Cuando Jess –la protagonista de la novela autobiográfica de Leslie Feinberg, Stone Butch Blues– se da cuenta de que el fuego del edificio ha arrasado con todo lo que tenía en su apartamento, y que no podrá volver al espacio que había sido capaz de convertir en casa en el periodo de tiempo de mayor estabilidad en su vida, no encuentra las lágrimas que la consuelen de semejante pérdida. Se va a Washington Square Park, se sienta en un banco, y hace un recuento mental de todas sus posesiones: un par de pantalones de chándal, una camiseta y veinte dólares que llevaba en el bolsillo. El resto del dinero de la última paga lo había dejado escondido en la habitación, ahora asolada por el fuego. Allí mismo habría desaparecido también la alianza de boda que le había regalado Theresa y la única foto que guardaba de ella en la billetera. El gato de cerámica de su amiga Milli, podía imaginarlo, habría estallado furiosamente ante el primer contacto con las llamas, y el libro de W.E.B. Du Bois se habría quemado en segundos con la misma furia. No entendía por qué el dueño del edificio no les había dejado una nota a los inquilinos debajo de la puerta avisando de que iban a incendiar; de haberlo hecho, habrían podido poner a salvo las pertenencias de más valor, esas que son absolutamente irremplazables y que nos ayudan a los seres humanos a orientarnos en la vida. Jess había perdido todo, aunque todo –materialmente hablando– fuera casi nada, y otra vez le tocaba empezar de nuevo: turnos dobles en el trabajo, fines de semana durmiendo en los teatros de la 42, y la inseguridad absoluta instalada en un cuerpo siempre expuesto a la agresión.

La ilusión de que el camino podría haberse enderezado al fin y hubiera podido empezar a afianzar sus pasos en un espacio de certidumbres desconocidas se había esfumado a la misma velocidad con que sus poquísimas cosas habían sido tragadas por el fuego. El regreso a la inseguridad era a fin de cuentas un regreso a la norma, a ese lugar que le habían reservado en su propia casa cuando, desde niña, sus padres fueron los primeros en rechazar un cuerpo que no se ajustaba a los parámetros de lo socialmente identificable. La “audacia fisonómica” de Jess le costaría todo tipo de asaltos físicos, de escarnios, de humillaciones emocionales. Y a la autora de Stone Butch Blues, que se asoma sin pudor detrás de su protagonista, le costó una muerte prematura por el miedo atroz que le producía solicitar atención médica y por la resistencia del personal sanitario, incluyendo las mismas recepcionistas, a ocuparse de una mujer que se confundía con un hombre. Cuando la diagnosticaron con la enfermedad de Lyme en el 2008, ya era demasiado tarde para poder intervenir y alargarle la vida, y no le quedó más remedio que morirse. Tenía 65 años y una biografía llena de cicatrices que no le impidieron seguir día tras día en la lucha. Las circunstancias no le dieron opciones, pero Leslie Feimberg se alineó siempre con los más desamparados, con la gente eternamente desfavorecida, con todas y todos los expulsados de este mundo. Rendirse, dijo por boca de Jess en Stone Butch Blues, es inimaginablemente más peligroso que luchar por sobrevivir y, según su esposa, la poeta Minnie Bruce Pratt, estas fueron sus últimas palabras antes de fallecer: “Recuérdenme como una comunista revolucionaria”.
Se ha escrito mucho en los años más recientes sobre la enorme trascendencia que nuestros cuerpos tienen en la manera de habitar el mundo y en nuestro propio destino, pero hay poca consciencia aún de lo que en realidad significa para un número demasiado grande de personas tener que salir a la calle y no poder moverse sin que la sensación de que su presencia física es una “provocación” las abandone. Sin el derecho a pasear tranquilamente cuando les apetece pasear, a sentarse a disfrutar de una puesta de sol en los atardeceres del verano o a contemplar las primeras hojas de la primavera que van vistiendo los árboles. De verdad es espantoso tener que protagonizar las líneas más incómodas de la existencia, partiendo de la obviedad de que ninguna existencia es esencialmente fácil, y tener la certeza de que tu simple estar en este mundo que nos pertenece a todas y a todos por igual puede despertar en alguien la necesidad de darte impunemente una paliza. O de arrebatarte la vida con una impunidad idéntica.
Cuesta entender, al menos a mí me cuesta entender, que haya seres humanos encargados activamente de hacerles la vida miserable a los demás, aunque decir “miserable” sea quedarse muy corta. Y cuesta aún más admitir –y supongo que tengo que reconocer mi dosis de ingenuidad– que sean tantas veces los mismos organismos de la justicia los que impongan un ejercicio oficial y sistemático de la injusticia, y premien reiteradamente a los injustos. No sabremos nunca con certeza cuál fue el impulso por el que una alimaña de ICE asesinó a Renée Nicole Good el pasado 7 de enero durante una redada contra emigrantes en Mineápolis, pero hay indicios para poder interpretar este acto de violencia suprema –si nos da la gana, y sin ánimo de comparar ni de minimizar todos los actos de terror ejercidos a diario por ICE– como un gesto adicional de lesbofobia. Dos mujeres, una de ellas con “apariencia abiertamente masculina”, desafiando a un representante del Servicio de Immigración y Aduanas de los Estados Unidos. Dos mujeres privilegiadas por ser blancas y haber nacido en este país que, sin embargo, cometieron el error fatal de enfrentar un sistema patriarcal tan rancio como peligroso con la simple afirmación de su existencia. Y de hacerlo sin ocultarse, sin esconderse, sin arrinconarse cobardemente detrás de una máscara, de un uniforme, de un revólver. El teléfono con el que se documentó el incidente y un silbato para alertar al vecindario de la presencia de los agentes eran las únicas armas que llevaban encima Renée y su esposa, Becca Good, los únicos artefactos que usamos quienes nos empeñamos en corregir la presencia inaceptable de ICE en nuestras calles, en nuestros barrios, en el espacio personal e íntimo de nuestras vidas. Pero después de la tragedia –idéntica a la del enfermero Alex Pretti, asesinado con la misma violencia y la misma impunidad poco después– a Renée Good y a su esposa les ha seguido un relato insidioso en algunos espacios que las cuestiona como madres, y que se atreve incluso a responsabilizarlas de su mala suerte. Demasiadas disidencias las suyas –lesbianas, con hijos, defensoras de las personas más vulnerables– para que todos estos innombrables que están cruzando líneas rojas que uno no puede ni quiere imaginar sean capaces de digerir la simple idea de que la gente como ellas también existe.
































