Si los afectos han tomado protagonismo en nuestra forma de pensarnos y en nuestras conversaciones es, en gran parte, gracias a Alicia Valdés. Tras la revolución en el debate público que marcó ‘Política del malestar’, y la revolución de los afectos con la que nos acarició junto a Sara Torres, Juan Evaristo Valls y Marta Echaves en ‘La potencia afectiva’; Alicia Valdés (1992) se lanza con ‘Auge’. Un ensayo breve pero contundente que torna la mirada hacia los jóvenes. Y no de cualquier manera. La politóloga y doctora en Humanidades, con la misma brillantez a la que nos tiene acostumbradas, se arma con datos de estudios de las ciencias sociales para desactivar las acusaciones punitivas que estamos dejando caer en ese supuesto reaccionarismo de los hombres jóvenes.
Este ensayo publicado por la editorial Debate abre una ventana a la autocrítica y al análisis de las condiciones sociales y materiales paupérrimas que les estamos dejando a los chavales, antes de caer en la trampa de señalarles con el dedo cuando el fascismo llama a la puerta. Internet, la politización de los afectos, la mercantilización de las identidades, la cancelación del futuro, la precariedad y las crisis económicas son algunos de los marcos sobre los que Alicia Valdés se interesa. A fin de cuentas, ¿qué espacios, qué seguridad y qué esperanza les estamos ofreciendo a los nacidos en los dosmiles?
¿Qué te llevó a escribir un ensayo como ‘Auge’ y por qué ahora?
Porque una de las cosas que me llama la atención —en ‘Política del malestar’ ya lo hago— tiene que ver con cómo se comunica lo que está sucediendo, cómo se comunican las cosas que son posibles, cómo se comunican las que supuestamente son imposibles, y cómo ese relato entre lo posible y lo imposible marca un poco lo que podemos desear o no. Durante este año y medio he puesto la atención en cómo se estaba comunicando todo lo que tenía que ver con jóvenes de extrema derecha. Me parecía que el tono de la conversación era muy alarmista y que era necesario generar otro marco más amplio, con otra serie de elementos, para poder hablar de lo que estaba sucediendo.
Una de las ideas que sostienes es que se plantea una batalla entre el feminismo y los chicos jóvenes, pero tú hablas de un arquetipo masculino en crisis. ¿Nos explicas ese arquetipo?
Para mí lo importante, y con lo que parte el libro, es qué está sucediendo. Efectivamente, hay un relato que dice que son chicos jóvenes contra mujeres feministas, como si ese fuera el nuevo antagonismo social que está llevando a los chavales a la extrema derecha. Desde los medios, desde hace año y medio, se dice que los chicos jóvenes no aceptan los cambios sociales que ha conseguido el feminismo y que esa no aceptación los gira hacia la extrema derecha. Yo considero que esa es una narrativa interesada, que se desarrolla en determinados espacios políticos. Y esto es problemático porque no solo es Vox. Cuando Pedro Sánchez dice que sus amigos tienen miedo a las feministas, ya está comprando el encuadre a Vox.

Ese antagonismo social se apoya en estudios sociológicos y encuestas que yo me he puesto a analizar, y no quedan tan claras esas cosas que se dicen en los medios. La correlación entre mujeres feministas y hombres jóvenes no parece tener tanto fundamento. Lo que defiendo es que efectivamente hay un modelo que se está quebrando ante esa idea de que «las feministas se están cargando al hombre con H mayúscula». Pero en realidad no es el feminismo quien se lo carga. El capitalismo construyó la idea del hombre con H mayúscula, y ahora ya no lo necesita. Hay mucha gente que se descarta. Muchos hombres de clase obrera ya no entran en ese arquetipo, y no es porque las feministas les quiten el trabajo o porque lo hagan los migrantes. Es porque al capitalismo ya no le compensa. Hay gente que antes no sufría determinadas crisis económicas y ahora sí.
¿Qué inspiración psicoanalítica tiene el libro? Cuando cae ese arquetipo, ¿aparecen miedo, vacío, resentimiento…?
El libro empieza con un disclaimer de dos páginas donde digo que este libro no va sobre los hombres, va sobre el hombre con H. No va sobre los jóvenes, va sobre el joven con J. Al igual que decidimos, de la mano de feministas como Monique Wittig, que la mujer en singular no existe, ¿por qué vamos a tener que hablar del hombre en singular? Aquí determino cómo y por qué se ha construido esa idea del hombre con H, y narro por qué se destruye. No es porque las feministas no quieran que exista, es porque las identidades son categorías políticas y económicas. Y esa categoría ya no le funciona al capitalismo. Punto pelota.
Yo parto de un marco teórico que construí en ‘Política del malestar’. No podemos irnos al paradigma del Yo para explicar los comportamientos. Hay una movilización de afectos entre los jóvenes. Hay un capítulo que se llama «Me quiero morir», que narra los malestares en la adolescencia. La primera causa no accidental de muerte entre menores en España es el suicidio. Si no somos conscientes de ese malestar, difícilmente nos vamos a poder acercar a ellos. Hay gente que ve la caída del paradigma de género como algo positivo. Aparece el feminismo, tenemos un espacio desde el que pensar identidades de manera emancipatoria. Pero hay quien piensa: «Madre mía, se acaba el mundo tal y como lo conozco». El feminismo ha sabido utilizar ese cuestionamiento para plantear proyectos emancipatorios. La cuestión es si podemos hacer lo mismo desde la identidad masculina, si los hombres pueden pensar de manera feminista las masculinidades. Yo creo que sí. Si no pensamos que el mundo tiene capacidad de ser cambiado, no sé qué estamos haciendo.
Hablas de una construcción mediática alarmista. ¿Hay una crisis del periodismo en eso?
Hay una crisis del periodismo que tiene que ver con que todo periodismo se ha convertido en espectacularización de la realidad. Y esa espectacularización no la consigues con titulares buenos, la consigues con titulares catastrofistas. Vemos los productos culturales distópicos, no utópicos. Esto es sintomático.
¿Nos estamos permitiendo utilizar a los chicos jóvenes como excusa para no asumir nuestras responsabilidades como actores políticos activos
Sí, es una de las tesis del libro. El primer capítulo se llama «Yo no he sido» y empieza con una escena de ‘Los Simpson’. Kodos y Khan, dos alienígenas, llegan a la Tierra, se disfrazan de políticos, uno gana, y cuando los tienen esclavizados Homer dice: «A mí no me mires, yo voté a Kodos». Hay un poco de eso. Y aquí hay inspiración psicoanalítica. ¿Para qué queremos saber quién ha sido? Si la gente tiene tan claro que han sido los chavales jóvenes, ¿por qué no estamos trabajando con ellos? ¿Por qué no se están tomando medidas, generando proyectos?

Muchas veces caemos en un goce sádico. Quiero saber quién ha sido para hacerle la vida imposible, o para sentirme mejor conmigo misma en un gesto narcisista. Habrá determinadas personas que tienen medios de comunicación y financian partidos políticos. A nivel sociológico no podemos afirmar que sean ellos, pero aún así sabemos que hay un sector de chavales jóvenes que se siente inclinado hacia la extrema derecha. Planteo un punto de vista más de reconciliación que de sadismo. Hay mucho de «yo era mejor joven que tú». Esos jóvenes escuchan la música del demonio, ya somos los abuelos Cebolleta.
¿Hasta qué punto el contexto actual explica ese malestar que deriva en politización reaccionaria? ¿Les estamos dando herramientas a los jóvenes?
Estamos en un momento de multicrisis: crisis climática, de vivienda, capitalista. Y ese momento se vive de manera diferente si tienes 60 años o 15. El mundo al que hacía frente la infancia de hace 20 años no tiene nada que ver con el de ahora. Hemos pasado de Eskorbuto a Young Beef. Yo nací en el 92 y viví el relato millennial de «haz tu parte, estudia, que ya verás». Y no estamos viviendo ni mejor que nuestros padres. A los millennial se nos ha dicho que el mundo va a petar. Voy al museo y veo «Futuro cancelado» como nombre de exposición, de libro, de camiseta. El futuro está canceladísimo.
Entonces, ¿qué le vamos a decir a los chavales? La extrema derecha les ofrece un futuro y un compromiso político a personas que no han contado para la agenda política. Les estamos exigiendo una conciencia política que es algo a tener en cuenta. Antes ellos eran los malos porque habían contagiado el COVID a los abuelos. Ahora ellos son los malos porque contagian el fascismo. Aquí cualquiera menos los adultos hace las cosas mal. Hay un punto de vista adultocéntrico.
¿Es eficaz ese relato de la batalla entre feministas y jóvenes? ¿Qué riesgo supone aceptarlo?
El riesgo es que estamos comprando el marco de la extrema derecha. Nos cuesta admitir que lo que hay que señalar es el capitalismo. Las izquierdas se enredan porque parece que no es maduro declararse anticapitalista, entonces hay que buscar 20.000 otras cosas. La extrema derecha tiene mucha fuerza en plataformas gobernadas por algoritmos puestos por personas de extrema derecha. Ante su alcance en redes, se va comprando cada vez más el relato. El PSOE ya le ha comprado el relato dos veces claras. Una con la okupación y la vivienda, y otra con el feminismo. Cuando Pedro Sánchez dice «mis amigos tienen miedo a las feministas», compra el diagnóstico de la extrema derecha. Y si compras el diagnóstico, tienes que comprar la cura. Eso es donde estamos ahora. La izquierda no hace cosas de izquierda porque ya está situada en el marco de la derecha. El riesgo es una derechización de la política. El centro no existe, es contingente.
Hablas de la «manosfera» y la fábrica digital del sentimiento. ¿Qué crees que encuentran esos chicos jóvenes en esas comunidades que no encuentran en otros espacios de socialización?
Me da un poco de miedo contraponer los espacios tradicionales offline con los online. No creo que el problema sea que los chavales ahora están más en internet y antes en el parque. Porque hay chavales no binarios que también encuentran espacios guays en internet. Si seguimos demonizando internet, estamos lejísimos. Si seguimos pensando que internet es mucho peor que la calle para volverse malo, estamos perdidísimos. No tenemos ni puta idea de qué es internet. Nos sacan mucha ventaja.

Dicho eso, hay que entender que una cosa es internet y otra es la privatización de internet que hacen las redes sociales y las plataformas. Internet es una cosa; Instagram, Facebook, Twitter son otra. Es la privatización de internet, que impone una serie de normas con una ideología. Ahí sí hay una cuestión de política pública.
Al final del libro hablas de la vuelta a lo comunitario como salida política.
La última frase del libro habla de hacer un giro. No hablar tanto de sentido común, sino de sentido de lo común. Cuando hablo de lo común, me refiero a cómo replantearnos la idea del antagonismo político y, sobre todo, la idea de las alianzas. Hablo de «alianzas incómodas». Tenemos que empezar a ver cuál es la vivencia en común, la experiencia en común, y abrir la idea de cómo generar alianzas en política, de cómo queremos luchar contra lo que nos oprime y nos hace daño. El capitalismo es muchas cosas, y también es un modelo relacional. Es un sistema que te permite matar simbólicamente al otro y odiarlo. Por eso vuelvo al principio: «Yo no he sido, ha sido él». El capitalismo permite que nos destrocemos los unos a los otros. ¡Cuidado! Esta forma de relacionarnos es capitalista. Y no es solo sacar lucro del otro, es permitir que desaparezca simbólicamente, que muera. Es necropolítica. Y a veces no es tan simbólica.
¿Quién te gustaría que leyera este ensayo?
Me gustaría que lo leyeran los tíos. Hombres que piensan que el cambio pasa por ellos. Hay muchos tíos que quieren cambiar las cosas. También me gustaría que lo leyera la gente que piensa que hay personas que no pueden ser sujeto del feminismo. Hay una parte del libro donde digo: «Chicas, si tú no quieres hacer pedagogía con hombres, ok, pero yo sí». Y además quiero hacerlo con los jóvenes. Si el feminismo no puede ser un movimiento identitario, no puede ser eso de «las mujeres son feministas», entonces no eres ni antirracista ni eres nada. ¿Solo podemos hacer la lucha desde nuestra identidad? Me parece absolutamente ridículo. Para mí el feminismo es una manera de habitar el mundo, no una manera de definirme a mí misma. Si esa manera de habitar el mundo no es posible para todo el mundo, entonces es estúpido. Si no tenemos capacidad de cambio, ¿qué estamos haciendo? Búscate un Bugatti, busca tu primer millón. Si piensas que el mundo no puede cambiar, ¿qué coño estás haciendo comprando comercio justo?

¿Qué autoras nos recomiendas?
Dos libros que me han ayudado mucho son ‘Adolescentes en transición’, de Miquel Missé y Noemí Parra, y ‘Perforar la masculinidad’, de Alfredo Ramos. Son dos libros de los que bebe mucho ‘Auge’.
¿Qué es La·grima, escuela de pensamiento?
La·grima surge de una necesidad y un deseo de autoempleo como escritora, compartido con muchas compañeras. ¿Por qué no gestionamos nosotras una plataforma propia para hacer nuestros cursos? Llevamos en ello tres meses. La idea es abrirla presencial y convertirnos en un referente territorial donde la gente pueda estar y se hagan reuniones de artistas. Cada semestre está regido por un concepto, y lo analizamos desde diferentes disciplinas: psicoanálisis, teoría de género, filosofía, historia del arte… Quiero una escuela de escritura y pensamiento, saliendo de la lógica académica y también de la lógica del consumo de 15 cursos al año. Hay grupos de estudio, un Discord, la gente sigue en contacto. Queremos generar otro espacio para aprender de otra manera.
































