacional y se percibe como traición cualquier discrepancia. En España este baño exterior tiene la ventaja de reducir la polarización y, con el odio algo más bajo, sobresale la vaciedad del PP, se desnuda la maldad y necedad de sus representantes más bocazas y, aunque Vox se sigue meciendo en esa hondonada hacia la que caen los votos más desnortados, al menos no saben qué decir y se callan dejándonos los oídos en paz. Pero también se pierde la perspectiva de las mermas sociales, por ejemplo, se empaña la trascendencia de que en Madrid un colegio profesional vaya a expedir títulos universitarios, como una mafia gremial, atechándose en la Complutense a la vez que compite con ella. El vídeo juego de Venezuela y las estridencias de Trump provocan este baño mate del exterior.
































