Vives a cuerpo de rey
Texto, dirección e interpretación: Guille Zavala Lloret
Off Niemeyer, 6 de febrero, Avilés
Salvo que se trate de textos clásicos o publicados, tengo por costumbre sentarme en la butaca sin información previa sobre el espectáculo. En Vives a cuerpo de rey entiendo que hay dos voces bien diferenciadas, un padre y un hijo –esa endiablada dialéctica consanguínea, siempre en conflicto– que nos muestran un proyecto vital frustrado y el fracaso de una parte de la juventud que se niega a encauzar la vida por el único lado de provecho posible: el trabajo y el estudio. El único camino de salvación para evitar el hundimiento y la marginalidad, tal y como insistentemente repite el progenitor. Guille Zavala, el intérprete, simultanea los personajes con matices y entonaciones muy originales para que el espectador los identifique. Su aspecto de clochard, la atmósfera de abandono y decadencia y unos periódicos por el suelo lo sitúan en la indigencia. Ya en casa, leyendo el programa de mano, descubro que la sinopsis argumental vuela más alto sin que yo me entere: ha habido una extinción masiva de seres humanos, es un joven millennial que lleva años sin ver a otras personas y empieza a perder su identidad mientras recuerda, siendo un adolescente, el día en que llegó a casa con todas las asignaturas suspendidas. Pero este apósito de enunciación distópica no cambia para nada mis impresiones. No lo necesito. Yo disfruto y me siento cómodo tirando del hilo de una escena realista indeterminada, artísticamente empastada con elementos distanciadores, que me invitan a construir la relación interpersonal. Aunque entiendo perfectamente el deseo didáctico del subrayado apocalíptico, exógeno, como metáfora profética de lo que nos espera.
En Vives a cuerpo de rey las palabras se hacen corpóreas. Guille Zavala las engulle y desde las entrañas las lanza al espectador como una bofetada. Hay mucha organicidad y fuerza en la construcción del personaje. Un uso extracotidiano del cuerpo y una voz que actúa como motor de energía. Cuando asume el rol del padre, la retahíla de reproches, insultos y burlas al hijo por sus malas notas de estudiante, se hace insoportable. Hay cinismo, escatología y desgarro. Un montón de frases hechas y tópicos muy reales a partir de los cuales el autor se desquita de uno de estos padres helicóptero que sólo quiere que la vida del hijo sea proyección de la suya, liberándolo así de los sueños incumplidos. La radical negación de algunos jóvenes a participar de ese orden coercitivo, y de otros mucho más amables e imprescindibles, es todo un enigma para la sociedad. Como la propuesta centra el foco exclusivamente en la relación paternofilial, no vemos otros elementos decisivos pertenecientes al ámbito económico y cultural globalizado.
A Guille Zavala le basta un poco de atrezo, un sonido vibrante y unos haces de luz para realizar un espectáculo sobrio y concluyente, de extraña tonalidad, que no elude el humor y la parodia aunque ésta se presente de manera no convencional. Cualidad muy adecuada y pertinente, por más que sea el fracaso de la transmisión de valores en el seno familiar, el tema principal.
































