La Iglesia de San Tirso El Real se llenó este sábado para despedir con honores, y mucho dolor, a Ana Arias-Argüello Pereira, vecina muy querida del Oviedo Antiguo, barrio al que había llegado, procedente del concejo de Aller, en sus años de estudiante universitaria.
Ana arribó al Antiguo en la segunda mitad de los años 90, a un barrio anterior a la gentrificación y la turistificación, cuando alquilar una habitación era relativamente barato, los bares, y no los gimnasios ni las redes, marcaban los ritmos de la socialización juvenil, el rock and roll disfrutaba de una hegemonía cultural que parecía imbatible, y la vida noctámbula se extendía más allá del fin de semana, con el jueves como el gran día de la primera generación de asturianos que disfrutaba de una universidad con miles de estudiantes, y un acceso más popular y democrático que nunca.
Comenzó a trabajar en la hostelería mientras estudiaba Derecho y terminó convirtiéndose en mucho más que una camarera en tres bares del Oviedo Antiguo en los que dejó impronta por su buen hacer, su habilidad para dar buen palique a parroquianos y parroquianas, y también por su exquisito gusto musical: El Gato, El Olivar y El Paraguas.
Noctámbula y folixera empedernida, pero también lectora voraz, cinéfila, amante de las excursiones al monte, el patinaje y los paseos en bicicleta, Ana disfrutó al máximo de una vida que no siempre la trató bien. Ella y sus dos hermanos conocieron demasiado pronto el drama de perder a sus padres. Quizá como compensación, o quizá porque sencillamente Ana era así, alegre y divertida, luminosa y de sociabilidad expansiva, desarrolló una “familia del corazón” en forma de amistades muy sólidas, algunas de las cuales la cuidaron y atendieron hasta el final de una enfermedad implacable y depredadora, que resistió y esquivó durante años con la fortaleza de la mujer valiente que siempre fue, y un indestructible sentido del humor del que hizo gala hasta el último momento.

Bohemia y sin un duro, la enfermedad, ya crónica, le impidió convertirse en maestra, motivo por el que tuvo que sobrevivir en sus últimos años de vida con una modesta pensión y una permanente economía de guerra, pero sin perder nunca la coquetería y el swing de alguien que siempre mantuvo cierta distinción y elegancia propia de una aristócrata decadente.
Pidió que se le despidiera sin coronas de flores, con música de Astor Piazzolla y con sus muchos y buenos amigos tomando un vino a su salud. Así lo hicieron tras el funeral, coincidente con los festejos del antroxu carbayón, en un Olivar que se llenó para homenajearla, entre anécdotas, risas y alguna lágrima.
Mucha gente en muchas partes la recordará siempre.
































